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Publicado el 18 Febrero, 2020 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

EUGENIO HERNÁNDEZ ESPINOSA

“He llevado el diablo adentro”

Diálogo con uno de los más destacados dramaturgos en la Isla, a propósito de la actual cita literaria
“He llevado el diablo adentro”

Con una mirada filosófica, su literatura dramática agasaja lo popular y recrea la mitología yoruba, sin prejuicios ni estereotipos.

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Fotos: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA

A los 84 años de existencia, el optimismo y las ganas de vivir y crear no se apartan de Leopoldo Eugenio Hernández Espinosa, Premio Nacional de Teatro en 2005 y uno de los homenajeados en FILCUBA 2020. El notable dramaturgo, director teatral y guionista sorprendió al equipo de BOHEMIA con su energía y andar diligente.

Cuando lo abordamos, a pocos metros de su casa,  en el habanero municipio del Cerro, constatamos cuán admirado y respetado es por sus vecinos. A cada paso, no dejó de prodigar saludos, sonrisas y hasta se gastó alguna broma con más de uno. Así, entre risas y cumplidos, apenas nos percatamos de que habíamos desembarcado en el piso 18, del edificio de 20 plantas que colinda con la calle Infanta, desde donde –como en un promontorio– el barrio parece un laberinto de diminutos techos y casitas.

“En el Cerro he vivido toda la vida. Me criaron tres mujeres, quizá por eso he escrito tanto sobre la personalidad femenina. Soy el resultado de una relación entre un hombre blanco y mi madre que era negra, aunque la cuestión racial nunca me afectó. Fui un niño muy querido y mimado. Mi papá me adoraba y siempre me apoyó mucho”.

Cuenta Hernández Espinosa que era la joya de aquella familia sencilla, honesta y de escasos recursos. Recuerda con ternura como la tía paterna le insistía: “Tú vas a salvar a los Hernández, tú vas a ser grande”. Y no se equivocó.

“Cuando ingresé en primer grado en el colegio religioso protestante de los Adventistas del Séptimo Día, ya sabía leer. De manera que al alcanzar los ocho años empecé a dar mis primeros pasitos como escritor.

“Leyendo la Biblia me surgieron muchas interrogantes y me decía: cómo es posible, si Dios hizo al hombre y a la mujer, ¿por qué luego lo convirtió en pecado? Eso está mal hecho. Claro, cuando le hice esta pregunta a la maestra, una persona excelente y que enseñaba la historia sagrada como si fuera un cuento, no hubo respuesta alguna, solo un susurro: ‘Apártate, Satanás’.

“A partir de entonces he llevado el diablo adentro. En el barrio donde crecí, en las cuatro esquinas de San Pablo y Clavel, acudíamos muchachos de todas las tendencias, desde los maristas, hasta los de La Salle y de las escuelas públicas, y surgían confrontaciones de naturaleza muy diversa. También frecuentaba una vivienda a la que le decían la casa de los rusos, porque se reunían comunistas.

“Durante el batistato salía a pintar en las paredes letreros de ‘abajo Batista’, ‘abajo el imperialismo yanqui’, y firmaba: JSP (Juventud Socialista Popular). A partir de ese momento, tuve la certeza de la necesidad de transformar el mundo, o nuestra realidad, desde la acción física y no desde la metafísica. Llegué a estar al frente de la JSP de mi área y muchas veces repartí propagandas viejas, incluso en casas muy vigiladas; era muy importante, pues para quienes no las habían leído, eran nuevas. Comprendí el poder de la escritura, el valor de escribir”.

De escritor en ciernes a dramaturgo

“He llevado el diablo adentro”

Su obra como creador y pedagogo es reconocida en Cuba y en otras latitudes. En esta fiesta literaria se presentan algunos de sus textos más sobresalientes.

Al triunfo de la Revolución un mundo de posibilidades se abrió para aquel veinteañero, quien ya a inicios de la década del 50 había concebido sus primeras partituras teatrales (nunca han sido publicadas). En 1960, el Seminario de Dramaturgia, organizado en el Teatro Nacional de Cuba, marcó un nuevo sentido a su existencia. Tuvo la oportunidad de contar con el magisterio de prestigiosas figuras de la cultura cubana y latinoamericana.

“Yo quería ser un Tennessee Williams, autor entonces de moda y a quien se le reconocían obras muy sólidas; por eso me presenté. Durante los cursos preparatorios, cuando Mirta Aguirre revisaba mis textos, los rayaba con un creyón rojo; no obstante, había algo que sí me molestaba, ella no me comprendía, mi lenguaje era popular y lo llevaba a lo literario, y yo me decía: ‘es que el pueblo no habla así’. Viví en esa lucha interna durante un tiempo, pero nunca se lo expresé, por supuesto. Hasta que al fin ella misma me comunicó que me otorgaban la beca.

“Al principio fui bastante contradictorio. Estaba en un equipito que no creía en Osvaldo Dragún [dramaturgo argentino y principal representante del Seminario] ni en nadie. Y empezamos a hacer la guerra sorda, hasta que la situación se volvió insostenible. Se corrió la voz de que para el curso siguiente solo escogerían a la gente talentosa; los que no lo éramos –un grupo en el cual figurábamos [Gerardo] Fulleda y yo, entre otros– nos quedaríamos fuera.

“¡Y mira hasta donde llegaba nuestra osadía! Planteamos no aceptar la decisión hasta tanto no llegara un talentómetro para medir nuestros talentos. A esa hora llamaron a todas aquellas glorias [los profesores] para analizar la situación. A los pocos días, el propio Dragún me citó a su oficina, ahí pensé: ya esto es el ‘bote’, se acabó todo. Pero él, entre otras cosas, me propuso ser el responsable de lo referido a los becarios. De no haber sido por eso, no hubiera llegado a nada. Aprendí mucho junto a Dragún, nunca me trató como un alumno, fue muy hábil y honesto, y siempre reconoció en mí el talento”.

En los vaivenes de la creación

Tras esta experiencia profesional y de vida, la obra de Eugenio Hernández Espinosa tomó un rumbo ascendente. Nacieron textos tan significativos como María Antonia y Calixta Comité (ambos de 1969), Mi Socio Manolo (1971) y La Simona (1973), galardonado con el premio Casa de las Américas en el apartado de teatro. Luego despuntaron Emelina Cundiamor (1987), Alto riesgo (1999), Tíbor Galarraga (2004), Cheo Malanga (2009), Gladiola, la Emperatriz (2010), entre otras.

“La primera obra mía llevada a escena fue El sacrificio, premiada en 1962 en un concurso de instructores de arte; la montó un grupo de aficionados que tenía una calidad casi profesional. En una ocasión, mientras Virgilio [Piñera] la veía hizo un gesto como de sorna, aludiendo a un supuesto paralelo con Balzac; sin embargo, luego reconoció su valía y me trataba con mucha consideración. Era muy respetuoso y le gustaba que los jóvenes escribieran, siempre y cuando, no compitieran con él.

“Después, cuando se suspendieron las funciones de Calixta Comité, en el teatro Mella, se sintió sinceramente molesto. No entendía que a un premio Casa de las Américas se le quitara de cartelera una obra. Ese texto fue muy mal comprendido…

“Más tarde, en la discusión en la cual pude exponer mis puntos de vista, Cintio Vitier me defendió mucho y también otras personas expresaron su desacuerdo. Julio García Espinosa, presente allí, pidió hablar a solas conmigo en otro momento. Nos encontramos, conversamos sobre la puesta y el mundo que se movía en ella, y me pidió llevar al cine Mi socio Manolo, que se adaptó con el nombre de La vida inútil de mi socio Manolo (1989)”.

Ya para esa época la química de los textos dramáticos de Hernández Espinosa había trascendido a la filmografía nacional, en la cinta Patakín (Manuel Octavio Gómez, 1984); a esta se agregarían María Antonia (Sergio Giral, 1990), Roble de olor (Rigoberto López Pego, 2003) y El Mayor. Sin duda, hasta hoy, es el dramaturgo cubano con mayor incursión en el guion cinematográfico.

Nuestro entrevistado no quiso pasar por alto su confianza en las nuevas generaciones: “Los jóvenes están escribiendo hoy sin superficialidades. Asumen el teatro desde su realidad, a partir de su escala de valores, esa que define la actitud o proyección de las personas ante la vida. Tengo fe en los muchachos que van al teatro. También en quienes lo están haciendo; hay cambios de estéticas, de conceptos, pero para mí lo importante es que son escritores y están defendiendo su obra”.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez