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Publicado el 3 Diciembre, 2020 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

CARTEL DEL FESTIVAL

Seducciones en la sala oscura

Valoraciones sobre una esperada cita en La Habana donde lideraron puestas realizadas en 2020
Edición 42 del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Francisco (Paco) Prats mereció el Premio Nacional de Cine 2020. (Foto: cubadebate.cu).

Por SAHILY TABARES

Varias interrogantes corrieron de voz en voz antes de anunciarse que disfrutaríamos en diciembre, como es habitual desde hace años, del poder dialógico del séptimo arte, sin desestimar la situación epidemiológica provocada por la covid-19 y el estricto cumplimiento de medidas sanitarias en las salas habaneras.

¿Qué películas ver? ¿Quiénes participan en el 42º Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano? ¿Continúa siendo un evento de públicos? El despeje de estas interrogantes motivó a generaciones interesadas en conocernos y reconocernos, descubrir relatos, personajes, metáforas, silencios, conflictos, urgencias que los realizadores y sus equipos creativos recrean desde la asunción de diferentes estéticas, puntos de vista, temáticas, límites, fronteras, transgresiones…

Bajo el eslogan Lo que recetó el doctor el festival se efectúa en dos dosis: del 3 al 13 de diciembre la primera; la otra, del 11 al 21 de marzo de 2021, esta incluirá proyecciones de las películas en concurso, la presencia física de actores, productores y directores.

En la etapa inicial se exhiben 92 filmes –producidos en más de una decena de países–, en las secciones Panorama Latinoamericano, Panorama Contemporáneo Internacional, Los colores de la diversidad, La hora del corto, Panorama Documental, Presentaciones especiales, Cultura, A medianoche. Especialmente emotivos son los homenajes a dos figuras insignes del dibujo animado cubano: los realizadores Juan Padrón y Francisco (Paco) Prats, fallecidos este año.

Pasiones inmanentes

Edición 42 del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Juan Padrón y su Elpidio Valdés nutren la memoria y el disfrute de varias generaciones. (Foto: prensa-latina.cu).

El viaje analítico emprendido al entrar en la sala oscura pretende acercamientos a la espesura tentadora implícita en largometrajes, cortos y documentales mediante conflictos, angustias, desesperanzas, aspiraciones, estas han sido descritas en ocasiones desde la intencionalidad de confrontar lo que existe con lo que debería ser.

Al parecer, la crudeza de los tiempos actuales orienta la brújula de los cineastas en múltiples direcciones, la violencia continúa siendo un dolor multiplicado en infinitas vertientes; pérdidas, muertes, violaciones, olvidos, incomprensiones, originan confrontaciones, no entendimientos, distancias acuciantes entre los humanos.

Así lo revelaron una buena parte de las puestas fílmicas latinoamericanas e internacionales presentadas en el Festival. Historias de vida patentizaron la urgencia de defender el derecho al progreso, a la plenitud del ser y del hacer. Desde el lenguaje como expresión del pensamiento, miradas de densidad antropológica, existencial, sociológica, activaron más de una desazón en espectadores deseosos de conocer qué está ocurriendo en otros lugares del mundo.

Recordemos: el acento en la familia (su composición, la crisis de valores, enrevesadas relaciones interpersonales) singularizó el cine de nuestro continente posterior a la década de los 90, para él las confrontaciones filiales internas devienen un detonante dramático de primera magnitud.

Este universo dramático, en tanto centro de su estética narrativa, emergió en el filme argentino Ojos de arena, escrito por Marcela Marcolini y Alejandra Marino (directora). Según suele ocurrir, las sinopsis apenas “atrapan” la dimensión de los relatos, en este la tragicidad lidera en experiencias sufridas por la pareja de Carla y Gustavo cuando secuestran a su hijo Lucas de cuatro años.

Ojos de arena, de la directora argentina Alejandra Marino, motivó hondas reflexiones humanas. (Foto: cubacine.cult.cu).

El empleo creativo de la sintaxis cinematográfica (cómo se cuenta la historia) y las diversas configuraciones enunciativas de las realizadoras crean señales propicias para meditar sobre la importancia del instinto, de la preservación del alma ante golpes tan fuertes como la desaparición de una persona querida.

Desde el inicio aparece en la historia lo que en dramaturgia se denominan valores de anticipación, son reveladores de una máxima esencial, para derogar situaciones en la vida primero hay que aprender y observar, esta es la propuesta de los personajes-tipo femeninos en esta ficción, pues ellas lideran cada paso de avance o retroceso en mitos, adversidades, la lucha por vencer a toda costa.

El goce estético-cognoscitivo que obtenemos del séptimo arte hace pensar en nosotros mismos, pero no siempre los realizadores responden a una máxima asumida por Bergman: “mientras no se pruebe lo contrario, el cine es ante todo una historia bien contada y mejor actuada por inteligentes intérpretes”.

Lejos de este precepto quedaron La cisterna, largometraje, dirigido por Cristiano Vieira; Rima de niños, corto de Lucas Nunes, ambos de Brasil; y La amante, de la puertorriqueña Patricia Cruz.

En diferentes contextos, sonidos y cámaras colocan en el centro de atención lo que no se suele ver. Pero es insuficiente el propósito de apreciar, dejar constancia o denunciar; sin embargo, algunos creadores olvidan la ambigüedad connotativa del arte. Esta significa aprehender mucho más que una sinergia estrecha entre imágenes y palabras interrelacionadas en la riqueza del lenguaje propositivo de múltiples mensajes.

Cortar en el momento preciso, no redundar en emociones y contratiempos, ejercer el debido control sobre los excesos de decir y volver a decir, son preceptos indispensables en una buena narración. Lamentablemente apenas se tuvieron en cuenta en el documental Los hermanos, de los directores Marcia Jarmel y Ken Schneider (Estados Unidos). Ambos rastrean las vidas de los talentosos músicos cubanos Ilmar y Aldo López-Gavilán.

Edición 42 del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Ilmar (a la derecha) y Aldo López Gavilán cuentan vivencias y añoranzas en el documental Los Hermanos. (Foto: cubacine.cult.cu).

Mejor delineados, la duración de las escenas, los pormenores de la estructura y otros aspectos dramatúrgicos hubiesen contribuido a la dinámica de la acción de dos personajes que cuentan deseos y necesidades. Incluso debió velarse por el uso del color en los decorados habaneros, estos no responden solo a una cuestión estética, tienen una función dramática.

El pensamiento y la praxis cinematográfica de muchas obras presentadas apuestan por un proyecto identitario sobre la base de la comunión de América Latina y sus variantes regionales; quizá por esta prevalencia siguen coexistiendo la propensión a la ruptura de fronteras entre la ficción y el documental, la expresiva tensión entre la transparencia del naturalismo y el vuelo tropológico de los símbolos, la alegoría del discurso.

Tampoco hay que renunciar al riesgo narrativo como valor, existen nuevas maneras de articular el relato fílmico, las cuales no excluyen las técnicas de distanciamiento sin olvidar las cercanías entre las personas al comprendernos mejor.

Las seducciones producidas en la sala oscura estimulan misterios inexplicables de honduras infinitas y provocaciones difíciles de interiorizar tanto como el arte que, definitivamente, no tiene explicación, invita a sentir, pensar en nuestras asociaciones mentales sin límites de tiempos o espacios.


Sahily Tabares

 
Sahily Tabares