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Publicado el 31 Marzo, 2021 por Sahily Tabares en Cultura
 
 

AQUÍ, LA TV

Entretener a la niñez

Valoraciones sobre la retransmisión del programa La sombrilla amarilla que demuestra cómo comunicar valores éticos, estéticos, formativos, con ingenio, inteligencia y artisticidad, sin recurrir a consejos moralizantes de fácil deglución
Entretener a la niñez.

La destacada actriz Irela Bravo, una de las invitadas a La sombrilla… demuestra su talento en la programación infantil de los medios audiovisuales. (Foto: LEYVA BENÍTEZ).

Por SAHILY TABARES

En todas las etapas de la vida la fantasía es imprescindible. Es una savia y como el amor necesita alimento, pues propicia el conocimiento del mundo, de historias narradas, en ocasiones, por duendes, magos y voces de la oralidad dispuestas a contar relatos iniciados con cierta frase clásica, la cual abre puertas: había una vez….

Ella deviene un nexo que de generación en generación despierta una de las cualidades intrínsecas del ser humano: la curiosidad. A esto contribuye el programa La sombrilla amarilla (Cubavisión, martes, 5:00 p.m.), con guion de la narradora, poeta y periodista, Ivette Vian y puesta televisual de la destacada directora Mariela López.

De la misma autora es el libro La Marcolina (1987), que obtuvo premio en el concurso La Edad de Oro, e inspiró la serie difundida entre 1999 y 2001. Su oportuna retransmisión propicia el disfrute de espectadores comprendidos entre seis y nueve años –para ellos se concibió–, motiva el interés de públicos diversos, ávidos por conocer narraciones que ofrecen nuevos aprendizajes.

El personaje protagónico, Marcolina (Norma Reyna), simboliza a la mujer liberada, independiente, según lo concibió Ivette Vian, quien adereza los capítulos de manera creativa con gracia, locuacidad, humor. Desde esta perspectiva desarrolla una forma ingeniosa de comunicar conceptos, hábitos, valores estéticos, éticos, e incentiva la capacidad de imaginar sin edulcoraciones o rebuscamientos, mediante actitudes y modales (en ocasiones olvidados), como el respeto, las emociones auténticas, el diálogo, el entendimiento entre los seres humanos.

El equipo de realización de La sombrilla… es consciente de la importancia del acto comunicativo. Disímiles personajes asumidos por actrices y actores invitados, entre ellos Irela Bravo, Osvaldo Doimeadiós, Omar Franco, defienden puntos de vista, convicciones, captan la atención del destinatario avezado o no en asuntos diversos.

En las emisiones, al parecer, todo se concibe pensando en las emociones, pues desde la presentación quedan establecidas conexiones temporales, significativas, del rutinario acontecer y de otros mundos. No por azar el personaje Enrique Chiquito (Michaelis Cué) cultiva el símbolo de la ilusión. El acto busca una lectura empática en lo que hace, como lo hace. Transmitir a la niñez pensamientos, ideas, valoraciones, requiere maestría para mantener la complicidad de quien está frente a la pantalla.

En cada instancia del relato se resuelve dramatúrgicamente la pluralidad de sentidos en la que coinciden múltiples provocaciones dirigidas al televidente ingenioso dispuesto a descubrir hallazgos, saberes, capaz de interpretar las relaciones hipertextuales en una estructura narrativa apasionante.

En tal dirección, los códigos icónico y gestual devienen actos de lenguajes expresivos; vestuario, decoración, sonidos, atmósferas, todos los recursos técnicos y artísticos realzan el valor de la puesta con música original de Mayito Romeu y la dirección de fotografía de Rafael García.

Por lo general,  la familia es un personaje implícito en las historias, lo cual facilita abordar comportamientos, la aceptación de determinados conflictos en situaciones dramáticas y la posibilidad de solucionarlos.

La sombrilla… demuestra con arte un modo de entretener a la niñez. Y rechaza recursos simplistas, banales e improvisados que circulan por algunos medios, pasan de mano en mano, no plantean valores solidarios, ni estimulan el espíritu colaborativo, la justicia, la amistad; incluso muchos de esos materiales incitan el grito o palabras lascivas. De alguna manera llevan en sí la manipulación ideológica con propósitos enajenantes o neocolonialistas.

Los aportes y el compromiso creativo de Mariela López en la dirección del espectáculo televisual propician la apertura de nuevas vías para estimular la comprensión de las palabras, la lectura, el pleno disfrute de la literatura infantil.

Volver a ver La sombrilla amarilla produce satisfacción y alerta: los espacios infantiles son necesarios, deben sustentarse en principios formativos, de buen gusto.

Entretener requiere oficio, imaginación, conocimientos sedimentados, el don de la fantasía cultivada. Entretener con vocación participativa exige talento, no lo conseguirá la escritura moralizante, compartir lo aprehendido demanda sinceridad, riqueza de contenidos y fascinación, de lo contrario, la batalla estará perdida, los públicos puede que emigren a otros circuitos sin interiorizar el conocimiento y el crecimiento espiritual. Pensemos en esto.


Sahily Tabares

 
Sahily Tabares