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Publicado el 7 Julio, 2020 por Redacción Digital en Cultura
 
 

Crimen y castigo a lo Michel Foucault

Por MAURICIO ESCUELA

Las dictaduras empiezan matando ideas y terminan asesinando a los hombres. Así rezaba un viejo adagio alemán del siglo XIX, muy común entre los poetas románticos de entonces. Solo una centuria después, en esa misma tierra, se quemaron primero libros y luego fueron a por los judíos y demás etnias consideradas “no puras”. Tales son las cárceles de la mente y de la cultura tratadas por Michel Foucault en su obra Vigilar y castigar, uno de sus ensayos de mayor calibre, que ha hablado sobre el sistema carcelario moderno y la falta de libertades como un elemento sine qua non en la construcción de realidades en los países de Occidente.

En su obra, Foucault comienza hablando de un bando que se conserva, acerca de la muerte de un condenado en una plaza pública, en los tiempos medievales. El suplicio, sobrehumano, determinaba una expiación del reo ante supuestos pecados no solo terrenales sino divinos, una especie de pago total, que hacía de aquel momento algo más que sagrado, casi un sacramento. Cuando el lector se acerque a la lectura, lo impresionará lo crudo de la narración de ese inicio y cómo el propio reo colaboraba en su muerte, a la vez que le pedía a los sacerdotes la extremaunción. Para Foucault el episodio evidencia la naturaleza represiva de la cultura en tanto construcción humana, una que en tiempos de la peste, aquellas épocas medievales y salvajes, reforzaba el poder de lo que luego sería el Estado moderno. Los orígenes de las dictaduras hay que hallarlos en aquellas “deconstrucciones”, los descuartizamientos, que después, en el siglo XX, los nazis llevarían a su apoteosis en los campos de concentración.

“La razón es totalitaria”, reza una máxima constante en el libro “Dialéctica del iluminismo” de Theodor Adorno y Max Horkhaimer, un clásico del pensamiento del siglo XX que desmonta los mitos en torno a la razón como esa idea pura de libertad, que de por sí debía traernos progreso, bienestar, civilización. El libro de Foucault evidencia esas realidades desde el testimonio del horror, desde la teoría del miedo que se construye a partir del sistema carcelario y su narrativa que evoluciona hasta nuestros días. La noción de “artefacto”, o sea aquello que está más allá de nuestra naturaleza, convierte al hombre en lo que se conoce como un animal con prótesis, cuyo anhelo es convertirse en dios. Las cárceles son, en opinión de Foucault, una prefiguración del artefacto del poder moderno, el Estado, que se cierne sobre nosotros, uno que, mediante la ingeniería social, convierte las calles en pavimentos vigilados y nuestras costumbres, en barrotes. El objeto final es que seamos los artefactos del poder, o sea, los que llevamos a acto, a efecto, las líneas supra que rigen un orden determinado.

Para estudiosos de la talla de los miembros de la Escuela de Frankfurt y de Foucault, la modernidad y la razón nos han llevado a construir nuestro propio final, nuestro dolor. Somos, de esta manera, los arquitectos de la falta de libertades, y lo peor es que creemos que, al vivir regidos por leyes, hemos generado un estadio de plenitud y de igualdades. La función normativa, represiva, de la razón, se evidencia mediante el derecho, la educación, la cultura en general. El orden nos trata como seres enfermos, que necesitamos de la vacuna constante de las líneas supra, como personas a punto de cometer crímenes contra el resto de la Humanidad, como potenciales presos. Por ello, cuando Foucault habla de las epidemias en la Edad Media, lo hace prefigurando lo que luego sería el poder en la era moderna: un perpetuo estado de la peste, una excepción constante mediante la fuerza que patrulla nuestros pensamientos y emociones.

La pandemia, ya sea el coronavirus u otra, sirve para que Estados que antes tenían mecanismos de vigilancia, los perfeccionen y hasta se muestren ufanos de tales cosas. Pasa ahora mismo con todos los programas que denunciara Snowden en los Estados Unidos, los cuales los usan las agencias de inteligencia con supuestos fines sanitarios, en realidad para controlar a la gente y teledirigirla a determinados objetos. No en balde, el manual del golpe suave nos dice que esas revueltas “espontáneas” comienzan en las redes sociales y que se potencian luego en la calle. Lo que los poderes occidentales hacen, a partir de los estados de excepción, es matar las ideas e ir luego por los hombres. Desde las manifestaciones con apariencia legitima, hasta inclusive las luchas antirraciales, todo ello se puede instrumentar desde la derecha en tanto es quien controla los hilos de lo que Foucault llama “el panóptico” o sea, la noción de que en una cárcel, la sociedad, quien está en un punto determinado puede vigilar a todos, sin ser visto. Ese es el momento en el que estamos, y por ello es útil leer a Foucault.

En Vigilar y castigar uno de los libros más polémicos del autor, hallaremos la crónica de la muerte de las libertades a manos de las agendas ideológicas de las élites, en este poder terrenal que nació con el hombre y que lo persigue como una sombra de su némesis. No se trata de una explicación total, como pudiera serlo un libro de Hegel, ni de un abordaje mitológico del asunto, sino de lo que en materia de ciencias humanísticas pudiésemos llamar “tratado antropológico en torno a la ausencia de libertad”. El autor no nos da recetas de contrapoder, ni cree en la eliminación de los sometimientos, él solo, como un médico, nos dice el diagnóstico de esta enfermedad incurable que como sociedad padecemos y que no estamos listos para eliminar.

Volúmenes que estudian la larga data explotadora del ser humano, como los que legó Foucault, son inclasificables e incluso han integrado más de una vez el índice de prohibiciones en las academias que siguen en manos de los que diseñan las entrañas del monstruo en el que pervive la raza toda. No hay, en estas páginas, loas a ideas devenidas de la razón como la democracia, el pluralismo o la transparencia. La hipocresía de Occidente ha sido extirpada, para darnos la crónica descarnada del dolor. Foucault, un estudioso de la Historia, que no era admitido como historiador, un amante de la filosofía al que rechazan los filósofos, un hombre que es cuestionado en sus propias esencias existenciales aún hoy. Figuras como las que abordan estos temas quedan marcadas por el poder, con el azufre de una maldad que se muestra detrás de mil velos, con el bozal que padecemos los que vagamos en este valle de sombras.

Para los condenados que viven en el perpetuo estado de excepción que es el mundo de hoy, las pandemias son peligrosísimas, de ahí que se hable del nuevo coronavirus como de algo que, si no es inducido, sí se ha usado para una ingeniería social interesada y teledirigida. Los que tratan con la sociedad desde sus posturas de poder, nos miran a nosotros como la verdadera pandemia. No en balde, parte de la ideología que hoy circunda a ciertos niveles el ecologismo, declara que la Humanidad es el verdadero virus. Un ejemplo más de cómo los gobiernos elitistas no solo mandan en lo físico, sino que se inmiscuyen aún en las ideas más puras, como la preservación del planeta, para encarcelarnos, desviar nuestra identidad y buenos deseos. Foucault diría que el panóptico se ha expandido, con el virus, hacia regiones insospechadas. Lo cierto es que, hoy, no existen sitios adonde escapar, en esta fiebre sin libertades.

Leer Vigilar y castigar nos despierta, hasta nos desvela, pero no nos ofrece un paliativo para el dolor. ¿Se trata de una cura de choque?, mientras el tiempo corre y el cambio se hace cuesta arriba, el libro de Foucault nos avizora a nosotros mismos.

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Redacción Digital

 
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