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Publicado el 29 Marzo, 2021 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

Más que una leyenda desde las tablas

En el aniversario 80 del Teatro de Variedades América, BOHEMIA se aproxima a su sede para dialogar con el director, al frente de la institución desde hace más de cuatro lustros
Más que una leyenda desde las tablas.

En una concurrida arteria habanera se alza el América, considerado uno de los inmuebles más representativos del Art Decó en la urbe. (Foto: LEYVA BENÍTEZ).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Justo en las inmediaciones de las calles Galiano y Concordia, en el municipio de Centro Habana, se alza majestuoso y elegante el Teatro de Variedades América. Reconocido por su intensa vida cultural, el coliseo ha acogido a notables figuras nacionales y foráneas, y desde hace varios años, devenido espacio ineludible del espectáculo musical en la mayor de las Antillas.

Aunque desierto en estos días, por el retiro que impone la pandemia, para amigos, seguidores, lugareños y trabajadores del centro no pasan desapercibidas las jornadas de conmemoración por las ocho décadas de su primera función, acaecida el 29 de marzo de 1941.

BOHEMIA se acercó a sus predios y dialogó con Jorge Alfaro Sama, su director durante más de 22 años, sobre detalles vinculados con la historia, el presente y futuro de la prestigiosa institución.

“En este teatro han ocurrido sucesos muy interesantes; por ejemplo, las últimas presentaciones en público de Elena Burke y Farah María fueron aquí; por cierto en la de Farah nos acompañó nuestro presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez. También estuvo con nosotros, hace varios años, cuando estrenamos el musical Víctor Victoria, dirigido por Raúl de la Rosa. Aunque originalmente ya había recorrido el mundo, esta obra representó un reto tremendo para todos”.

Más que una leyenda desde las tablas.

“Hemos trabajado muy duro y, aunque ha habido defectos, también muchas virtudes”, reveló a BOHEMIA Alfaro Sama, al valorar lo que representa hoy preservar un teatro como el que dirige. (Foto: LEYVA BENÍTEZ).

A lo largo de estos años el América –como lo identifican sus asiduos– ha sido plaza de autenticación y afianzamiento de prominentes figuras de la música y el espectáculo, tanto cubanas como extranjeras. Entre vítores y deslumbramientos no pocas historias alimentan la memoria de artistas y seguidores.

“Durante los años 40, el maestro Ernesto Lecuona tuvo aquí varias temporadas de dirección artística. Una de las más destacadas fue cuando concibió un espectáculo, a manera de pirámide o espiral, con los siete pianistas más sobresalientes del país y la época. Ahí unió en escena a Isolina Carrillo, Orlando de la Rosa, Juan Bruno Tarraza, entre otros grandes músicos y directores de orquesta”.

Antes de que terminara la primera mitad del siglo XX “vino el Ballet de la Ópera de París y debutó en Cuba la cantante norteamericana Josephine Baker, cuando ya era la mejor vedette del mundo. Igualmente, es conocido el suceso que significó Libertad Lamarque en La Habana, a quien el público, al terminar la función, llevó cargada hasta el Hotel Lincoln, donde se hospedaba.

“El América, a finales de los años 40, llegó a ser un teatro insigne de Cuba. Esther Borja fue una de las grandes cantantes cubanas que se presentó en nuestro escenario, al igual que Rosita Fornés, María de los Ángeles Santana. Y en los últimos años, Beatriz Márquez y Omara Portuondo han actuado en reiteradas ocasiones.

Más que una leyenda desde las tablas.

Un encuentro fortuito entre Lola Flores, La Faraona, y Jorge Alfaro, en el País Vasco, marcó para siempre la vida del cubano en relación con el América, incluso mucho antes de ser su director. (Foto: Cortesía del entrevistado).

“Existen muchos relatos curiosos e interesantes, otros simpáticos, relacionados con este lugar. Según mi amiga Olga Taboada, Lola Flores era malhablada y cuando debutó en Cuba en 1952, el primer día hizo un cuento de relajo; después, en todas las funciones, el público le pedía un chistecito. Así ocurrió al regresar en 1954”.

Cada concierto, recital, puesta en escena, revista musical, ciclo danzario que se haya engendrado en este coliseo, ha estado matizado por la excelsitud de sus creadores.

“Durante las dos temporadas del espectáculo Cuba canta y baila, realizados aquí y protagonizados por Olga Guillot y Benny Moré en los años 50, el Bárbaro del Ritmo siempre entraba al escenario por el centro del pasillo del lunetario, mientras los espectadores, de pie, lo aplaudían. Él era el centro de la función. Su grandeza estaba no solo en su talento, también en el carisma y la comunicación con el público”.

Portento de la cultura cubana

Más que una leyenda desde las tablas.

El talento y carisma de Benny Moré trazaron una huella indeleble en este escenario. (Foto: Cortesía del entrevistado).

Con una acústica y belleza impresionantes, el teatro fue diseñado por los arquitectos Fernando Martínez Campos y Pascual Rojas, a instancias del ingeniero Antonio Helier Rodríguez Cintra, empresario cubano descendiente del millonario de origen español Antonio Rodríguez Vázquez, de quien el edificio heredó el nombre al ser construido. Siguió los códigos estéticos del estilo Art Decó y los estándares tecnológicos más avanzados de la época.

“El América es una réplica del Radio City Music Hall, de Nueva York, el cual se ubica en los bajos del Rockefeller Center”, afirmó Alfaro, quien lo constató durante una gira a los Estados Unidos a principios de 1999, mientras todavía alternaba las funciones de representante del recién fundado grupo Habana Ensemble con las de director del coliseo habanero.

“Después de dos días, logré pasar a aquel gran teatro y cuando abrieron todas las puertas confirmé que el nuestro es una copia fiel de ese. Lo único que este cabe allí unas 16 o 17 veces. A excepción de las dimensiones, solo tiene diferente unos pequeños detalles”.

No siempre este coliseo se llamó como hoy: Teatro de Variedades América. Aun cuando muchos consideran que se nombra así desde los años 90 del pasado siglo, esta designación data de unas décadas antes, cuando un grupo de bailarines y cantantes veteranos de reconocida trayectoria (incluso de antes de la Revolución) en el Teatro Martí y/o el Ballet de la Televisión, admirados por la historia del América, se empeñaron en crearle un cuerpo de baile.

“Estamos hablando de finales de los 70, los bailarines y cantantes no se conformaron con aquello y llegaron más allá, se fueron al Icaic a conquistar que otra vez se convirtiera en cine-teatro. Eso fue una batalla terrible que casi le cuesta el puesto a Luis Vidal, entonces director provincial de cine en La Habana.

Más que una leyenda desde las tablas.

La actuación allí de la vedette Josephine Baker causó sensación en La Habana a mediados del siglo XX. (Foto: Cortesía del entrevistado).

“Por suerte se ganó que en cada función se exhibiera una película y un espectáculo; más o menos como cuando se abrió, con la diferencia de que en la jornada inicial, se proyectó la película El cielo y tú (All This and Heaven Too), protagonizada por Bette Davis y Charles Boyer; y casi seis meses después, el 22 de septiembre de 1941, se ofreció el primer show musical, a cargo del tenor mexicano Pedro Vargas junto con el pianista Pepe Agüeros y una gran orquesta acompañante dirigida por el maestro Alfredo Brito”.

Atizando la llama para el futuro

Mucho ha tenido que arar el colectivo del América para lograr resguardo seguro y estable al musical. Experimentado en las lides de la promoción cultural y durante años representante de agrupaciones emblemáticas como Irakere y Habana Ensemble, Alfaro Sama accedió solo por un año a recomponer el teatro capitalino, bastante declinado desde el punto de vista técnico y de capital humano. Sin embargo, en el decurso, la sensibilidad hacia nuestra cultura afloró por encima de todo.

“Me fui enamorando de la vida del teatro, adentrándome en sus problemas. Cuando llegué, este lugar estaba listo para cerrar: las relaciones humanas entre los trabajadores eran un desastre, el cuerpo de baile estaba depauperado, había una consola de 12 canales con solo tres micrófonos y si alguien me decía que el escenario se alumbraba con quinqué lo podía creer. No concebía que un teatro con tanta historia, como la que yo había estado estudiando, tuviera una situación así”.

Más que una leyenda desde las tablas.

El montaje de El fantasma de la Ópera, devino rotundo éxito durante la pasada centuria. (Foto: Cortesía del entrevistado).

Los diversos escollos se fueron allanando a fuerza de trabajo coordinado y en equipo. Una de las primeras acciones se centró en organizar espectáculos humorísticos, entonces desaprobados por ciertas autoridades municipales.

Se convocaron a técnicos, creadores. En los espacios de humor, inestables al principio, confluyó la danza y en el transcurso se modelaron hasta llegar al conocido La Esquina de Mariconchi, interpretado por el actor y humorista Orlando Manrufo, el cual ya tiene más de 20 años.

“Con el tiempo, fuimos ajustando la programación humorística. Comprometimos al Centro Promotor del Humor (CPH) para evitar cualquier problema, vulgaridad, chabacanería o crítica, porque el CPH es la institución metodológicamente encargada de asesorar.

“Luis Silva se presentó por primera vez aquí en un espectáculo del grupo Humoris Causa. Después, regresó y estrenó el unipersonal Monólogo del pan, de donde salió el personaje de Pánfilo. Ha venido otras veces y ha hecho funciones memorables”.

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Las primeras actuaciones de Libertad Lamarque en el América ocurrieron en 1946, con funciones dobles y diarias durante casi dos semanas. (Foto: Cortesía del entrevistado).

En el presente, el Teatro de Variedades América luce cuidado y conservado, gracias a la gestión y esfuerzo personal de sus directivos y trabajadores. A pesar de las dificultades vencidas, persisten algunas piedras en el camino, cuya eliminación no depende solamente de la voluntad del grupo humano que allí convive.

Figuras del relieve de Héctor Quintero, Zenia Marabal, Raúl de la Rosa, Alexis Vázquez, Ricardo Isidrón, entre otros, han hallado un verdadero hogar para crear y construir desde el teatro musical. Pero sus desvelos todavía no son suficientes, debido a incomprensiones y conceptos errados.

“Hoy día nos cuesta mucho trabajo contar con artistas de renombre en nuestras propuestas. La mayoría, por cuestiones económicas, prefiere otros espacios para ganar un poquito más. No tienen en cuenta el valor que significa para un creador presentarse en un gran teatro. Además, la vida lo dijo, lo dice y lo dirá: lo más representativo de la cultura de cualquier ciudad, país o territorio son sus museos y sus teatros.

“El musical, desde la posición del actual Consejo Nacional de las Artes Escénicas, está concebido, por algunos de sus especialistas fundamentalmente jóvenes, como arte menor y ha quedado en terreno de nadie. Los teatristas lo identifican como una manifestación de la música y esta, aunque no lo niega, no lo desarrolla como debiera. Para ese tipo de personas este género no existe. Y no cuenta con un premio nacional. Entonces, si esta es una de las manifestaciones que más convoca, ¿de qué manera respetamos al público?

“Lógicamente, es una arbitrariedad y el presidente de Honor de la Uneac, Miguel Barnet Lanza, ha instado a que se nos atienda desde esta perspectiva; no obstante, nunca constamos”.

En medio de tales circunstancias, la institución no ha cejado en generar acciones que legitimen su imagen y pertenencia en el acervo e identidad nacionales.

Más que una leyenda desde las tablas.

El estreno del musical Víctor Victoria, a propósito del aniversario 75 del coliseo, evidencia cuánto puede lograr en calidad estética y conceptual esta expresión de las artes escénicas. (Foto: LEYVA BENÍTEZ).

“Requeríamos de un recurso para que los públicos comprendieran realmente el valor histórico de la institución. Por medio de unos amigos en Colombia, editamos el libro Teatro América: el gran templo de la cultura cubana, de Pedro Urbezo, con una tirada bastante grande. Organizamos una galería que recorre áreas de la planta alta, con dibujos de la artista visual Carmen Mir, en los cuales se presentan todas las grandes figuras que han actuado aquí. Esta fue otra de las fórmulas para llamar la atención de la gente y que repara en la historia del teatro”.

A partir de 2010 una unidad docente, acreditada por el Ministerio de Cultura, se encarga de formar la cantera de artistas y técnicos que precisa la nómina del musical.

“En 1994 abrieron los talleres comunitarios para niños adolescentes y jóvenes, en las especialidades de ballet, bailes populares y folclóricos, canto y actuación, peluquería y maquillaje especializados. Esta es la preparación esencial para que los talentos ingresen a nuestra unidad docente.

“Actualmente ostentamos la categoría uno y pelearemos por alcanzar la Especial: ninguna otra institución homóloga posee un trabajo comunitario como el nuestro”, afirma Jorge Alfaro aún no complacido del todo con los logros, pero muy satisfecho del grupo que lidera.

“Gente aquí que lleva más años que yo se ha mantenido y eso requiere amor, identificación con el lugar de trabajo; es sentido de pertenencia”.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez