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Publicado el 21 Febrero, 2020 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

EDUARDO ABELA VILLAREAL

El tiempo de un cronista

La obra del notable pintor y caricaturista cubano es una muestra relevante de intuición e ingenio personal
El tiempo de un cronista.

A lo largo de su vida, el insigne creador se mostró comprometido con la cultura y el pueblo cubanos. (Foto: picdeer.org).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Chaveta en mano, desde la mesa de torcer tabaco, la sensibilidad del joven artista hacia la plástica se modela, crece en inquietudes y revelaciones. Tras las jornadas frente a los puros, anda diligente a pintar todo cuanto le rodea, a descubrir cada palmo de su natal San Antonio de los Baños.

Apenas es un veinteañero, Eduardo Abela Villarreal (3 de julio de 1889-9 de noviembre de 1965), cuando La Habana se abre para él, al ingresar en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, de donde absorbe la esencia necesaria para perfilar su obra; a la par, como tantos de sus contemporáneos y sucesores, desecha las fórmulas anquilosadas de aquel método de enseñanza. El paso fugaz por el centro académico no trunca el excepcional talento del creador en ciernes.

“Abela tiene talento y se puede decir que lo que sabe es propio. Nadie se lo enseñó…”, sentencia en cierta ocasión el maestro Leopoldo Romañach ante tan peculiar estilo. Y ciertamente, al autor de piezas notables como La comparsa, Camino de Regla y Los funerales de papá Montero, por solo citar algunas, apenas se le escucha disertar sobre grandes maestros de la pintura entre correligionarios y seguidores. No obstante, siempre hallará en las figuras destacadas una fuente de aprendizaje y experimentación.

Aquel obrero torcedor de tabacos, agradable, abierto en sus opiniones, de ademanes correctos, con perspicaz sentido del humor, a veces hasta sarcástico, en brevísimo tiempo se traslada de la capital cubana a España. Mientras reside allí se impregna de lo que considera cardinal para allanar el camino hacia el universo anhelado: la pintura.

En la nación ibérica lo deslumbran las calidades, la sensualidad de las formas, los matices, todo lo cual repercute en la riqueza y el nivel de la concepción artística que luego lo singularizará. De regreso a La Habana en 1924, sus creaciones no expresan progresión alguna en relación con lo que se concibe en la Isla, ni tampoco con la nueva pintura de la Escuela de París; sin embargo, revelan un punto de partida promisorio de lo que será la obra ulterior.

El vivo que nunca fue Bobo

El tiempo de un cronista.

Entre otras publicaciones, BOHEMIA incluyó en sus páginas caricaturas de El Bobo, extraordinario en la línea y la composición del dibujo, y en la interpretación psicológica del ser cubano. (Fotocopia: Archivo de BOHEMIA).

Casi a mediados de los años 20, la pintura queda en reposo y son los dibujos satíricos en el periodismo gráfico los que ponen el pan sobre su mesa. Al regreso del Viejo Continente, sin fortuna, pero con muchas expectativas, revitaliza el célebre personaje popular de El Bobo, existente desde la época colonial, que a modo de estaca punzante devendrá instrumento de lucha ideológica contra la dictadura de Gerardo Machado.

Con aquella caricatura del hombrecillo de estampa regordeta, el artista comienza a ensanchar influencias en el entorno social antillano como humorista penetrante y agudo. Gana dinero y más popularidad de la que quizá pudiera tener como pintor. Así lo suscribe el periodista, grabador y pedagogo Juan Sánchez Sánchez, en el libro Hijos de su tiempo. Once pintores mayores de Cuba:

“La prensa pagaba, porque los cartones políticos de Abela eran buscados cada día por la masa de lectores […] El Bobo burlaba censuras estúpidas y ‘pasaba por Bobo, pero era un vivo, como tantos cubanos de la calle’. Entre la picaresca criolla y las críticas a la satrapía machadista, el hombre con cara de culo, planteaba las ideas y burlas del pueblo”.

Ese metiche fastidioso y pícaro, con semblante de medio tonto y aparente aire ingenuo, traduce la preclara posición de izquierda radical del creador. Evidencia su preocupación por el prójimo, más allá de la solidez en criterios sobre cultura y arte que ostentara.

“Porque su inteligencia era penetrante y porque era un hombre culto y poseedor de una sensibilidad humana que lo hacía sentir como propios los problemas de la comunidad, Abela se fue politizando con el paso de los años”, refiere en algún momento el intelectual, pedagogo, historiador, político y diplomático cubano Raúl Roa García, al rememorar la relación que los conectara cuando, por mediación del escritor y revolucionario Rubén Martínez Villena, se vincularan durante las actividades del Grupo Minorista, agrupación de intelectuales cubanos unidos por la defensa de la identidad nacional con una amplia gama ideológica que abarcaría desde la izquierda marxista hasta el nacional reformismo.

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Esta foto, publicada en junio de 1927 por la revista Social, documenta la firma de la Declaración del Grupo Minorista. De izquierda a derecha, Eduardo Abela aparece en el cuarto puesto, entre los sentados, y justo a su derecha se halla Villena. (Foto: cubaliteraria.cu)

El Bobo lo consagra como figura reputada en el ámbito de la gráfica periodística, no solo por el impacto del personaje en el pueblo, también, por la excelencia de la forma y el ingenio de los dibujos. Pero la popularidad no completa las expectativas del Abela pintor. Añora concebir un arte mayor y, tras la búsqueda de una expresión plástica genuina y espontánea, en 1927 viaja a París seducido por la obra de Cézanne y Paul Klee, este último, el artista que por siempre lo impresionará.

Durante los dos años en que permanece en la ciudad gala, sus creaciones asumen otra mirada, influenciada por la amistad con el novelista e intelectual Alejo Carpentier, quien lo aproxima al movimiento surrealista y otras corrientes de vanguardia de la época. En sus pláticas deviene asunto recurrente el tema “negro”, matizado por el regusto europeo hacia nuestras tierras, consideradas exóticas, diferentes, y que, según el autor de El reino de este mundo, sería un filón significativo en las búsquedas y experimentaciones del artista.

“Debes hacer con tu pintura […] lo que Caturla y Roldán están haciendo con su música. Afrocubanizándose, ellos se cubanizaron y se modernizaron. Tienes que hacer lo mismo. ¡Lo afrocubano es para el cubano de hoy, lo moderno!”, le exhorta con persistencia el escritor; y aunque en principio Abela no manifiesta una genuina inclinación por la temática, desde la bruma de la distancia germinan telas con cierto halo nativo, teñidas de sabor caribeño y evocaciones africanas. Aparecen –desprejuiciadas, sin moldes ni estereotipos– las figuras de rumberos y danzantes. Viene el éxito imprevisto en la parisina galería Zak, donde recibe el elogio de la crítica especializada. Su quehacer pictórico adquiere un nuevo rumbo.

El tiempo de un cronista.

El tema afrocubano tiene puntos de especial relieve en El triunfo de la rumba (1928). (Foto: bellasartes.co.cu).

Este es el contexto preciso en el que el pintor comprende precozmente el potencial del arte concebido en nuestro continente y, en consecuencia, a tiempo toma conciencia de esa realidad. “Creo sinceramente que en América está la savia del arte nuevo. Las fuerzas espirituales de Europa están poco menos que agotadas y su civilización ha de salvarse por el poder que le inyecte el cruce con razas vírgenes pletóricas de esencias humanas”, confiesa a sus colegas de la revista Avance, en lo que pudiera ser una declaración de principios, publicada en fecha tan temprana como 1928.

La obra: adarga del artista

De vuelta a La Habana en 1929, El Bobo reemerge para continuar y rematar una nueva ofensiva política. La pintura otra vez se detiene y cede lugar a la caricatura de la que se desligará definitivamente tras la caída de Machado, cuando por corto tiempo parte a cumplir servicio diplomático en Milán, donde agranda saberes y toma de primera mano lo más valioso del arte italiano.

Su ya afinada intuición pictórica, junto a estos hallazgos en el país mediterráneo y la influencia del muralismo mexicano, configuran la llamada etapa clásica o criolla de Abela, a la que corresponden, entre otras piezas, Guajiros (1938), reconocida en la pintura moderna de la Isla como una de las más rotundas expresiones de la imaginación criollista, pues instituye cánones representativos y temáticos, en tanto convierte a los personajes en auténticos arquetipos cubanos.

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Influenciado por el muralismo mexicano, el óleo Guajiros (1938) es una de las más genuinas expresiones del criollismo. (Foto: encaribe.org).

A finales de los años 30, funda el Estudio Libre de Pintura y Escultura, el cual genera toda una revolución en la plástica cubana, de acuerdo con el criterio de expertos. Personas de diversas edades, versadas o no, se acercan a este espacio incentivador de una creación artística desasida de los límites convencionales, que llega a aglutinar –en calidad de orientadores– a relevantes figuras como Rita Longa, René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Jorge Arche y Alfredo Lozano.

Abela atiende diaria y denodadamente aquel recinto especial durante su efímero período de existencia, a partir del cual tal vez se preludiaría lo que decenios después la Revolución Cubana refrendará como uno de sus más vitales preceptos culturales: la enseñanza institucionalizada del arte.

“Me impresionó con sus ideas sobre educación artística del pueblo. Para él, este Estudio Libre era más importante que la más grande Academia del mundo. No admitía entonces, ni le interesaban, las cabriolas de la pintura europea moderna. Recomendaba que no se le imitara”, así recuerda Roa, el Canciller de la Dignidad, la relación del creador con ese sui generis centro de formación, en el cual instaría a seguir ante todo la intuición y el ingenio personal.

El ejercicio de la diplomacia irrumpe en la vida del pintor y caricaturista varias veces más y en lapsos intermitentes. Representa a la mayor de las Antillas en las misiones de México (1942-1945) y Guatemala (1945-1951), este último país le confiere el Premio Nacional de Pintura en 1947. Son años de relativo sosiego, sumergido en la creación, la tranquilidad de la vida hogareña y el prestigio ganado como artista cubano de renombre.

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Eduardo Abela fue un maestro en captar la espiritualidad y psicología de sus personajes, en Retrato de Martí aprehende un momento especial en la vida del Apóstol. (Fotocopia: CASA DE LAS AMÉRICAS).

Hasta que en 1949 un evento aciago tuerce el camino de su existencia toda, incluso el del arte: el fallecimiento repentino y prematuro de Carmen Alfonso, la amada esposa y madre de dos hijos. Desaparecen en su obra los contenidos reposados y rumbosos; su estilo expresivo asume códigos exotéricos. No obstante el dolor que lo corroe, pinta. Crea El Caos (1950), pieza reconocida como excepcional, y exhibe en distintas galerías guatemaltecas, hasta que vuelve a la Ciudad Luz y poco después retoma el arte figurativo. Se inaugura la última y más extensa etapa en la trayectoria creativa del artista.

La perturbación emocional a causa de la pérdida, lo desestabiliza con sueños terribles, cuyas atmósferas intenta llevar a la tela, influenciado por las teorías del movimiento surrealista y el psicoanálisis de Sigmund Freud. “Existía, en aquel mundo de mis angustiosos sueños, una bacteria de la descomposición, un virus de la podredumbre, un germen de derretimiento maligno que lo atacaba todo”, confesaría Eduardo Abela al investigador José Seoane Gallo.

En su lucha desesperada contra sus fantasmas, estructura un nuevo estilo más cercano a sus aspiraciones anímicas. Poco a poco se desvanecen las imágenes endemoniadas para dar paso a ambientes agradables, concebidos técnicamente a partir de gruesos empastes y el influjo de las obras de Paul Klee y Marc Chagall. Son pinturas de delicada poética liberadora que no desisten de aquella “bacteria de la descomposición”.

Es 1954, una vez más, La Habana lo abraza. Trabaja extraordinariamente en diversas joyas que expone en la Isla. Tras el triunfo de enero de 1959, cumple funciones diplomáticas al servicio del nuevo proceso social y su postura política al lado de lo justo se mantendrá invariable hasta el último de sus días; así lo demuestra cuando afirma: “Creo que gracias a la Revolución el futuro del pueblo cubano está asegurado”.

El tiempo de un cronista.

El Museo Nacional de Bellas Artes, de Cuba, atesora una valiosa colección de obras del artista, concebidas en diversas etapas de su trayectoria. (Foto: ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO).


Roxana Rodríguez

 
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