1
Publicado el 6 Agosto, 2020 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

ELISEO DIEGO

Bardo de genio indeleble

Centenario de uno de los poetas más notables de las letras hispanoamericanas
Bardo de genio indeleble.

Recorriendo la calzada de Jesús del Monte. (Foto: Archivo de BOHEMIA/ GILBERTO ANTE).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

“La poesía solo se alcanza a través de ese acto de suprema tensión del ser, que yo llamo atender, en que uno toca el sentido oculto en uno de los misterios […] de la realidad”, confesó en cierta ocasión Eliseo Diego durante alguna de las largas conversaciones que sostuviera con el también bardo Luis Rogelio Nogueras; aquellas pláticas donde reír, filosofar y revelarse mutuamente honduras y riquezas de la literatura, devendría asidero espiritual necesario entre dos generaciones de escritores enlazados por casi las mismas obsesiones, (des)encuentros, reverberaciones, gozos y entresijos del verso y la palabra.

Reconocido como una de las figuras esenciales de la lírica cubana del siglo XX, Eliseo Julio de Jesús de Diego Fernández-Cuervo (1920-1994) –nombre verdadero del, además, ensayista, pedagogo y traductor cubano– nació el 2 de julio, en La Habana Vieja, justo en la calle Compostela; y sus primeros años de vida transcurrieron en una localidad cercana. “El paraíso de mi infancia tiene un nombre: Arroyo Naranjo”, confesaría muchas décadas después.

Sería su niñez una etapa determinante en su aptitud y actitud hacia la literatura. Tanto fue así que un viaje familiar por Francia y Suiza, realizado en 1926, definió para siempre su vocación poética.

Bardo de genio indeleble.

Tanto en su obra poética, como en la vida íntima, la familia tuvo un lugar preponderante. Ante la cámara, el matrimonio posa con sus hijos: Josefina, Constante (Rapi) y Eliseo Alberto (Lichi). (Foto 6: juventudrebelde.cu).

Con solo ocho años, concibió los primeros cuentos infantiles. Nunca abandonó el género, lo cultivó desde la traducción y la ensayística; siempre se sintió atrapado por la sagacidad natural de los más bisoños.

“A los niños se les ocurren cosas que nos sorprenderían si las dijeran. Lo que pasa es que ellos tienen cierta desconfianza justificada hacia las personas mayores”, reveló en una oportunidad para remarcar la vanidad de algunos adultos y su postura de ‘sabelotodo’.

Apenas un adolescente, se convirtió en uno de los directores –además de bibliotecario– de la publicación mensual El Estudiante, órgano oficial del Colegio La Luz, en el Vedado, donde urdió inéditas y auténticas tentaciones, vínculos e intereses literarios.

“Juntos habíamos escuchado en 1936, como una revelación, a Juan Ramón Jiménez; juntos nos enamoramos de las que iban a ser nuestras esposas y con ellas paseamos infinitamente por los par­ques de La Habana; juntos fracasamos en nuestros estudios de De­recho; juntos tradujimos El trompetero místico, de Whitman, para Espuela de Plata; juntos hicimos, con Gastón Baquero y otros amigos de entonces, los cuadernos Clavileño, y el mismo año de 1944 entramos en Orígenes”, rememoraría el intelectual cubano Cintio Vitier, en la ciudad de Guadalajara, durante el homenaje a su entrañable amigo Eliseo, cuando recibió el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y Caribeña Juan Rulfo, en 1993.

Génesis de una vanguardia

Bardo de genio indeleble.

Eliseo Diego con los origenistas Ángel Gaztelu, y José Lezama Lima. Los acompaña el actor, dramaturgo, profesor y crítico, Mario Parajón. (Foto: pinterest.co.uk).

La pléyade de jóvenes origenistas, de la cual Eliseo Diego fue uno de sus integrantes primigenios, cristalizó en una suerte de renacimiento estético, filosófico, espiritual, ético, artístico, en medio de una nación transida y frustrada por los avatares republicanos; dio un impresionante vuelco a la literatura y su tradición en la Isla.

La premisa fundamental de estos intelectuales quedó sellada en 1944 con una expresión de su principal mentor, el poeta, narrador y ensayista José Lezama Lima: “No nos interesan superficiales mutaciones, sino ir subrayando la toma de posesión del ser”.

Orígenes (1944-1956) fue más que un conjunto de autores en aras de un fin común; germinó como una proyección ante la vida, un estilo de pensamiento, una forma de hacer, creer y asumir el arte; sin duda, todo un suceso cultural sin precedentes en el escenario intelectual antillano.

Alrededor del grupo y su revista, además de su precursor, se reunieron pintores del relieve de Mariano Rodríguez y René Portocarrero; los jóvenes escritores Fina García Marruz, Cintio Vitier, Virgilio Piñera, Roberto Fernández Retamar, Octavio Smith, Gastón Baquero, Antón Arrufat, entre otros destacados creadores.

En aquel bregar literario repleto de búsquedas y experimentaciones hallaron acompañamiento en voces hispanas tan notables como María Zambrano, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Luis Cernuda; los mexicanos Alfonso Reyes, Ermilo Abreu, Alí Chumacero, Efraín Huerta, Clemente López, Gilberto Owen, Justino Fernández, José Luis Martínez, Carlos Fuentes y Octavio Paz.

Sin desistir de la tradición castellana y su raigambre, Eliseo Diego creó en Orígenes una obra autóctona, repleta de emociones, sensaciones, estremecimientos y una genuina capacidad de sorprender y sorprenderse ante las cosas sencillas –no simples– de la vida.

“En la Calzada más bien enorme de Jesús del/ Monte/ donde la demasiada luz forma otras paredes con/ el polvo/ cansa mi principal costumbre de recordar un/ nombre/ y ya voy figurándome que soy algún portón/ insomne/ que fijamente mira el ruido suave de las sombras/ alrededor de las columnas distraídas y grandes/ en su calma”, dice el poema que da nombre a uno de los cuadernos más recordados y apreciados del bardo, y el predilecto entre distintas generaciones de jóvenes lectores en la Isla y otras latitudes.

Bardo de genio indeleble.

Dos ediciones de En la Calzada…, una es la original de 1949. (Fotos: juventudrebelde.cu y bohemia.cu).

Fue Lezama Lima quien instó a publicar lo que sería la edición príncipe de En la Calzada de Jesús del Monte (1949), considerado hasta hoy uno de los volúmenes imprescindibles de la literatura cubana y latinoamericana; en tanto el poema en sí encarna con toda la exhaustividad posible, la espiritualidad poética del autor y el germen de su existencia misma.

Como casi siempre sucede entre los grandes, el estímulo a la publicación no aconteció sin penas ni glorias. En un café habanero, el autor de Paradiso no se anduvo con rodeos ante la prolongada indecisión de quien el grupo calificaba como “el prosista”, y tras exhalar una larga bocanada de tabaco espetó: “Eliseo, si usted no acaba de publicar ese libro, me veré obligado a hacerlo yo, bajo mi firma”.

Con tan original elogio de alguien que no pronunciaba una palabra por simple cumplido, solo quedó la opción de aceptar. Tres años antes, desde el propio Orígenes, ya había visto la luz la prosa poética Divertimentos (1946).

Al cumplirse siete décadas de la tirada inaugural de En la Calzada…, durante una nueva presentación del texto (diciembre de 2019), la hija del escritor, Josefina de Diego, rememoró que la inspiración esencial del poemario fue su madre, la doctora en Pedagogía Bella García Marruz (1921-2006). Contó, además, que según había confesado el padre en varias entrevistas, él comenzó a escribirlo para impresionarla durante el noviazgo.

“Entre el momento en que dio por terminado su cuaderno (1947) y su publicación (1949), ocurrió un hecho importante: mis padres se casaron en la Parroquia de Bauta el 17 de julio de 1948”, argumentó la también escritora y albacea de la obra de Diego.

En la Calzada de Jesús del Monte –el poema en sí– no son meros versos a una calle; es una oda, un homenaje a toda una ciudad, esa que habitó en las figuraciones e ingenuidades del autor desde su más temprana infancia; una urbe que solo él logró convertir en palabra.

De “discurso poético de cosas nombradas con pródigo fervor” calificó Cintio Vitier el cuaderno homónimo. Poemas muy representativos de Eliseo Diego se incluyen en este libro, con una profunda evocación intimista, donde la memoria tensa puentes entre la realidad y la ilusión, entre las sensaciones y los deslumbramientos.

Bardo de genio indeleble.

Amistad y filiación al grupo Orígenes anduvieron juntos durante muchas décadas. El escritor pasea con su esposa, Cintio Vitier y Fina García Marruz. (Foto: bnjm.cu).

Sin embargo, amén de los elogios de la crítica y los lectores, ese no fue el poemario predilecto del escritor. En entrevista concedida a BOHEMIA sorprendió con una inesperada declaración: “Prefiero, sin ‘desdorar’ los otros, El oscuro esplendor [1966], precisamente porque en él no quedan muchos resquicios entre la poesía y la forma […] En comparación con la importancia que se ha dado a En la calzada de Jesús del Monte, me parece verlo un tanto ‘oscurecido’. Las composiciones de este pequeño cuaderno han alcanzado con respecto a mí mismo una independencia tal, que puedo casi contemplarlas como objetos. Y ésta es para mí la valoración suprema, ya que cada día mi propio ‘yo’ me resulta más insoportable”.

Glosas sobre un impenitente

Doctorado en Pedagogía por la Universidad de La Habana a finales de los años 50, el también autor de los textos Por los extraños pueblos (1958), Libro de las Maravillas de Boloña (1967), Divertimientos y versiones (1967), Versiones (prosa poética, 1970), Cuatro de oro (1990), entre otros, impartió cursos de literatura inglesa y norteamericana, organizados por la Casa de las Américas en el primer año de fundada dicha institución cultural.

Bardo de genio indeleble.

Durante una conferencia sobre William Faulkner, en la Biblioteca Nacional José Martí (17 de agosto de 1962), junto a María Teresa Freyre de Andrade, entonces directora de la institución. (Foto: bnjm.cu).

A partir de los 60, y durante casi toda una década, integró y dirigió el Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional José Martí, mientras alternó como secretario de relaciones públicas en la sección de Literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

A lo largo de su existencia concibió ensayos notables y muchos de sus poemarios conquistaron en Cuba el premio de la Crítica –incluso, en ocasiones de manera consecutiva. Sus traducciones y versiones a las obras de los más sobresalientes autores de la literatura infantil universal llevaron el sello indeleble de su magisterio y excepcional dominio de la lengua.

A principios de la década de los 80, al ser inquirido sobre cómo lograba conciliar su fe religiosa, su creación intelectual y la concepción materialista sustentada por la Revolución Cubana, fue categórico:

“Muchos creyentes se pasan la vida con el nombre de Dios en los labios, pero no hacen nada por su prójimo, y los jóvenes revolucionarios han cumplido precisamente con ese mandamiento fundamental de dar de comer al hambriento […] En cuanto a mi creación, la Revolución ha completado en mí una especie de anhelo de ver realizadas muchas de las aspiraciones más nobles de mi país […] La Revolución simplemente me ha facilitado el continuar esa necesidad de expresarme que me movió desde que tomé un papel por primera vez para escribir unos renglones para hacer un cuento”.

La pulcritud y cadencia de sus versos y prosas lo convierten en un autor extraordinario, muy seguido y valorado, en especial, por los jóvenes y todos los amantes de la buena poesía; de los libros excelsos, no importa el género.

Por el conjunto de su obra ganó el Premio Nacional de Literatura en 1986; recibió por su quehacer intelectual y literario diversas distinciones y reconocimientos. Recorrió naciones de casi todos los continentes y una cantidad significativa de ediciones y reediciones de la obra de este poeta impenitente, lo revelan como un intelectual estimado, leído y estudiado en distinguidas universidades del mundo.

Bardo de genio indeleble.

La poeta ibera María Zambrano (1904-1991) comparte con Eliseo Diego y Bella García Marruz. (Foto: mequedariaconlapoesia.wordpress.com)

Aunque dejó de existir el 1˚ de marzo de 1994, en Ciudad México, sus restos reposan en suelo cubano, justo en la Necrópolis de Colón, donde –por azar o suerte– se hallan muy cerca del panteón de su entrañable amigo José Lezama Lima.

Eliseo Diego concibió una obra admirable que no se ciñe a ismos ni épocas, anda –y andará– desenvuelta y libre de generación en generación. Recordarlo nos hará volver, como bumerán, a sus versos, su palabra, su genio. Queden los lectores con este, su poema Testamento:

Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;

habiendo llegado a este tiempo;

y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;

habiendo llegado a este tiempo;

y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el manar sereno de la sombra;

y no poseyendo más que este tiempo;

no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;

no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.

Es este:
les dejo
el tiempo, todo el tiempo.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez