0
Publicado el 24 Mayo, 2020 por Pastor Batista en Cultura
 
 

Flor de África

Por Pastor Batista Valdés 

Foto del autor

Este lunes 25 de mayo África se colmará de danzas folklóricas, cantos y otras formas de expresión y de celebración culturales.

Dedicado por el mundo a ella, el día no será tangencial para quienes, habitando la Mayor Isla de las Antillas, llevamos en vena sangre y latido de aquel continente donde subyacen raíces de nuestra nacionalidad.

Por uno de los 55 países que lo integran, Angola, pasamos más de 370 mil cubanos, como expresión de una de las más grandes muestras de solidaridad entre los pueblos.

De mis vivencias acerca de aquellos días, y del libro Arma secreta de Cuba en Angola, actualmente en proceso de edición por parte de la Editorial Pablo de la Torriente Brau, les adelanto el siguiente relato, como obsequio a tan sensible efeméride.

EL VIEJITO DE LA FLOR

Flor de ÁfricaPor detrás de las amarillentas hojas de un girasol, aparece otra vez. No sé cuántas veces lo ha hecho, pero son tantas que a ninguno de quienes aguardan por la salida del AN-26, hacia Luanda, les llama la atención.

En cada mano trae una lata de mediano tamaño, llena de agua. Sus pies descalzos, tal vez desde hace meses o años, pisan suave, pero con firmeza, el ardiente pavimento. Un poco más arriba, a media pierna, las patas de un pantalón a cuadros suben al encuentro de una camisa bastante zurcida, sobre todo en la espalda. El rostro, imperturbablemente sereno, y hasta con algo de alegría a flor de arrugas, está cobijado por las anchas alas de un sombrero de guano, tampoco nuevo. Sudor, sí: mucho, en todo el rostro.

Con una edad que a ojos vista impone reto a lo incógnito, pero nunca inferior a las seis décadas, el hombre se inclina dentro del césped del aeropuerto de Lobito y empieza a verter, como en las ocasiones anteriores, agua sobre las ya humedecidas plantas del jardín.

Al concluir, y sin decir una palabra, se incorpora y vuelve en busca de más líquido.

Frente a una vicaria blanca, se detiene, la mira y se acomoda con elegancia el sombrero, acaso en gesto de respetuosa reverencia, mientras esboza una casi imperceptible sonrisa, para reemprender su caminar, sin apuro, dueño absoluto de todo el tiempo del mundo.

¿Cuántas veces más repetirá la faena? Quién sabe. El compañero encargado de los vuelos, por la parte cubana, nos llama. Por fin debemos abordar el avión para partir.

Es curioso, mientras me acomodo en uno de los banquillos laterales del chipojo (así suelen llamar los combatientes cubanos al AN-26) creo sentir, inconfundible, el olor, no repulsivo, que minutos antes destilaba el sudor de aquel anciano. En medio de un ruido ensordecedor, el aparato se afinca como un toro salvaje en el extremo de la pista. Mi pensamiento no está en los riesgos, ciertos o exagerados, que muchos les atribuyen al despegue y ascenso, sobre todo desde los aeropuertos de un país inmerso en un conflicto bélico, donde el enemigo interno puede tener la mano tan peluda como la del invasor externo que paga y reparte migajas a la medida de los miserables.

No. Mi pensamiento está civilmente invadido por la silueta de ese anciano cuya psiquis no anda del todo bien. Pero… ¿Por qué razón? ¿Fue siempre así ese hombre? ¿Cuántos años lleva en tal estado? Quién sabe si la causa está en haber perdido, y llorado durante noches huérfanas de consuelo, al hijo amado, al hogar o a toda la familia, en medio de una guerra que este pueblo no provocó y que ha pespunteado en miseria la herencia cosida por la tetánica agujeta del colonialismo.

Sea cual sea la causa, el noble anciano conserva en su extraño mundo interior una de las cosas más bellas que puede portar un ser humano: amor hacia el trabajo, inclinación natural por lo fértil, empeño por la vida, perseverancia a prueba de balas.

Ojalá otros aquí, y en los más lejanos rincones del planeta, pudieran verlo, desde ese prisma y no con los lentes de la indiferencia o del desprecio.

Continúa regando tus plantas, buen Quijote; sigue humedeciendo el tallo de tus girasoles y vicarias blancas, porque este mundo girando está, y algún día, para asombro de quienes te miran, pero no te ven, y para orgullo de quienes hasta sin verte te entendemos y respetamos, tu flor ha de inundar todos los parajes de Angola.

—Teniente, teniente… mira eso —me dice un capitán, cuyo nombre no conozco, ni tengo el cuidado de preguntar— ¿No va a tomar una foto?

—Ojalá tuviera un buen lente —le digo, con la mirada fija en la instalación aeroportuaria que, en giro, ahora sobrevuela el AN-26 y que, desde lo alto, semeja una pequeña maqueta.

—¡No puede ser! —vuelvo a decir.

—¿Qué cosa?

—Nada, nada…

Y me lo trago todo, hasta el silencio mudo de mi propia respiración, observando cómo, abajo, desde el amarillento césped del edificio principal, una figura humana, pero divina, permanece erguida hacia el cielo, con un recipiente en una mano y la otra diciendo adiós. Parece una escultura. Pero no lo es. En todo caso, la merece. Es un hombre de negra tez y blanquísima locura… a quien recordaré por el resto de mi existencia, simple y entrañablemente como El viejito de la flor.


Pastor Batista

 
Pastor Batista