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Publicado el 15 Noviembre, 2019 por Redacción Digital en Cultura
 
 

Yo soy el Caballero de París

El 19 de junio de 1949 BOHEMIA publicó el testimonio que a uno de sus redactores le diera José Mara López Lledín, bajo el seudónimo de Emanuel Méndez de Núñez. Reproducimos fragmentos de aquel diálogo
Yo soy el Caballero de París.

Solía vérsele en diversos sitios de La Habana, como esta esquina de la Calle Obispo.

Por ALBERTO ARREDONDO

NO, no me llamo así. Como hombre de rango tengo mis nombres y mis apellidos. Pero todos me dicen “El Caballero de París”. Mil veces he renegado de ese apodo que me ridiculiza. Yo no soy caballero, sino Rey. Yo no soy de París sino de España, de un lugar de cuyo nombre geográfico no quiero acordarme.

No me pregunte la fecha de mi nacimiento. Los reyes, como los dioses, no tienen memoria. Y si la tienen, lo saben disimular. Sé que faltaba poco para que naciera un siglo. De temprano me gustaba vagar por las dehesas de mi aldea.

No tuve Rocinante ni Sancho Panza, pero fui gentilhombre y caballero andante, deshaciendo entuertos y castigando injusticias, como aquella actitud incalificable de un gallo jerezano queriendo abusar de una pequeña gallina prieta de las Indias. Tomé la lanza y lo degollé de un tajo. Fue muy sabroso el gallo asado a la española. Claro, yo debo andar por los cincuenta, pero no lo digo. Las alcurnias como la mía no se rinden ante el almanaque. Recuerdo que era muy joven y tenía fiebre. Sudaba y soñaba… Soñaba con viajar y cinco meses más tarde me vi viajando por Francia, entre bombas, tiros y quejidos. Un espectáculo espantoso para la gente corriente. Pero de una gran belleza para los gladiadores como yo. Aquel era mi ambiente. Y si no peleé con las armas en la mano, fue porque no tenía edad. Por eso embarqué para Cuba. La Habana me deslumbró como una mujer hermosa. Era mi Dulcinea y para dama de tales merecimientos, era necesario que yo le rindiera un tributo grande y extraordinario. Por eso me dejé crecer el pelo y la barba. Y en la Acera del Louvre me empezaron a llamar el “Caballero de París”.

Decían que yo era igual que D’Artagnan, aquel mosquetero célebre que inventó Alejandro Dumas. Pero eso era mentira. Y en cambio, yo era una verdad que andaba, gritaba y hasta comía. Yo no salí de ningún cerebro. Yo salí por donde salen todos los hombres y también todas las mujeres. D’Artagnan era mosquetero y yo era rey, yo era Dios, yo era el profeta de una nueva doctrina y una nueva religión que habría de redimir al mundo.

Le dije que iba a decir mi nombre y se lo voy a decir. No… No se lo diré, se lo apuntaré en este anuncio de una sastrería.  Vaya fijándose. Me llamo Don Emanuel Francisco José Antonescu María de Jesús San Germán Carlos Alfonso Luis Felipe Santiago Pelayo Enrique. Y mis apellidos, los grandes apellidos de mi prosapia y de mi árbol genealógico, son los siguientes: López Llervandik Gran Mauraz, Soto Méndez de Núñez, Luna de León y Flandes de Viena.

Expresé que no me gustaba que me llamaran “El Caballero de París” y es mentira. Me gusta, pero no con el significado de que yo sea aquel mosquetero tonto que se enamoró de una reina y luego se la dejó arrebatar por un tal Buckingham. A mí no me hacen eso. Si me enamoro de una reina, la rapto inmediatamente y le ofrezco un reino nuevo. Yo soy una gran espada, un gran mosquetero, un gran señor de todos los señores. Está claro. Yo soy un auténtico, un legítimo Caballero de París, corsario con los hombres, galante con las damas, príncipe de la paz, divino emperador y Rey del mundo.

No se ría… Yo soy rey del mundo, porque el mundo está siempre a mis pies. No me mire los mocasines sucios. Mire la acera, mire la tierra, mire el pavimento. Todo está debajo de mí Arriba el cielo, del cual procedo y al cual iré para ir a pedirle cuentas a los filisteos que han entrado por sorpresa.

No se siga riendo. Usted será todo lo periodista que quiera, pero yo soy el príncipe de la paz. Sus carcajadas están ofendiendo la limpia imagen de Carlos III bajo cuya estatua no se puede conversar irreverentemente. Míreme… míreme… y ahora ríase como le dé la gana. No me importa. Estos lápices que aquí tengo amarrados a mi cintura, son para escribirle a mis grandes fuerzas que están distribuidas en el mundo entero. Sus jefes me identifican por la punta de cada uno de estos creyones. Estas revistas viejas, constituyen un archivo. Ahí en ellas están las citas históricas que son el manjar con el que me alimento. Este reloj amarillo me lo encontré en la calle. Me lo debe haber arrojado un santo del cielo para que yo nunca sepa la hora en que vivo. Y este pantalón y esta capa son de legítima muselina […] azul. Los dioses solo visten muselina azul.

Claro que me mudé de mis hermosos predios de la calle Prado. Tuve que trasladar mi reino para esta avenida de Carlos III. La causa todos la saben. Ya la prensa lo ha publicado.

[…]

Yo soy el Caballero de París.

La bondad, amabilidad y ternura que reflejaba la mirada de el Caballero de París, quedó atrapada en la estatua que José Villa Soberón esculpió. (Foto: acn.cu).

Claro… claro, amigo. Yo desayuno, almuerzo y como todos los días. Hay partidarios de mi doctrina que se preocupan de esos menesteres…

Yo nunca pido limosnas. Yo no imploro la caridad. Los dioses no se arrodillan.

Tampoco fumo, no bebo, carezco de vicios. Soy un hombre que solo se da baños de sol. El sol alimenta mucho. Si los políticos aprendieran a alimentarse con baños de sol, los dineros de Cuba estarían salvados.

No me lo recuerde… No me recuerde aquel momento terrible. Me afeitaron, me pelaron… me bañaron. Si llego a tener mis diez cañones, La Habana es bombardeada ese día. Fue un gran sacrilegio.

Todo empezó porque Pepito Izquierdo, cuando era el caudillo de La Habana, le cogió celos a mi gura… Andaba por medio una dama que me prodigaba el encanto de sus mejores sonrisas. Entonces Pepito Izquierdo me mandó a secuestrar, me tuvo diez días encerrado a pan y agua y luego me impuso un armisticio leonino. Tuve que firmar la paz […] me prohibió terminantemente pasearme por la Acera del Louvre.

[…]

¿Que dónde duermo? Duermo en mi divino castillo, que es esa iglesia hermosa que se ve desde aquí y que se llama del Sagrado Corazón… Me quieren, me respetan y me prodigan muchas atenciones. Es explicable. Yo soy un dios […] con capa, espada y pantalón de muselina, pero soy un Dios. Cuando rezo, me rezo a mí mismo, para pedirme perdón de algo que yo no he cometido.

Sí, claro Yo debí ser periodista. Pero los príncipes valen más. Una vez pasé por BOHEMIA, pero Quevedo no estaba, sino un portero atrevido que me miró como si yo fuera un fenómeno […].

Es lógico que sea popular. Todo el mundo me conoce. Todo el mundo me mira. Yo soy la leyenda que camina, la tradición sagrada que recorre las calles […] que persigue la paz entre los humanos y la guerra entre los guerreros.

Créalo, amigo periodista… Los que me critican, me ofenden y hasta me desprecian, no saben ni sabrán nunca qué hay en el fondo de mi corazón. Esos fariseos ignoran la gloria inmensa, la emoción profunda que uno experimenta cuando dice: Yo soy el Caballero de París.


Redacción Digital

 
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