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Publicado el 9 Octubre, 2020 por Giovanni Martinez en Deportes
 
 

El grito del silencio

Stadium Latinoamericano. El busto de Armandito el tintorero, eterno en el corazón de tantos amantes del béisbol, sobresale desde su inmortal azul. (Foto: ANARAY LORENZO COLLAZO)

El busto de Armandito el tintorero, eterno en el corazón de tantos amantes del béisbol, sobresale desde su inmortal azul. (Foto: ANARAY LORENZO COLLAZO)

Por GIOVANNI MARTÍNEZ

  • HABÍAN transcurrido cinco subseries del torneo doméstico. Por fin los Industriales llegaban al Latinoamericano para recibir a Ciego de Ávila. Entré y caminé hacia la banda de tercera. De repente recordé mi infancia, cuando como buen vecino del municipio Cerro, me escabullía por los pasillos jugando a los escondidos con mis amigos del barrio, mientras los adultos bebían café. Eran los “cercanos” años del bate de aluminio. Traté de esforzarme para comparar los espacios que veía en la grada actual con aquellos de mi niñez, pero no conseguí hacerlo, ni siquiera al pensar en el extinto Metropolitanos cuando enfrentaba un partido de puro trámite. Sin sentarme aún llegó el primer batazo. Yoasán Guillén conectaba imparable, y de inmediato Jorge Enrique Alomá la botaba de jonrón. Irrespetuoso saludo para el abridor Dachel Duquesne. En ese momento me imaginé a la afición capitalina aclamando a sus Leones, no solo por el contundente debut en casa, sino por la cosecha que traían de la carretera, donde se enfrentaron a las novenas de Guantánamo, Santiago, Granma, Holguín y Santi Spíritus, con ocho victorias y cuatro derrotas, estadística solo superada por los azules que en la Serie 55 dirigiera Javier Méndez, cuando en una gira similar consiguieron igual número de éxitos con solo dos reveses. Pensé en los coros y las cornetas, pero frente a mí se elevaba cada vez más el inmenso graderío, como ola de tsunami desabrido, hacia donde también varios atletas dirigieron la mirada desconcertados.
  • EL VIAJE de la Teammate (la pelota del torneo) en cada lance parecía rugir en el aire. Y qué decir del fuerte sonido de la mascota del cátcher al recibirla. O del contacto madero-pelota, más resonante que nunca. Las palmadas de aliento desde los bancos, los avisos al bateador de turno desde el círculo de espera alertando sobre posibles lances, los silbidos desde primera base para pedir al lanzador un viraje… Todo, absolutamente todo, multiplicaba los decibeles. No hubo pelotas de foul para que los más jóvenes corretearan por las tribunas, ni abucheos y conteos de protección para el pitcher visitante. Se extrañó al pícaro con alma de comediante, ese que suele exclamar “piropos de adultos” a los contrarios. Imaginé cuán alto y claro se escucharían ahora.
  • PARA el cubano y su acaramelada manera de saborear el béisbol este no es un panorama dulce. No obstante, todo lo que acontece cada jornada en los ocho partidos de béisbol que se efectúan a lo largo y ancho de nuestro país, es el resultado de un esfuerzo notable por ganar el juego más importante a la COVID-19. De ahí que un paquete de medidas sanitarias enfundadas por la Organización Mundial de la Salud, y dadas a conocer semanas antes del primer grito de play ball por la Federación Cubana de este deporte, fue puesto en práctica. Y consta que antes de rendir en el terreno de juego, cada pelotero presente en la sexagésima Serie Nacional prioriza el distanciamiento físico en los banquillos, donde es obligatorio el uso del nasobuco y los desinfectantes abundan por doquier. Tras una conexión, aunque sea de cuatro bases, el saludo entre compañeros es de lejos. Las pelotas se desinfestan. Los PCR se realizan a todos los implicados antes de empezar los topes. Y mucho más. Lo cierto es que mientras el nuevo coronavirus esté en el cajón de bateo, el pitcheo tiene que ser “bajito y pegao”. De momento, créame, el béisbol por televisión se ve más bonito.

Giovanni Martinez

 
Giovanni Martinez