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Publicado el 25 Agosto, 2021 por Dariel Pradas en Cultura
 
 

OFICINA DEL HISTORIADOR

Las nuevas capas de Amargura 65

A un año del fallecimiento del Historiador de la Ciudad de La Habana Eusebio Leal Spengler, inauguran un centro cultural para el estudio de su pensamiento y obra
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Las nuevas capas de Amargura 65

Foto: Joel Guerra

Por DARIEL PRADAS

Fotos: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA

La vista desde el segundo piso era acogedora: las estructuras de madera, con sus arcos y columnas, una familia de cactus y hasta unos gorriones blancos de Java que revoloteaban dentro de su jaula que colgaba a cinco metros por encima del patio interior.

“Una casa pequeña donde las columnas prácticamente se pueden tocar con la punta de los dedos”, dijo Eusebio Leal en uno de sus Andar La Habana, a pesar del puntal alto de la antigua morada del pensador y agrónomo cubano Francisco de Arango y Parreño.

En los tiempos de aquel ilustre propietario, posiblemente habría vitrales en los arcos y velas en las cámaras interiores, o quizás toldos para salvaguardar la intimidad. Pero después transitaron tantos residentes que, en 1995, cuando fue identificado el inmueble por el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHCH), no quedaban casi rastros de ese diseño originario de los fines del siglo XVIII o los principios del XIX.

Aquel diminuto alcázar de la calle Amargura, número 65, se había ganado un lugar en los planes de demolición del municipio de La Habana Vieja: otra “ciudadela” con apuntalamientos y paredes carcomidas por el moho. Pero allí se encontraron fragmentos de cerámica de los siglos XVII y XVIII, por lo que, tras una debida investigación, la Oficina intervino en la vivienda en 2001.

La restauración se tornó más una resurrección. Primero se reubicó en domicilios nuevos a la veintena de familias que allí habitaban, para que luego pasaran 15 años de puro rescate en los que, por suerte, se pudo salvar bastantes elementos originales, como un mural que resistía escondido bajo 16 capas de pintura: la boronilla en la pared fue esa pista que, al rasparse una y otra vez, develó uno de los murales paisajísticos más extensos y coloridos de la ciudad antigua. En el mismo capítulo de Andar La Habana, Leal supone que, junto a esa pintura, debió estar el comedor donde almorzaba, al frescor de la tarde, la casta de Arango y Parreño.

Las nuevas capas de Amargura 65

El mural de la antigua casa de los Arango y Parreño después de haberse restaurado. (Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera)

En 2016, un año después de finalizadas las obras constructivas, la casa obtuvo el Premio Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos. Ya para ese momento, el local fungía como la nueva oficina del historiador de la ciudad, Eusebio Leal.

“Aquí pasó la enfermedad”, describió Ariel Gil, su asistente personal durante los últimos cuatro años. “Fue un sitio más íntimo (comparado con los anteriores), que coincidió con la última etapa de su vida y con ese momento de reflexión ante saberse enfermo. Pero aquí libró las batallas más importantes: el aniversario 500 completo, la culminación del Capitolio… obras muy grandes que fueron la coronación de su trabajo como historiador”.

El despacho de Leal está cargado de simbolismo y cotidianidad, aunque más de lo primero. Tiene libros, obras de arte y artilugios antiquísimos; una copia de madera del fusil Remington con el que disparaban los mambises, y otra de la pistola Colt que llevaba Martí cuando murió en Dos Ríos; asimismo, un pomo de miel cien por ciento pura junto a un amonites del período Cretácico.

Allí también están dos de las cosas más preciadas para Leal, reveló Gil: un fragmento de la misma piedra que conserva los restos de Fidel Castro en el Cementerio de Santa Ifigenia, enmarcada en una minúscula columna griega que significaría “equilibrio”; y un retrato del líder histórico de la Revolución Cubana, obsequiado por el propio modelo en una de esas reuniones posteriores a la firma del Decreto-Ley No.143 de 1993, a partir del cual la Oficina, entre varias prerrogativas, se subordinó directamente al Consejo de Estados y de Ministros. Aquello representó la consumación del apoyo gubernamental a favor del crecimiento de la OHCH.

El despacho –simbólicamente organizado– está como lo dejó Leal la última vez que estuvo allí: en marzo de 2020, a cuatro meses de su fallecimiento.

Para un legado

Las nuevas capas de Amargura 65.

En el acto de inauguración de la Casa Eusebio Leal Spengler, asistieron altos funcionarios del Estado. En la foto, se ve el despacho del fallecido Historiador de la Ciudad de La Habana. (Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera).

El pasado viernes 13 de agosto de 2021, fecha del aniversario 95 del natalicio de Fidel Castro, la OHCH inauguró la Casa Eusebio Leal Spengler, junto a las tres primeras salas del local: la de los Honores (repleta de condecoraciones nacionales e internacionales otorgadas al historiador); la Monográfica (sobre la historia y la restauración del inmueble); y la Transitoria (una galería que abrió ese día con la exposición fotográfica La llama de la carisma, con instantáneas en las que Leal y Fidel aparecen juntos).

Al evento asistieron Luis Antonio Torres Iríbar, primer secretario del Partido en la capital, el gobernador Reynaldo García Zapata, y otros funcionarios de esferas nacionales.

Tras la muerte de Leal, la antigua residencia de Amargura 65 se había trasformado en una suerte de centro cultural, proyecto cuya concepción teórica fue coordinada por su antiguo asistente Ariel Gil, y el cual formará parte de su tesis de licenciatura en Preservación y Gestión del Patrimonio Histórico Cultural, carrera impartida por el Colegio San Gerónimo de La Habana.

Las nuevas capas de Amargura 65.

Ariel Gil, coordinador del proyecto de la Casa Eusebio Leal Spengler. (Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera).

“El proyecto fue un acierto de la dirección de la Oficina para perpetuar el legado de Leal, en tanto nos comprometa a continuar con nuestros propósitos de aportar a la construcción de la cultura y la nacionalidad cubana. Para ello, contamos con la ayuda infinita de Javier Leal (hijo del difunto)”, arguyó Gil, quien también será el responsable de llevar adelante esta iniciativa. “Ese legado debe perdurar, pero no desde una visión pasiva. Por eso la Casa no será solo un museo, sino un centro cultural”.

El objetivo del proyecto será, en definitiva, el “estudio, la sistematización y difusión del pensamiento, la vida y la obra” de Leal: en la práctica se incentivarán investigaciones que indaguen, analicen e interpreten su pensamiento, en aras de publicarse y divulgarse luego por diferentes vías. En total, habrá cuatro salas permanentes que explicarán diversas dimensiones de la biografía y el ideario del historiador, con un “discurso tecnológico atractivo, inclusivo e interactivo”, dijo Gil. Además, está orquestada la creación de un centro de documentación y un salón de conferencias, más la renovación de exposiciones en la antes mencionada Sala Transitoria.

Bajo esa lógica, la Casa Eusebio Leal pretende convertirse en otro valioso epicentro del saber en Cuba, como las fundaciones Fernando Ortiz y Alejo Carpentier, o el Centro de Estudios Martianos, o el Che Guevara… ejemplos sobran.

La fiebre última

Cuando todavía Leal era el rector del Colegio San Gerónimo, y Ariel Gil, un estudiante de primer año, fue que empezó la relación entre ambos. Eusebio, al saber el nombre de su futuro ayudante, le sugirió que leyera el ensayo homónimo Ariel (1900), del escritor uruguayo José Enrique Rodó.

“Un libro pequeño e interesante”, asintió Gil, quien cree que esa recomendación no solo se detenía en la coincidencia con su nombre, sino que, además, llamaba la atención sobre “todo ese movimiento juvenil que fue el arielismo”, una creencia muy influyente en el continente, la cual esgrimía que la civilización latinoamericana era superior espiritualmente frente a los valores materialistas impulsados por los Estados Unidos y por la sociedad moderna y mercantilista. Además, la conexión de Rodó con el ideario martiano era notorio; incluso, ambos pensadores se conocieron cuando Martí laboraba como cónsul de Uruguay en Nueva York.

Las nuevas capas de Amargura 65

Eusebio Leal y Ariel Gil mientras organizaban actividades por el Aniversario 500 de la Ciudad de La Habana, en 2019. (Foto: Joel Guerra).

A partir de entonces, Leal le prestó otros libros como Memorias de Adriano (1951), novela de la franco-belga Marguerite Yourcenar, sobre la vida y la muerte del emperador romano. “Era de sus libros favoritos”, reveló Gil. También le dio el ensayo Ese sol del mundo moral (1975), de Cintio Vitier, el cual Leal consideraba “central” en la comprensión de la etnicidad y la idiosincrasia cubanas. “Eso sí, nunca me dio un libro suyo”, acotó.

Sus intercambios avanzaron hasta que el historiador invitó al joven a trabajar directamente con él. Gil empezó atendiendo llamadas, y luego ascendió a una especie de jefe de despacho.

“Pensé que trabajar con Leal era vivir en la poesía de su oratoria”, dijo Gil sonriente, “pero fue todo lo contrario, porque Leal tenía una idea muy interesante que se basaba en ‘la utilidad de la virtud’. Él aplicaba mucho el resorte de lo útil. De hecho, Fidel le decía que era un intelectual práctico”. Y después prosiguió:

“Leal me dijo una vez: ‘Ariel, estás en la universidad, que es la vida maravillosa, pero es la vida teórica; la vida práctica es esta. La realidad es esta. Aquí es donde vas a descubrir la verdad. Y el mayor principio de la verdad es la práctica’”.

Según Ariel, el trabajo de su mentor en los últimos cuatro años era desgastantemente ejecutivo. Desde las siete u ocho de la mañana hasta el atardecer, con el teléfono en mano, mientras leía y firmaba documentos… “Una especie de locura creativa. Él le llamaba ‘la fiebre’. Era como si supiera que le quedaba poco”.

Las nuevas capas de Amargura 65.

En el Gran Salón, Eusebio Leal organizaba muchas actividades protocolares. (Foto: Jorge Luis Sánchez Rivera).

Por suerte, la relación de ellos dos no fue de jefe y subordinado, sino de maestro y discípulo. “Yo no soy el único caso, en realidad ha habido muchos de esos discípulos”, dijo y agregó: “Lo único que lamento es que aquello haya durado poco”.

–A un año del fallecimiento de Leal, ¿qué le parece la Oficina? –le pregunté.

–“Se siente la ausencia de Leal. Es un hecho. Cualquiera que niegue eso, no estaría viviendo la realidad nuestra”, admitió. “El mayor reto de la Oficina es ser consecuente a Leal; e incluso, lograr crear y llegar a donde él nunca pudo. Nuevos retos. Que el discipulado, consecuentemente, vaya a los lugares insospechados que el maestro nunca pensó”.

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Dariel Pradas

 
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