0
Publicado el 15 Mayo, 2021 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

TEATRO

Certeza para crear y crecer

Notable actriz y directora teatral celebra su cumpleaños 90 con total vitalidad y arrojo. Nacida un 7 de mayo, siempre soñó con ser artista. Y se confiesa la mujer más dichosa del mundo, porque logró ser lo que siempre quiso
Certeza para crear y crecer.

Ha sido distinguida con los más importantes reconocimientos que confieren el Estado cubano y diversas instituciones culturales, entre ellos los premios nacionales de Teatro y Televisión, en 2003 y 2005, respectivamente. (Foto: uneac.org.cu).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Quienes la conocen de cerca aseguran que es afable, jovial, muy simpática y cooperativa; la antítesis de aquella perversa tía, Doña Teresa Guzmán, en la telenovela Sol de batey, que si bien no marcó un antes y un después en la trayectoria artística de Verónica Lynn López Martínez (1931) –existen también otras interpretaciones trascendentales– la convirtió en una de las figuras más respetadas, admiradas y conocidas en Cuba.

Nacida un 7 de mayo, en San Diego de los Baños, en la occidental Pinar del Río, esta actriz, directora teatral, maestra de generaciones en varios centros académicos del país, se convenció desde muy joven de que la actuación marcaría el rumbo de sus días. Estudiaba en la escuela de monjas Las esclavas del sagrado corazón y como la institución no admitía la entrada de otros varones que no fueran los sacerdotes, debió defender un pequeño personaje masculino, el cual cautivó a los presentes por su prestancia y aptitud.

Desde entonces encarna cada rol con un sentido de verdad impresionante, sin poses ni estereotipos. “Yo siempre soñé con ser artista. Digo que soy la mujer más dichosa del mundo porque logré ser lo que siempre quise: actriz”, confesó en cierta ocasión.

Apenas era una adolescente cuando ganó en la sección de aficionados del programa Escuela de Televisión, dirigido por Gaspar Pumarejo, en el cual los vencedores tenían como premio la posibilidad de integrar el elenco artístico de los dramatizados. Comenzaría a trabajar en humorísticos y en el espacio Teatro Azul. No obstante, inmersa en el agitado mundo de la TV descubrió una de sus más extraordinarias pasiones: el teatro.

La técnica actoral llegó muy temprano a las búsquedas e indagaciones de Verónica Lynn en el arte de las tablas, justo cuando empezó a tomar clases con Andrés Castro, quien provenía de la neoyorquina escuela de Erwin Piscator, discípulo directo del ruso Konstantín Stanislavski; cuyo método de actuación le aportó a la artista como pilar teórico, junto a los preceptos de los maestros Jerzy Grotowski, Eugenio Barba y Bertolt Brecht.

A mediados de los años 50 debutó en el teatro con la obra Amok, de Stefan Zweig; a la que le sucedieron Lluvia, de William Somerset Maugham; La gata en el tejado de zinc, de Tennessee Williams; Delito en la isla de las cabras, de Ugo Betti; entre otras piezas que en todos los sentidos modelaron el hacer creativo de la artista.

Tras el triunfo de la Revolución, cuando las diversas agrupaciones del gremio teatral empezaron a recibir apoyo estatal del naciente proyecto social, la creadora se incorporó al Grupo Milanés. Tres historias para ser contadas y La calma chicha fueron algunos de los montajes que estrenó como parte aquel colectivo.

Certeza para crear y crecer.

La película Candelaria, interpretada junto al también notable actor Alden Knight, conquistó el Gran Premio en la Sección Jornada de Autores del Festival de Cine de Venecia. (Foto: sensacine.com).

A principio de la década de los 60 trabajó en diversas puestas en escena dirigidas por Rubén Vigón, en las cuales actuó junto a su compañero en la vida, el destacado actor y director Pedro Álvarez, con quien varios años después, en 1989, fundara el colectivo Trotamundos donde se mantiene como directora general desde 1991, luego del deceso de su esposo.

La obra Santa Camila de La Habana Vieja, del dramaturgo cubano José Ramón Brene, dirigida por Adolfo de Luis, se convirtió en el primer gran éxito de la actriz, cuya caracterización devino pauta y paradigma en la interpretación de este personaje que perpetuó por su profunda asimilación de la esencia humana y, en particular, del momento histórico que recrea la pieza.

“Camila era una gente sin cultura, pero una mujer muy linda por dentro, muy graciosa, muy amiga de sus amigos, y que amaba profundamente a su hombre y a sus santos. Cuando veo que alguien la interpreta y hace algo feo con Camila, me hace la mulatica chusmita nada más, yo me indigno, porque está hiriendo, lastimando algo mío. Tengo mi sentido de pertenencia” confesó la también docente de la Universidad de las Artes a los jóvenes anfitriones de El Mejunje, en Santa Clara.

Su Luz Marina, la heroína del gran Virgilio Piñera, en Aire Frío, también fascinó con un desempeño actoral magistral, pleno de organicidad y sin desatender los lazos de honda cubanía de dicha partitura dramática. Aquí, con dirección del actor, dramaturgo y novelista, Humberto Arenal, tejió intrincados recovecos sobre una mujer, símbolo de tantas otras antillanas.

En ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, original de Edward Albee y dirigida por el destacado dramaturgo cubano Rolando Ferrer, cinceló de manera excepcional a una alcohólica frustrada y se convirtió en otro de sus grandes triunfos coronados con resonante acogida de públicos y la crítica. En esa trascendente puesta compartió escenario con una figura prominente en la mayor de las Antillas, el actor y director José Antonio Rodríguez.

Aunque ya era una actriz reconocida en la televisión y el teatro cuando llegó a la radio, este medio representó una fuente de saberes sin precedentes que Verónica Lynn aprovechó con creces al encarnar tanto roles secundarios como protagónicos.

En más de una veintena de películas esta mujer sencilla y estudiosa en extremo ha marcado impronta con actuaciones memorables. Es recordada su presencia en Una pelea cubana contra los demonios (1971), de Titón; Lejanía (1985), de Jesús Díaz; la marginal y marginada madre de Rachel, en La bella de la Alhambra (1989), de Enrique Pineda Barnet; les sigue una larga lista que alcanza Las noches de Constantinopla (2001), de Orlado Rojas; La anunciación (2009), también de Pineda Barnet; y más cercanos en el tiempo, los filmes El Regreso (2018), de Blanca Rosa Blanco Ascuy y Alberto Luberta Martínez, y Candelaria (2017), del realizador colombiano Jhonny Hendrix Hinestroza, esta última alabada y reconocida a escala internacional.

Activa, auténtica, a sus 90 abriles, no halla en su larga vida impedimento alguno. Asegura que tiene “una edad que me parece bonita, porque tengo el cariño y ese respeto, que ojalá sigan acompañándome. Y saberme querida y respetada me hace sentir una gran responsabilidad. Con mi trabajo y con mi público”, reveló al teatrólogo y dramaturgo Norge Espinosa hace poco más de un año. Esa es la certeza y el refugio de que creando siempre crecerá como ser humano y artista.


Roxana Rodríguez

 
Roxana Rodríguez