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Publicado el 22 Octubre, 2021 por Tania Chappi en Cultura
 
 

Longeva y fecunda juventud

Con fragmentos de una entrevista hasta ahora inédita rendimos homenaje a nuestra inolvidable colega, cuyo reciente fallecimiento ha consternado al gremio periodístico
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Longeva y fecunda juventud.

Su labor en BOHEMIA contribuyó en gran medida al prestigio de la publicación. (Foto: AUTOR DESCONOCIDO).

Por TANIA CHAPPI DOCURRO

La recuerdo amable, sonriente. La periodista y escritora con la que conversé a lo largo de dos horas, pudiera haberse vanagloriado por su contribución a un momento cardinal de la historia de Cuba y por su ya asentada presencia en el universo literario de la Isla. Sin embargo, aquel día en la redacción del periódico Granma, donde trabajaba, ella era toda sencillez. Ni poses ni voluntad de protagonismo, solo un afán colaborador con el empeño de preservar la memoria sobre una revista a la cual había dedicado años de su vida: BOHEMIA.

Por consiguiente, no hablamos acerca de sus novelas publicadas o en proyecto, los disímiles galardones y reconocimientos obtenidos –entre ellos el Premio Nacional de Periodismo José Martí (1997) y el Título de Héroe del Trabajo (1999)–, sus vivencias como reportera en Vietnam, los encuentros con personalidades de la política mundial y tantas otras experiencias protagonizadas a lo largo de su longeva y fecunda juventud.

Nos concentramos en volver sobre sus pasos, los de aquella veinteañera Marta Rojas, a partir del instante en que conoció al dueño del semanario: Miguel Ángel Quevedo, sin ella imaginar que esa jornada sería definitoria en su quehacer profesional y en la manera en que la recordaríamos los cubanos.

-¿Cuándo usted empezó a laborar en la revista?

-En octubre de 1953. Estaba recién graduada de periodismo, ya habían ocurrido los hechos del Moncada. Esa historia se conoce. Yo me encontraba en Santiago de Cuba, no como periodista del semanario, sino de vacaciones. No tenía la menor idea sobre trabajar en BOHEMIA. Nunca pensé que podía entrar porque era la revista más importante, no solamente en Cuba, sino en América Latina; incluso poseía una corresponsalía en Nueva York.

“En Santiago la publicación tenía un corresponsal gráfico, un gran fotógrafo: Francisco Cano. Él vivía relativamente cerca de mi casa. En dos o tres ocasiones, antes del 53, me pidió que le hiciera los pies de grabado para las fotos que la revista le pedía sobre el ambiente local; y yo los hice. Él mandaba el trabajo y mi nombre salió, creo, en dos ocasiones.

“Vine a La Habana, el 27 de julio, con las fotos de Panchito sobre el Moncada. Por primera vez entré a BOHEMIA, que estaba en la calle Trocadero, cerca de Galiano. Pregunté por el director –Quevedo se asombró–, el secretario me hizo subir y lo vi [a Quevedo] en la puerta de su despacho y a alguien que luego supe era Enriquito de la Osa, jefe de la sección En Cuba. Quevedo me pidió que escribiera el reportaje, lo redacté allí mismo.

Longeva y fecunda juventud.

Texto publicado en la revista el 27 de septiembre de 1953.

“Él me dijo: ‘Vuelve enseguida para Santiago’. Porque a quien [los batistianos] andaban buscando –pienso que incluso para matarlo–, era a Panchito Cano, pues cambió los rollos de fotos: las de los carnavales fue las que entregó al ejército cuando lo requisaron. Me pagaron el reportaje como si lo hubieran publicado. Y, además, el director me dio un dinero extra por si pasaba cualquier cosa alquilara un carro o tomara un avión y regresara a La Habana”.

[En la capital oriental la joven consiguió reportar el juicio a los moncadistas. De inmediato retornó a BOHEMIA con el material redactado. Aunque no podían publicarlo debido a la censura, fue evaluado por Quevedo y Enrique de la Osa. Entonces le ofrecieron trabajar en periodismo investigativo, para En Cuba, y ella aceptó.]

-Una vez dentro del equipo, ¿cuáles eran sus deberes?

-Como había censura, los pliegos de En Cuba no salían, salvo cuando suspendían la medida; pero había que hacerla todas las semanas, cual si fuera a salir. La sección tenía autonomía, sobre ella nada tenía que ver el jefe de redacción e información, solo el director y Enrique de la Osa.

“Ese segmento de periodismo de inside llenaba numerosas planas e incluía caricaturas, fotografías. El texto no se firmaba. La sección era anónima y no funcionaba dentro de la sede de la revista, la editaba el propio Enrique en su casa. Se entregaba el miércoles por la tarde, o a lo sumo, si era algo muy importante, el jueves a primera hora, al cierre. Era el último pliego que se imprimía.

“Había que hacer lo que te dijeran. Por ejemplo, hipotéticamente, iba a ocurrir una reunión secreta del Partido Ortodoxo para cambiar una directiva y BOHEMIA quería saber cuáles eran las tendencias de los participantes, entonces uno tenía que investigarlo; debíamos desarrollar habilidades para buscar nuestra propia fuente, que podía ser incluso el chofer del presidente del partido político o un parqueador, o quien entraba a la reunión para llevar el café.

“Al mismo tiempo, había informantes: personas dentro de esos ámbitos, quienes simpatizaban con el semanario o querían dar información para que apareciera su nombre, o para que no apareciera. Era bien complicado. Debías leer casi todos los periódicos y estar muy al tanto de todo lo que ocurría en el terreno sociopolítico y económico del país.

Longeva y fecunda juventud.

Fructíferos fueron sus 93 años. Al fallecer, el pasado 3 de octubre, seguía colaborando con Granma y finalizaba su séptima novela: El espejo de tres lunas. (Foto: granma.cu).

“Una cosa que nunca se me olvidará: hice un día una nota que estaba, según Enrique de la Osa, muy buena en cuanto al contenido, pero en un momento yo digo que dentro de un espacio ‘muy bello’ fulano hizo tal cosa. Entonces él indaga: ‘¿qué significa es bello?’. Le respondí y replicó: ‘No, es bello o porque entra la luz o porque había una lámpara, o porque hay un cuadro… el sustantivo es fundamental, no el adjetivo’. Entonces yo tuve, me acuerdo, que ir al lugar para ver cómo era ese salón por dentro. Enrique era un pedagogo, no te apabullaba, no se ponía bravo. Era un tipo fantástico y, además, muy meticuloso y organizado.

“La revista tenía una nómina pequeña. En la propia sección En Cuba no éramos más de 12. Pero sí había un buen número de colaboradores, incluidas personalidades; por ejemplo, Herminio Portell Vilá, que hacía muchísimos artículos, importantísimos, a veces se sentaba frente a la máquina, otras ya los llevaba escritos. Mañach iba a BOHEMIA casi todas las semanas a entregar trabajos. Era un hombre elegante, educado, siempre con saco y corbata, o guayabera.

“También colaboraban plumas latinoamericanas, como Juan Bosch. Asimismo, Carlos Lechuga (quien fundara, con Enrique, la sección En Cuba); Tony de la Osa, hermano de Enrique y brillante periodista; un profesor universitario, Valdés Rodríguez de apellido, crítico de cine; Loló de la Torriente, Nicolás Guillén, caricaturistas como David, entre otros. Muy amigo de Quevedo era Raúl Roa; yo lo vi por primera vez un día en BOHEMIA”.

-¿Por esa época escuchó a algún colega o colaborador hablar sobre la función de la prensa y la responsabilidad de BOHEMIA en específico?

-Esas son palabras de ahora. Lo que teníamos que hacer nosotros era buscar e informar la verdad, confrontar las fuentes, no quedarnos nunca con una sola. Era un deber de los periodistas en general, y más de la sección En Cuba.

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Tania Chappi

 
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