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Publicado el 17 Junio, 2020 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

AQUÍ, LA TV

¿Me quiere o no me quiere?

Puestas clásicas transmitidas por la TV Cubana, como Romero y Julieta, dirigida por Franco Seffirelli, privilegian el amor, sentimiento que en tiempos de COVID-19 y siempre deben estrechar los lazos familiares y humanos.
¿Me quiere o no me quiere?

Olivia Hussey y Leonard Whiting protagonizan el filme Romeo y Julieta, que seduce a generaciones.

Por SAHILY TABARES

En la sociedad contemporánea lidera la pluralidad de códigos y lenguajes, que constituyen un flujo y reflujo informativo, aportan múltiples dinámicas a los procesos de lectura y facilitan cambios en esta práctica.

Prevalece, de hecho, una variación de sentido en las relaciones sociales, teniendo en cuenta los cambios en la tecnología, el desarrollo de infraestructuras y el notable incremento de soportes no impresos.

Por doquier los relatos ficcionales aportan diversos contenidos, fábulas, moralejas, que mediante tramas y personajes producen sensaciones, estas alcanzan su clímax en narraciones concebidas para explorar la dimensión afectiva del ser humano.

El distanciamiento físico por el bien social, generado por la COVID-19, motiva a pensar en el yo y en el otro con perspectivas quizá nunca imaginadas. Obras clásicas y contemporáneas transmitidas por la TV revisitan las confrontaciones familiares, los bandos en pugna por el poder o la primacía económica, los conflictos generacionales.

Detractores de las ficciones audiovisuales no suelen reconocer su trascendencia comunicativa, ni la mediación cultural de la TV como institución que produce y reproduce sentidos sociales, propone mundos posibles aceptables o rechazados por los públicos. Desde la pantalla se aporta al conocimiento de la realidad y a la valoración de los sujetos de esa realidad, se reafirma la dimensión antropológica de la cultura en tanto un mundo heterogéneo, híbrido, donde confluyen repertorios populares, masivos y cultos.

Poco pensamos, o por lo menos no en su justa dimensión, en la esencia de una historia que mantiene vigencia en relatos del siglo XXI: “un gran amor vence a la muerte”. Esta frase matricial de la obra Romeo y Julieta, de William Shakespeare, transmitida recientemente por el canal Multivisión, no es privativa del clásico inglés ni de su época sino de la moraleja que contiene la síntesis del contenido expresado por el escritor. Series, telenovelas, filmes, teatros, cuentos, cultivan desde diferentes puntos de vista ese núcleo dramatúrgico, pero, en ocasiones, este queda “agazapado” en la trama debido al torbellino de violencia, avatares, incomprensiones, defectos, estereotipos machistas, hábitos nocivos, entre ellos el alcoholismo y la depauperación moral.

De ningún modo por casualidad se retransmiten las telenovelas cubanas Bajo el mismo sol (Cubavisión, martes, miércoles, jueves, 2:00 p.m.) y La otra esquina (Canal Habana, lunes, martes, jueves, viernes, 10:00 p.m.). Ambas colocan en la pantalla conflictos de amplia repercusión social.

Intrigas, secretos, malos entendidos, traiciones, devienen condimentos del género telenovelesco que apela a los sentimientos, al paradigma ético, en este los buenos casi siempre triunfan y los malos son sancionados. Pero un actor o una actriz no pueden ser expresivos si no sienten la pasión de una idea para entregarse a la creación de otra vida, con sus estados de ánimo; el procedimiento comienza en el guion y toma consistencia en la dirección artística de todas las especialidades implicadas en el concepto de realización.

Trasladar una auténtica vida ficcional a los medios televisivo y cinematográfico exige defender la ilusión de verdad con caracterizaciones, casting adecuado, profundización en el universo interior de cada personaje o tipo. En ocasiones la interrogante de ¿me quiere o no me quiere? apenas emerge del subtexto de situaciones y conflictos. Esta es una deficiencia dramatúrgica, la cual impide a los públicos comprender la envergadura de un conflicto fundamental en la existencia de cada persona en cualquier lugar del mundo.

Por eso realizadores y públicos deben analizar cada escena, cada capítulo, no perder esencias de relatos que muchas veces colocan en la cuerda floja la estabilidad emocional de la existencia cotidiana.

Nunca la ficción podrá agotar su significado, en tanto responde a la categoría de género cultural, cuya definición abarca el reconocimiento de formas y contenidos, los cuales deben validar el valor estético y cumplir uno de sus fines primordiales: entretener sin concesiones a la banalidad, a lo superfluo que nos impide sentir la verdad de sentimientos y urgencias humanas todos los días.


Sahily Tabares

 
Sahily Tabares