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Publicado el 12 Diciembre, 2019 por Redacción Digital en Cultura
 
 

La cáustica madeja de Araña

Cinta chileno argentina insta a dilucidar oscuros momentos de la historia en Latinoamérica
La cáustica madeja de Araña.

Aunque con algunos desaciertos, Araña propone reflexionar para comprender nuestras realidades desde una mirada diferente. (Foto: FilmAffinity)

Por: ROXANA RODRIGUEZ TAMAYO

Siempre serán pocas las referencias que, desde la filmografía regional, se conciban sobre los vergonzosos sucesos que acabaron con el gobierno de la Unidad Popular, liderado por el presidente Salvador Allende, a principios de la década de los 70.

Este Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, al igual que muchos de sus antecesores, volvió a ser eco de aquellas páginas ensombrecidas de la memoria latinoamericana. La película Araña, del realizador Andrés Wood (Machuca, Violeta se fue a los cielos, La buena vida), también es un ejemplo de esas certezas. Solo que ahora su director emplea un enfoque inusitado de total vigencia.

Esta coproducción chilena argentina define  derroteros otros,  a partir de una trama que se aparta de los relatos relacionados de manera explícita con el golpe de Estado, encabezado por Augusto Pinochet; de las ejecuciones ilegales, los desaparecidos, los constantes atropellos y violaciones hacia todo lo que ostentara un cariz progresista y/o radical.

Araña toma partido aparentemente desde un bando diferente, mueve los hilos de una madeja incómoda, mordaz y se centra en el escenario político previo a aquellos aciagos acontecimientos. Ofrece una visión introspectiva y cruenta de cómo se gestó en el Chile de principios de los años 70 ese nacionalismo voraz y virulento que enlutó a más de una generación y, por si fuera poco, además tuvo devastadoras y análogas manifestaciones en otros territorios del continente.

Considerado un thriller algo desasido del canon, la el filme desarrolla dos historias paralelas, las cuales alternan entre el presente y el pasado de tres ultraderechistas acérrimos, miembros del Frente Nacionalista Patria y Libertad, fundado en país suramericano en 1971 para  redimir el orden en la patria y que operó allí hasta aniquilar el gobierno de Unidad Nacional.

El matrimonio de Inés y Justo, burgueses acaudalados, los une a Gerardo, ex militar, violento e inadaptado, un pasado ignominioso que se remonta a su adhesión a dicha organización de ideología fascista. De aquellos vínculos surge una amistad de dudosos principios salpicada por las ruindades del azaroso triángulo amoroso que viven, alegoría de la verdadera estirpe traicionera y miserable de sus existencias.

En medio de la lucha por sus ideales -antimarxistas por antonomasia-, para salvaguardar los intereses de una minoría, comenten un crimen de nefastas consecuencias para toda la nación. La felonía de aquel arranque juvenil los aleja, al parecer, de modo definitivo.

Tras 40 años, cuando Inés y su esposo, influyentes y bien posicionados empresarios, gozan de los privilegios de la clase alta, Gerardo reaparece como consecuencia  de un evento fortuito y se convierte en una amenaza para la próspera vida de la pareja. Pero sus intenciones, corroídas por resentimientos y odios, van más allá; intenta reverdecer el proyecto nacionalista que como “amigos” los juntara y separara antaño.

Mercedes Morán y María Valverde, interpretan a Inés adulta y joven, respectivamente;  el Gerardo maduro es encarnado por Marcelo Alonso, mientras igual personaje en la juventud, corre a cargo de Pedro Fontaine.  El Justo veterano lo caracteriza Gabriel Urzúa y el mozo recae en Felipe Armas. De toda una nómina excepcional se ha valido Wood para darle sentido a esta película necesaria y urgente que por demás, cuenta con Guillermo Calderón como guionista, a Miguel Littin en la fotografía, y la música de Antonio Pinto.

Araña desde su particular y cáustica mirada convida a no olvidar, insta a repensar el presente para que las mismas certidumbres del pasado no vuelvan a dominar. Ese es uno de los mensajes más acertados que nos deja la película: el carácter cíclico de ciertos procesos históricos.

Con supuesta postura frívola, Wood va develando cuan procaces y perversos son los personajes. Durante casi dos horas, coloca al espectador en un trance molesto. Quien observa desde la platea llega a sentirse agredido, violentado ante la degradación y la desvergüenza, la inmoralidad y la sordidez con que algunos estratos en el poder, ahora mismo, imponen las reglas del juego y desuelan pueblos enteros del continente, a título de su trasnochado civismo.

Sin duda, Araña deviene una travesía a la semilla que conmociona, pone en alerta y de alguna forma, es una indagación política y social sobre un flagelo que nunca ha dejado de existir, solo se ha aletargado y peligrosamente, comienza a despertar.


Redacción Digital

 
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