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Publicado el 8 Febrero, 2021 por Delia Reyes Garcia en Cultura
 
 

“El Capitolio no está en venta”

Alfredo dice ser oriundo de “allá, donde nace un río”, el barrio La Caoba, cerca de La Mejorana, en el municipio de San Luis. Cuando tenía seis años de edad su familia emigró para La Habana
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“El Capitolio no está en venta”.Por DELIA REYES GARCÍA

Fotos: GILBERTO RABASSA

Diáfano, como suelen ser los santiagueros; y soñador, como cualquier artista, Alfredo Gómez Cervantes (1961) guarda algunas reliquias de las cuales no piensa deshacerse nunca. Tallados en madera preciosa: una colección de aborígenes, algunas réplicas de pinturas rupestres encontradas en cuevas cubanas, y esculturas de la reina egipcia Nefertiti y del joven faraón Tutankamon.

Las historias de siboneyes, taínos y guanahatabeyes le apasionan. “Mi abuelo nos contaba que era descendiente directo de indios que habitaban la zona oriental. He leído mucho, sobre todo las Crónicas de Indias, y pude conocer a Manuel Rivero de la Calle, quien hizo varias investigaciones y fotos de pobladores autóctonos en Yateritas. Esas descripciones e imágenes facilitan el trabajo que hago sobre los aborígenes. El tema lo defiendo a capa y espada en mis obras”, enfatiza.

“El Capitolio no está en venta”.

Behique sentado sobre un dujo, aspira el humo del cohíba (tabaco) durante el ritual de la cohoba, que practicaban los aborígenes en la Isla.

Alfredo dice ser oriundo de “allá, donde nace un río”, el barrio La Caoba, cerca de La Mejorana, en el municipio de San Luis. Cuando tenía seis años de edad su familia emigró para La Habana. Después de obtener el título de técnico de nivel medio Industrial, se alistó en la Marina de Guerra Revolucionaria, en la que sirvió por casi una década, y salió con los grados de primer teniente. Posteriormente fue ascendido a capitán en la reserva militar.

Recuerda que en la época de estudiante, su asignatura preferida era la de diseño, y la vocación por las artes plásticas, en particular la escultura, fructificaron durante su estancia en la Marina. Estuvo dos años en una de las brigadas del Blas Roca trabajando en Güines. Al dejar atrás la cuchara de albañil, decidió pasar un curso de administrador de Comercio, pero después de obtener el título prefirió no aventurarse en tales menesteres.

Finalmente, en 1993, Gómez Cervantes concentró sus energías en la creación artística. Tres años después se hizo miembro de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA).

Exactitud y belleza

“El Capitolio no está en venta”.

Máscara del mítico faraón Tutankhamón, una pieza que trabajó de conjunto con la artista Zulay Orta y el orfebre Jorge Tabares.

Alfredo no solo siente pasión por recrear a sus ancestros. Con similar tenacidad e imaginación ha dedicado buena parte de su tiempo a la creación de humidores que impactan por la exactitud de sus escalas y la belleza del conjunto. La réplica del Capitolio cautivó al público durante la exposición realizada en el Hotel Conde de Villanueva, a propósito del Aniversario 500 de La Habana; y luego, en uno de los stands de la edición 22 del Festival del Habano, celebrada en febrero de 2020 en el Palacio de Convenciones.

“Es un humidor que tiene 1.65 metros de largo, por 0.87 de ancho y 0.90 de altura. Lo componen más de 2 500 piezas. Está hecho con maderas preciosas como ácana, jocuma amarilla, majagua azul, las cuales conservan sus colores originales, y cedro para preservar la humedad. Las lámparas son de huesos de res. Tiene capacidad para 250 tabacos, pero si las vitolas fuesen pequeñas cabrían más”, detalla Gómez Cervantes. Tres esculturas completan la obra maestra: al centro, la República; a la izquierda, el Trabajo; y a la derecha, la Virtud Tutelar.

“La idea para realizar esta pieza viene desde 2013. Después el historiador de la ciudad, Eusebio Leal, nos facilitó los planos de la fachada y la parte posterior del Capitolio. Pero no fue hasta agosto de 2018 que trabajamos a tiempo completo su realización. Fueron jornadas de más de 13 horas diarias”.

Las manos de este artista ya habían creado con antelación otros humidores, el más prominente fue la réplica del Hotel Nacional de Cuba, que se subastó en ese mismo lugar por un precio de 31 000 euros.

“En el caso del Capitolio –asegura– no está en venta. Si fuera a sumar, por arribita, lo que gasté en hacer ese humidor, solo los planos costaron 300 CUC, la madera ni hablar, y en el pago de mi ayudante fueron más de 2 700 CUC. Pero lo más importante no es cuánto se gastó, sino la obra que siempre trasciende al artista”.

Secretos del taller

“El Capitolio no está en venta”.

Como todo buen creador tiene siempre en mente nuevos proyectos.

En la esquina de Calzada del Cerro y Boyeros está el taller donde trabaja Alfredo. Un lugar tan modesto que puede confundirse con cualquier otra cosa: garaje, ponchera, cuarto de desahogo… Pero las apariencias son solo eso. Allí nació el proyecto comunitario Tallarte, al que se han sumado ya varias generaciones de niños y adolescentes de la barriada. “Todos los sábados les impartía clases de modelado y dibujo para aprender a tallar la madera. Ellos adquirían habilidades con una rapidez increíble.

“Algunos, de los primeros, ya se hicieron artistas. Les abrí las puertas y dieron el salto a la fama. Sin exponer en una galería, sin ser miembros de la ACAA, los montaba en ‘mi nave’ para que participaran con sus obras en los festivales del Habano”. Desde  2007 este escultor no se ha perdido uno solo de esos eventos.

Pero “tengo una deuda con los chicos del proyecto, estuve alejado de ellos un año y medio trabajando en el humidor del Capitolio. Luego vino la pandemia, que limitó nuestros encuentros y en cuanto se pueda los reanudaremos”, dice en tono de disculpa.

“El Capitolio no está en venta”.

Las diestras manos del artista tallan la madera para darle “vida” a la escultura.

Gómez Cervantes recuerda que una de las primeras acciones realizadas dentro del proyecto comunitario fue plantar un bosque con algunas de las especies que describiera Martí en su Diario de Campaña. “Toda la parte de atrás y el costado de la parada la limpiamos, aquello era un basurero, sembramos esas especies, y pusimos unos pedazos de troncos que eran recortes de postes desechables de la electricidad, y nos servían para exponer lo que iban haciendo los muchachos”. A ese espacio abierto lo llamaron Galería del barrio.

Para el futuro, otra idea ya comenzó a darle vueltas en la cabeza. “Es un secreto, aunque le adelanto que será algo barroco y descomunal”, asegura en voz baja, como si las paredes tuvieran oídos. “No quiero cometer una indiscreción porque en Cuba hay otros muchos excelentes artistas”, sentencia mientras centellean sus achinados ojos verdes.

Frente al torno, con la gubia en una mano, y la maceta de majagua en la otra, Alfredo va dando forma a la figura de un jugador de golf. Poco a poco la escultura comienza a moverse. En el taller, otros bocetos aguardan por el soplo de vida que les confiere el artista.

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Delia Reyes Garcia

 
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