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Publicado el 3 Marzo, 2021 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

BONIFACIO BYRNE

La lira como escudo

A propósito del natalicio 160 de un poeta y periodista, considerado entre los más valiosos de las letras cubanas, BOHEMIA le rinde homenaje

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Colaboró en diversas publicaciones y en algunas integró su consejo editorial; asimismo, obtuvo galardones por su obra. (Ilustración: AURELIO).

Colaboró en diversas publicaciones y en algunas integró su consejo editorial; asimismo, obtuvo galardones por su obra. (Ilustración: AURELIO).

Quizá sea una proverbial coincidencia que nuestro primer Poeta Nacional, Bonifacio Byrne Puñales (1861-1936), haya sido oriundo de Matanzas, tierra pródiga en bardos ilustres. Sin embargo, lo que no parte del albur o el simple suceso fortuito, sino del calado de su estirpe literaria y patriótica, es el apelativo que lo identifica entre todos los habitantes de la mayor de las Antillas: el Poeta de la Bandera.

Este matancero insigne vino al mundo un tres de marzo hace 160 años, en el barrio de Pueblo Nuevo. Fue el cuarto hijo de Bonifacio Byrne Sardiñas, descendiente de irlandeses que, tras la viudez, se unió a María Gertrudis Puñales, quien en 1861 dio a luz al único vástago de la pareja, bautizado con el nombre de Bonifacio Medin.

Tenía el padre excelentes ingresos como maestro de obras y si bien no eran ricos, la familia gozaba de una situación económica más o menos holgada. Disfrutaba de una vida bastante feliz, pues doña Gertrudis en un gesto noble y compasivo acogió a los tres hijastros huérfanos y les dispensó todo el amor, los afectos que demandaban sus incipientes vidas.

Bonifacio no alcanzaba los cuatro años de edad, cuando junto a sus familiares asistió por primera vez a una función teatral en el coliseo Esteban, de la urbe matancera. El padre estaba muy interesado en procurarle a los retoños estímulos espirituales que contribuyeran a modelar sus comportamientos para la vida y, de paso, inocularles la energía del arte.

Ese tipo de paseos se repitió muchas veces más; uno de ellos estaría relacionado con la presentación en la Atenas de Cuba del celebérrimo actor español José Valero, director y maestro de declamación del Conservatorio de Madrid, quien visitó la Isla en diciembre de 1867, luego de un rotundo éxito por diversas ciudades europeas e hispanoamericanas.

La actuación del artista impactó de modo particular al niño que solo contaba con seis abriles; tanto que ya adulto recordaría: “Admiré su labor en La carcajada. La escena culminante de la obra de Legouvé, aquella en que se vuelve loco Andrés y lanza su formidable y emocionante carcajada, no se me ha olvidado nunca, a pesar de que la he visto desempeñar a otros buenos actores”. Así lo consignaría el notable biógrafo e investigador Urbano Martínez Carmenate en su libro Byrne. El verso de la patria.

El ingreso en el colegio El Porvenir, a la edad de siete años, significó una fuente de experiencias y vivencias extraordinarias. La institución educacional había sido fundada poco antes por los acreditados intelectuales Antonio Luis Moreno, pedagogo, y Nicanor Arístides González, poeta y periodista, quienes se convirtieron para la joven generación de estudiantes en modelos y guías sobre civismo, valores patrios y principios de cubanía. Con velada firmeza y desde la discreción, allí se predicó fervorosamente acerca de los ideales independentistas más puros y nobles de la época.

Entre juegos y las lecciones de los maestros y familiares transcurrió la infancia del chico, hasta el aciago deceso del padre, momento en que debió crecer y madurar de golpe. Tenía apenas 10 años, cuando el horcón filial dejaba un manojo de hijos y una viuda desecha por la pérdida, con exiguos bienes e inhábil en los vaivenes de proveer sustento a los suyos.

Despertar del escritor

Las estrecheces económicas no amainaron durante la etapa de adolescente. En tanto el muchacho se sublimaba ante las circunstancias, comenzaba a esculpir sus verdaderas inquietudes literarias. Fue a los 14 años que escribió los primeros versos, inspirados en sus propios devaneos pueriles en el amor. La madre devino la más atenta oyente de las rimas del bardo principiante que se las leía en el afán de auscultar los nuevos derroteros de la lírica. El maestro y mentor Antonio Luis Moreno, poco después, lo instaría a perseverar en el cometido en la poesía.

A principios de los años 70 del siglo XIX, la Guerra de los Diez Años avanzaba con el concurso de Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García; aun cuando líderes de la talla de Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte ya habían muerto.

La mayoría del pueblo se sentía identificada con los mambises desde el inicio de la contienda y apoyaba la insurrección desde todas las formas posibles, moral y material. Unos hacían llegar a la manigua vituallas; otros, contribuían con la savia de sus ideas, como ocurría con el diario La Independencia, publicación prohibida, pero de amplia circulación en Matanzas, impresa en Nueva York, en la cual se arremetía contra el poder español en la mayor de las Antillas.

Byrne tenía acceso a ella por mediación de un patriota y corresponsal encubierto en esa urbe, Tomás Santamarina. En cierta ocasión el poeta en ciernes –quizá sin muchas esperanzas– le solicitó colaborar con un escrito y, para su asombro, resultó aceptado, solo por esa única vez.

Nunca más el corresponsal le habló del tema y el joven se mal juzgó al suponer que el texto enviado no respondía –a pesar de que circuló– a las circunstancias reales de la lucha; sin embargo, las intenciones del amigo Santamarina, con amplias luces en las bregas conspirativas, eran otras: prefirió no exponer al muchacho de solo 17 años.

A esa misma edad Byrne se convirtió en padre de su primer hijo, engendrado por la relación que sostenía con la mestiza Eusebia Soriano, a quien amó intensamente. Aquel vínculo y la amistad que mantuvo con un mulato tabaquero de Pueblo Nuevo, nombrado Antonio, desterró en el poeta los prejuicios raciales y sociales; con sencillez, aprendió a apreciar a las personas más humildes, por lo general marginadas en la sociedad por el estatus económico y/o nivel cultural.

Poco antes del final de la guerra independentista, Bonifacio había transitado de discípulo del Colegio El Porvenir a maestro ayudante, cargo que si bien no representaba un apoyo financiero importante, aliviaba la economía hogareña, aunque se tornaba perentorio hallar otra fuente de ingresos.

Con escaso éxito, desfiló por varios empleos; la inmadurez de sus pocos años, el espíritu bohemio y una personalidad impetuosa, agreste a veces, y hasta altiva, no lo condujeron muy lejos en los trabajos de corte administrativo.

No fue hasta 1878 que su vida laboral empezó a enrumbarse con gloria en el ámbito periodístico y literario, a la sazón el semanario La Primavera y el Diario de Matanzas le otorgaron un espacio como creador; no obstante, ni cuando gozó de más renombre su obra, se libró de las limitaciones financieras.

Diversas publicaciones lo convidaron a sus páginas. Pensamiento, que dirigía su maestro, el poeta Nicanor Arístides González; los periódicos El Ateneo y El Pueblo; la revista literaria semanal El Ramillete, entre otras, le robustecieron el currículo de poeta avezado y periodista sagaz.

Durante estos años sobrevinieron satisfacciones, también adversidades. El gran amor adolescente, Eusebia Soriano, lo hundió en el desconsuelo con su deceso en 1880. En los meses siguientes, publicaría en El Ateneo el poema En su muerte, dedicado a la amada, y cuya primera estrofa versa: “Murió con ella mi bendita calma, / ya de mi dicha se ha extinguido el sol, / llevo un mundo de sombras en el alma, / y es inmenso, es inmenso mi dolor”.

Tal vez aún no repuesto completamente de la pérdida, a los 19 años se unió a una atractiva joven de distinguida familia: Rosalía Lamar Casado, con quien tuvo otros descendientes.

El tiempo de un consagrado
Aunque un gran volumen de su obra se publicó, parte de su creación poética y textos de otros géneros todavía permanecen inéditos.

Aunque un gran volumen de su obra se publicó, parte de su creación poética y textos de otros géneros todavía permanecen inéditos.

Cuando estalló la Guerra del 95 ya Bonifacio Byrne gozaba de una bien ganada reputación en el panorama de las letras cubanas y, un lustro antes, había fundado los periódicos La Mañana y La Juventud Liberal.

Durante el primer trimestre de 1893, el volumen Excéntricas, salido de la imprenta matancera Galería Literaria, levantó una polvareda de opiniones y críticas encontradas en los diarios y las revistas de la época, que revelaron el interés generado por el libro. En lo esencial, los criterios discurrían en torno al giro literario que asumían las piezas en relación con la creación primigenia del autor y la aproximación a las escuelas poéticas francesas, en especial, parnasianas y simbolistas.

“[…] tiene mucho de artificial, de voluntario y estudiado, como fruto de extrañas influencias”, apuntaría Manuel Sanguily. Y en agosto del propio año, Wenceslao Gálvez confrontaba en El Fígaro las ideas expuestas en los poemas y las tachaba de “aves exóticas traídas de lejanos países por la más perturbadora de las modas”. Contemporáneos y coterráneos coincidían y discrepaban, no podían ocultar la admiración por el matiz genuino y diverso de la obra. Por la originalidad en el entorno criollo, Julián del Casal lo acogió con inusitado entusiasmo y lo reconoció como el “primero de los poetas de la nueva generación”.

Tras el fusilamiento del comandante del Ejército Libertador Domingo Mujica Carratalá, circularon clandestinamente sonetos de Byrne alusivos al suceso, supuestamente anónimos. Los versos exaltaron la ira de las autoridades españolas y debió marchar al exilio en Tampa, Estados Unidos, en enero de 1896.

En la ciudad floridana, entre angustias y miseria, trabajó como lector de tabaquería. Instituyó el club revolucionario de la urbe y llegó a ser el secretario. Textos de su autoría, en prosa y en verso, aparecieron en distintos órganos de prensa durante aquellos años. Entre los más relevantes se hallan: el periódico Patria, fundado por José Martí en 1892; la revista neoyorkina Cuba y América; la publicación, de temática político-literaria, El Intransigente. Sin embargo, fue El Expedicionario el que más demandó de sus atenciones y quizá el que extendió lazos afectivos más sólidos.

En el poemario Efigies, que le granjeó el sobrenombre de Poeta de la Guerra, el escritor aglutinó pasajes y figuras de la gesta independentista cubana. “Cada soneto recoge un fragmento del espíritu batallador. El primero es para Hatuey; el segundo reverencia a Céspedes; el tercero a José Martí. Todos los grandes héroes de las guerras libertadoras tienen su sitio […] Byrne no olvida a los jóvenes sacrificados por la Patria al precio de sus vidas”, suscribió su biógrafo, el investigador Martínez Carmenate, acerca de la obra que, además, recuerda en rimas sentidas al poeta Juan Clemente Zenea y al pintor Armando Menocal.

El regreso

En los primeros días de enero de 1899 zarpó de Tampa, rumbo a La Habana, el bardo junto a su familia. La urbe caribeña le impresionó por su fervor patriótico y revolucionario. El fragor independentista inundaba las calles y se colaba en las casas donde la enseña nacional descollaba gallarda y, en apariencia, libre; pero avistar desde el buque, mientras calaba en la bahía, el pendón yanqui ondeando en El Morro, lo sacudió en un fastidio incontenible.

Horas después, instalado ya en la barrida de Guanabacoa, asumía con denodada dignidad el trágico destino de su pueblo, ahora esclavo de otro amo, y escribía uno de sus poemas más conocidos, Mi bandera, que vio la luz en el cuadernillo Lira y Espada, de 1901.

Le seguirían los títulos Poemas (La Habana, 1903), En medio del camino (Matanzas, 1914) y, editados post mortem,  Selección Poética (La Habana, 1942), por Andrés de Piedra-Bueno), Poesías (Letras Cubanas, 1981) y Poesía y Prosa (Letras Cubanas, 1988).

La creación literaria de Byrne, también se ha registrado en diversas antologías colectivas, desde Arpas cubanas (Poetas contemporáneos), de 1904, hasta compendios más cercanos en el tiempo, concebidos entre 1999 y 2008, a cargo de destacados autores: Samuel Feijóo, Cira Romero, José Lezama Lima, Virgilio López Lemus, José Antonio Fernández de Castro, Cintio Vitier, entre otros.

Bonifacio Byrne. Sus versos han sido incluidos en diversas antologías.

Sus versos han sido incluidos en diversas antologías.

Bonifacio Byrne igualmente escribió piezas teatrales y al morir incursionaba en la narrativa. Más que un excelso poeta, se entregó a su tiempo, pleno de ferviente devoción. Luchó con su lira como otros, en su momento, lo hicieron por medio de las armas. Durante la República ocupó distintos cargos en el gobierno provincial de Matanzas, y en 1915 fue proclamado Hijo Eminente de la Ciudad.

Viudo otra vez, volvió a rehacer su vida junto a María Lorenza de la Caridad Argenter. Ella lo acompañó hasta su fallecimiento, el 5 de julio de 1936, causado por la cirrosis hepática.

El temperamento apasionado y sincero del poeta, su apego por lo nacional, quedaron plasmados en los versos de Mi testamento, concebidos originalmente en 1909 y que en 1935 revisó y corrigió. Aquí reproducimos un fragmento: “No quiero, cuando me muera, / nada fúnebre en mi estancia:/ me basta con que, en hilera, / mis amigos de la infancia, / con una cruz de madera / me acompañen a distancia […] Pero, si alguno quisiera / grato hacerme aquel asilo, / que coloque mi bandera, / con patriótico sigilo, / sobre mi cruz de madera, / ¡y así dormiré tranquilo!”


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez