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Publicado el 23 Octubre, 2021 por Igor Guilarte Fong en Cultura
 
 

Un secreto esplendor en Cojímar

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Por IGOR GUILARTE FONG
Fotos: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA

Como un ermitaño y ceniciento pelícano que reposa sobre el lecho de agresivos arrecifes, es el Torreón de Cojímar. El poblado del mismo nombre es, o mejor dicho, fue un oasis encantado hacia donde hormigueaban los habitantes de Guanabacoa y La Habana, en escape veraniego para refrescarse cuando asfixiaban el calor y la atmósfera metropolitana. De la hermosa villa ultramarina solo queda su fantasma… y las añoranzas. Nada es igual por esos lares, salvo las piedras del fortín y, quizás, las olas que bañan sus faldas.

No sé qué raro embrujo tienen los castillos junto al mar, que nos atraen irremediablemente. Debe ser por la antigüedad, los misterios o el romanticismo. El de Cojímar es uno de ellos. ¿De cuántos episodios habrán sido testigos sus muros, troneras y atalayas? ¿Cuántas leyendas, conflictos y reconciliaciones? ¡Si esas rocas hablaran!

El proceso de restauración tiene en cuenta la antigüedad del fortín y el impacto del salitre

Por otros 300

Para descubrir las verdades que pueda ocultar el Torreón de Cojímar y para abrir las puertas –por primera vez en sus 372 años de existencia– a la comunidad, un equipo bajo la guía de Elvis García Cancio, delegado de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OH), ha emprendido allí un interesante proyecto.

“Más allá de Cuba, este patrimonio pertenece a la Humanidad”, opina Elvis García Cancio, delegado de la Oficina del Historiador de La Habana.

“Se trata de una inversión capital para convertirlo en museo de sitio. Es una de las obras más importantes que desarrolla actualmente la Oficina y la más avanzada de las vinculadas con el aniversario 40 de la declaración del sistema de fortificaciones como Patrimonio de la Humanidad, que se celebrará el próximo año”.

Al pie de un andamio que escala hasta rozar los diez metros, el joven Andrés Sánchez Rodríguez, monitor del grupo de albañilería integral de la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, aplica junto a sus colegas lo aprendido sobre restauración patrimonial.

“Nuestra acción consiste en rehabilitar la fachada, las grietas, los zócalos y las torres. Usamos técnicas y materiales similares a los típicos: cantería, mortero de cemento, arena sílice y polvo de piedra, y damos tratamiento a la piedra con agua y químicos. Esto se construyó con sillares que era una técnica difícil, de mucho tallado manual y precisión”.

La inversionista Laritza Arcos Ricardo refiere que las labores arrancaron en abril pasado. El ajetreo es al mismo tiempo en exteriores e interiores del inmueble. “Estamos ocupados en la reparación de sillares, grietas y la cubierta; así como en el diagnóstico de las vigas de madera. Todo eso lleva un proceso de estudio profundo, en correspondencia con la intervención y la relevancia del objeto, que dejará al Torreón listo para durar 300 años más”, resume, en serio y en broma, la única mujer del colectivo.

A su lado, Dagoberto García Rodríguez, jefe-ejecutor de la obra, precisa que “ahora están retirando los elementos no originales, incorporados en diferentes etapas. El trabajo es duro, como todo en la construcción, pero los compañeros tienen vasta experiencia. Hemos laborado ya en el Palacio de Aldama y varias escuelas de La Habana Vieja, entre otros lugares”.

Cuatro locales, dispuestos en forma de L hacia el ala izquierda, componen principalmente la fortaleza. Según planos de época, se distribuían en: capilla, justo a la entrada, aunque años después se mudó para allí la cocina, que había estado afuera en una casamata. Aún queda la huella de la campana extractora de vapores. A continuación, se ubicaban el cuarto de los artilleros, el de la tropa y el del Comandante. Todos interconectados por portones y con salidas a la plaza mayor. En esta se halla el aljibe, intacto, y pueden verse las líneas de los cañones giratorios, tras ser levantada por los arqueólogos la capa de rasillas.

Tres metros bajo el suelo –de lo que fuera una de las barracas– está Abdel Chang, especialista en arqueología de la empresa Puerto Carena. “Hubo un hundimiento aquí y empezamos a excavar. Aparecieron ocho fogonaduras que sugieren la existencia de un antiguo piso de madera y debajo notamos que la pared estaba revestida, como si hubiera existido otro recinto. Estamos en esas exploraciones”, dice, y junto al ayudante Amides Aguilera sigue inmerso en el cometido de llegar al fondo –de la habitación y del asunto–, sacando tierra a cubo, pico y pala. Buscan el mínimo mensaje que pudiera haberles dejado el pasado.

El arqueólogo Abdel Chang espera hallar algo más que huesos de ratón y un plato de mayólica azul, lo único de interés que ha asomado en el piso misterioso.

Rumores del tiempo

Cuenta el historiador Marcos Rodríguez Villamil que tempranamente, desde finales del siglo XVI, las autoridades coloniales advirtieron la necesidad de fortificar la arenosa ensenada de Cojímar, zona propicia para que navíos enemigos pudieran ocultarse, cargar agua o hasta desembarcar tropas en riesgo de la capital.

Pero sería don Álvaro de Luna, quien gobernó la Isla de 1639 a 1647, el encargado de iniciar la construcción. Con tal propósito hizo venir de Santiago de Cuba a Juan Bautista Antonelli, alias El Mozo (para distinguirlo del padre, el famoso arquitecto de El Morro y La Punta).

Este convino que el reducto fuera de canto, figura cuadrada con 80 pies “a la redonda” por 40 de alto (unos 12 metros); sus baterías quedarían a una altura de 20 pies, más otros cañones en la cubierta. Mientras, la entrada –a 16 pies del suelo–, era por una escalera de madera. En carta del 15 de julio de 1649, el nuevo gobernador don Diego de Villalba (1647-1653) comunicaba la terminación del fuerte, poco después de su “gemelo” La Chorrera.

Por tierra, los ingleses avanzaron desde el este hacia Cojímar, indica el profesor Marcos Rodríguez Villamil.

“La escalera actual se hizo durante el gobierno de Prío, pues hubo un intento de convertirlo en museo”, señala Rodríguez Villamil. Esa idea, agrega, nunca se materializó y en cambio se usó como estación naval hasta 1962, que pasó a una unidad de Guardafronteras. Finalmente, en 2012, lo asumió la OH y quedó en suspenso hasta el sol de hoy, el cual pega de tal modo en el techo, que hablamos con caras de chinos tropicales.

Erigido de levante a oeste sobre un saliente rocoso en la costa de barlovento, alejado una legua del Morro y por un monto de 20 000 ducados, el Torreón de Cojímar tuvo su minuto de fama cuando sirvió de trampolín a los abanderados de la Union Jack que hicieron a La Habana inglesa casi por un año. El mando español no intuyó que “había trabajado para el inglés”.

La hora de los mameyes

Perplejos. Así quedaron los vigías cuando desde sus aspilleras divisaron una mancha en el azul horizonte. Rápido dieron la voz de alarma, pero era ya demasiado tarde. El viento de la mañana traía el albur inequívoco de la tragedia.

Tenían delante parte de la poderosa armada del almirante George Pocock que, con más de 50 barcos, 25 000 hombres y 2 300 piezas de artillería, había cruzado la “mar océana” para asediar La Habana. Sin arriesgarse a chocar con el Morro –que de palo no era y buen susto metía– los casacas rojas maniobraron con un golpe de timón rumbo este. El comodoro Keppel, con seis buques de línea y fuerzas de desembarco del conde Albemarle cayeron –a las dos de la tarde– donde el mapa rotulaba: Cojímar. Era el 7 de junio de 1762.

Asevera el profesor Villamil que los invasores atacaron primero la torre-vigía de Bacuranao, luego sitiaron el bastión de Cojímar. Este tenía una docena de cañones encasquillados y siete cureñas de madera desvencijadas, por lo que a duras penas pudieron responder con 30 disparos. El bombardeo de la escuadra británica fue tal que pronto la trinchera quedó arruinada.

Abrumada la milicia por el denso polvo y los boquetes en la pared, y convencido su comandante, el coronel Caro, de que no podían encarar el duelo, ordenó “clavar” los cañones. “Significa meter un clavo en el oído (donde se echa la pólvora) del cañón, y remacharlo. Lo hacían para evitar que las piezas fueran útiles al enemigo. También vertieron toda la pólvora en el aljibe, que era enorme”, reseña el estudioso.

Quién sabe si –como en el ingenioso animado cubano–, dando marciales besos a sables y mosquetes gritaron: ¡Por San Thiago!… y huyeron, ¡qué caray!, cruzando bosques hasta la loma de La Cabaña. Los ingleses, que venían caminando desde la actual zona de Alamar, por donde pusieron pie en tierra realmente, llegaron al Torreón como Pedro por su casa y montaron su puesto de mando, hasta que la urbe capituló el 13 de agosto. Pero esa historia prometemos contarla, como es debido, en un futuro.

Un ángulo pocas veces visto. Fue esta la cortina del fuerte que batieron los ingleses desde el mar.

Maqueta de un sueño

Si de porvenir hablamos, parece que el de la reliquia, y hasta el de Cojímar, promete. “Esta fue una de las tareas pendientes de Leal. Siempre la apoyó en sentimiento y acción. Somos leales a su ejemplo”, enfatiza García Cancio.

Según adelanta el delegado, una vez terminada la intervención constructiva, entrará el montaje museológico-museográfico, cuyo proyecto ha estado a cargo de un equipo de la Dirección de Patrimonio Cultural de la OH; Gilda Isabel Rodríguez, la historiadora de Cojímar; y José Antonio Pérez, presidente de la UNHIC municipal. Además, cuenta con el diseño -en proceso- de la Empresa Restaura de la OH. “Pensamos que tenga tres salas, entre ellas una permanente de la toma de La Habana por los ingleses, otra sobre la historia y cultura de Cojímar, y una transitoria”, acota.

“En una primera etapa, el plan comprende la restauración del Torreón, además de su entorno costero: la Glorieta de Hemingway, el malecón tradicional y los parques. La doble importancia de este proyecto es que rescatará la edificación más antigua de la localidad, o sea, el alma comunitaria está reflejada aquí; y que tributará directamente al desarrollo local, en tanto es un ambiente idóneo para el turismo.

“Por eso el complejo incluirá un nuevo edificio socio-administrativo, tienda de suvenires y áreas de servicio. Eso sí, la ambición mayor es llevar a Cojímar lo que se hace en La Habana Vieja y que la renovación llegue a otros inmuebles, como el hotel Campoamor”, afirma. En la medida que habla nuestro anfitrión nos vamos figurando, como en una maquetación holográfica, la futurista imagen del icónico Torreón y del poblado.

Desde ya, esperamos el día en que podamos volver para plasmar en estas páginas bohemias ese esplendor pretendido y necesario que hoy se toca con sordina. Cojímar bien vale –y valdrá– una visita… y toda acción. Siempre.

Desde el Torreón, icono de Cojímar, puede irradiar un nuevo florecimiento de la singular villa.

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Igor Guilarte Fong

 
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