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Publicado el 8 Abril, 2021 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Una vida contada desde la escena

Este abril una de las más notables creadoras de la escena nacional hubiera cumplido 90 años. Se ha previsto que a ella se le dedique el venidero Festival Nacional de Teatro de Camagüey
Una vida contada desde la escena.

Junto a José Antonio Rodríguez, la memorable caracterización de Lala Fundora, en Contigo pan y cebolla, dirigida por Sergio Corrieri, devino clase magistral. (Foto: CORTESÍA DE LA COMPAÑÍA HUBERT DE BLANCK).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Aquella noche de finales de 2014, al concluir una de las funciones de Fuenteovejuna, reestrenada entonces por la compañía Hubert de Blanck (con dirección artística de Orietta Medina), esta reportera luego de los cumplidos de ocasión, aguardó el instante propicio para intercambiar un saludo fugaz con la maestra Berta Rosa Martínez López (7 de abril de 1931-27 de octubre de 2018).

Era un encuentro de cortesía, como tantos anteriores en la misma circunstancia, pretexto para comentarle uno u otro detalle llamativo de la puesta y escucharla hablar, discurrir sobre teatro. Ese día en particular estaba visiblemente feliz, los más jóvenes del colectivo habían interpretado el texto de Lope de Vega con excelencia y organicidad; se sentía honrada, satisfecha, al advertir cómo culminaba con éxito en escena, el esfuerzo de jornadas enteras de entrenamiento y aprendizaje sobre el dominio de partituras dramáticas en verso.

Quien suscribe estas líneas, ya lo había constatado algunos años antes, cuando asistió en calidad de oyente a una suerte de charlas o talleres que impartía a actores y actrices de la compañía que contribuyera a fundar en 1991. En esas dos o tres sesiones que presenciara, aprendí más que en las distintas fuentes sobre teatro que intentaba devorar en aquel momento.

Una vida contada desde la escena.

En la comedia de enredos Don Gil de las Calzas Verdes, de Tirso de Molina, Berta Martínez asumió el verso con excelencia. (Foto: PEPE MURRIETA).

No resultó difícil comprender la coraza y hondura de saberes que articulaban a la Berta Martínez actriz, directora escénica, dramaturga, diseñadora de luces y escenografía; a la profesora Titular de la Universidad de las Artes, a la apasionada estudiosa de disciplinas diversas como la filosofía, la psicología, la psiquiatría, la arquitectura, a partir de las cuales tejía vínculos, relaciones, cruces que la aproximaran a una teoría y praxis teatral muy particular, ingeniosa y vital.

“Fue una mujer investigadora, renovadora, obsesiva hasta la saciedad”, reveló en cierta ocasión la actriz y pedagoga Corina Mestre, quien conoció su desbordante creatividad en la dirección de elencos numerosos, su exhaustiva precisión para elaborar cadenas de acciones, el especial sentido de asumir lo teatral y las imágenes plásticas en escena.

La artista sube a proscenio

Partió, junto a sus padres y hermanos, del villareño terruño natal, en Yaguajay, cuando apenas era una adolescente. La capital prometía cierta prosperidad familiar que no podía ser desestimada.

“Empecé a actuar cuando tenía unos 13 o 14 años”, confesaría muchos años después, mientras precisaba cuánto le fascinaba observar a una de sus hermanas idear escenificaciones para presentarlas en el colegio. Aquel mundo de relatos y personajes la hechizó, tanto que con solo 16 abriles se integró a la Academia Municipal de Arte Dramático de La Habana. Poco después egresaría como locutora radial.

A partir de la década de los 50 se convirtió en una de las figuras más prometedoras de la escena antillana. En tanto alternaba sus roles de villana en la recién instaurada televisión con sus actuaciones en salas habaneras. Bastante joven aún, matriculó en el Bown Adams Profesional Studio, de Nueva York, tras vencer rigurosos exámenes de aptitud; sin embargo, sus precarias condiciones económicas solo le permitieron concluir algunos cursos de actuación, luces y dirección.

Una vida contada desde la escena

Cuando se presentaba ante los actores para iniciar un montaje teatral, de antemano conocía en profundidad los detalles de cada personaje. (Foto: CORTESÍA DE LA COMPAÑÍA HUBERT DE BLANCK).

De regreso a La Habana se unió a uno de los principales exponentes de la vanguardia teatral del momento: el grupo Prometeo, liderado por Francisco Morín. Allí encarnó diversos personajes con extraordinario virtuosismo y debutó en las lides de la dirección teatral con el montaje de El difunto señor Pic. Desde entonces su obra como actriz y directora empezó a ser reconocida con diferentes laureles.

El triunfo revolucionario de enero de 1959 le generaría nuevas certezas e inquietudes. Mientras se insertaba en el naciente proceso social, iba amalgamando el quehacer creativo a la nueva realidad. El mítico Teatro Estudio, integrado por teatristas del relieve de los hermanos Raquel y Vicente Revuelta, Sergio Corrieri, entre otros, le abrió las puertas y allí encarnó roles protagónicos.

“El personaje vive con mis pensamientos, con mis sentimientos y con mis procesos”, revelaría quien inmortalizó de una manera singular a Lala Fundora, en Contigo pan y cebolla, del cubano Héctor Quintero, y a la muda Catalina, en Madre Coraje y sus hijos, del alemán Bertolt Brecht.

También dirigió con acierto y excepcional magisterio piezas trascendentes de la literatura universal. Y en el ámbito de las relegadas mujeres del granadino Federico García Lorca, logró un sentido de lo trágico que solo llegó a ser posible desde la grandeza de su virtuosismo.

Al respecto reflexionó el crítico, dramaturgo y ensayista Norge Espinosa, en el homenaje que se le tributara a la teatrista, por sus 80 años, en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba:  “El que una misma personalidad haya logrado dibujar con exactitud montajes sobre textos tan distintos de un autor mucho más complejo de lo que algunos imaginan, demuestra la intensidad con la cual Berta Martínez se ha discutido en líneas aparentemente opuestas, para ser siempre una directora hábil en traducir a su poética todo lo que toca”.

Una vida contada desde la escena.

La Verbena de la paloma y El tío Francisco y Las Leandras, ambas dirigidas por ella, se alzaron como un homenaje a nuestra raigambre bufa y al género chico español. (Foto: CORTESÍA DE LA COMPAÑÍA HUBERT DE BLANCK).

Esta mujer elocuente, autodidacta y muy culta, encontró referentes concretos en Konstantin Stanislavski, Bertolt Brecht, Emílievich Meyerhold, a partir de quienes erigió los instrumentos teóricos que guiaron cada uno de sus procesos creativos y que hoy son el legado de varias hornadas de discípulos y adeptos. Sin duda “una profesora nata que nació para enseñar, trasmitir conocimientos, amén de ser una excelente directora y creadora”, ha reconocido la actriz de la televisión y el teatro Miriam Learra.

A la par de su vastísima erudición y desde su ascendencia humilde, conectada con lo popular, Berta Martínez soñó, modeló y engrandeció nuestra cultura teatral, desgajando moldes y estereotipos; a partir de una identidad, filosofía e intencionalidad genuinamente cubanas.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez