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Publicado el 27 Noviembre, 2019 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

AQUÍ, LA TV: falsas apariencias y mucho más

¿Cómo hacer televisión en una época en que somos a la vez espectadores, audiencias musicales, lectores, internautas? Guionistas y directores son conscientes de que una buena historia es una experiencia emocional llena de sentido, cuanto más perfecta es la obra, tanto más ausente de ella están las intenciones evidentes
AQUÍ, LA TV: Falsas apariencias y mucho más.

En Chicago P.D. la policía o ciertos personajes providenciales se encargan de restaurar una sociedad en crisis, aunque para conseguirlo sea preciso sacrificar lo que consideran la democracia. (Foto: sensacine.com).

Por SAHILY TABARES

Los medios de comunicación audiovisuales lideran en el proceso constructivo de la identidad narrativa de toda sociedad. Con independencia de las transformaciones condicionadas por perspectivas tecnológicas e intermediales, la TV continúa siendo privilegiada, pues en ella, filmes, telenovelas, series, otros formatos, patentizan que la industrialización de relatos e imágenes se ha vuelto una cuestión de envergadura antropológica.

¿Cómo hacer televisión en una época en que somos a la vez espectadores, audiencias musicales, lectores, internautas? Guionistas y directores son conscientes de que una buena historia es una experiencia emocional llena de sentido, cuanto más perfecta es la obra, tanto más ausente de ella están las intenciones evidentes.

Tal precepto lidera en series estadounidenses que se producen y reproducen por diferentes vías desde una perspectiva de la cultura global, la del entretenimiento, esta ocupa el primer plano en las entregas visuales de primerísima demanda. Sus signos y códigos urden tramas simbólicas, discursivas, de acuerdo con grupos que dominan el mercado y establecen una hegemonía cultural.

Ese tipo de formato –las series– no son cine, tampoco televisión, sino una experiencia audiovisual transversal que entra en secuencia con saberes, prácticas y referencias para producir nuevas vivencias de lo popular. Como explica Peter Greenaway, “ahora hay nuevas tecnologías que permiten nuevos crecimientos y experiencias-sujetos, cada TV debe ser un laboratorio expresivo”.

Equipos bien entrenados aprovechan el juego con los enigmas, la sugerencia polisémica de la imagen, lo seductor de las pasiones, el regodeo en el romance, la sublimación del deseo. Asumen que cada elemento dramatúrgico tiene una función justificada en el relato: las dudas, el perdón, la felicidad, el desarraigo, la muerte.

Para ellos, dramatizar es encontrar el gesto preciso, la iluminación, el encuadre, la correlación de imágenes y sonidos que interioricen el conflicto dramático.

Lo demostraron en Chicago P.D. (Multivisión, lunes, miércoles, viernes, 8:47 p.m.). La política figura en el núcleo de los relatos que se sirven de estructuras dramatúrgicas bien estudiadas. Por encima de cualquier anécdota expresan mensajes, los cuales no son inocentes: la policía o ciertos personajes providenciales se encargan de restaurar una sociedad en crisis, aunque para conseguirlo sea preciso sacrificar lo que consideran la democracia.

En tiempos de guerras, violencia, pérdidas, conflictos exacerbados, las series colocan en la pantalla disímiles problemáticas y decisiones trascendentes que de manera hipotética pueden cambiar el rumbo de la existencia.

Cada temporada intenta definir los límites y las transgresiones, la posibilidad de construir un espacio-tiempo inquietante, espectacular. En Chicago… se plantea la certeza de que lo humano continúa siendo un asunto de conductas, aspiraciones, preguntas. Al unísono la serie construye dos panoramas simultáneamente: el de la acción y el de la conciencia. Ambos son esenciales para concretar un lenguaje regulado por requisitos de coherencia y conexiones en una modelización del universo real.

Al parecer, los realizadores estadounidenses del formato televisivo de mayor audiencia en la actualidad no dejan margen al error. Por esto se requiere del espectador avezado seguir rutas críticas, las cuales exigen una intervención inteligente que trasciende el adiestramiento en los campos del estilo, lo temático y la representación. En esencia, hay que pensar en ese caleidoscopio de luces, sombras, que se movilizan en planteamientos éticos, humanistas, bien definidos por Marshall McLuhan: “Es una ciudad fantasma poblada de falsas apariencias; la idea, trivial, de engaño, de propaganda, se despliega en claroscuro con bastante poesía y habilidad para que, detrás de las falsas apariencias, asome aquello de lo que delicadamente se trata: la ideología, sin duda”.


Sahily Tabares

 
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