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Publicado el 1 Noviembre, 2016 por Jose Dos Santos en Deportes
 
 

AJEDREZ

Una Olimpiada como punto de partida

Sin un Gran Maestro en su nómina, nuestro país ganó hace medio siglo la sede de una porfía mundial que le daría el impulso hacia la cima del juego ciencia

 

(archivo Bohemia)

(archivo Bohemia)

Por JOSÉ DOS SANTOS L

En Cuba, hace medio siglo, un juego sin estridencias ni algarabías, de confrontación de conocimientos y habilidades mentales, el ajedrez, acaparaba la atención de todos, aficionados o no. Los preparativos para la Olimpiada Mundial de 1966, la mayor competencia deportiva celebrada hasta entonces en La Habana, convirtieron a los cubanos en casi expertos en el arte de los jaques y los mates ante aquellos días comprendidos del 23 de octubre al 20 de noviembre.

La historia nos hacía sentir orgullosos de José Raúl Capablanca, campeón mundial de 1921 a 1927. Varios de sus seguidores mantenían viva su leyenda, desde José Luis Barreras, comisionado del deporte, y otros venerables veteranos, hasta quienes integraron el equipo a aquella decimoséptima Olimpiada: Maestro Internacional (MI) Eleazar Jiménez (campeón nacional), Rogelio Ortega, Eldis Cobo y Jesús Rodríguez, con los suplentes Hugo Santa Cruz y Silvino García, quien años después sería el primer Gran Maestro cubano de la época moderna. El capitán de aquel equipo era el entusiasta Francisco Planas.

Los muralistas reproducían al momento las partidas más interesantes de cada jornada. (archivo Bohemia)

Los muralistas reproducían al momento las partidas más interesantes de cada jornada. (archivo Bohemia)

Los salones del hotel Habana Libre, la sede de la Olimpiada, serían ocupados por más de 300 jugadores en representación de 52 naciones, récord de asistencia. El preámbulo tuvo lugar el 19 de octubre con una gigantesca simultánea en la Plaza de la Revolución en la que estuvieron los participantes. En total se jugaron 6 480 partidas.

El campeón cubano, MI Eleazar Jiménez, en la simultánea inaugural. (archivo Bohemia)

El campeón cubano, MI Eleazar Jiménez, en la simultánea inaugural. (archivo Bohemia)

Desde una pizarra electrónica que cubría gran parte de la fachada del vecino cine Radiocentro, denominado Yara a partir de 1971, una reproducción estilizada del afiche del torneo que cubría toda la parte superior del hotel, entre otros, convirtieron a la céntrica esquina de 23 y L, en el Vedado, en la capital mundial del ajedrez. También hubo cancelación de sellos alegóricos y otras iniciativas que giraron en torno al acontecimiento deportivo internacional, cuyos organizadores corrieron con todos los gastos.

Mi testimonio

No trato de hacer una historia detallada del hecho, solo traérselo a los lectores de BOHEMIA desde mis recuerdos como modesto participante. El ajedrez era uno de mis pasatiempos favoritos. Luego de tener que abandonar el baloncesto por una lesión, y en espera de reingresar en la universidad me presenté al comité organizador, con 19 años, como aspirante a un puesto de “muralista”, ya que tanto en el recibidor como en los pasillos externos del hotel se instalarían grandes tableros para ir reproduciendo las principales partidas de cada jornada y así socializarlas al abundante público que las seguía.

Con el equipo de Nicaragua en un Círculo Social. (archivo del autor)

Con el equipo de Nicaragua en un Círculo Social. (archivo del autor)

Resultó que fui seleccionado como guía para atender delegaciones y de esa forma tuve mi primer contacto internacional a través del equipo de Nicaragua, que concurrió a la cita porque el primer tablero era amigo del dictador Anastasio Somoza y, como favor personal, éste autorizó ese viaje. Entre ellos viajó, al menos, un miembro del Frente Sandinista de Liberación Nacional… pero esa es otra historia. Pasados los años volví a ver a aquel importante jugador de ese país, en Managua, la capital.

En tanto compartí con ellos a diario, desde el desayuno hasta salidas nocturnas, solo vi de pasada a los notables, cuya relación haría interminable esta nota. Por momentos olvidaba mi función de guía del ICAP, uniformado con un moderno “traje cruzado”, con el que incluso acompañé a los visitantes a playas cercanas, y extendía la mano a sonrientes y amables como Boris Spassky o a huraños como Bobby Fischer, este último con vestimenta de vivos colores y que entraba a último minuto, como una tromba, en el Salón de Embajadores, hacía el movimiento que le tocaba y se ponía a hojear algunas de los muchas publicaciones con las que cargaba –simulando no prestarle atención a su oponente con el consiguiente efecto psicológico y publicitario–. Los mencionados protagonizarían años después –1972– el llamado “match del siglo”, cuando el soviético, campeón defensor, enfrentó al retador estadounidense en Reikiavik, Islandia, y cedió el trono 12 ½ por 8 ½.

Serie de sellos de correos dedicada a la Olimpiada (archivo Bohemia)

Serie de sellos de correos dedicada a la Olimpiada (archivo Bohemia)

De aquella Olimpiada se recuerda el episodio que protagonizó el equipo estadounidense debido al conflictivo Fischer: Por razones religiosas, el rubio y excéntrico gran maestro se negaba a jugar los sábados. A Dinamarca se enfrentaron sin su primer tablero y ganaron fácilmente. Pero en el match con la Unión Soviética pidieron cambiar la fecha y no se presentaron a jugar. La URSS se adjudicó los cuatro puntos pero luego renunció a ellos y en su cotejo les ganaron a los norteños 2 ½ -1 1/2.

Al equipo que atendí le correspondió el grupo 7 de aquel maratón de partidas. Al finalizar la fase preliminar, a siete rondas, quedaron cómodamente instalados en el último lugar, con solo 2 puntos, mientras que en la cima avanzaban al grupo élite Rumanía y Bulgaria, con 22 ½ y 21 ½, respectivamente.

Equipo cubano a la XVII Olimpiada con otros maestros cubanos. (archivo Bohemia)

Equipo cubano a la XVII Olimpiada con otros maestros cubanos. (archivo Bohemia)

La parte final del torneo contaba con cuatro grupos. Los tres primeros con 14 equipos y el D, con 10.  En esta fase decisiva, los esforzados ajedrecistas nicaragüenses quedaron en el lugar 48, a cuatro escaños del último, ocupado por Hong Kong. La Olimpiada la ganó, por octava ocasión consecutiva, el equipo de la URSS, con 39 ½ puntos, seguido por EE.UU. (34 ½), Hungría y Yugoslavia (33 ½) y Argentina (30). Cuba alcanzó 12 unidades en ese máximo nivel, válidos para un muy meritorio lugar 14, al que llegó por ocupar el segundo en su grupo eliminatorio, con 21 puntos, superando por ½ a Holanda.

En la recta final ninguno de los poderosos equipos le ganó a Cuba 4 por 0, incluso se logró sacar un punto a Estados Unidos (mediante tablas de Jesús Rodríguez ante Paul Benko y Eldis Cobo con Robert Byrne) y medio a la Unión Soviética (tablas de Hugo Santa Cruz ante Víctor Korhnoi), país que trajo al que se considera la representación más fuerte de su historia: Tigran Petrosian, entonces campeón mundial; Boris Spassky (quien lo destronaría después); Mijail Tal, extitular mundial; Leonid Stein, entonces campeón soviético, y como suplentes Korchnoi y Lev Polugaievski.

La mayor parte de la información anterior, la he extraído del compendio de 880 páginas con participantes, rondas y todas las partidas celebradas, conformado por boletines diarios con detallada reproducción, que guardo como tesoro de aquella gesta deportiva mundial vivida por Cuba, nación que cuenta hoy con 24 GM masculinos y ocho femeninas. Las semillas sembradas hace más de medio siglo hoy tienen excelentes frutos.

Olimpiadas de ajedrez

Tienen lugar cada dos años y son organizadas por la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) desde 1927. Es una competencia por equipos. Además se otorgan medallas individuales a las mejo-res actuaciones por tablero.

Aunque el ajedrez es reconocido como deporte por el Comité Olímpico Internacional y la FIDE integra ese organismo, esta disciplina no forma parte del programa de los Juegos Olímpicos, aspiración que se mantiene.

Actualmente, cada equipo está compuesto por cinco jugadores, cuatro titulares y uno suplente. Debido al incremento de participantes, desde 1976 se optó por jugar mediante el sistema suizo; inicialmente son clasificados los equipos mediante el promedio Elo de sus integrantes.

El trofeo para el ganador es la Copa Hamilton-Russell, la cual fue ofrecida por el magnate inglés Frederick Hamilton-Russell como el premio de la primera Olimpiada, en Londres (1927). La copa es retenida por el equipo ganador hasta la siguiente. El trofeo del torneo femenino es la copa Vera Menchik en honor de la primera campeona mundial de ajedrez.

 

 


Jose Dos Santos

 
Jose Dos Santos