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Publicado el 23 Julio, 2019 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

ARTES ESCÉNICAS

Réquiem por nuestro teatro

Destacado colectivo habanero reverencia géneros postergados hoy en la literatura dramática nacional
Réquiem por nuestro teatro.
Evert Álvarez (negrito), Faustino Pérez (gallego) y Mirena Turiño (mulata) vencieron con éxito la difícil empresa de encarnar los emblemáticos personajes.

Un personaje devenido mito en el imaginario popular volvió a ser revisitado con el reestreno de La pasión según San Isidro, del dramaturgo Julio Cid, que se presentó en la sede de la habanera compañía Hubert de Blanck, liderada por Orietta Medina. 

Esta comedia bufa, dirigida por la actriz y pedagoga María Elena Soteras (Chiquitina), más que sumergirse en los inicios del siglo XX y el trágico final de Alberto Yarini Ponce de León, es un pretexto para dialogar con el espectador contemporáneo sobre nuestras raíces escénicas, esas de genuina esencia autóctona y fuerte arraigo popular surgidas con el teatro bufo (siglo XIX) y continuadas en el siguiente, con el vernáculo, y hoy totalmente ausentes en nuestras tablas.

A pocos segundos de comenzada la función, el negrito, el gallego y la mulata irrumpen en el escenario desde el auditorio. A partir de su particular relación de complicidad con el público, convidan a adentrarnos en el desenlace fatal del más famoso proxeneta cubano, tantas veces reflejado en el teatro, la literatura, e incluso el cine y la danza de la mayor de las Antillas.

Recordadas son las obras Réquiem por Yarini (1960), de Carlos Felipe; El gallo de San Isidro y Pasado a la criolla, escritas por José Ramón Brene y estrenadas, también, en la década del 60. Imposibles de pasar por alto son el libro de Dulcila Cañizares, San Isidro 1910. Alberto Yarini y su época; la película Los dioses rotos, del realizador Ernesto Daranas, premiada en el 30º Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y mejor filme nacional de 2008. Y más reciente en el tiempo, el ballet Yarini, coreografiado por Iván Alonso para la compañía ProDanza que dirige Laura Alonso.

En el decurso del montaje defendido por el colectivo Hubert de Blanck, diversas referencias instan a reflexionar sobre el controversial ídolo de La Habana de entonces, quien encabezaba el Partido Conservador en aquella irresoluta “zona de tolerancia” (el barrio de San Isidro), donde todo, o casi todo, era posible en materia de sostenes y portañuelas.

¿Quién fue Alberto Yarini? ¿Por qué tan amado por unos y odiado por otros? Tras cada creación literaria, dramática, ensayística, cinematográfica o danzaria, la realidad del hombre –cuenta la historia que se inició en la Sociedad Secreta Abakuá, o sea, hasta ñáñigo fue– se trastoca con la leyenda y resulta difícil discernir si aquel joven proveniente de un hogar católico y acaudalado, era un aristócrata o un marginal casi tocante en el bandolerismo; un individuo con ínfulas de patriota o tan solo un beligerante; lo cierto es que vivió y murió siendo un chulo de barrio, muy hábil en explotar sus aptitudes de líder, una aureola de rey con la cual nació.

Réquiem por nuestro teatro.
Rigor y calidad actoral lucieron Daniel Oliver y Marisela Herrera en sus respectivos roles.

La puesta de María Elena Soteras convence por el aliento de las lecciones bien aprendidas con la actriz y directora artística Bertha Martínez, recientemente fallecida, y quien fuera una de las mentoras de la agrupación que ahora dedica esta propuesta a su memoria y a los 500 años de nuestra ciudad.

Coherencia y diversidad de recursos escénicos exhibe la pieza. En ella el juego del teatro dentro del teatro y la intertextualidad andan de la mano de manera armónica y sugerente. Por medio de los personajes (el negrito, el gallego y la mulata), con su gracia, picardía y el choteo a flor de piel, se ventilan temas de la actualidad nacional, a partir del habitual contrapunteo sustentado en la improvisación, y también se rememora, enaltece y contrasta con el presente el otrora teatro bufo y vernáculo.

Así, lo que fuera el Alhambra (coliseo solo para hombres) es recordado reiteradamente por más de un personaje, a modo de homenaje a un escenario icónico que se convirtió en espacio de defensa de la identidad y la dignidad cubanas desde la ironía y el humor.

Ciertas alusiones a Los negros catedráticos (1868), pieza fundacional y reflejo del incipiente sentido de nacionalidad en la Isla; y al compositor e instrumentista Jorge Anckerman, quien creó centenares de obras para la escena a principios del siglo XX, son algunas de las referencias –entre otras citas– de agasajo a nuestro teatro.

Cada movimiento, cada acción en proscenio obedecen a un interesante diseño coreográfico concebido por Bertha Casañas. En este particular, además de los bailes, impresionó la expresividad y sugerencias visuales logradas en el duelo entre las prostitutas, encarnadas por Sonia Costa (la Francesa) y Elizabeta Domínguez (Elena), quienes –en el momento relatado en la obra– eran dos de las más cercanas al difunto traficante del sexo, entre las supuestas 11 viudas que dejó.

Otro instante de riqueza interpretativa y versatilidad ocurrió durante los monólogos interpretados por Daniel Oliver, como el Mariquita, y en el encarnado por una veterana en las lides de la compañía, Marisela Herrera, en la caracterización de la Mexicana.

No corrió igual suerte el personaje de Anita la huerfanita, defendido (en días alternos) por Graciela Álvarez y Natalia Feliciano, quienes todavía precisan madurar los referidos roles, teniendo en consideración la cantidad de matices que se pueden experimentar en dicho texto. De manera general, la nómina mostró un desempeño actoral balanceado y orgánico, aunque algunos –en verdad muy pocos– no alcanzaron a creerse dentro de sus roles.

En La pasión según San Isidro el tono satírico, la música meramente cubana –acompañada de perspicaces críticas al reguetón– y hasta ciertos anacronismos como los móviles, enfatizan esta suerte de deferencia a la raigambre bufa, vernácula, costumbrista que hoy, como ayer, precisa tener voz.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez