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Publicado el 18 Diciembre, 2020 por Dariel Pradas en Cultura
 
 

La Habana para un Leal (+ fotos)

Desfilan niños de escuelas primarias. Montones de ellos. Algunos ni miran las cenizas y otros se quedan embobados con la estatua gigante o la fotografía del difunto que besa la bandera. Desde la terraza, se les ve salir y reorganizarse a la sombra del edificio de la Editora Abril, antiguo Diario de la Marina
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La Habana para un Leal.

En el Salón de los Pasos Perdidos desfilan montones de estudiantes de escuelas primarias.

Por DARIEL PRADAS

Fotos: LEYVA BENÍTEZ

En el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio de La Habana está la Estatua La República con sus 17 metros de altura, su escudo y su lanza, y su casco; a los pies de la escultura, el Kilómetro Cero: la réplica de un brillante de 25 quilates desde donde parten los caminos de Cuba. Entre la estatua y el diamante reposan las cenizas del doctor Eusebio Leal Spengler; fallecido el 31 de julio de 2020.

La Habana para un Leal.

Familiares y amigos lamentan la pérdida de un ser querido. En la foto: Javier Leal y Zenaida Romeu.

“Leal era un hombre de carne y hueso. Con muchas luces y, también, con necesarias sombras. De lo contrario, no hubiese sido humano”, describe Ariel Gil, estudiante del Colegio San Gerónimo y además asistente personal del Historiador de la capital, durante los últimos cuatro años. “Leal era un hombre de detalles –prosigue–. Un hombre que se desvivía por que todas las cosas estuvieran limpias, organizadas, pulcras… ‘dignas’, una palabra que él utilizaba mucho. Leal representa esa voluntad del gobierno de hacer, en La Habana Vieja, lo que no se ha podido hacer en todo el país. Cuba era su delirio”.

La ceremonia funeraria empieza. Los primeros plañideros recorren sosegados los 120 metros del salón: se detienen ante la cajita que guarda las cenizas, rinden homenaje y continúan la ruta. Vestidos de toga, estudiantes del Colegio custodian el trayecto hasta la salida. Acompaña la procesión una versión sumamente armoniosa del Himno Nacional. Todo ocurre ordenado, bonito y limpio. Digno.

“Leal siempre estuvo preocupado por lo que pensaban los jóvenes de su ciudad y de su país”, afirma Lil María Pich, miembro del Movimiento Juvenil Martiano. “Él no veía diferencias entre valores patrimoniales, identitarios y éticos. Mientras reconstruía un edificio, pensaba en la calidad de vida de las personas y la formación de ellas. Es algo sin precedentes. Eso no se ve en un restaurador normal, sino en el restaurador ‘leal’: ‘leales a Leal’, yo interpreto esa frase como algo hermoso”.

Desfilan niños de escuelas primarias. Montones de ellos. Algunos ni miran las cenizas y otros se quedan embobados con la estatua gigante o la fotografía del difunto que besa la bandera. Desde la terraza, se les ve salir y reorganizarse a la sombra del edificio de la Editora Abril, antiguo Diario de la Marina.

Afuera, el sol arrecia con la sorpresa que trae el invierno cubano un 17 de diciembre. Unas vallas metálicas delimitan un recorrido que bordea los terrenos del Capitolio y agrupan a la gente en un mismo espacio, sin regueros y con medidas sanitarias ante la covid-19.

“Vine porque es un momento muy doloroso para todos haber perdido a Leal. Aun cuando haya pandemia, merece que estemos aquí”, opina Lieba Acosta, natural del municipio de La Habana Vieja.

La Habana para un Leal.

La gente se apila, ansiosa por entrar al Capitolio.

En una esquina de la sede de la Asamblea Nacional hay cientos de personas aglomeradas, listas para entrar al edificio. Los policías organizan mientras un piquete de adolescentes posa ante los fotógrafos de la prensa; otro, poncha hip hop con una bocina portátil. Un muchacho carga par de flores que ofrendará en la antesala que precede a los Pasos Perdidos. Las autoridades insisten en el orden. Los visitantes cruzan y repletan una cuadra, a lo largo y ancho, de cabezas humanas.

Almas de variadas naturalezas asisten al homenaje: el plomero de la Escuela Taller Alexander Castellanos; Darián Carmona, presidente de la FEEM; Carlos Jiménez, el jardinero del Museo Casa Natal José Martí; Yamira Rodríguez, quien si no conoció a Martí –dice–, al menos pudo escuchar la oratoria de Leal; el jubilado del Minint, Ramón Quiala y su credo de que “Eusebio significa Revolución”; el cineasta Fernando Pérez que vino a pie desde el Cerro, para sentir La Habana que dejó su historiador…

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Dariel Pradas

 
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