0
Publicado el 8 Mayo, 2020 por Mauricio Escuela en Cultura
 
 

Libros para descargar

Thomas Mann y la ciudad-trampa

Símbolo de una estética inconfesable y peligrosa, Muerte en Venecia es el vehículo literario de un mundo perdido, de un paradigma moral que se hunde en el vértigo de la epidemia y la belleza.

Por MAURICIO ESCUELA

Thomas Mann era el representante de una clase en decadencia insertada en un sistema moribundo. Para el intelectual estaba clara la transición de la cual él era espectador a la vez que víctima. Nacido en el seno de las clásicas familias burguesas europeas, cuya educación se basó en el humanismo cristiano, Mann estaría el resto de su vida devanándose la sensibilidad entre lo justo y su contrario, lo bello y lo feo, lo moral y lo no moral. Estas antinomias dieron pie a una obra en la cual, más allá de la historia, los personajes o el tono estético, se respira la angustia de un hombre que no sabe quién es y qué busca, en la creación, su verdad, la luz de una savia identitaria que, más allá de lo individual, aclare a la época, a los demás, a la sociedad.

Muerte en Venecia, pequeña novela que aparece como una joya en el siglo XX, especie de coordenada literaria, va a inspirar a todo un orbe de artistas posteriores, los cuales ven en Mann al hombre que se autocuestiona al límite. En la obra va a un viaje a través de los canales de la más sublime de las ciudades, que se esconde a sí misma detrás de la beldad. Una máscara peligrosa en tanto el mundo no es ni bello ni feo en sí mismo, pero sí, al cabo, mortal, débil, vulnerable a la enfermedad y la muerte, proclive a desaparecer. La epidemia del cólera que sume a Venecia a lo largo de la narración es el correlato perfecto para lo que acontece en el alma del protagonista Gustav Von Aschenbach, alter ego de Mann. En realidad, la dolencia, el mal del siglo, es la muerte de un paradigma.

En la tradición literaria, se ha definido a Venecia como la ciudad-máscara, en tanto el carnaval de allí es uno de los más antiguos y representativos que ha llenado la imaginación de los artistas y de la aristocracia occidental. Este evento, que anualmente revive las historias que navegan en los canales de la imaginación europea, si bien no es central en la novela de Mann, se respira como suceso de la cultura en la interpretación de los valores invertidos que, a la postre, son el desencadenante de la obra.

Fue Mijaíl Bajtín quien en sus estudios acerca de la vida cotidiana de la Edad Media, habló del tema del carnaval como una constante humana en la cual se producen agresivas transiciones filosóficas, en las cuales lo marginal, lo sucio, lo poco sacro, pasa a ocupar el puesto de privilegio en la hegemonía cultural. De igual manera, en la novela, el protagonista conoce al muchacho Tadzio, un adolescente del que queda obsesionado, en un amor puramente erótico en el sentido de la contemplación, nunca del contacto, sino del arte en sí mismo. Mann compara la fascinación de Aschenbach con la que siente el espectador ante la famosa estatua griega del adolescente desnudo que se detiene para sacarse una espina de un pie. Es esta la verdadera enfermedad, la epidemia, el mal del siglo que aqueja a Venecia, la de un intelectual como Aschenbach, cuyo universo de verdades es conmovido de golpe por lo prohibido que lo arrastra a una perversión (en términos morales) de la que él no es capaz, de manera que el lector adivina que tal deseo, en lugar de llevarse a hecho, terminará en aniquilamiento. La muerte asoma su rostro mediante la belleza que hay que silenciar, pero que trastoca al hombre real, al que ha vivido una existencia al margen y huyendo de la angustia, en el adormecimiento del éxito, de lo políticamente correcto, de la carencia de riesgos.

Aschenbach y Tadzio componen la banda sonora de la obra (sí, en literatura hay sonido), entre una escena y otra, haciendo de Muerte en Venecia un acercamiento filosófico, más que una narración en sí misma. Ya se sabe, se intuye, que el protagonista morirá, casi desde las páginas iniciales. Lo asombroso es el cómo llega a ese punto, entre el patetismo y lo sublime, en una carrera que hace del personaje casi un asunto de feria, una comedia triste. Como telón de fondo, la ciudad, que pareciera limpia y pura, a la cual acuden los turistas de toda Europa para respirar el aire, es también un sitio engañoso, que tras la transparencia de sus canales, en sus tardes de sol intenso y las playas de alegría, esconde el cólera, la enfermedad que deshidrata en horas, llevando a la humanidad a un matadero del que no había cura ni vuelta atrás.

Caer en el deseo se torna, para Aschenbach, lo mismo que para aquel mundo burgués el visitar a Venecia: la muerte, la desilusión, la fascinante imagen que esconde una caída. La máscara de la muerte va mostrando qué hay detrás de Tadzio, cuya belleza envenena, enferma. El muchacho y la ciudad son una misma cosa que, como las sirenas con Ulises, deberán evitarse, so pena de perecer ahogado. No en balde Edgar Allan Poe escribió uno de sus más famosos relatos circunscritos en Venecia: El barril de amontillado, una pieza donde, en tiempo de carnavales, un amigo aprovecha para engañar a otro y encerrarlo en una cava de vinos donde morirá entre el terror y el ridículo. La ciudad-trampa atrae al artista, al crédulo, al que contempla, hacia la maldad de lo enfermo y el desenlace no puede ser otro que la desaparición de los viejos principios morales.

Los mundos en transición reviven esos dramas, en los cuales hay infinidad de principios en juego, algunos dignos de defenderse. Como en la novela, los hombres del siglo XXI, los milenials, observan las tantas beldades inasibles, las que enferman, las que conducen a una muerte quizás no física, pero rotunda. Ahí están el hedonismo, la publicidad, el ansia por determinados objetos, el transhumanismo que nos hace creer que mediante la genética y la ciencia tendremos unos estándares supuestamente perfectos. Todo ello, la mar de engañoso, que como los canales de Venecia nos conmueven identitariamente, pero no nos avisan del mal del siglo que yace del otro lado. El mundo de la seducción, si bien carece de la belleza apolínea de Tadzio, funciona en la misma cuerda de una epidemia, cuyas víctimas no sienten el caminar silencioso de la muerte.

En la versión fílmica de Visconti, los momentos de silencio, la música de Gustav Mahler y la luz en medio de la tragedia, construyen una atmósfera teatral. Única manera de narrar una obra que transcurre más en el mundo interno que en el afuera, ya que toda acción es pecaminosa, criminal, punible. Y es que Aschenbach es un héroe trágico que, a la manera de Edipo, está condenado a arrancarse los ojos que lo han llevado a un destino de enfermedad, de muerte. La escena que cierra la pieza fílmica, justo remedo de la novela, nos muestra a un moribundo intelectual que mira al adolescente que juega en la playa y cuya silueta dibuja un sol que rinde tributo al pequeño dios homicida. Mientras llega el último estertor, sentimos la conmoción horrenda de esa belleza que nos contagia, el vértigo moral de un momento epidémico, el de la ciudad-trampa, Venecia sensual que ha atrapado al lector en un mundo que se hunde en los canales a plena luz del día.

Descargar (PDF, 315KB)

La muerte en Venecia – Thomas Mann


Mauricio Escuela

 
Mauricio Escuela