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Publicado el 27 Junio, 2021 por Lilian Knight Álvarez en Cultura
 
 

El leal barbero de Eusebio

Gilberto Torrente tuvo el placer de conocer muy bien al Historiador de La Habana. Más allá de realizar el corte de sus cabellos durante décadas, estableció con él una sincera amistad
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El leal barbero de Eusebio.

Gilberto Torrente Santiesteban tiene clientes de todas las edades y aunque no le gustan las nuevas tendencias, si las tiene que hacer, las hace.

Por LILIAN KNIGHT ÁLVAREZ

Fotos: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA

Gilberto Torrente Santiesteban mantiene pulcritud de cirujano en su local. Hace honor a un antecesor lejano: Juan Gómez, quien desde 1552 fue el primer barbero–dentista autorizado en Cuba para realizar cortes de cabello, rasurar barbas, extraer muelas y contener sangramientos.

Quiso la suerte -o la voluntad- que cinco siglos después, en la misma calle de La Habana Vieja (Obispo, entre Oficios y Mercader), Gilberto conservara no solo el arte del buen corte, sino también la belleza de la barbería que asumió en la década del 70, con la ayuda del Historiador de la Ciudad.

La profesión de este fígaro lo sigue a todos lados, pues vive justamente en el Callejón de los Peluqueros, allí donde su tocayo y vecino, Gilberto Valladares, Papito, desarrolló el proyecto comunitario ArteCorte, para rescatar la historia del oficio y fomentar su aprendizaje en las nuevas generaciones.

Torrente Santiesteban concede la entrevista en su casa. Para recibirnos cortésmente le pone pausa a su ajetreada jornada que divide entre el trabajo, la atención a su padre centenario, los quehaceres del hogar y el aprendizaje constante sobre la tecnología y la realidad.

Gilberto ha vivido en La Habana la mayoría de sus 80 años; sin embargo, se dice hijo orgulloso de Dimas, remota localidad allá en Mantua, Pinar de Río.

“Llegué a la capital con nueve años -asegura acotando fechas, direcciones, haciendo gala de buena memoria-. Viví en Centro Habana, en Párraga y finalmente aquí, en este edificio de Aguiar y Peña Pobre que mi tío, un comerciante farmacéutico, comprara junto a otras propiedades. A Dimas volvía una vez al año, para montar caballo, recorrer las fincas de mis tíos, comer frutas y bastante carne de puerco”.

Se inclinó inicialmente por el comercio y estudió esta especialidad por dos años, pero, como él mismo afirma, el deseo de trabajar pudo más. “Mi padre me dijo que no había problema, siempre y cuando aprendiera un oficio, y decidí seguir los pasos de mi papá y mi tío-abuelo: me hice barbero de tercera generación”.

La profesión, si bien no lo “hace rico” -comenta jocoso-, siempre le permite “tener un peso en el bolsillo, porque el pelo siempre crece. En aquel entonces se estilaba aprender la labor con un barbero consagrado. A mis 17 años fui el último de los discípulos de Francisco Pérez Acosta, con quien trabajé por primera vez”.

Gilberto dejó a un sustituto de confianza que apoyara a su viejo maestro, antes de unirse a su padre en un nuevo local. Juntos codearon labores hasta marzo de 1968, cuando la barbería particular pasó a ser estatal.

El leal barbero de Eusebio.

En el exterior de su barbería se aprecia una reproducción que certifica a Juan Gómez como barbero pionero en la vieja ciudad.

Salones y tradiciones

Los “caramelos” aún marcan algunas tiendas. Sus bandas rojas y blancas en movimiento espiral rememoran las vendas ensangrentadas que los cirujanos-barberos solían secar sobre los postes exteriores con el movimiento del viento.

Según refiere Gilberto, a mediados del siglo pasado podían coexistir en La Habana hasta cuatro salones en una misma cuadra, cada uno con sus bastones de colores y dos o tres sillones nada más. “Tenían sus clientes y los habituales de un local o un esquilero, no solían ir a otros.

“Luego de la intervención, las pequeñas barberías fueron eliminadas y agrupadas en bloques. En su conjunto, estos centros pasaron a conformar una empresa”, rememora.

Gilberto fue uno de los convocados para administrar uno de esos bloques. “Realmente no me sentía cómodo con ese puesto. Me hice barbero para ejercer la profesión, no para administrar”, explica. Tampoco le gustaba la idea de las tiendas con 20 o más sillones que existieron durante un tiempo, donde los clientes y especialistas estaban casi hacinados.

Aun así, fue convencido con la promesa de ocupar el cargo solo por seis meses, que acabaron por convertirse en tres años.

Pero como quien nace para barbero del cielo le caen tijeras, Gilberto logró hacerse de un pequeño local para practicar el oficio. “Era un espacio en malas condiciones, tan malas que el director de la empresa me preguntó si verdaderamente iba a trabajar allí”.

En aquel momento, el entonces joven de 27 años, Eusebio Leal Spengler, director del Museo y la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHC), ya había oído nombrar a aquel barbero que destacaba por su intolerancia ante el mal trabajo y el irrespeto.

Eusebio decidió conferirle a Gilberto no solo la responsabilidad del cuidado de su pelo, sino también la de atender una barbería completamente restaurada, acondicionada y embellecida con espejos, techo de madera y losa, luminarias y antiguos muebles de madera preciosa; todo tal como lo requería el lugar donde se asentó en el siglo XVI el primer salón de corte de pelo y estética masculina.

Esta es la única barbería supeditada a la Oficina del Historiador de la Ciudad, antes estuvo bajo la supervisión de la empresa Habaguanex.

La asiduidad de Leal a la instalación muy pronto atrajo a curiosos y diversos habitantes de La Habana Vieja –y hasta más allá-, que pretendían aprovechar el espacio para desahogar penas con el historiador.

“Por eso tuve que limitar el acceso de otros clientes cuando él estaba, les pedía amablemente que esperaran afuera para que al menos ese momento tuviera tranquilidad. Sin embargo, Leal siempre tuvo oído para los problemas de la gente, sus necesidades”, recuerda Gilberto, mientras recrea los encuentros de aquel gran hombre con la comunidad en la Plaza de Armas o en el Palacio de los Capitanes Generales.

Confiesa que Eusebio siempre pedía el mismo pelado: el pelo dividido por una raya con el pelo peinado hacia la derecha. “En una ocasión intentó cambiar a un pelo más corto y le sugerí que él ya era una personalidad, con una imagen a la que el público se había acostumbrado”.

El testimonio de Gilberto, como muchos otros, describen a un Leal romántico, gran admirador de la belleza femenina y de la estética de las construcciones y todas las cosas. Lo avala también como eterno protector de los necesitados, capaz de convertir cualquier tema y conversación popular en tertulia, y a la gente en su principal centro de información comunitaria.

Leal a la historia y la comunidad

El leal barbero de Eusebio.

La remodelación del salón de Obispo 109 devolvió los valores patrimoniales al inmueble.

“También era un amante de los animales. Recuerdo que una vez encontró a un perrito malherido en la calle y lo trajo a la barbería hasta hallar atención veterinaria”.

Pero esta no era la primera vez que lo hacía. El propio Eusebio en una crónica publicada en el periódico Granma, narraba cómo de joven había acogido en casa a un perrito sin hogar, en contra de la voluntad de los encargados de edificio.

Años más tarde, ya como Historiador de la Ciudad, promovió el amparo de animales callejeros, su identificación, desparasitación masiva y garantías de alimentación por parte de instituciones municipales.

“Ciertamente le gustaban todos los tipos de animales. En los jardines de la Oficina llegó a tener gallinas y gallos que le regalaban”.

“Pero -acota Gilberto- una de las cosas que más admiraba de Leal era su profundo respeto por los ancianos, su amor y agradecimiento por aquellos que habían dedicado su vida al trabajo, incluso desde la posición más humilde”.

Los encuentros entre Gilberto y Leal más allá de la barbería fueron aumentando. Uno de ellos estuvo relacionado con el ya mencionado proyecto ArteCorte, desarrollado con el apoyo del Historiador, y en el que este barbero, con más de 60 años de experiencia, colaboró con la entrega de un sillón y herramientas antiguas que hoy forman parte del museo.

“Asistí a pocas conferencias, solo por ratos porque no creo tener mucha paciencia para enseñar, ni tiempo. Al principio regresaba muy tarde de la tienda y luego con el fallecimiento de mi esposa, regreso un poco más temprano para atender a mi padre y el resto de las labores”.

Afirma que le gusta la cocina, siempre fue el encargado de las grandes comidas de casa, por eso ahora no le cuesta tanto extenderse hacia otras rutinas del hogar. Amante de las peleas de gallos y la pelota, eterno aprendiz de la computación, no tiene mucho tiempo libre ni siquiera ahora que se ha jubilado y recontratado.

“Solo me quedan algunos fines de semana, que me gusta pasar en familia con mis hijos, nietos y bisnietos”.

Hermano fraternal

El leal barbero de Eusebio

En ocasión de su visita a la Gran Logia, el historiador reconoció la excelencia y valores de las fraternidades masónicas.

Entre tanto, abraza otra pasión paralela a su profesión: la masonería, una doctrina que, si bien no era practicada por el Leal, fue reconocida por este como “servicio de fraternidad, de amor y concordia, de decencia personal”.

“Creo que él siempre tuvo fascinación por las prácticas masónicas y el aporte que esas asociaciones hicieron a la historia de Cuba. Como amigo lo guie en un recorrido por la Gran Logia Masónica de Carlos III, ocasión en que la institución lo distinguió como historiador de nuestras doctrinas.

“Pero lo cierto es que no era su primera vez allí, si se tiene en cuenta que estuvo en la inauguración del Gran Templo Nacional Masónico en 1955”, agrega este hermano que en la logia ostenta entre otros cargos los de tesorero, Venerable Maestro y secretario de por vida.

Tampoco fue la última: años después se le hizo un reconocimiento similar, en la que el hermano Renato César Torres expresó que Leal era un hombre que, “desde el silencio inherente a la verdadera caridad, tendió su mano, su intelecto y su comprometida acción a los masones cubanos”, como precisa la emisora Habana Radio.

“Eusebio me entregó una donación para la reparación de la Gran Logia, además de hacerme gestor y mediador para las restauraciones de nuestras lámparas y muebles patrimoniales con los especialistas de la OHC; si a eso se suma el apoyo que dio al Asilo Nacional Masónico se entiende la estrecha vinculación con nuestra fraternidad”, concluye.

El propio Leal, en la clausura del V Simposio de Historia de la Masonería Latinoamericana y Caribeña, sentenciaba que esta práctica ya había dejado “de ser secreta para ser discreta, aunque, desde luego, en el alma de cada uno habita todavía ese universo cerrado y oscuro en que fue necesario, en muchas épocas de la historia, conspirar por la libertad plena de conciencia y de obra del hombre”.

Hoy Gilberto rememora constantemente las enseñanzas y palabras de su amigo, también su jocosidad. Nuevos clientes con exigencias de cortes y rayas “a lo moderno” con las que no siempre está a gusto le hacen recordar mucho más a aquel que nunca cambió de pelado, ni de forma cálida y bondadosa de ser.

El leal barbero de Eusebio.

Además del Historiador de La Habana, entre los asiduos clientes de Gilberto destacó el fallecido cardenal Jaime Ortega.

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Lilian Knight Álvarez

 
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