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Publicado el 1 Julio, 2019 por Dayán García La O en Deportes
 
 

BÉISBOL

Jugar a ser pelotero

El proyecto Los Tigrecitos es una iniciativa para que los niños de cuatro a ocho años se acerquen al deporte nacional por medio del sentido lúdico, en toda la expresión de la palabra
El sentido lúdico del béisbol alcanza en Los Tigrecitos su máxima expresión.
El sentido lúdico del béisbol alcanza en Los Tigrecitos su máxima expresión.

Por DAYÁN GARCÍA LA O

Fotos ANARAY LORENZO COLLAZO

¿Cómo gira el ventilador de la casa? ¿Quién sabe bailar? ¡Se escapó una serpiente!… Estas frases animaban el calentamiento cuando el equipo de BOHEMIA llegó al miniterreno aledaño al hotel Ciego de Ávila, en la ciudad del mismo nombre.

Diorge Miranda Yero ha convertido la idea de la tesis de doctorado en el verdadero sentido de su vida.
Diorge Miranda Yero ha convertido la idea de la tesis de doctorado en el verdadero sentido de su vida.

Alrededor de la medialuna, unos pequeñines que no levantaban una cuarta del piso se movían al compás de las indicaciones del profesor Diorge Miranda Yero, quien ha convertido la idea de la tesis de doctorado en el verdadero sentido de su vida.

Cuenta el máster en Ciencias que hace cinco años se encontraba laborando en la Eide con el alto rendimiento cuando se le acercaron las glorias deportivas Manuel Vázquez Camión y Darío Cid, quienes habían comenzado a enseñar en el Consejo Popular Indalecio Montejo (Ortiz).

“En esa etapa empezaba a definir el tema de investigación para el doctorado y ellos me plantearon que existía un problema, pues les llegaban infantes entre 4 y 6 años y no sabían qué hacer con ellos, porque no los podían poner con los más grandes”, agregó Miranda Yero.

“Desde ese momento comenzamos la tarea de buscar métodos, procedimientos y maneras diferentes de atender a este grupo de edades. Y así surgió el proyecto de Los Tigrecitos, el cual tiene la peculiaridad de que los pequeños de cuatro a seis años aprenden en un terreno compuesto por figuras geométricas, de la mano de padres y madres”, subrayó.

En este camino el entrenador se entrevistó con especialistas de enseñanza prescolar y de motricidad. De estas pesquisas se derivó una pregunta: ¿el niño de cuatro, cinco o seis años conoce el béisbol? Ante esa interrogante el entrevistado responde afirmativamente. “Claro que lo conoce, por cultura, porque los padres intentan enseñárselo. De ahí viene una problemática: ¿cómo instruye la familia? Pues con patrones de adultos, con vocabulario ajeno. ¿Con qué pelotas? Con las que aparecen, sobre todo las de seis onzas que pueden ser dañinas para el brazo, con bates sobredimensionados, en terrenos que no tienen las condiciones, con métodos teóricos y prácticos que no concuerdan con la edad”.

La cuestión principal después de una exhaustiva investigación en varias provincias era que muchos de quienes llegaban al 7-8 años no conocían las habilidades básicas: correr, lanzar, atrapar; de ahí que hiciera falta una antesala intencionada que identificara las mismas destrezas que los niños comienzan a aprender para la vida vinculadas con el deporte nacional, sin llegar a ser necesariamente béisbol.

“Por eso nos concentramos en esta metodología del enfoque lúdico praxeológico para la identificación de las habilidades con los fundamentos técnicos del béisbol, respetando los principios de la enseñanza prescolar y sus dimensiones: lenguaje apropiado, interacción con las figuras geométricas y los colores, relación con sus familiares y sus compañeros”, subrayó Diorge.

De cuevas y ardillas

¡Vamos a hacer una cueva! ¡Cuidado que viene la ardilla! ¡Vamos con la aspiradora! ¿Cómo se lanza a la casa? así se narra en Los Tigrecitos, aunque no lo parezca, la más simple combinación defensiva, o sea, fildear un rolling y sacar out en una base, pero ninguno de estos últimos términos significa nada para los menores de siete años.

“Nos apoyamos en la familia, que comienza a responder a las expectativas de los niños. Aquí en la iniciación nadie se pone bravo si se escapa una pelota. Nuestra máxima es que no se puede pedir al niño lo que no tiene, sino lo que es capaz de dar”, manifestó Miranda Yero segundos antes de que diera indicaciones a uno de los activistas para que armara dos equipos que modelaran lo que entienden como juego de pelota.

Pero no solo es lo deportivo, otras dimensiones de la vida se enrumban en el proyecto y para el profesor resulta, tal vez, la ganancia fundamental. “La personalidad del niño cambia, ya es capaz de cumplir un horario, asumir un rol dentro de un colectivo, porque tiene que compartir, conversar, evaluar a otros e identificarse en un medio social.

“Hemos trabajado con cinco niños autistas, quienes, si bien no han rebasado su padecimiento, han logrado cierta libertad de expresión social. Igualmente, hemos recibido pequeños que no sabían ni caminar bien, porque viven en un edificio o son sobreprotegidos por los padres”, añadió el máster en Ciencias.

Sucede que en la actualidad no se puede desconocer que la mayoría juega al deporte nacional en los tablets, los teléfonos o las computadoras, y son pocos los que cogen un bate y salen a un parque o un terreno. En Los Tigrecitos hay espacio para todos.

“En el proyecto atendemos por igual al flaquito, al chiquito, al gordito, porque muchos entrenadores pasan por las escuelas y se llevan al más grande, al más fuerte, y discriminan a veces a un verdadero talento”, manifestó Diorge.

El impacto de los Tigrecitos después de cinco años no solo ha quedado en la cabecera provincial, sino que le ha cambiado el curso de la vida a varias familias de otros territorios. “Tenemos niños que vienen desde Ceballos, uno de los más grandes talentos llegó desde el municipio de Bolivia y asistía tres veces por semana con su padre en un trayecto de alrededor de 50 kilómetros. Cada vez que hacía el itinerario llegaba a su casa de regreso casi a las diez de la noche. Hoy es uno de los grandes prospectos de la provincia y sus padres se mudaron para la ciudad en función de su desarrollo como pelotero”, sentenció Miranda Yero.

El que siembra, recoge…

Pero, ¿lo novedoso del proyecto se ha convertido en resultados? El entrenador cuenta a BOHEMIA que de los que comenzaron en 2014, uno hizo preselección de equipo Cuba 11-12 años como receptor y otro estuvo muy cerca de imitarlo. “En la provincia aquella generación inicial tuvo un gran peso en el equipo del municipio cabecera campeón 9-10 años en 2016 y en los titulares de la categoría 11-12 en 2019”, comentó Miranda Yero.

Pero no todo es color de rosa, según el especialista la principal dificultad radica en la falta de personal para atender a los casi 100 niños que integran la iniciativa. “Los entrenadores se han ido retirando, desde 2015 tengo el apoyo de un estudiante de Cultura Física que discute su tesis de diploma sobre un tema vinculado al proyecto, pero casi no damos abasto para la demanda que existe, por eso los padres y las madres suponen una fuerza vital para cumplir los objetivos”, refirió.

En carne propia

Para Yisel Cárdenas en el proyecto ha aprendido junto a su hijo Cristofer.
Para Yisel Cárdenas en el proyecto ha aprendido junto a su hijo Cristofer.

Para Yisel Cárdenas la aventura ha significado mucho más que acompañar a su hijo Cristofer Gómez a un entrenamiento. “Hemos crecido juntos, he tenido que correr con él, lanzarle pelotas, aprenderme las posiciones y los códigos que maneja el profesor.

“Había escuchado del proyecto y por eso lo traje con cuatro años. Hoy te digo que fue la mejor decisión, pues he visto que ha ganado inteligencia, educación, en sus modales y en su relación con los demás. No dejo de emocionarme cada vez que da un batazo o hace una buena atrapada, porque veo que le pone mucho empeño. Cuando está lloviendo llora porque quiere venir a entrenar, este momento significa mucho para él”, señaló la madre, miembro de la directiva del consejo de padres de Los Tigrecitos.

Sobre las nuevas perspectivas que se abren para el deporte de las bolas y los strikes a través de los convenios con las Pequeñas Ligas Internacionales y las Grandes Ligas, Yisel plantea que es una motivación importante que debió llegar hace mucho tiempo. “Aunque no lo creas, periodista, ya el niño desde esa edad llega y te dice que quiere jugar en las categorías superiores, y para la familia es muy bueno, por la tranquilidad de saber que se puede alcanzar ese sueño sin correr ningún riesgo”.

Los padres son parte activa del juego en Los Tigrecitos. En la foto, Néstor Ramón López ayuda a su hijo en los ejercicios.
Los padres son parte activa del juego en Los Tigrecitos. En la foto, Néstor Ramón López ayuda a su hijo en los ejercicios.

Por su parte, Néstor Ramón López no lo pensó dos veces para traer a su hijo al área de Los Tigrecitos. “Soy muy aficionado y desde pequeño se lo he inculcado. Aquí los niños salen un poco del mundo digital y aprenden el abc beisbolero. Además, ganan fortaleza física, aprenden hábitos de alimentación y después son más integrales en la escuela”, explicó.

Más allá…

Pero el espíritu del proyecto rebasa los límites de los terrenos de práctica para convertirse los primeros sábados de cada mes en un huracán de humanidad. “Tenemos un plan paralelo que se llama Tigrecitos en el Barrio y ese día salimos a la comunidad, repartimos volantes relacionados con la higienización, el autofocal y la importancia de la actividad física. También visitamos casas, recogemos materias primas y saludamos a los discapacitados. De la misma forma, hacemos una valija para llevar a zonas afectadas, a los lugares más humildes y de esta manera vamos creando conciencia de compartir lo que tienen”, apuntó el profesor.

El entrenador, natural de Amancio Rodríguez (Las Tunas), se siente un avileño más. “Aquí he encontrado un hogar y con Los Tigrecitos me he convertido en un miembro de muchas familias, porque juntos hemos colaborado en la educación de los infantes. Puedo decir que estoy satisfecho y lleno de ganas de seguir formando a futuros peloteros, pero principalmente a niños listos para ser mejores cada día”.

El profesor Diorge cumplió años dos días antes de nuestra visita. Hasta donde se encontraba conversando con este redactor llegaron los padres y los pequeños, interrumpieron nuestro diálogo, al parecer, para que fuéramos testigos del momento. Después del regalo colectivo, los muchos abrazos, una lágrima por fuera y otra por dentro, Miranda Yero confesó: “Perdí a mi única hija pequeña, y te puedo asegurar que rebasé esa difícil situación con los chiquiticos del proyecto, quienes me han profesado un amor infinito, incluso después de salir a otras categorías, siempre me visitan, me regalan el día de mi cumpleaños, el día del educador… me tratan como a un familiar”, dijo y le volvió el brillo a los ojos, tal vez consciente de que, después de cinco años de labor, ha ganado como verdaderos hijos a varias generaciones de tigrecitos.

¡Cuidado, tigres en la comunidad! (fragmento de material publicado en la Revista La Calle, diciembre 2015)

[…] Milaydis, desde su humilde casa, ni siquiera le presta atención al alboroto que genera entre los nfantes del lugar, un grupo de pequeños vestidos de peloteros. Su rutina diaria, dedicada a la atención de Yonder, un adolescente de 13 años, parapléjico desde los 3, le consume todo el tiempo. De pronto el sonido de la puerta anunciando visita le saca de su tradición cotidiana.

-Somos los tigrecitos del barrio- le espeta uno de los recién llegados-, venimos a ver al niño y aunque no pueda jugar con nosotros lo queremos saludar.

La aún joven mujer responde un poco atolondrada:

-Pueden pasar, pero no todos juntos, la casa es pequeña y Yonder se puede asustar

[…] Él nunca se ríe -reconoce Milaydis con tristeza-. Pasen.

Yonder los recibe despierto. Los dos niños de unos 7 y 8 años llegan hasta la cama, se detienen por unos minutos, espontáneamente uno de ellos se quita su gorra del equipo de la provincia de Ciego de Ávila y se la coloca a Yonder en la cabeza, quien le devuelve una sonrisa ingenua, feliz.


Dayán García La O

 
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