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Publicado el 19 Febrero, 2021 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

AQUÍ, LA TV

Eliminar las trampas del silencio

Crítica cultural sobre los poderes infinitos de la ficción, que en telenovelas y seriales, se recrean mediante narrativas propias de ambos géneros, donde actores y actrices descuellan por su labor interpretativa rica en conflictos y situaciones
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Eliminar las trampas del silencio.

El primer actor Rogelio Blaín interpretó magistralmente a Don Ernesto en la telenovela cubana Destino prohibido.

Por SAHILY TABARES

Ningún relato es totalmente ajeno a la vida, dada su condición de universo, donde tiempo, espacio, causalidad, se constituyen en el contexto y la razón de ser del televidente. De ahí que la familiaridad forma parte de una dinámica de conocimiento y análisis reconocible en las ficciones audiovisuales.

Ciertamente, sus poderes son infinitos. En ocasiones, incluso, propician creer sensato el deseo de lo imposible. Según reconoció el poeta y ensayista francés Gérard de Nerval (1808-1855): “La imaginación humana no ha inventado nada que no sea verdadero”. Personajes e historias pueden inspirar odio, amor, rencores, miedos, angustias, entre otros sentimientos, pero siempre, de alguna manera, establecen relaciones con lo real, entendido como realidad de la ficción.

Con independencia del género dramático, la refiguración de la experiencia temporal se expresa, en ciertas producciones, mediante recursos narrativos que influyen en la velocidad de lo que se cuenta y en su desarrollo argumental.

El más frecuente es el flashback –plano generalmente muy breve, narrado por un personaje, que retrotrae a una acción pretérita en relación con el acontecimiento representado–, se usa en tres telenovelas actualmente en pantalla: Mujeres ambiciosas, de Brasil, y las retransmisiones de las puestas cubanas La cara oculta de la luna y Destino prohibido.

A soluciones insospechadas pueden conducir los flashback. Nunca son inocentes, sirven para complejizar el juego de las expectativas de cada persona ante la TV, quien en solitario, o en compañía, participa en la cocreación de otros mundos posibles. Basta un giro al pasado bien puesto en el discurso narrativo para motivar la reflexión y el disfrute, depende de la subjetividad de cada humano.

Como ocurre en la realidad cotidiana, el recuerdo focaliza conflictos, situaciones, circunstancias, de ahí que los audiovisuales permitan al narrador-personaje revelar u ocultar secretos, o inventar lo que desconoce.

A veces molesta recibir la misma información, una y otra vez, pero la narratividad seriada lo exige –no en demasía, claro está–, de lo contrario el televidente corre el riesgo de naufragar en aguas desconocidas, pierde el interés, decae su atención, y busca otro canal.

Dicho recurso influye en el ritmo, este deviene una cadencia que se emplea en el proceso comunicativo, a partir de combinaciones de efectos, la planificación en la estructura ficcional y la duración de los planos.

Se manifiesta, por ejemplo, en poéticas del sueño, la valoración del mal y la locura. Lo han incorporado, en propuestas vistas en televisión, Alfred Hitchcock (Vértigo, Marnie), Orson Welles (El cuarto mandamiento) y Joseph Losey (Accidente, El sirviente), por solo mencionar contribuciones artísticas relevantes, aunque no hayan sido premiadas con un Oscar.

Por otro lado, no olvidemos que el discurso de las telenovelas es reiterativo. Está previsto que el espectador pierda fragmentos o capítulos de la trama, lo cual pondría en peligro la comprensión de la historia. De igual modo, los diálogos y las situaciones se abordan con insistencia, pero encubiertas bajo la coartada de uno u otro personaje o tipo.

En un mundo interconectado, si bien la TV no es el único medio responsable del enriquecimiento cultural de los públicos, mucho puede hacer por ellos. A los avances tecnológicos, a las buenas intenciones, hay que añadir ideas, planteamientos estéticos, actitudes positivas, que cautiven a los nativos digitales, en su mayoría ansiosos por incorporar conocimientos mediante las experiencias que cada momento viven en la red.

En Cuba, disfrutar de la pequeña pantalla en el hogar donde se reúne la familia es una práctica habitual. ¿Por qué no aprovechar todas las oportunidades para intercambiar, debatir sobre actitudes complacientes ante lo banal y lo violento inmanente de algunas producciones extranjeras? Entre todos urge fundar una cultura rica, diversa, con acciones y palabras oportunas para no caer en las trampas del silencio.

Pensemos en esto.

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Sahily Tabares

 
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