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Publicado el 13 Febrero, 2019 por Tania Chappi en Cultura
 
 

OFICIOS DETRÁS DEL LIBRO

Cómo se talla un diamante

La entrega oficial de sendos Premios Nacionales a Elizabeth Díaz y Jorge Martell devino emotiva reflexión sobre dos especialidades que suelen pasar inadvertidas para los lectores
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Dos profesionales signados por una labor apasionada y exigente. (Foto: granma.cu)

Dos profesionales signados por una labor apasionada y exigente. (Foto: granma.cu)

Por TANIA CHAPPI

Jornadas de intenso ajetreo en La Cabaña, donde el tiempo no alcanza y se desea tener el don de la ubicuidad para poder asistir a la presentación de las novedades literarias, hacer largas colas en los puestos de venta y no perderse los coloquios, encuentros especializados y homenajes.

Sobre la cota más alta (por lo menos así lo siente el visitante) de la centenaria fortaleza, en la sala Nicolás Guillen el emocionado discurso de dos personalidades en el ámbito del libro y el arte conmovió al auditorio, y merecen ser recordados, más allá del hecho noticioso.

“Llevo 52 años ejerciendo mi profesión de diseño gráfico, con pasión, que es mi mayor defecto y mi única virtud”, aseveró Jorge Martell, quien ha producido, en la Isla y en los Estados Unidos, una obra extensa y relevante por su calidad: más de 300 libros diseñados para las principales editoriales cubanas y varios importantes galardones avalan la decisión del jurado que le otorgó el Premio Nacional de Diseño del Libro 2018.

Resaltó el homenajeado la profesionalidad de colegas que también han descollado en Cuba y fuera de ella, “gracias a la excelsa formación que recibimos en nuestro país […] sin costo alguno, a pesar de lo costosa que es en todo el planeta”.

Tal como esperaban sus amigos y conocidos, Elizabeth Díaz recibió con la mayor modestia el Premio Nacional de Edición 2018. Recordó su etapa de recién graduada universitaria, cuando fue a trabajar a la habanera casa de viga y losa donde residía la editorial Arte y Literatura; y a sus colegas de entonces, quien mucho le enseñaron. Agradeció a los que han bregado junto con ella durante más de 40 años, en disímiles instituciones y proyectos, pues “editar un libro en su totalidad para entregarlo a la imprenta es una labor de equipo”.

Sobre el complejo viaje que media entre el texto primigenio y el producto final, explicó: “El trabajo del editor es de una minuciosidad tal que debe revisar 1800 caracteres con espacios en cada plana tipo de 60 caracteres por 30 líneas, multiplicado por 200, 300, 400… la cantidad de páginas que tenga un libro. Además de la tipografía, su puntaje y familia, los párrafos, los principios y finales de línea, los espacios de los titulares, las notas, la bibliografía, las citas […] la coherencia, la estructura, la escritura correcta de los nombres de personas, geográficos, de obras, etcétera”.

[…] “El objetivo final de un editor es, y será siempre, tratar de que el libro sea perfecto y fiel a su autor. Es fácil distinguir a un editor de verdad; puede tener un poco más o un poco menos de conocimientos, pero le sobresale una característica reconocible: la pasión por la excelencia. Yo diría más, sin esta pasión no se puede ser un editor […]  Y qué deslumbrante palabra, tan sencilla, tan cotidiana y humilde como es la del libro, que nos acompaña desde que tenemos uso de razón, desde el abecedario, cuando empezamos a leer, hasta en los insondables misterios del universo y el alma humana cuando somos adultos. Qué hubiera sido de la humanidad sin este prodigioso invento, fruto de la necesidad de comunicarnos, de trasmitir los unos a los otros el conocimiento y también el sentimiento.

Entre sus múltiples desempeños, Elizabeth Díaz hizo posible la salida de Opción, una publicación periódica dedicada  a la literatura mundial contemporánea. Y dirigió la prestigiosa revista que auspicia el Ministerio de Cultura.

“Marcel Proust en su monumental obra nos dejó escrito que la obra de arte es el único medio de recobrar el tiempo perdido. Otros han dicho que en las novelas es donde mejor se estudia la historia de un país. Sabemos que una sociedad no puede desarrollarse sin sus obras científicas. Y el editor es quien media entre el autor de un libro, vivo o muerto, y su lector. Qué importante tarea la de evaluar y seleccionar los libros que serán leídos por un país; qué responsabilidad para hacer llegar a las personas este libro, con la belleza y la fidelidad a la obra original, sin errores, con materiales auxiliares que ayuden a su comprensión, como prólogos, notas, cronologías…

“La labor del editor aún no ha sido debidamente reconocida en su importancia y altruismo. Porque otra característica del editor es su generosa alteridad, al ponerse anónimamente en la piel del escritor; al poner todo su conocimiento y sensibilidad a disposición del escritor de su obra, sin casi ninguna otra recompensa que la satisfacción de un trabajo terminado y de ver el libro impreso. […] Sin embargo, su nombre aparece en pequeñas letras en la página de créditos […] que pocas personas leen.

“Cuando se menciona la publicación o la presentación de una obra, por la prensa, siempre se dice quién es el autor, pocas veces el editor, que puede haber salvado errores […] Son pocos los editores que presentan los libros en los que han trabajado, se prefiere invitar a escritores. Son pocos los prólogos hechos por editores. Pero hay que decir que también los editores deben ocuparse de su superación, y no conformarse cómodamente con la mediocridad de la rutina. Debemos empezar por la casa a valorar el oficio del editor”.

Y nosotros, los lectores, cada vez que nos atraiga un libro busquemos en sus páginas iniciales, a la izquierda y en letras pequeñas, los nombres de los artistas gráficos, el editor(a), el corrector(a). Gracias a ellos tenemos en las manos ese objeto deleitoso que originalmente pudo mostrar destellos necesitados de pulimento, o incluso ser únicamente una descolorida piedra en bruto.

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Tania Chappi

 
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