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Publicado el 12 Agosto, 2021 por Roxana Rodríguez en Cultura
 
 

ARTES ESCÉNICAS

Sanadores del alma

A propósito del aniversario 30 de una agrupación insigne del teatro cubano, BOHEMIA dialoga con algunos de sus integrantes justo en la sede del colectivo habanero
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Sanadores del alma.

Con el estreno de El Tío Francisco y Las Leandras quedó fundada la agrupación en 1991. (Foto: CORTESÍA DEL COLECTIVO).

Por ROXANA RODRÍGUEZ TAMAYO

Pareciera que fue ayer cuando nació la compañía Hubert de Blanck. Tres décadas han transcurrido de aquel estreno memorable de El Tío Francisco y las Leandras, dirigido por la maestra Berta Martínez. Era entonces el 21 de abril de 1991 y la nueva agrupación emprendía un trepidante y necesario camino por el quehacer escénico insular junto a nuevas hornadas y una pléyade de notables artistas del otrora Teatro Estudio.

Desde entonces, Orietta Medina Negrín es la directora general. Entre satisfacciones y desazones, aprendizaje y goces, esta mujer audaz y consecuente ha potenciado el sentido de pertenencia al lugar, el rigor y la disciplina al arte de las tablas, honrando el legado y estirpe de sus predecesores sin dejar de crecer como creadores y colectivo humano.

“Teatro Estudio nunca fue un grupo en el que desarrollara ninguna parte de mi vida profesional; sin embargo, en la época de estudiante, mi generación y otras posteriores también, sentimos que en su sede, la sala Hubert de Blanck, estaba una continuación de la escuela y aún más, teníamos la posibilidad de ver en la práctica a esos grandes directores, actrices, actores”, reveló a BOHEMIA Medina Negrín, principal mentora de la agrupación, intérprete y directora artística; fundadora de agrupaciones teatrales representativas como Escambray y Cubana de Acero; y en la actualidad, experimentada docente.

Sanadores del alma.

Sacar a los clásicos de la vitrina es una de las contribuciones más nobles de la compañía. En la foto, Orietta Medina, sentada al centro del equipo de Fuenteovejuna, de Lope de Vega. (Foto: CORTESÍA DEL COLECTIVO)

El espacio ocupado hoy por el colectivo, en las calles Calzada entre A y B, exhibe valores históricos y arquitectónicos apreciados por todos los habitantes de este archipiélago. Allí, cuando aún era una vieja casona, demolida años después, Julio Antonio Mella y Carlos Baliño, junto a otros insignes revolucionarios, fundaron el primer Partido Comunista de Cuba, el 16 de agosto de 1925.

Trascurrieron unos 30 años de aquel suceso para que las musicólogas Olga de Blanck y Pilar Martín instituyeran en aquellos mismos predios el Conservatorio Nacional de Música Hubert de Blanck, el cual radicaría en la planta alta del nuevo inmueble.

Cuenta la historia que ese mismo año, en 1955, se presentó la primera puesta en escena protagonizada por la notable actriz y profesora cubana Raquel Revuelta, Premio Nacional de Teatro 1999, quien en aquel entonces impresionara en la obra Hechizados, concebida por John Van Duttren y dirigida por Antonio Losada.

Por más de veinte años el edificio sirvió de sede al emblemático Teatro Estudio, reconocido como una de las más prestigiosas agrupaciones cubanas, fundada y liderada en 1958 por Vicente Revuelta, también Premio Nacional de Teatro en 1999. Este prominente actor, director teatral y pedagogo antillano se le reconoce como representante esencial de nuestro teatro de vanguardia, cuya excepcional trascendencia acompaña hasta el presente a distintas hornadas de teatristas.

Savia que se renueva

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Tío de Vania, de Anton Chejóv, dirigida por Doris Gutiérrez, es una de las obras de la literatura dramática universal que integran el repertorio. (Foto: CORTESÍA DEL COLECTIVO).

A lo largo de estos lustros, la compañía Hubert de Blanck ha persistido en su afán de aglutinar generaciones, formar a los más jóvenes, ética y estéticamente; generar sinergias con personas afines y/o sensibles al teatro.

René Enrique O´Relly González es luminotécnico de la compañía hace 18 años. Según confesó a esta reportera, no conocía nada del universo teatral al momento de ingresar al grupo y quizá por ello, antes no le interesaba mucho. En el decurso, aprendió a valorar cada instante del proceso creativo e incluso, apreciar las puestas como un todo en sí.

“Cuando entré aquí no sabía nada de nada. A medida que avanzaba el tiempo, aprendía más y me gustaba mucho lo que hacía. Hoy lo disfruto todo desde el principio al final: el escenario vacío, el montaje de las luces, los colores; la grabación de las músicas; los ensayos y después, cuando la obra está terminada, las felicitaciones de los actores y los directores por mi trabajo me llenan de orgullo”, relata O´Relly González poco antes de comentarnos que prepara su relevo, pues como ha dicho: “me queda poquito para la jubilación y ya me resulta un tanto difícil encaramarme en los andamios como en otros tiempos”.

A lo largo de estos años, la tropa del Hubert de Blanck ha asumido a artistas aficionados y otras personas igualmente interesados en asir sus vidas al arte escénico a partir de múltiples vertientes. De modo que en la diversidad y heterogeneidad está la esencia de la unidad de conjunto.

Tras una operación de envergadura en la rodilla, el actor Juan Carlos García Rodríguez causó baja como cadete en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Luego de la recuperación decidió probar suerte en el universo teatral y fue acogido en el colectivo, donde ha encontrado una prolongación del hogar y la familia.

“Es cierto que el arte y la vida militar son mundos completamente distintos, pero debo reconocer que la disciplina aprendida en el ejército me sirvió muchísimo para acatar el orden y el rigor que caracteriza a la compañía”, afirma quien antes de ser evaluado como actor alternó en las áreas de utilería, tramoya y otras funciones técnicas hasta llegar a ser jefe de escena, cargo artístico responsabilizado en garantizar el correcto funcionamiento de los montajes a partir de los ensayos generales hasta el final de la temporada de funciones.

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“No podemos quedarnos en lo banal, en lo superficial, en lo típico; es necesario indagar, instruirse, para descubrirnos y hacer arte”, reveló Laura Delgado Cabrera. En la foto durante una escena de Tu ternura Molotov. (Foto: CORTESÍA DEL COLECTIVO).

Desde el principio, los candidatos son instruidos sobre todas las labores técnicas del teatro, en tanto se preparan en disciplinas meramente artísticas como la actuación o la dirección escénica, esta última contemplada una fase superior en la cadena de aprendizajes.

En uno de los espacios de la sala, ahora desiertos por la emergencia sanitaria, el actor y director artístico Fabricio Hernández Medina reflexiona que lo esencial es acoger a aquellos que se acerquen a la institución y sean remunerados por una plaza afín al teatro hasta tanto estén listos para subir a escena.

“En los inicios hice trabajos técnicos que me gustaban mucho; todavía los extraño. Adquirí experiencia en la práctica, especialmente con la maestra Berta Martínez que sabía de todo y siempre se preocupó mucho en fomentar ese estilo de trabajo”, aclara mientras rememora sus orígenes en la compañía, a finales de los años 90.

Señala además, quien dirigiera puestas como Tu ternura Molotov y Alicia en el país de las maravillas, que esta máxima defendida por la destacada teatrista cubana y uno de los sellos distintivos del grupo, parte de que los artistas en general, directores e intérpretes, en particular los primeros, deben dominar todas las interioridades del funcionamiento técnico del teatro.

“Cuando conoces un poco de vestuario, de escenografía, las posibilidades que ofrece el escenario en cuanto la altura, la profundidad” -asevera- “tu mente está mejor preparada para trasmitir a los técnicos qué quieres y esperas de un montaje, y al propio tiempo, le demuestras respeto y te ganas el de ellos”.

El legado: presente y futuro

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El cartero de Neruda, emblemático montaje dirigido por Orietta Medina, recrea con gran lirismo la personalidad del poeta chileno. (Foto: CORTESÍA DEL COLECTIVO)

Cohabitar armónica y funcionalmente en un mismo espacio potencia saberes y favorece el intercambio entre generaciones desde esa energía salvadora y necesaria que, a la vez, integra y cohesiona para crecer y desafiar entuertos.

En esta sala del Vedado, con capacidad para más de 200 personas, extraordinarios artistas han sido protagonistas de estrenos y reposiciones de amplia resonancia entre los públicos y la crítica.

Obras de la literatura dramática latinoamericana, cubana y universal integran el repertorio de la agrupación. El cartero de Neruda, de Antonio Skármeta; La verbena de la paloma, inspirada en el libreto de Ricardo de la Vega; Cabaiguán-La Habana-Madrid, de Julio Cid; Los soles truncos, de René Marqués; María Estuardo, de Federico Schiller; Tío Vania, de Anton Chejov; El deseo, de Víctor Hugo, son algunos de los montajes más recordados a lo largo de estos 30 años.

“Cuando defendemos lo que quiso decir un dramaturgo determinado, salvaguardamos la esencia de su obra y por tanto, la magia de su relato”, afirma la actriz Laura Delgado Cabrera, egresada de la Escuela Nacional de Arte en 2012 y desde entonces, integrante de la agrupación.

Mientras habla, se emociona y no oculta el regusto de pertenecer a un grupo humano que además de asumir al teatro como un vehículo para enriquecer la espiritualidad de las personas, se apropia de los clásicos sin negar o demeritar su sentido y texto primigenio, capaz de dialogar con el espectador contemporáneo, por medio de un mensaje preciso, audaz, universal, libre de recontextualizaciones.

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El dramaturgo Abelardo Estorino y la actriz Adria Santana, al terminar una de las funciones de Las penas saben nadar, escrita por ese autor especialmente para Santana. (Foto: CORTESÍA DEL COLECTIVO).

“De este grupo me encanta su filosofía, su ideología, su legado, todo aquello que me convierta en un medio para que otras personas disfruten, se conmuevan, se sientan vivos en el sentido más idealista de la palabra”, enfatiza la intérprete.

Directores del relieve de Abelardo Estorino, Berta Martínez, Orietta Medina, Doris Gutiérrez, María Elena Soteras, Elio Martín, entre otros, y figuras más jóvenes en estas lides, no por ello menos talentosas, como Marcela García y Fabricio Hernández, tejen el ahora y el mañana de la compañía.

“En Teatro Estudio siempre hubo un rigor ético y estético que quedó muy claro para nosotros. Desde nuestros inicios ha sido un interés expreso que se preserven los objetivos mejor concebidos de aquel colectivo fundado por el maestro Vicente Revuelta. Cualquiera no dirigía en Teatro Estudio, cualquiera no dirige en la Hubert de Blanck”, reconoce Orietta Medina cuando explica los lazos que conectan a ambas agrupaciones.

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Escena de Los mangos de Caín, de Abelardo Estorino, cuya obra e influjo pervivirá en la compañía por siempre. (Foto: CORTESÍA DEL COLECTIVO)

Enseñanzas, vivencias, evocaciones trasmitidas de generación en generación son estandarte de quienes han encontrado en la compañía un sentido en la vida, un hogar donde canalizar preocupaciones, inquietudes que afectan, inquietan o conmueven a la sociedad.

Casi a la salida de este encuentro, Fabricio Hernández no quiso despedir a BOHEMIA sin compartir algunas de las certidumbres que guían, acompañan y unen al grupo: “el teatro no es un pedestal o una tarima, o un nivel para exhibirse, sino un lugar para confesarse, para trabajar y mostrar lo bueno, lo bonito, lo elevado de la vida, aunque sea en tono de tragedia; para mostrarnos a los seres humanos los errores, aquello que hemos hecho –bien o mal- y cuánto podemos hacer de utilidad para el desarrollo y para el crecimiento humanos”.

 

 

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