Foto. / Martha Vecino Ulloa
Foto. / Martha Vecino Ulloa

El camino de la Caridad

Hasta aquí vino traída de brazos por el cuerpo flojo a pedir, un clamor desesperado para aliviar la artrosis, sanar las llagas, escapar de terapia; vino a rogar, un ruego apocado y arrepentido de quien busca exprimir el trapo de sus pecados; vino a llorar, un llanto aguantado de mujer nerviosa que suplica se abran los caminos y las rejas para su chamaco preso; vino a pagar, un tributo por la promesa en alta mar de que si le llevaba a tierra con pies secos, vendría a subir descalzo hasta su altar; vino envuelto en amarillo sobre el hombro de mamá, aunque no sabe aún de fe ni colores ni donde ha estado; vino a ofrendar su medalla, su trenza, su anillo, su charretera, su libro, su muleta… cada exvoto es el retazo de un alma; vino porque es devota de su imagen, refugio y milagros; vino aunque no es creyente, pero es cubano.

Desde el pináculo del Altar Mayor esa figurita dorada que es la Virgen de la Caridad los convoca y congrega. Son peregrinos que llegan a diario por centenas, y en su día de septiembre, por miles. ¿Qué es un peregrino? ¿Por qué serlo? No todo el mundo consigue descifrar su esencia o lo que representa. No siempre se acierta que la peregrinación es un fenómeno antropológico y universal interpretado como renovación del espíritu, y que hay rutas más allá de aquel Camino de Santiago recreado por Paulo Coelho en su novela El Peregrino.

Otro Santiago, de Cuba, resalta como tierra de habituales peregrinaciones patrióticas: entre ellas la de Frank, las de los próceres fundadores, en Santa Ifigenia. Pero cada 8 de septiembre todos los caminos de Santiago parecen articularse en uno solo: El Cobre. Al pintoresco poblado fuimos para llevarle a nuestros lectores postales de la celebración, retomada tras dos años de pandemia.

Bajo esas bóvedas ojivales todo está como indicando respeto y recogimiento. / Martha Vecino Ulloa

Y si vas al Cobre…

Las piedras dieron nombre a la villa. Hacia 1530 descubrieron que un tesoro mineral dormitaba bajo el Cerro del Cardenillo, y el rey Felipe II -quién sabe si frotándose las manos por la idea de tener más cañones- ordenó explotar el yacimiento. Eso condicionó que con el polvo de los años la antigua Santiago del Prado acabara rebautizada.

Mas no solo por eso cobró relevancia, sino por ser palenque de cimarrones y uno de los primeros focos de rebeldía en la Isla. “El Cobre fue un laboratorio natural en donde se mezclaron los elementos que conforman la identidad del cubano”, sostiene la acreditada doctora Olga Portuondo Zúñiga, Historiadora de la ciudad santiaguera.

Visto desde la carretera, el poblado –a unos 20 kilómetros de la capital provincial– parece un nudo en un estambre de cordilleras. Es la Sierra Maestra que ampara al valle ondulado y sugestivo con su ermita coronadora. Complementan la vista el monumento de Lezcay al Cimarrón, de hierro y bronce; las colinas de terrazas escalonadas que remiten a los túneles del ayer y la laguna de insólitas aguas esmeraldas. La fotografía es obligada. Desde su promontorio, en medio del paisaje de monte, el edificio de ocre y carmín recuerda un juguete de feria.

Curiosidad, devoción y cultura lo convierten en uno de los sitios más visitados en Cuba por nacionales y turistas. Lo más normal allí es que antes de cruzar el portón enrejado caiga sobre el visitante un enjambre de comerciantes de ocasión, pregoneros y guías espontáneos.

Todos dejan o se llevan algo. / Igor Guilarte Fong

–Venga a ver, hermano: estampitas, virgencitas, flores, velas amarillas… Tenemos de todo… sin compromiso…

–No, gracias… si no voy a comprar nada… No soy creyente… –uno intenta escapar con cortesía.

–Aquí nadie cree en na’ y to´el mundo cree en algo… Eso no importa, venga y lleva para la mujer, la suegra, la vecina –si algo saben bien los vendedores es insistir.

–Sí… pero no –sigue uno receloso.

–Vaya, toma estas piedritas; son las “de verdad”… Yo te las regalo… y dame lo que puedas… –se arrima otro.

La Virgen es punto nodal en la religiosidad, la historia y la cultura cubanas. / Martha Vecino Ulloa

Menos la charla y la sonrisa en El Cobre se vende todo: las ofrendas, los “regalos”, los recuerdos. Velas, flores, tarjetas y figuras de variados tamaños, materiales, formas y colores; piezas de manufactura doméstica; hasta las piedras de tornadizas pecas brillosas y dudoso pedigrí, si bien se alegan extraídas de las arruinadas minas.

Este día de procesión, ante quien busca suvenires o qué ofrendar de buena fe, bailan caudillajes y precios de inflación. Un ramo de girasoles ronda los 300-500 pesos; mientras una pareja de virgencitas –rústicas, de madera y más pequeñas que una cuarta– se “rebaja” de 800 a 600. Aun hay ofertas de “combos” y por encima de 1 000. Para ellos cifras “módicas”. (De moda, diría yo; y no los juzgo). Todo cuesta en El Cobre menos la charla y la sonrisa.

Sin fábricas ni agricultura prósperas, más de medio pueblo vive alrededor del culto. Algunos controlan el encadenamiento y trabajan en serie como las grandes empresas. El oficio va desde el que busca la madera, el cristal, el pegamento, el barniz, el artesano, el transportista, el que alquila el portal, hasta el vendedor. A la sombra del Santuario se habla de “la lucha”, de escalafones y vivencias. Hay, por supuesto, sus “vivezas” y decadencias.

“Ya no es ni parecido siquiera a lo que fue. Antes era una gran fiesta, se engalanaba y animaba el pueblo; como una romería. Venía mucha gente de todas partes, incluso desde la noche anterior; no se dormía. Este año no ha sido así. Hay poca afluencia, la falta de transporte ha incidido mucho”, aprecia Clara Lidia Fusté, nacida y criada hace 65 años frente por frente a la iglesia.

 Y si vas al Cobre, quiero que me traigas… reclamaba el legendario Trío Matamoros en el estribillo de su inmortal Veneración (1929), quizá la más famosa de las canciones dedicadas a la Caridad. Cuentan que hasta Lorca –quien juró en un coche de agua negra ir a Santiago– en visita fugaz como su propia vida, llevó una estampita. Pero los tiempos cambian, compay Miguel, los tiempos cambian.

El Santuario

Desde los más distantes lugares y en las más diversas formas llegan los peregrinos. En carros de piquera, en el suyo propio, en guaguas “de refuerzo”, en “botellas”, a pie, en coches de caballos… La pompa y la humildad se dan cita por igual, bajo el mismo techo. “La mayoría acude por una cuestión de fe, a presentar a la Virgen sus intenciones, desvelos y necesidades; pero también a agradecer por favores concedidos”, comenta Daniel Rosales Cala, joven católico que colabora en el servicio de atención a los peregrinos. Diversas personas que entrevistamos ratifican que se trata de una práctica muy arraigada.

Ante el altar sagrado muchos dejan sus súplicas o agradecimientos. / Igor Guilarte Fong

Luego de ascender la amplia y empinada escalinata de 254 pasos, cruzar los elevados arcos y las formidables puertas, se ingresa al Santuario Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. El templo, imponente, parece que levita en la cresta del Cerro de Maboa, donde fue refundado por el arzobispo Valentín Zubizarreta, el 8 de septiembre de 1927. Consta de un sobresaliente domo central custodiado por campanarios a ambos lados. Esbelta arquitectura.

En su libro -ya con siete ediciones- la historiadora Olga Portuondo revela la formación de este culto a través de los siglos y cómo traspasó las fronteras locales para ser de toda Cuba. / Martha Vecino Ulloa

En el interior, el recinto es soberbio, lleno de misticismo, hermosos vitrales, frescos y decoraciones cual filigranas. A un lado se halla la carroza de artística elaboración y regias maderas de bosques, que guarda a la Virgen en las procesiones. Allí la misa se celebra con la mayor unción. Bajo esas bóvedas ojivales todo está como indicando respeto y recogimiento. Pero los ojos, sean fieles o no creyentes, centran su atención en la imagen dorada que fulgura sobre el majestuoso sagrario de mármol y plata.

A este sitial llegó precisamente luego de una interesante y enigmática peregrinación, surcando cuatro siglos de historia. Así como muchos cubanos acuden a su casa, con motivo de las celebraciones por los 400 años del hallazgo salió la Virgen durante 16 meses a recorrer 29 978 kilómetros y unir al país de oriente a occidente.

Viajera por tradición, la llaman Peregrina, también Virgen Morena, Mambisa, Milagrosa, María, Cachita, Oshún, Madre, Patrona… Nombres como rostros, sentimientos e idiosincrasias. Su imagen es punto nodal en la religiosidad nacional; en ella va y viene la simbología católica al sincretismo popular, y viceversa.

Esta advocación criolla es destino, pluralidad y arte. Los poetas la han loado en notables páginas: La Zambrana, La Avellaneda, El Cucalambé, Ballagas, Guillén… Hemingway le donó su medalla acreditativa del Premio Nobel de Literatura… Le han rendido pinceles Carlos Enríquez, Amelia Peláez, Portocarrero, Mariano Rodríguez, Roberto Diago, Tomás Sánchez, Manuel Mendive, Cosme Proenza… La han cantado trovadores de diferentes épocas: Sindo Garay, María Teresa Vera, Compay Segundo.

Mientras en el ámbito de la investigación científica hay dos libros imperdibles: La Virgen de la Caridad del Cobre. Símbolo de cubanía, de Olga Portuondo; y Yo soy la Virgen de la Caridad, del historiador cardenense Ernesto Álvarez Blanco; que exponen documentos de archivos y certezas sobre el culto mariano desde su génesis.

(Re)Visiones de la Virgen

Cuenta la leyenda que la imagen fue hallada en el año 1612, por dos indios naturales, los hermanos Juan y Rodrigo de Hoyos, y el negrito esclavo Juan Moreno, quienes embarcados en una canoa buscaban sal en la Bahía de Nipe. Cuando salieron de Cayo Francés vieron “una cosa blanca sobre la espuma del agua que no distinguieron qué podría ser”. Al acercarse notaron con asombro que una figura, milagrosamente seca, venía encima de una tablita donde podía leerse: Yo soy la Virgen de la Caridad.

Más allá de la mítica del hallazgo se trata de “personajes reales y un hecho históricamente documentado” nos precisa en entrevista la doctora Portuondo. Justamente, fue Juan Moreno quien, a sus 80 años, prestó testimonio que se preserva en el Archivo General de Indias.

La cargaron hasta el Hato de Barajagua y tiempo después, por orden del administrador de la mina, Francisco Sánchez de Moya, fue llevada a El Cobre, desde donde se esparció el culto a toda Cuba. Alrededor de 1640 le construyeron un primer santuario que se derrumbó en 1906, socavado por las explosiones en la cantera a cielo abierto.

El Cobre creció asociado a la primera mina a cielo abierto del continente. / Martha Vecino Ulloa

En 1916 fue proclamada Patrona de Cuba por el Papa Benedicto XV, a petición de los veteranos de la independencia que la habían tenido como amuleto en la manigua. Incluso, ante su altar llegó Céspedes a pedir por el bien de la lucha que recién empezaba y a sumar adeptos.

Antiguo Santuario, hospedería e instalaciones mineras a inicios del pasado siglo. / Archivo del Autor

De oro parece, pero no es. La Virgen de la Caridad es una imagen de bastidor con seis varillas, su cuerpo –de unos 40 centímetros– es de madera hasta la cintura. Carga en su mano izquierda un Niño Jesús –que le otorga el perfil de madre protectora–, y en la derecha la cruz. Una de sus características más llamativas es la medialuna invertida que fue colocada en la peana con posterioridad a su aparición. En 1998 el Papa Juan Pablo II le puso una corona de oro y un rosario. Los tres últimos pontífices han acudido a rendirle honores.

Según han descrito especialistas, la cabeza está confeccionada de una especie de pasta vegetal o de maíz, material usual en aquella época en América para elaborar imágenes… El rostro es hermoso y de líneas finas, de un tono moreno claro, la adornan gemas incrustadas y luce en su frente un diamante como si fuera una estrella, así la asoció don Fernando Ortiz.

Por razones religiosas, históricas y culturales, el Santuario Nacional de la Virgen de la Caridad toca las fibras del pueblo cubano. En El Cobre empieza o termina la búsqueda de muchos. Todos dejan o se llevan algo. Allí confluyen los sueños, las raíces, la identidad, las familias, la patria.

La Virgen es historia y cultura, mito y realidad, cubanía y amor de nuestro pueblo mestizo. Como sentenció metafóricamente el sabio contemporáneo Eusebio Leal: “Cuba es la Virgen y la barca y los tres Juanes”.

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2 comentarios

  1. Precioso reportaje.La Virgen de La Caridad del Cobre y nuestra bandera son sìmbolos de cubanìa para todos los cubanos,tanto para los que allì viven como para los que estamos fuera de nuestra patria.Muchas gracias por el artìculo.Saludos desde España.

  2. Ese lugar me aprieta el pecho siempre que voy, nunca ha sido un 8 de septiembre, pero sí un duro noviembre o un octubre cualquiera. Me aprietan las caras, el dolor, la supuesta esperanza, la impotencia, el posible consuelo… Si el autor se salvó de los negocios con la fe, ha sido privilegiado, aunque puede sentirse que, de alguna manera, también dejó y se llevó algo.

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