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Publicado el 30 Diciembre, 2019 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

Guardianes de la memoria

Con audacia e imaginación el movimiento documentalístico de América Latina demuestra su valía artística en el Festival de La Habana
Guardianes de la memoria.

La labor fundacional del maestro Julio García Espinosa se inscribe con relevancia en la historia del cine latinoamericano. (Foto: Cortesía de la Cinemateca de Cuba).

Por SAHILY TABARES

¿Cómo contaré mi historia? Esta pregunta, al parecer, saturada de inocencia, pero siempre inquietante, viaja de voz en voz cuando guionistas y directores comparten la pasión de relatar hechos, vivencias, angustias, recuerdos, sentimientos, urgencias, que inquietan a los humanos en cualquier lugar del planeta.

En el siglo XXI las tácticas expresivas del documental se han desplazado hacia ámbitos en apariencia extraños a las formas canónicas, apelan a la exploración del inconsciente, la auto-representación, el video diario, entre otras, en busca de la hibridez manifiesta en la ficción y la docu-animación.

De ningún modo quedan en el olvido los principios del precursor Robert Joseph Flaherty (1884-1951), quien realizó el primer documental tratado como obra de arte: Nanuk, el esquimal. Aunque él no era etnógrafo ni se proponía incursionar en el género documental –esta palabra la usó por vez primera John Grierson en 1926–, hizo del cine un documento vivo y no un espectáculo regido por imperativos industriales que le restaran autenticidad convirtiéndolo en una máscara de lo real.

La edición 41 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano ha colocado en la pantalla soluciones revolucionarias para motivar el acto de pensar y redescubrir realidades-otras, las cuales poco se conocen o, por lo menos, no con la sapiencia y la audacia necesarias.

Lo demostró el director Manuel Herrera en la puesta Retrato de un artista siempre adolescente, en el que parte de la vida del cineasta Julio García Espinosa, importante figura de la cultura cubana, y establece una relación entre el surgimiento y el desarrollo de la nueva cinematografía en nuestro país, connota sus éxitos, luchas, enfrentamientos con el pensamiento dogmático; ahonda en la difícil, siempre riesgosa relación entre los funcionarios y los artistas, así como en la defensa de una política creativa en beneficio del séptimo arte.

Guardianes de la memoria.

En la puesta brasileña Cinema Morocco, refugiados e inmigrantes compartieron un renovador proceso artístico. (Foto: Cortesía del Icaic).

Sin ambages, el género documental ha demostrado que la cultura es un proceso acumulativo de hallazgos; por muy deslumbrantes que parezcan las tecnologías de una época, estas no bastan, la dramaturgia audiovisual exige imperativos definitorios, imprescindibles: investigaciones acuciosas de envergaduras gnoseológica, estética, valorativa.

Quienes acuden a la no ficción, en tanto guardianes de la memoria, son conscientes de que la vida, aunque sea ardua, si se aborda y muestra con artisticidad, será posible enriquecer la sensibilidad y la construcción de un mundo mejor.

No obstante, circulan por doquier textos audiovisuales que carecen de una mirada capaz de penetrar como un estilete en los conflictos y las complejidades de la existencia diaria.

¿Por qué muchas veces apenas se piensa en el punto de vista al concebir un relato? Resultan insuficientes las cámaras y los artefactos sofisticados si falla la modulación de la información narrada que orienta el modo de contar historias.

Lo tuvo en cuenta con inteligencia y saberes Juan Diego Solanas en el documental Que sea ley. En Argentina, donde el aborto está prohibido, una mujer muere cada semana como resultado de prácticas clandestinas. El 14 de junio de 2018, los diputados argentinos dijeron sí a la legalización del aborto. El 9 de agosto, por 38 votos contra 31, el senado rechazó el proyecto legislativo. La puesta acude a testimonios de hombres y mujeres que llevan el pañuelo verde de la Campaña por el Aborto Libre. La obra dibuja un retrato de las feministas de la nación sudamericana y muestra la esperanza de que su extraordinaria movilización haya dado a luz en ese país como en otros.

Sin duda, la lucha por la legitimidad de las innovaciones motiva reflexiones teóricas sobre el cine e invita a incursionar en diferentes campos y disciplinas, desde la sociología, la semiótica, la antropología y la filosofía política.

En tal sentido es elocuente la obra Cinema Morocco, del brasileño Ricardo Calil, quien cuenta sobre refugiados e inmigrantes que ocuparon un cine abandonado y el proceso artístico que los convirtió en estrellas cinematográficas. El equipo de la película reabrió el local, proyectó filmes clásicos e invitó a los residentes del lugar a un taller de actuación donde luego, como actores, recrearon momentos sorprendentes de esas películas. En esencia, el cine devino, más que un espacio físico, un sitio de ensueño.

Guardianes de la memoria.

El documental Que sea ley conmocionó a la sociedad argentina. (Foto: Cortesía del Icaic).

La resignificación del ser y el acontecer demostró que en general el documentalista tiene la posibilidad de atisbar desde un acercamiento privilegiado situaciones únicas y, por tanto, irrepetibles.

No basta la buena fe a la hora de relatar hechos y contradicciones si prima el desconocimiento sobre estructuras narrativas, las cuales organizan el orden que produce el sentido de totalidad en cada puesta.

Un ejemplo notable sobre el dominio de este concepto lo demuestran Katherine T. Gavilán y Lisandra López en Brouwer, el origen de la sombra. Ambas logran que el importante intelectual cubano nos abra las puertas de la intimidad creadora para que exploremos su cotidianidad y la excelencia del quehacer compositivo de un artista relevante. Leo Brouwer reflexiona sobre asuntos que le preocupan y comparte inquietudes acumuladas durante ocho décadas de prolífera existencia.

Puede producir cierto extrañamiento la atmósfera de la puesta, clave esencial para comprender el fuero interno de un hombre culto, apasionado. Una vez más, la imagen, al igual que la buena palabra, revela y rebela el magma de las honduras del alma y del pensamiento.

Un “viaje” diferente emprende Joanna Reposi, en Lemebel, coproducción de Chile y Colombia. Ella rememora durante 96 minutos cómo el escritor y artista visual Pedro Lemebel sacudió la conservadora sociedad chilena durante la dictadura de Augusto Pinochet a finales de los 80. Arriesgados performances sobre derechos humanos motivan a revisitar una problemática que conmovió profundamente a generaciones, las cuales no olvidan, ni silencian dolores, ausencias y muertes provocadas en esa nación.

Guardianes de la memoria.

Leo Brouwer comparte su mirada aguda y cuestionadora en un hermoso documental. (Foto: LEYVA BENÍTEZ)

Ciertamente, por distintas vías y apropiaciones de lo real, una y otra vez debemos volver a planteamientos y alertas expresados por Flaherty: “Nunca como hoy el mundo ha tenido una necesidad mayor de promover la mutua comprensión entre los pueblos. El camino más rápido, más seguro, para conseguir este fin, es ofrecer al hombre en general, al llamado hombre de la calle, la posibilidad de enterarse de los problemas que agobian a sus semejantes”.

Imposible pensar en un método o en caminos preconcebidos, cada historia exige una manera de contar, esta no se improvisa, demanda estudiar esencias, procederes, clásicos, las huellas de grandes que fueron transgresores para “reinventar” lo dicho con verdad artística y audacia subversiva, la cual nunca viene mal si la anclan sustentos sólidos y pensamiento cinematográfico.


Sahily Tabares

 
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