De la cárcel a la verdadera escuela

Puesto en libertad antes de lo fijado en la justa sanción que un día le fue impuesta, un joven se busca rápidamente empleo y comienza a recuperar el tiempo que jamás debió perder


Hace alrededor de tres décadas escribí, con muchísimo placer, acerca de él.

Tendría entonces unos seis años de edad y, por dificultades fundamentalmente con el habla, estaba vinculado a una escuela especial en Sancti Spíritus, donde, conforme a lo que predomina en esos centros de enseñanza, recibía todo el cariño y las mejores atenciones.

Dificultades con el aprendizaje fueron sedimentando en el entorno hogareño una mezcla de lástima con luz verde para casi todo y a la larga Asiel Valdivia terminó acostumbrándose más a manipular a su humilde madre que a obedecerla, así como a ignorar consejos de otros familiares, aun cuando nunca se le consideró exactamente un muchacho malcriado o irrespetuoso.

Lo real es que el tiempo terminó pasando su triste factura cuando, por errores que tienen precio, el muchacho fue sancionado a privación de libertad.

Solo él sabe con exactitud lo que vivió a partir de aquel mediodía, cuando su mamá quedó con la pupila bañada en lágrimas, mirando cómo se alejaba el carro que lo conduciría hacia el centro penitenciario.

Obviaré la angustia de las primeras visitas, los pininos para llevarle “al niño” almuerzo para ese día, golosinas, cigarros y una extensa relación de solicitudes, incluido –qué bien– papel y lápiz… para dibujar o hacer cartas.

Las razones por las cuales, en correspondencia con lo establecido, se le concedió libertad condicional, antes de que expirase la sanción, es de dominio por parte de quienes tienen la potestad de hacerlo. Obviamente, el comportamiento del muchacho contribuyó a anticipar el retorno a casa.

Sin perder tiempo, Asiel se buscó este empleo, tan honrado y necesario como otros.

Hace apenas unos días, mientras circulaba por las calles espirituanas, pude ver su silueta. El sol, implacable, se empeñaba en calcinarlo todo. Asiel, en cambio, parecía ajeno, indiferente. Forrado de pies a cabeza, limpiaba de malas yerbas un área que semanas atrás pedía a gritos machete y azadón. A su lado, un viejo artefacto, a modo de carretilla, permanecía con la boca abierta, dispuesto a tragarse todos esos desechos que tanto afean el entorno urbano.

Su abrazo no me supo a simulación o a hipocresía. Tenía el sudoroso elixir de los tiempos en que él pasaba horas en el piso, dibujando muñecos y personajes de su propia inspiración e imaginación.

Entonces recordé la alegría con que, horas antes, su mamá me había dado la feliz noticia.

Según ella, Asiel no perdió tiempo, pues al segundo día ya se había buscado un empleo en Comunales, le pidió prestada a la abuela materna una guataca, una lima y comenzó a trabajar.

Luego supe que su jefa está muy contenta con él, pues cuando amanece ya está fajado con el área asignada, es muy receptivo y responde con rapidez ante cualquier ayuda o tarea que se le indique.

De no ser por el triste modo, casi imperceptible, en que su mirada resbaló hacia un costado cuando me acerqué para saludarlo (acaso por vergüenza, tal vez por arrepentimiento) yo diría que pugna con su reciente pasado para ver si rescata un poco de la felicidad que quemó.

“Solo te diré una cosa –le comenté– la verdadera escuela, la mejor escuela no es la que pasaste detrás de rejas; tus mejores conocimientos no son todo lo que aprendiste allí (aunque muchas cosas serán de utilidad para el resto de tus días), como tampoco tus mejores amigos serán los que dejaste allí”.

La mezcla de un sí con infantil súplica en sus ojos hizo innecesaria la articulación de más palabras.

Si la reeducación existe para una buena parte de los que la necesitan, espero que Asiel sea uno de ellos. Ante todo, le hace mucha falta a él, a esa madre que no se sabe cuántos buches amargos tragó en noches de solitario rezo, lo necesita la ciudad, para estar más limpia y bonita, así como el país: urgido de manos fuertes, capaces de producir bienes y de impulsar servicios, con los seguros pasos de todos, incluidos quienes un día dieron un traspié.

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Un comentario

  1. En la vida pueden haber momentos dificiles y cometemos errores que a la larga sufre la familia pero levantarce y comenzar de nuevo es totalmente humano, y es cierto lo que comenta el periodista la verdadera escuela esta por vivirla este joven que se reincerto de nuevo a la sociedad siendo util y productivo, FELIZ sea la madre y que el conserve en su memoria los duros momentos vividos en la pricion para que no se repita.

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