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Publicado el 8 Octubre, 2021 por Ernesto Eimil Reigosa en Cultura
 
 

El ferrocarril subterráneo

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El ferrocarril subterráneo.

Cora, caracterizada por la actriz Thuso Mbedu. (Foto: thequint.com).

Por ERNESTO EIMIL REIGOSA

Cuando Cora –protagonista de la novela de Colson Whitehead El ferrocarril subterráneo–, se acomoda en uno de los vagones del tren que la llevará a la libertad, el conductor le dice que, si quiere saber lo que representa los Estados Unidos, tiene que mirar afuera mientras avanza a toda velocidad: ahí encontrará la verdadera cara de la nación.

Al asomarse, kilómetro tras kilómetro, Cora solo percibe oscuridad. Más tarde, cerca del final de su temerario escape, la adolescente se da cuenta de que el comentario era “una broma…desde el inicio”. Solo había penumbras en su viaje y prevé que en su vida siempre estarán las sombras.

Situada históricamente antes de la Guerra Civil, la novela de Whitehead –actualmente ha sido adaptada para la televisión por Amazon– imagina el “ferrocarril subterráneo” no como una red de abolicionistas y refugios, cosa que verdaderamente fue, sino literalmente como una locomotora de vapor con estaciones bajo tierra y activistas ayudando a personas esclavizadas a escabullirse hacia la libertad. La oscuridad cubre esta realidad alternativa y encuentra a Cora y César, un joven nacido en una plantación de Virginia, utilizando el medio de transporte para escapar. En cada estación en la que el tren se detiene, Whitehead coloca una nueva e insidiosa manifestación de racismo ante sus personajes: un obstáculo más en una carrera que parece eterna.

La historia, a grandes rasgos, detalla el extenso viaje de Cora desde Georgia a las Carolinas, Tennessee e Indiana. Según el propio autor –ganador de dos premios Pulitzer–, el objetivo de su libro es mostrar la “verdad de las cosas, no los hechos”.

Sus personajes son todos ficticios y, aunque la trama está basada en hechos verídicos, es imaginada en forma episódica. Cada paso en el camino de la protagonista representa un peligro adicional y muchos de los individuos con los que se encuentra tienen un final violento.

Por décadas, algunos historiadores han minimizado el rol del ferrocarril, han dudado de su existencia o han privilegiado la narrativa centrada en los hombres blancos que participaron en él. Manisha Sinha, autora de La causa de los esclavos: una historia de abolición, explica que este fenómeno no consistía en “(solamente) ciudadanos bienintencionados y blancos”, sino más bien era formado por “activistas de la comunidad negra libre”. Estos “conductores” ayudaban a los fugitivos, sobre todo en las zonas del norte, donde era más activo. Pero como señala Eric Foner, historiador y ganador de un Premio Pulitzer, “el mayor riesgo recaía en los hombros de quienes escapaban”.

El ferrocarril subterráneo

Violencia de la policía federal contra emigrantes haitianos. (Foto: vox.com).

Whitehead, antes de escribir su libro, desarrolló una amplia investigación al recolectar relatos orales de sobrevivientes de la esclavitud, ya ancianos en la década de 1930, anuncios en periódicos que denunciaban fugas, y las experiencias de Harriet Jacobs y Frederick Douglass. Estas influencias son evidentes en el viaje de Cora, dice Sinha. Douglass logró llegar al norte saltando hacia un tren en movimiento y haciéndose pasar por un hombre libre, mientras Jacobs pasó casi siete años escondida en un ático. Experiencias similares a estas las vive Cora.

Otro ejemplo que define la intención del autor de centrarse en la verdad de las cosas es cuando los jóvenes afroamericanos llegan a Carolina del Sur. A primera vista, el pueblo imaginado por Whitehead parece ser un refugio progresista e igualitario, donde los abolicionistas les ofrecen a las personas recién liberadas educación y empleo.

Sin embargo, no pasa mucho tiempo hasta que Cora y César se dan cuenta de que la creencia en el supremacismo blanco de sus nuevos conocidos supera a sus endulzadas palabras. En los Estados Unidos de principios del siglo XX, eugenistas y promotores del racismo científico a menudo expresaban ideas como las soportadas por la protagonista. Un doctor en un bar le cuenta a Cora el plan que tiene para sus pacientes negros: “Con la esterilización estratégica –primero las mujeres, pero con el tiempo ambos sexos– podremos liberarlos de sus ataduras sin miedo a que nos descuarticen mientras dormimos”.

Carolina del Norte, entretanto, existe en el mundo de El ferrocarril subterráneo como un lugar donde solo vive gente blanca, que ha prohibido tanto la esclavitud como la presencia de residentes negros. Esta distopía recuerda lo que verdaderamente sucedió en Oregón, en el siglo XIX. En 1859 el estado entró en la Unión y abolió las prácticas esclavistas, pero a la vez permitió la exclusión explícita de las personas negras en la constitución estatal, restricciones que se eliminaron más de 60 años después.

En varias entrevistas, Whitehead ha hablado del proceso creativo que lo llevó a preguntarse cosas que hacen de su libro uno distinto. Quizá la más singular de todas sea: “¿Cómo puedo hacer que la vida en una plantación sea psicológicamente creíble?”. En vez de intentar una representación clásica donde “haya un Tío Tom y todo el mundo se ayude entre sí”, dijo al periódico The Guardian, decidió escribir sobre personas que han sido “traumatizadas, violentadas y deshumanizadas durante toda su vida”.

Añadió el escritor: “Todo el mundo va a estar peleando por un pedazo extra de comida en la mañana, peleando por un pequeño pedazo de propiedad. Para mí, tiene sentido; si pones a gente que ha sido violada y torturada junta, así es como actuarán”.

Spencer Crew, director emérito del Museo Smithsoniano Nacional de la Historia y la Cultura Afroamericana, está de acuerdo con la perspectiva del escritor. Crew esperaba que la nueva serie de Amazon siguiera esta línea y se enfocara en el costo psicológico del fenómeno. “Si tienes que hablar del castigo, me gustaría verlo fuera de la pantalla”, explicó. “Puede que sea porque yo he leído sobre eso durante muchos años y estoy marcado por ello. Y puede que sea importante para aquellas personas que no tengan conocimiento de la brutalidad verlo, pero mi percepción de esto es que es un poco gratuito. Hay otras formas de retratar el horror y el dolor de la esclavización”.

Lo cierto es que El ferrocarril subterráneo, la novela y la serie de televisión, como muchas otras producciones, habla más del presente que del pasado. Sirve como una advertencia y como una denuncia. Las imágenes de policías federales a caballo en la frontera de Texas capturando a emigrantes haitianos con un lazo parecen sacadas del viaje de Cora. Es la prueba más reciente y brutal del problema que tienen los Estados Unidos con el racismo y de que la historia que Whitehead describe es más actual de lo que generalmente uno piensa o podría desear.

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Ernesto Eimil Reigosa

 
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