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Publicado el 17 marzo, 2017 por ACN en Deportes
 
 

¿Tendrá la historia de este Clásico un final feliz para Cuba?

Aunque los pronósticos precompetencia fueron cumplidos, la realidad y el orgullo de cubano deben mantener siempre la inconformidad como bandera. Sería fatal acostumbrarnos a perder

Leonardo Pupo Pupo

La pobre actuación de Cuba en el IV Clásico Mundial de Béisbol va mucho más allá de un resultado, pues dejó al descubierto carencias que se acumulan cada año, en detrimento de la estelaridad de que gozó el deporte nacional de la nación caribeña.

Desde la conformación del equipo al torneo comenzaron las discrepancias, pues para la mayoría de los aficionados y prensa especializada, hombres como Julio Pablo Martínez debieron hacer el grado a la justa y su ausencia fue notable.

La base del elenco antillano comenzó su periplo al Clásico con su participación en la Serie del Caribe, pero la buena faena en tierras aztecas al parecer hizo pensar que en el Lejano Oriente la historia podría repetirse.

Un grupo asequible para avanzar a la segunda etapa tuvieron los discípulos de Carlos Martí en el Tokyo Dome, pues aunque Japón se tornaba esquivo antes del “play ball”, la escuadra de China no representaba peligro y Australia parecía digerible.

Y así ocurrió. Si bien los nipones no cuentan con un equipo que emule con el de los Clásicos anteriores, tuvieron la profesionalidad y disciplina suficientes como para destrozar en par de ocasiones cualquier halo de esperanza que tuvieron los cubanos.

Es cierto, Cuba luchó en los dos encuentros frente a los anfitriones, pero para derrotarlos hay que tener mucho más que “ganas” y “entrega”.

La victoria ante China confirmó los pronósticos; Alfredo Despaigne fue héroe ante Australia en el partido decisivo, mientras que Israel mostró su fuerza imponente desde el box en la apertura de la segunda ronda.

El revés ante los japoneses puso a la isla antillana al borde de un precipicio con una profundidad que, desgraciadamente, aumentó en el cierre ante Holanda, cuyos jugadores se mostraron superiores a los caribeños en cada aspecto de juego.

En sentido general, el pitcheo cubano padeció de males que lo acongojan por años, como el marcado descontrol, la desconcentración en momentos claves y la falta de agresividad en el montículo, como la que mostraban antaño otros protagonistas del Clásico, recuérdese a Pedro Luis Lazo o Adiel Palma.

La calidad de los lanzadores contrarios demostró, entre otras cosas, la brecha que existe entre nuestros serpentineros de las Series Nacionales y los que intervienen en estos eventos internacionales.

Los bateadores cubanos, acostumbrados al poco exigente cuerpo de lanzadores de los equipos en nuestro pasatiempo nacional, se ven disminuidos ante serpentineros que, sin mucho “ruido” en otras Ligas, se presentan dominantes ante los antillanos.

La defensa de los ahijados de Martí, aunque no puede catalogarse de mala, cometió pifias claves imperdonables, que junto a los boletos otorgados por nuestros lanzadores elevaban el número de corredores en bases, que posteriormente se convertían en carreras.

Pero más allá del análisis de la actuación del “Cuba” en el torneo, se impone leer detenidamente cada página de este libro que cerramos en un evento cada vez más exigente.

La calidad de la Serie Nacional y de sus jugadores está por debajo del nivel de nuestros rivales. Pero esta calidad jamás va a superarse jugando entre nosotros mismos y cocinándonos en nuestra propia “salsa”.

Resulta vital para la salud de nuestro béisbol mantener, aumentar y sobre todo concretar la participación de los peloteros caribeños en Ligas foráneas, de manera que enfrenten a otros rivales de mayor calidad.

¿Fue casual que Alfredo Despaigne, Yurisbel Gracial y Roel Santos tuvieran un buen desempeño? Precisamente estos tres jugadores integraron elencos en Ligas foráneas que les permitieron aumentar su caudal como atletas.

Otros como Victor Mesa Jr, Yosvani Alarcón y Yoelkis Céspedes, éste último con menos protagonismo al final, ratificaron que tienen clase para integrar por muchos años, elencos nacionales en venideros eventos.

Aunque los pronósticos precompetencia fueron cumplidos, la realidad y el orgullo de cubano deben mantener siempre la inconformidad como bandera.  Sería fatal acostumbrarnos a perder.

La idiosincrasia y la filosofía de los equipos nacionales jamás tuvieron en su diccionario la palabra fracaso, independientemente de la calidad del rival. Cuba debe rescatar, cuanto antes, el orgullo de su béisbol, pues lamentablemente, poco a poco languidece.  Ojalá y la historia del V Clásico tenga un final feliz.


ACN

 
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