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Publicado el 21 Julio, 2020 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

ERNEST HEMINGWAY

Un hombre nunca derrotado

Con motivo del cumpleaños del célebre literato, BOHEMIA rememora sus vínculos con la Isla. Reconocido como uno de los más notables narradores del siglo XX y una de las figuras cimeras de la novelística norteamericana, fue merecedor del el Premio Nobel de Literatura
Un hombre nunca derrotado.

Foto: eusebioleal.cu

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

“La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad, por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”, dice el poema de John Donne, cuyo verso final da título a una de las novelas más famosas del escritor estadounidense Ernest Hemingway (1899-1961), de quien este 21 de julio se conmemora el aniversario 121 de su natalicio.

Reconocido como uno de los más notables narradores del siglo XX y una de las figuras cimeras de la novelística norteamericana, Hemingway padeció una infancia triste y azarosa, según sus biógrafos, definida por una madre intransigente y una relación difícil con el padre, médico de profesión y propenso a constantes recaídas depresivas; todo lo cual le generó daños de personalidad i que quizá incidieron en el aciago final de su existencia.

Desde muy joven fue aficionado al boxeo y la caza. Cuando concluyó sus estudios de bachiller decidió obviar la universidad y trabajar como reportero en el Kansas City Star. Estas inclinaciones hacia el periodismo y los deportes lo convirtieron en un bohemio obstinado y un observador diligente de la naturaleza humana, esa misma que plasmó en tantos de sus relatos.

Durante la Primera Guerra Mundial se enroló en la contienda y al no ser aceptado como soldado, sirvió en el ejército italiano en calidad de conductor de ambulancias. Estando en el frente, resultó lesionado de gravedad y aun así cargó en su hombro a otro compañero herido y con ello logró salvarle la vida. Por aquella acción ganó la Medalla de Plata al valor.

Mientras se mantuvo recluido en un hospital milanés, conoció a una joven enfermera, con quien tuvo un romance, frustrado poco tiempo después, pero que le valió de inspiración para escribir Adiós a las armas (1929), tras ampliar sus horizontes como periodista en el Toronto Star y en el Cooperative Commonwealth. Tres años antes, ya había publicado Fiesta (1926), en la que encarnaba el espíritu de la generación de expatriados de la posguerra.

Sostuvo un vínculo muy especial con la mayor de las Antillas y sus gentes, del cual nacieron recíprocas y sinceras muestras de afecto y amistad. Visitaba La Habana, de manera intermitente, desde 1928, hasta que en 1940 decidió radicarse definitivamente, luego de comprar Finca Vigía, a más de 12 kilómetros de la urbe, en el poblado de San Francisco de Paula.

Este fue su último hogar en Cuba, el cual un año después de su muerte, acaecida el 2 de julio de 1961, sería convertido en el museo que atesora, investiga y promueve el legado del escritor. Aquí desarrolló, además de la caza, otra de sus grandes aficiones: la pesca. Emprendió la redacción de distintos borradores y escribió El viejo y el mar (1952) con el que conquistó el Premio Pulitzer en 1953 y al año siguiente, por su obra completa, el Premio Nobel de Literatura.

Aun cuando no participó de forma directa en el proceso revolucionario cubano, congenió con este y muchos de sus líderes. De modo sencillo y reservado brindó colaboración; una prueba de ello es que, en uno de sus libros, se encontró un brazalete del movimiento 26 de julio y bonos del Partido Socialista Popular, de Guanabacoa, al cual apoyaba con dinero.

Asimismo, en 1960, cuando ofreció declaraciones para el periódico Pravda, de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, afirmó sin titubeos que “la Revolución Cubana es indestructible y fabulosa”.

Durante el Torneo de Pesca de la Aguja (certamen que hoy lleva su nombre), en mayo de 1960, departió largamente con nuestro líder histórico, quien en esa ocasión había ganado en buena lid varios laureles individuales.

Muchos años después, en 1975, el Comandante en Jefe Fidel Castro, revelaría a la prensa: “De los autores norteamericanos, Hemingway es uno de mis favoritos. Conocía sus obras desde antes de la Revolución. Leí Por quién doblan las campanas, cuando era estudiante. Hemingway hablaba de la retaguardia de un grupo guerrillero que luchaba contra un ejército convencional. Esa novela fue una de las obras que me ayudó a elaborar tácticas para luchar contra el ejército de Batista”.

Aunque viajó por diversos países de Europa y África, siempre se consideró un cubano más y confió vehementemente en la necesidad histórica de la Revolución Cubana. “No he creído ninguna de las informaciones que se publican contra Cuba en el exterior. Simpatizo con el gobierno cubano y con todas las dificultades”, confesó en una oportunidad, según refiere el libro Cien Famosos en La Habana, de Leonardo Depestre.

En una de las tantas etapas de fuertes tensiones entre Cuba y Estados Unidos, cuando el periodista y escritor argentino Rodolfo Walsh intercambiara con él durante un tránsito de aeropuerto, el norteamericano no vaciló y, entre español e inglés, marcó su postura y lugar en la historia de este país: “Nosotros, los cubanos, ganaremos”; y en el acto agregó: “I am not a yankee, you know?”.

Sus palabras no pudieron ser más consecuentes con él mismo y con aquel relato del viejo que pescaba solo en su bote, allá en la corriente del golfo, ese que pudo ser destruido, pero nunca derrotado; ese que es un símbolo de cuánto significó esta tierra caribeña para el genial Ernest Hemingway.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez