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Publicado el 18 Octubre, 2020 por Mariana Camejo en Cultura
 
 

TECNOCULTURA: vivir en una historia de ciencia ficción

Auge de la tecnocultura.

El coronavirus nos ha lanzado al futuro, a una vida más conectada. (Foto: elcomercio.pe)

Por MARYAM CAMEJO

Imagínate despertar a las 6:00 a.m. para empezar el día. Prender los datos móviles y lavarte los dientes al sonido de las notificaciones, caminar de regreso al cuarto para cambiarte de ropa y encender la computadora en el camino, tomar café frente a Google News abriendo otra pestaña para el correo, revisar las tareas de la jornada en Todoist y encontrar entre los pendientes pagar una factura, revisar si ya tienes el salario en tarjeta, y llamar a no sé cuántas personas que, como tú, despertaron temprano para, igual que tú, sentarse frente al universo Internet a pegarse las próximas cuatro, cinco, o incluso 24 horas tra-ba-jan-do.

Este texto no versa sobre el autocuidado –porque, claro, podríamos hablar de crisis de cervical, sacrolumbalgia, trombosis, desgaste visual–, sino acerca de una reconfiguración de la vida como la conocemos. En algunas partes del mundo la transformación comenzó hace un tiempo, pero sin duda el confinamiento debido a la COVID-19 la intensificó. Otros, que en enero de este año no vivían así, se convirtieron en teletrabajadores y muchos van camino a serlo. ¿Tienes idea de hasta dónde esto significa una nueva rutina? ¿Lo has pensado? Pues por ahí van estas líneas: desde la educación de tus hijos hoy hasta la de tus nietos y los cambios en tu propia vida en los próximos años; las nuevas formas de explotación; y un mundo “más conectado”, vulnerable a más explotación.

Empecemos por el principio.

El cambio continuo es el principio

Analistas y filósofos advierten de que se está produciendo en estos momentos una nueva revolución industrial. Ha crecido la cifra de personas conectadas a Internet y el consumo ha aumentado por la pandemia. Esta conexión no llega de igual manera a todos en el globo. Una parte de la humanidad interactúa en el entorno digital desde un ambiente físico cómodo y estable. Otra parte lo hace desde lugares donde ni siquiera hay agua o donde hay poca comida. Las condiciones de vida desiguales rodean a ciudadanos que, pese a todo, están conectados. Dichas condiciones también influyen en el consumo de Internet: cómo la utilizan, para qué, y por supuesto, existe una brecha digital innegable, más grande con respecto a los que ni siquiera tienen un teléfono pero existente también con los que hacen un uso “pobre” de la red de redes –por llamarlo de alguna manera.

Dicho eso, resulta evidente que, en la medida en que siga adelante la carrera por las 5G de las grandes potencias, otros quedan rezagados “luchando” con la 3G y aprendiendo cómo desenvolverse en el nuevo mundo, que nada tiene que ver con Cristóbal Colón.

Por otro lado, valga acotar que conectarse desde un teléfono entraña ciertas diferencias con el hecho de hacerlo desde una computadora donde instalas versiones desktop de tus apps de Android, trabajas en documentos online compartidos o llenas formularios de Google Form. De nuevo, es la brecha digital en todas sus manifestaciones.

Pero una vez superadas todas las variantes anteriores, y frente a la necesidad u obligación de vivir conectados sin límites, muchas cosas pueden cambiar. Para algunos, como dije antes, ya empezó esa transformación.

Por un lado, el nuevo esquema de vida incluye niños que crecen más cerca de las pantallas, que aprenden rápido cómo funciona las apps o los programas de PC, que también entrarán antes a redes sociales, y que incluso quizá sepan antes de los 25 años lo que implica estudiar online.

Muchos trabajos, empresas o sectores completos de industrias podrán laborar desde la casa o desde nuevas distancias. Pensemos, por ejemplo, en periodistas, comunicadores, publicistas, desarrolladores, profesores, consultores. Esta transformación de las rutinas productivas en las labores del futuro supone una educación que siga el paso de los cambios. Sería ingenuo creer que mientras se requieren y exigen soluciones digitales para diversas situaciones, la enseñanza siga siendo analógica, o con un nivel de informatización insuficiente. Formar ciudadanos y ciudadanas para trabajos del futuro significa el conocimiento del entorno digital dentro de las aulas, y no solo fuera de ellas.

Claro que esto trae nuevos retos. Varios son los estudios que advierten de trastornos psicológicos, ansiedad y depresión, provocados por las redes sociales en adolescentes. Déficit de la atención por la incapacidad de dejar a un lado los teléfonos. Precisamente de esto último trata el libro La civilización de la memoria de pez, del especialista en transición digital Bruno Patino.

“Los peces rojos a los que se refiere su título cuentan con una memoria limitada a los ocho segundos. La de los nativos digitales, según Patino, ya solo va uno por delante: a partir del décimo segundo, su cerebro se desconecta y se pone a buscar “una nueva señal, una nueva alerta, otra recomendación”, reseña el volumen Álex Vicente para El País.

Entonces, no se trata solamente de la presencia en el entorno digital y su utilización, sino también de una interacción saludable con las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC).

Trabajos, explotación y cuidados
Auge de la tecnocultura.

El teletrabajo impacta de manera diferente a hombres y mujeres, por lo que el mundo por venir tiene que pensarse en clave de género. (Foto: hola.cu)

Vivimos bajo el paradigma de la conectividad, de estar disponibles, todo el tiempo prestos a contestar. Esto, unido al confinamiento por la pandemia, borró los límites espacio-tiempo del trabajo: “Oye, disculpa la hora…”. Así empieza fácilmente el mensaje de un compañero de trabajo, a través de WhatsApp, pasadas las cinco de la tarde porque hace falta hacer “no sé qué cosa”. Y es que trabajar desde casa es un verdadero desorden si no somos capaces de imponernos horarios. A escala global esto ha representado una verdadera crisis en la vida de los maestros de otras latitudes –un botón de muestra– que, mientras tienen en casa a sus hijos o a personas que llevan cuidados, han estado dando clases solo a los estudiantes que tienen medios para conectarse. ¿Qué decir de los profesores de países en desarrollo que ni siquiera cuentan con una laptop o un smarthphone?

Por un lado, la brecha digital; por otro, crisis del proceso educativo, y además crisis de los cuidados. En algunos países del mundo, Estados Unidos, por ejemplo, muchos padres esperan que los niños puedan volver a las escuelas lo más pronto posible porque necesitan trabajar y no tienen una abuela o una tía que pueda ayudar. El teletrabajo también implica respaldo, apoyo de familiares que compartan responsabilidades, ¿o de qué otra manera los niños en casa pueden estudiar o ver clases en el mismo horario en que sus padres permanecen frente a las pantallas?

“Nosotros entendemos la crisis del trabajo y la crisis de los cuidados como dos caras de una misma moneda”, explica Helen Hester, filósofa británica, una de las seis fundadoras del colectivo feminista internacional Laboria Cuboniks. Teniendo en cuenta que, por lo general, en las familias son las mujeres quienes llevan la carga de trabajo doméstico y de cuidados, nuevos modos de organizar las rutinas productivas que incluyen el teletrabajo significan construir mecanismos solidarios hacia las que potencien su desarrollo laboral y profesional, o sea, se trata de pensar en clave de género.

Para el filósofo Srecko HorvatCon, dentro de poco todas las vertientes de nuestra vida quedarán integradas en una red o estructura digital y global. A las consecuencias de esta situación las llama servidumbre maquínica. “Es un concepto que tomo prestado del filósofo italiano Maurizio Lazzarato y que tiene que ver con un temor que muchos tenemos: la tecnología nos está llevando a una nueva forma de totalitarismo. Hablo de servidumbre porque estamos en una situación en la que ya ni siquiera sabemos que no somos libres. La mayoría de la gente no es consciente de lo inmersa que está en distintos tipos de tecnologías y de cómo eso modula su existencia”, dijo en una entrevista reciente. Lo que refuerza la idea de la necesidad de una relación saludable con las tecnologías y de incorporar herramientas para ello en los sistemas educativos.

Teoría de futuro: Distopías posibles

Hablar de TIC y distopías podría dar un largo ensayo sobre literatura, películas, series. No obstante, para quienes están de lleno imbuidos de esta tecnocultura, mencionar la serie Black Mirror debe ser precedente importante, por la multiplicidad de escenarios posibles que nos ofrece. Sin embargo, ya suena por ahí también el caso de otra serie, Snowpiercer, basada en la película de 2013 del mismo nombre, en la cual los únicos sobrevivientes a un congelamiento global viajan en un tren. Los vagones dividen clases sociales y el verde de la naturaleza es privilegio de pocos.

A largo plazo, el uso desmedido de los recursos naturales para seguir construyendo paisajes de concreto y nuevas tecnologías que priorizan la carrera desenfrenada por este tipo de avances, como es de esperar, representa un daño importante para la vida en el planeta Tierra.

Para Markus Gabriel, filósofo y escritor alemán, director del Centro Internacional de Filosofía (IZPh), la crisis actual es “una preparación de la crisis ecológica. Esto no es nada comparado con la crisis ecológica, nada”. Así lo reseña Tomás Pérez Vizzón para la Revista Anfibia en “Pensar un mundo mejor o explotar al humano como nunca antes”.

Pérez Vizzón explica que Markus Gabriel es un crítico de las teorías tecnológicas nacidas en Silicon Valley, y que la creencia de que nos encaminamos hacia un mundo automatizado, en el que máquinas inteligentes funcionarán de manera autónoma, es puro marketing californiano. “Somos proletarios digitales: trabajamos gratis produciendo datos para las grandes compañías y nadie nos paga por eso”, afirma. Gabriel “exige regulaciones más fuertes para las redes sociales y hasta plantea que las empresas tecnológicas –grandes ganadoras de la pandemia como Amazon, Microsoft o Facebook– son las que tienen que garantizar un ingreso universal.

En ese mismo texto, Pérez Vizzón refiere también la obra de Yuk Hui, ingeniero informático y filósofo. “Su trabajo de los últimos años es una crítica a lo que llama la cultura monotecnológica, que concibe a la tecnología como mera fuerza productiva y mecanismo capitalista para maximizar las ganancias… Los problemas que acarrea esta cultura monotecnológica están llevando al agotamiento de los recursos naturales, la degradación de la vida sobre la Tierra y la destrucción del medioambiente… Si no cambiamos nuestras tecnologías y nuestras actitudes, solo preservaremos la biodiversidad como un caso excepcional, pero no aseguraremos su sustentabilidad.

El coronavirus no es la venganza de la naturaleza, sino el resultado de una cultura monotecnológica en la que la tecnología misma simultáneamente pierde sus cimientos y quiere convertirse en el cimiento de todo lo demás”.

No son las únicas. Teorías distópicas, desde la filosofía, existen varias, pero lo cierto es que, por un lado, el coronavirus nos ha lanzado al futuro –como afirman algunos analistas– y, por otro, el uso de las TIC, intensificado debido al confinamiento, forma parte de una transformación de magnitud planetaria que implica cambios en la vida de cada uno de nosotros.

Ello supone que el capitalismo, más tecnologizado, es una amenaza aún más feroz, dadas la mayor explotación del ser humano y la organización y el funcionamiento del mundo. Pensar, educar y compartir modos saludables y productivos –en el buen sentido de la palabra– de desenvolverse en el mundo digital y de interactuar con él resultan imperativos categóricos en los tiempos que corren. De cierta manera, ya estamos destinados a vivir en una historia de ciencia ficción.


Mariana Camejo

 
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