0
Publicado el 22 Septiembre, 2021 por María de las Nieves Galá León en Cultura
 
 

ROLANDO GARCÍA BLANCO

Consagrado a la historia

El destacado investigador, biógrafo de Francisco de Albear, comparte experiencias de cómo descubrió a esa figura de la ingeniería hidráulica
Compartir
Consagrado a la historia.

Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES

Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ

Quienes conocen a Rolando García Blanco (La Habana, 30 de octubre de 1947), no dejan de asociar su nombre con el de Francisco de Albear. A él no le incomoda. Acucioso investigador y autor de varios libros, reconoce que la figura del insigne cubano lo apasiona, desde que comenzó a adentrarse en el proyecto investigativo sobre el Acueducto de Albear, en el antiguo Centro de Estudios de Historia de las Ciencias, del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma).

Poco se conocía de esa obra hidráulica, cuya construcción se inició en 1858 y se prolongó 35 años. Fue la obra ingeniera más importante durante la colonia; al punto de que, en la Exposición Universal de París, en 1878, se le consideró como una de las más relevantes del siglo XIX a nivel mundial.

En 1996, gracias a una beca –en condición de sabático–, otorgada por el entonces Ministerio de Educación y Ciencia de España, García Blanco tuvo acceso a fuentes exclusivas. Los seis meses de su estancia entre archivos y bibliotecas ibéricos resultaron cortos, y casi no le alcanzan para poder consultar el cúmulo de documentos hallados en el Archivo Histórico Nacional y el Centro de Estudios Históricos de Obras Públicas y Urbanismo, en Madrid. “La información era inmensa. Albear llegó a ser brigadier del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de España y su expediente se encontraba en el Archivo General Militar de Segovia”, apunta.

En Cuba tuvo la oportunidad de contar con el testimonio y la valiosa documentación facilitada por el científico y nieto del creador del acueducto, Jesús Francisco Albear Franquiz, y algunas instituciones.

“Quedé fascinado con la inconmensurable labor de ese habanero ilustre. No solo estuvo vinculado con el Acueducto, sino que contribuyó a la realización de unas 200 obras de beneficio social, entre ellas: el cementerio de Colón, la ampliación de los muelles de la capital y el teatro Esteban (hoy Sauto) en Matanzas. Y si bien cursó estudios en la Academia del Real Cuerpo de Ingenieros, en Guadalajara, España, nunca participó en acciones contra el Ejército Libertador”, subraya.

La pasión por la historia

Consagrado a la historia.

Francisco de Albear, genio cubano y universal. (Foto: granma.cu)

Sentado en un sofá de su casa del reparto Casino Deportivo, en el municipio del Cerro, García Blanco mana pasión por la historia. Llegó a esta ciencia de forma casual. Al concluir el bachillerato en 1964, en el Instituto de Marianao, había pensado estudiar Derecho.

“Visité la Universidad de La Habana, indagué sobre otras carreras de humanidades, hasta que llegué a la Escuela de Historia, me gustó el programa, era muy completo. Y me decidí por esta. No me arrepentí. Había excelentes profesores como Sergio Aguirre, quien era el director, y Hortensia Pichardo, quien impartía la asignatura de Técnica de la investigación histórica”.

Alternar los estudios con su intensa vida como dirigente juvenil fue una odisea. “Ingresé en la UJC en 1965 y en 1966 se me encargó la formación del Archivo Histórico y de la Comisión de Historia del Comité Nacional de la Juventud. Tenía 23 años cuando fue promovido al Comité Central del Partido para presidir la Comisión Nacional de Activistas de Historia. “Durante algún tiempo fui el cuadro más joven en esa instancia”.

Con gusto ha ejercido durante años la docencia. Declara que, a la hora de enseñar y escribir sobre la historia, se ha esforzado por no verla cual cronología, sino como el análisis del proceso de desarrollo económico, político y social de un país.

Descubriendo al genio

Sin duda, uno de los problemas fundamentales que tuvieron los primeros habitantes de la villa de San Cristóbal de La Habana fue el suministro de agua. Según especialistas, de 1519 y hasta finales del siglo XIX, la ciudad dependió del río Almendares, a través de la Zanja Real, inaugurada en 1592, y posteriormente del Acueducto de Fernando VII, concluido en 1835.

Sin embargo, esas alternativas, refiere Rolando García, no garantizaban el abastecimiento requerido por una ciudad que contaba con 100 000 habitantes en la segunda mitad del siglo XIX.

“Fue a solicitud del capitán general de Cuba que el comandante del Real Cuerpo de Ingenieros Francisco de Albear y Fernández de Lara presentó en 1855 el Proyecto de conducción a La Habana de las aguas de los manantiales de Vento, mediante un sistema de acueducto de mampostería, cerrado, que llevaba por gravedad las aguas de dichos manantiales hasta su destino final a una distancia de 11 kilómetros”, recalca.

Cuentan que Albear recorrió toda la cuenca hidrográfica de la comarca hasta los manantiales ubicados a un costado del río Almendares. Allí quedó extasiado: brotaba “agua clara, limpia y transparente como el cristal más puro, tan agradable al paladar que invita a la sed el gusto de beberla”, escribió el gran ingeniero.

“No obstante, existían obstáculos. El reconocido ingeniero consideró que se podían resolver si se trabajaba con prudencia y pericia. Estaba convencido de que la obra que proponía era factible y que remediaría el abasto de agua a La Habana”, asegura el investigador.

Consagrado a la historia.

A 128 años de su inauguración, el Acueducto de Albear sigue funcionando y hoy abastece al 15 por ciento de una urbe que supera los dos millones de habitantes. (Foto: granma.cu).

Los años dedicados a revivir la historia han dado frutos. Con orgullo me muestra los dos libros escritos sobre la figura eminente. Una Obra Maestra: el Acueducto Albear de La Habana fue resultado de un colectivo de autores integrado por Fernando Pérez Monteagudo, Lohania J. Aruca y Alonso Alfredo Álvarez, en el que Rolando fungió como autor principal. El texto obtuvo en 2002 el Premio Nacional de la Academia de Ciencias de Cuba y el Premio de la Ciudad de La Habana de Arquitectura e Ingeniería, en 2003.

El segundo es Francisco de Albear: un genio cubano universal. Cuenta que durante la indagación descubrió que la genialidad de ese hombre iba mucho más allá del acueducto. “Independientemente del esfuerzo realizado en la ejecución del Canal de Vento, que influiría en su salud, Francisco de Albear continuó a cargo de otras labores que le fueron solicitadas por su prestigio y autoridad profesional.

“Por Real Orden del 28 de octubre de 1858, le fue asignada la dirección facultativa de ferrocarriles y demás obras a cargo de empresas o compañías particulares que así lo solicitasen”.

Aunque, reconoce Rolando, “la magnitud y complejidad de la estratégica obra del acueducto habanero no le permitió simultanear ambas misiones, y tuvo que renunciar a esta última, aunque los honorarios recibidos por esa labor, que ascendían a 20 000 pesos anuales, eran superiores a los del acueducto”.

Consagrado a la historia.

Entrega del Premio de la Academia de Ciencias de Cuba correspondiente al año 2002. (Foto: Cortesía del entrevistado).

En consideración del biógrafo, eso prueba el desinterés y la profesionalidad de Albear, de lo cual fue reflejo también su intervención –que le solicitaron en enero de 1860– en el Ferrocarril de La Habana a Marianao. “Hizo los estudios del proyecto en cuestión y por ellos se negó a cobrar un peso”.

Como dato curioso, agrega que Albear fue autor del primer proyecto del malecón habanero. “En 1861 realizó otra propuesta dirigida al mejoramiento del entorno urbano de la capital cubana. En ese sentido, el malecón consistía en un paseo alto, elevado a más de cuatro metros sobre el nivel del mar y separado de la orilla, para hacerlo transitable durante el invierno”.

De acuerdo con lo expresado por el autor de la citada biografía, “esta obra constaría de 250 bóvedas alineadas, de cuatro metros de ancho cada una, sobre las cuales se construiría una vía junto a la costa de 16 metros de ancho y 1 500 metros de largo, entre el Castillo de La Punta y la Calzada de la Infanta, la cual podía servir para el tránsito de vehículos como de peatones; su diseño elevado impediría que el mar penetrase en la calzada al producirse el paso de fenómenos meteorológicos; a su vez, se preveía que las referidas bóvedas cumpliesen las funciones de almacenes, con el objetivo de incrementar los crecientes requerimientos del puerto habanero. No obstante, el alto costo de aquel paseo, calculado por su autor en 850 000 pesos, no pudo ser asumido en aquellos momentos por el Ayuntamiento habanero”.

Alma e inteligencia

Consagrado a la historia.

Algunos de los libros publicados por Rolando García. (Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES).

Francisco de Albear no pudo ver inaugurado el acueducto al que tanto se entregó. Su salud se había ido deteriorando de forma paulatina, debido a las enfermedades adquiridas durante los años al frente de las obras del Canal de Vento. El 23 de octubre de 1887, con 71 años de edad, falleció en la capital cubana.

Finalmente, el 23 de enero de 1893 se realizó el acto de inauguración del acueducto que lleva su nombre. “Fueron más de tres décadas de ardua labor, en medio de condiciones políticas y económicas muy adversas, plagadas de dificultades topográficas y tecnológicas, incluso higiénicas, en que las llamadas ‘fiebres de Vento’ diezmaban a los conductores inmersos en la obra”, añade el entrevistado.

Albear le entregó a su proyecto el alma y la inteligencia. En su poema titulado “La recogida de los Manantiales de Vento”, expresó: Así no lauros pido,/ ni aplausos de la historia;/ dichoso si he obtenido/ que mi feliz memoria,/ al ver mi tumba, en lágrimas/ os llene el corazón. Quizás no imaginó la perdurabilidad de ese poético anhelo.

Rolando García resume la trascendencia de su biografiado: “Fue una de las grandes figuras de la historia de Cuba y constituye un símbolo para los profesionales del sector de la ciencia y la tecnología. Si se sigue indagando, podemos descubrir nuevas obras en las que estuvo la mano de este genio cubano y universal”.

Compartir

María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León