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Publicado el 28 Enero, 2020 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Las mujeres de Federico

Tras 30 años del estreno, se repone una obra que reverencia a un notable poeta español
Las mujeres de Federico.

Los diseños de vestuario y luces, sencillos y funcionales, se convierten en un personaje más.

Por ROXANA RODRIGUEZ TAMAYO

Fotos: CORTESÍA DEL GRUPO

Apenas comenzado 2020, el colectivo Teatro D´Dos, liderado por el actor, pedagogo y director escénico Julio César Ramírez, se sumergió en los avatares conmemorativos por las tres décadas de existencia de la agrupación que, desde hace casi dos lustros tiene como sede el Complejo Cultural Raquel Revuelta, en el habanero Vedado.

A modo de repaso por la intensa y ascendente trayectoria del grupo, se inauguraron tales jornadas con uno de sus montajes primigenios; se trata de Federico, estrenado a inicios de los años 90 y que reúne algunos de los textos más representativos del poeta, dramaturgo y prosista granadino: Federico García Lorca.

Pleno de lirismo, tal cual es la obra del escritor ibero que sustenta la puesta, este espectáculo no evidencia las huellas del tiempo, aun cuando fue concebido a partir de partituras dramáticas de la primera mitad del siglo XX y se llevó a escena en un contexto histórico (años 90), en el cual el teatro cubano en su conjunto empezaba resentirse por las limitaciones de recursos económicos impuestos por el llamado Período Especial y ciertos vacíos estético conceptuales que comenzaban a expandirse tras la eclosión teatral de los años 80.

En medio de estas circunstancias emergió -tal vez, como rara avis– Teatro D´Dos con este Federico, estremecedor  y sugestivo que recrea pasajes de obras cardinales como: Doña Rosita la Soltera o El Lenguaje de las Flores; Bodas de Sangre; Yerma y remata con La Casa de Bernarda Alba, la última partitura dramática escrita por Lorca y su pieza cumbre.

Desde los minutos iniciales, un poema aparentemente anodino alude, resignifica, la  fragilidad femenina y marca el sentido que tomará el montaje en el decurso, centrado en desnudar las problemáticas que,  en todas las épocas, ha afrontado el tildado “sexo débil”.

Como puesta en escena, Federico tiene muchas virtudes; una de ellas es su apego al concepto esencial que distingue a la obra del más influyente y reconocido bardo español del siglo XX: la mujer como sostén medular de la trama.

Las actrices Gabriela Ramírez y Daysi Sánchez (esta última una de las intérpretes del estreno) encarnan con organicidad y consistencia a las heroinas lorquianas, todo un reto en escena, en una puesta que ofrece un rico abanico de búsquedas, experimentaciones en cuanto al lenguaje corporal, el manejo de la voz para alcanzar uno u otro rol, los cuales configuran y evocan el ahogo existencial y espiritual de los personajes ante los prejuicios y preocupaciones que las desuelan.

Cautiva en Federico como, con sobriedad y sencillez, se logra un espectáculo repleto de matices, emociones, en el cual llama la atención la total ausencia de elementos escenográficos; con solo las telas de los atuendos –prolongaciones de los vestuarios- consiguen una visualidad de excepcional sugerencia que contribuye a reforzar metáforas y símbolos propios del granadino.

Las mujeres de Federico.

El desengaño amoroso, la soltería, el matrimonio por conveniencia, la esterilidad femenina, la honra y el pudor son dilemas de todos los tiempos abordados en Federico. De izquierda a derecha: Daysi Sánchez y Gabriela Ramírez.

Aun cuando posee escenas con aproximaciones a cantos y danzas flamencas, el montaje carece de música (ni en vivo ni grabada), todos los recursos sonoros son concebidos por las intérpretes a partir de percutir, por medio de palmadas, contra el tablado. Esta es una solución funcional en la meridiana escases antillana y además, refrenda la devoción de Lorca por la música y el baile populares entreveradas con la poesía emanada de sus textos, donde lo popular y lo culto se abrazan armonicamente.

Sin duda, es una puesta hermosa, aunque precisa de un espectador avesado y conocedor de estas joyas dramáticas para penetrar en la bruma de sus conflictos; no obstante, deviene homenaje necesario a Lorca y – ¿por qué no?- sus angustiadas mujeres.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez