Devolviendo la vida a viejas reliquias
La Singer (en la foto) tiene 125 piezas y la Veritas más de 200, asegura Richard Antela. / Agustín Borrego Torres.
Devolviendo la vida a viejas reliquias
La Singer (en la foto) tiene 125 piezas y la Veritas más de 200, asegura Richard Antela. / Agustín Borrego Torres.

Devolviendo la vida a viejas reliquias

Las manos rudas y manchadas de grasa del hombre desarman con pericia la máquina de coser Singer que pareciera haber llegado hace tiempo al final de su vida útil. “La desarmo completica para darle vida. Y créame: la dejo como nueva”, afirma Richard Antela Fajardo, quien a sus 78 años ejerce un oficio poco común en los días que corren.

Con una rutina bien aprendida, pone las piezas en una palangana y comienza a limpiarlas cuidadosamente con un cepillo de alambres. Luego, lava cada una en un recipiente con petróleo, donde permanecerán remojadas hasta el día siguiente, cuando las secará, engrasará y comenzará a colocarlas en el viejo artefacto.

Cuenta que aprendió a arreglar las máquinas de coser viendo cómo lo hacía su padre, Teodoro Antela. “Él nació en Pontevedra, en el norte de España, pero vino a Cuba en 1920 y se juntó con mi madre, Caridad Fajardo”.

Al evocar su infancia en la Sierra Maestra, en un lugar llamado El francés, donde nació, Richard relata que eran nueve hermanos, seis varones y tres hembras, y para sostener a la familia su padre hacía monturas, botas y aparejos. Después fueron a vivir al poblado de Bijagual, en Contramaestre, actual provincia de Santiago de Cuba. “Allí empecé a ir a la escuela y estudié hasta tercer grado. Entonces, mi papá era agente de las máquinas de coser Singer y también las arreglaba.

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Reparar las máquinas de coser, más que una forma de ganarse la vida, es algo que Richard disfruta mucho. / Agustín Borrego Torres.

“Crecí viendo cómo las reparaba y prestaba mucha atención a cada cosa que hacía. Con 10 años empecé a raspar y pintar las patas de las máquinas, y siempre me decía que tenía que hacer bien mi labor. De él heredé no solo los conocimientos, sino la decencia y la honestidad”.

Desde que era un muchacho, estudiar la mecánica de aquellas primeras máquinas de coser, consideradas auténticas piezas de ingeniería, se convirtió para Richard en una pasión que le acompaña hasta hoy. “Más que una forma de ganarme la vida, es algo que me gusta mucho. Y sabe una cosa: cuando estoy encasquillado y no puedo echar a andar una máquina —porque hay algunas que se las traen—, apelo a mi padre, le hablo, y -espiritualmente- me ayuda porque al final saco adelante el trabajo”.

“No se preocupe, yo se la voy a arreglar”

En el hogar de Richard, ubicado en el barrio Cepero Bonilla, en el Cerro, se le puede ver rodeado de los más diversos tipos de máquinas: desde la Weston, la Éxito y la Premier, hasta la Clipper y la Veritas. “Tengo más de 300 que he ido comprando durante años, a fin de utilizar las piezas para reparar otras similares. Algunas las he armado completas y las he vendido, y también he adaptado partes de un modelo a otro”.

Años atrás, relata, iba a las casas de las costureras que solicitaban sus servicios, pero “ahora trabajo en la casa porque ya estoy viejo. Vienen personas de la comunidad y también de San Antonio de los Baños, Alquízar, Bejucal, Quivicán, San José de las Lajas, pues yo caminaba todos esos lugares y la gente me conoce.

“En este momento estoy reparando unas 10 máquinas”, refiere y muestra una lata donde permanecen empapadas en petróleo las partes de una de estas. “La Singer tiene 125 piezas. Otras poseen más, como la Veritas, que supera las 200. Yo arreglo cualquier tipo. Las que me cuestan un esfuerzo mayor son las automáticas, pues algunas tienen 15, 30, 40 y hasta 70 puntos o tipos de puntadas”.

Luego del triunfo de la Revolución, en 1959, Richard se hizo miliciano, joven rebelde, subió los cinco picos y fue artillero antiaéreo hasta que tuvo que licenciarse de las Fuerzas Armadas Revolucionarias debido a problemas de salud. Después trabajó durante 20 años como chofer de rastras; sin embargo, nunca dejó de practicar el oficio que aprendió en su niñez.

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En el hogar de Richard se le puede ver rodeado de los más diversos tipos de máquinas. / Agustín Borrego Torres.

“En cualquier momento de mi vida las máquinas de coser me han sacado de muchos apuros. Recuerdo una vez que andaba por Villa Clara y se me rompió la rastra en la carretera. Estaba solo porque había mandado a mi compañero para La Habana y hacía días que no probaba bocado, solo tomaba miel y comía alguna fruta que encontraba. Cerca de la vía había una casa y le pregunté a la señora que vivía allí si me podía dar algo de comer.

“La mujer contestó que sí y cuando se disponía a ayudarme le dije que yo sabía ganarme un buen almuerzo y le expliqué que era mecánico de máquinas de coser. Enseguida levantó los brazos, como quien ve los cielos abiertos y me soltó: ‘no me diga eso, pues la mía está rota; la llevé a Placetas, a Santa Clara y nadie la arregla’.

“Me enseñó una Singer de lanzadera, que eran de las más antiguas, y le respondí: no se preocupe, yo se la voy a arreglar porque yo aprendí precisamente con este modelo. Se la reparé y aquella mujer me cocinó un arroz con pollo tan sabroso que me dio hasta mareos”.

Joyas atesoradas en los hogares

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Las máquinas de coser que pertenecieron a las abuelas son conservadas por muchas familias como símbolo de tradición y amor por la costura / lanuevacronica.com

Las máquinas de coser antiguas son reliquias conservadas por muchas familias porque con ella aprendió a coser la bisabuela, la abuela, luego la hija de esta… generaciones de mujeres que vistieron a los suyos y a otros con prendas confeccionadas en casa y en menor tiempo gracias a esos aparatos.

Yo crecí escuchando el sonido inconfundible de la máquina de coser de mi madre. Muchas veces me paraba a su lado para ver cómo transformaba un pedazo de tela en un hermoso vestido, o simplemente para contemplar una vez más los preciosos dibujos dorados que resaltaban en el brazo negro del aparato donde podía leerse: KENT. 

Sus conocimientos y su amor por la costura los transmitió no solo a mis hermanas, sino a decenas de campesinas de la comunidad rural donde vivíamos y de otras aledañas, a quienes enseñó ese oficio como parte de las Escuelas Ana Betancourt, proyecto liderado por la Federación de Mujeres Cubanas a inicios de la Revolución.

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Primeras alumnas de la Escuela Ana Betancourt, un proyecto revolucionario que cambió la vida de muchas mujeres. / cubadebate.cu

Hoy, conservo aquella máquina de coser y agradezco a esos mecánicos que, como Richard Antela, hacen posible que siga escuchando aquel sonido de mi infancia con el que muchas noches me dormí. “Somos muy pocos los que en la actualidad realizamos esta labor y casi todos ya estamos viejos”, concluye Richard mientras acaricia con sus manos callosas una Singer que poco a poco va cobrando brillo.

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