Foto. / Ismael Francisco
Foto. / Ismael Francisco

El noviembre más triste de La Habana colonial

En su amor infinito, aquellas madres pedían piedad para sus hijos condenados a muerte, pero los Voluntarios de La Habana dispararon sin compasión alguna


Como de costumbre, aquel 25 de noviembre, Don Alonso Álvarez de la Campa y su esposa, Doña María Cecilia Gamba, esperaban que su único hijo varón regresara a casa, feliz, contando las novedades de la jornada estudiantil en la Universidad de La Habana donde cursaba el primer año de Medicina.

Ya de noche, cuando el corazón les palpitaba impaciente, supieron que el gobernador político, Dionisio López Roberts, lo tenía prisionero junto a 42 compañeros de curso, en la cárcel pública, acusados todos de profanación a la tumba del periodista español Gonzalo Castañón.

Al oficial del Cuerpo de Voluntarios (desde el año 1855) no le resultó difícil conocer detalles del arresto: que habían sido detenidos durante clases, que la escuela estaba rodeada por un bando de hombres armados, que en el trayecto hasta el presidio hubo gritos pidiendo muerte para los muchachos.

Sin grandes dificultades, por medio de empleados y vecinos del Cementerio de Espada, el padre de Alonso Álvarez de la Campa y Gamba también supo que nunca hubo sacrilegio alguno: “[Los sepulcros de Castañón, Guzmán y Manzano] se hallaban en el ser y estado que tenían el 2 de noviembre, en que fueron visitados por considerable número de personas”, hizo constar en una misiva publicada en Península.

Antiguo Cementerio de Espada, donde ocurrió la supuesta profanación. / cubadebate.cu

Según le contaron, días antes, el 22, en la plaza frente al camposanto, unos alumnos jugaron a trasladarse en el carretón destinado a conducir los cadáveres hasta la cátedra de disección de la Universidad (pues eran edificios contiguos). Mientras, un chico de semblante muy agradable -precisamente su hijo- tomó una flor del jardín del cementerio; probablemente para su madre.

Sin embargo, en cuanto el sacerdote del lugar, Mariano Rodríguez, lo requirió, él la arrojó. Igualmente, sus compañeros abandonaron el carruaje ante la amonestación del párroco. Le manifestaron al capellán que había sido “una mal buscada diversión”. Nada más tuvo lugar aquella tarde en el cementerio, le confirmaban una y otra vez a Don Alonso.

Tranquilizado su espíritu porque no era actitud sediciosa, sino propia de la edad, y confiado de que el gobernador hubiera hecho constar en el procedimiento el estado real de los sepulcros, el progenitor solo procuró hacerle llegar a su retoño alimento y cama para aquel breve encierro. Pero el alcaide del penal le dijo no tenía inconveniente en recibirla, si la guardia compuesta por voluntarios del segundo batallón lo permitía. El intento fue fallido.

“Comprendí que se había difundido una infame calumnia, con el objetivo de justificar una prisión arbitraria y de excitar los ánimos”.

Culpables a fuerza de calumnias

Si bien el celador del cementerio, Vicente Cobas, aseguraba que los estudiantes habían rayado el cristal del nicho, el capellán de la necrópolis negaba la supuesta profanación alegando que aquellas rayas eran antiguas y estaban cubiertas de polvo y humedad.

Los estudiantes fusilados tenían de 16 a 21 años de edad. Alonso Álvarez de la Campa era el menor de todos. / Autor no identificado

No obstante, al funcionario le convenía la declaración del primero, porque, a decir de Fermín Valdés Domínguez, uno de los estudiantes apresados, “Este señor veía ya muy cercano el día de su marcha y vio ocasión de fraguar con inconcebible prontitud, después de su visita al cementerio, un medio de promover algo que lo hiciera acreedor al cariño de los leales, y asegurar de ese modo su vacilante mando”.

El 25 de noviembre llegó López Roberts al aula, acompañado de José Triay, director de La Voz de Cuba, y de Felipe Alonso, capitán del quinto batallón de voluntarios. Allí acusó a los alumnos de la profanación del cadáver, de tirar las coronas de siemprevivas, incluso de desacralizar las tumbas de otros dos ilustres peninsulares. A priori los llamó criminales.

Pero no fueron escuchadas sus calumnias en silencio: Anacleto Bermúdez y otros negaron aquellos torpes razonamientos. Carlos Augusto de Latorre le exigió que declarase el nombre del culpable que decía conocer, porque, no existiendo para ellos, podría tratarse de una mentira.

“Si ustedes no dicen quién ha sido, todos irán a la cárcel, pues tengo para ello una fuerza armada en la puerta, y pagarán justos por pecadores”, así los amenazó el gobernante. “Yo a mi vez le dije que si reducirnos a prisión era su objeto, fácil le era conseguirlo, pero nunca haría que nuestros labios se mancharan con una mentira”, contaría un año después Valdés Domínguez.

Con ademán amenazante le sumó a la lista de “atentados” de los muchachos, haber apedreado al cura, quien no los descubría por temor a represalias.

Presentes o no en la clase del día 22, a todos los alumnos del curso le decretó prisión. Pero como las ovejas no van al matadero sin el aullido de los lobos, Triay y Alonso se inspiraron a ladrar. El primero sentenció al niño Alonso Álvarez de la Campa; según él, no le valdría el dinero de su padre, ni la influencia de su tío, para sufrir el merecido castigo.

Por su parte, el segundo, compañero de Castañón, cuando desfilaban cerca de la prisión, espoleó el primer grito voluntarioso de ¡Mueran los estudiantes! A las ocho de la noche, 45 presos entraban en la Cárcel de La Habana.

Verdaderas horas de capilla

El inspector de policía, Señor Araujo, continuó en la cárcel tomando las declaraciones. “Cada vez que veíamos salir a uno de nuestros compañeros, parecía que no lo habíamos de volver a ver”, describió Fermín Valdés Domínguez en el texto Los Voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de medicina.

A solo un año del terrible suceso el joven recordaba la angustia vivida en las primeras horas: “¿Quién no había de pensar en aquel momento en lo que pasaría por fuera? ¡Nuestras madres! Para el que ama a su madre, para el que ve sus canas y piensa en las virtudes de su alma y en su cariño, la reja parece hablarle, el ruido de los cerrojos es un suspiro que le envía. Pero en nuestra conciencia nada falta”.

Primera misa celebrada el 27 de noviembre de 1899 ante la pared del Cuartel de Ingenieros, donde fusilaron a los estudiantes. / granma.cu

Sin una cama ni una manta siquiera con que cubrirse pasaron aquella noche. Alimento, solo alguno que, a escondidas, les alcanzó el alcaide. Hasta el mediodía siguiente tampoco se les permitió asiento. En medio de tales penurias, la vida les sonrió con algunas cartas y visitas de sus familiares; sin embargo, el rumor de que en la tarde pedirían sus cabezas los apesadumbró nuevamente.

Como estaba previsto, en el horario vespertino 10 000 hombres desfilaron con precisión y aire marcial frente al general Don Romualdo Crespo, máxima autoridad en La Habana. Pocos minutos después explotó el volcán de odio contra los alumnos presos: “¡Mueran los traidores! ¡Viva España! ¡Viva el general Crespo!” A la par, fijaban un plazo de 48 horas para el dictamen de la sentencia.

Noche de estrépito y espanto. Los “beneméritos de España” tocaban a rebato las campanas de la cárcel, las cornetas; amurallaron los alrededores del presidio; iban y venían constantemente del Palacio. Volvían bajo los balcones de la Capitanía General a reiterar su petición de muerte.

Algunos de los estudiantes de Medicina que fueron desterrados de Cuba en 1871. / granma.cu

Eran 5 000 las hienas que velaban la vida de las presas y otras 3 000 ocupaban la Plaza de Armas, constantes comisiones de los más autorizados entre ellos negociaban con la cobardía de los regentes. Nuevas compañías llegaban con la misma solicitud. Más de una vez quisieron derribar la puerta de la prisión. Mientras, las madres de los detenidos morían de angustia.

Ante tal preludio, según Fermín Valdés Domínguez, ya esperaban la muerte “sin miedo y sin pesar”. Por su parte, las hordas aceptaron el nombramiento de un consejo de capitanes del ejército. A las 12 de la madrugada del 26 de noviembre comenzaron a juzgar a los acusados. Los voluntarios custodiaban constantemente, allí, los intereses de España.

Poco tiempo duró el tribunal. Cuando este dictaminó que según la ley vigente se condenaba a los estudiantes como comunes profanadores de tumbas, con penas de encierro, multas y algunos hasta absueltos, los “defensores de la tranquilidad pública” mostraron a la máxima autoridad en la provincia su irritación e inconformidad con el veredicto, y el deseo de un nuevo proceso; el regente accedió.

En la madrugada fueron a la galera para que los acusados nombraran abogado. Lo hicieron sin conocer a ninguno, por una lista que les presentó el fiscal. Después de lo sucedido al honorable capitán Federico Capdevila, su primer defensor, que terminó el caso entre amenazas de muerte e intentos de bofetadas de los voluntarios, ¿quién querría defenderlos?

Como a las cinco de la mañana los pusieron en fila a la entrada del Consejo, a prestar declaración. Allí estuvieron de pie hasta el mediodía del día 27. En todo ese tiempo rodeados por un cordón de serviles que les mostraban las balas de sus cartucheras e injuriaban. Sin embargo, todos ratificaron las declaraciones con la entereza de siempre, incluso aquellos encerrados en calabozos desde el día anterior.

Mientras el tribunal del horror deliberaba el fallo, “en aquellas verdaderas horas de capilla que todos pasamos –evocaba Fermín Valdés Domínguez- escribimos a nuestras familias, pensando que quizá serían aquellas las últimas cartas”.

Adioses inocentes

“Mamá, papá, Luis, Victoria, familia, Donata, mis hermanos: adiós (…) Muero inocente. Me he confesado”, escribió Ángel Laborde desde la capilla de la cárcel, minutos antes de que sobre él descargaran, los embajadores del sentimiento anticubano, una descarga de fusilería.

La nota de Eladio González a su amigo aún estremece por la nobleza de sus pedidos. “Cerra: Un pañuelo que tiene Domínguez cógelo en prueba de amistad y dale este que te incluyo. Mira a ver si mi cadáver puede ser recogido”.

Además del adiós, Anacleto Bermúdez pidió a los suyos ocuparse de Lola, su enamorada, y a ella le encargó que no lo dejara perderse en el olvido que a veces supone la muerte: “Lola, acuérdate de mí, tu Anacleto”.

Como el niño que era, en su despedida, Alonso dijo a su madre que lo excusara “de todo lo malo que te he hecho”.

Pesada ya por los magistrados la cantidad de carne para saciar el hambre de la fiera, designaron los nombres de las víctimas mortales. Alonso Álvarez de la Campa mereció la primera sentencia; había cogido una flor en el cementerio. Anacleto Bermúdez, José de Marcos, Ángel Laborde y Pascual Rodríguez también “merecían” morir; habían jugado con el carretón fúnebre. Pero aún faltaban tres, pues ocho cadáveres fue el número prometido a las bestias.

Gracias a gestiones de Valdés Domínguez fue posible salvar el lienzo de pared donde se ejecutó el crimen. / Ismael Francisco

Empezó entonces el juego horrible del sorteo de vidas. El azar respondió a aquella decisión espantosa con los nombres de Carlos de Latorre, Carlos Verdugo y Eladio González. Lo más inconcebible: Carlos Verdugo no había asistido a clases el día 22, todas las declaraciones coincidían. La multitud apremiaba, las gargantas quedaban roncas de gritar; la fatalidad se había enseñoreado del ambiente.

A la una de la tarde firmó el Consejo la sentencia, luego el Auditor de Guerra y finalmente el general Crespo. El capitán Gener pasó de la Capitanía al Gobierno y abrió uno de los balcones, y en medio de un silencio repentino leyó sin temblar la sentencia: «Apruebo la sentencia del Consejo de Guerra verbal pronunciada en este proceso, por la cual se condena a la pena de ‘ser pasados por las armas’, incautándose el Estado de los bienes de los procesados”.

Los fieles discípulos del sentimiento anticubano de Gonzalo Castañón cantaban, bailaban y tocaban música, sin que importara el dolor ajeno. Según testimonio de Valdés Domínguez, mientras esto sucedía en la Plaza de Armas, en aquella galera nadie interrumpía el silencio para maldecir.

Los jóvenes se abrazaban pensando que morirían; “y cuando el recuerdo de nuestras madres nos hacía gemir, nuestra inocencia nos daba nueva energía y nuevo valor. Momentos fueron aquellos terribles para nosotros; aquella galera era nuestra capilla. Aquella ansiedad, que no era mayor que la de toda la noche y todo el día, duró una hora. Todo indicaba que iba a consumarse el crimen, pues la capilla de la cárcel esperaba ya a las víctimas”.

El capitán Gener subió con pasos firmes las gradas de la prisión y llamó en alta voz a los que debían morir. Lloraron. Pero los condenados consolaban a sus hermanos abrazándolos, porque la muerte de unos era la salvación de los otros. ¡Heroico y santo valor! Era la energía de la inocencia.

Excepto la nota manuscrita, los demás objetos pertenecieron a algunos de los estudiantes condenados. / Elio Mirand

A las cinco de la tarde ya todos estaban en el templo. Todavía después de un año, a Fermín le resultaba difícil describir lo que padecieron en aquellas horas macabras: “los dolores inmensos no se pueden pintar. Yo no sé si en aquel momento odié por vez primera en mi vida; solo sé que me absorbían tristes y angustiosos pensamientos”.

Para completar la crueldad del acto, desde la galera los sobrevivientes veían a los maniatados avanzar hacia el suplicio, la explanada de La Punta. Redoble de tambores. Silencio sepulcral a ratos. Lo que no podían ver es que colocaban a sus compañeros en un paredón, de dos en dos, con los ojos vendados y de espaldas, frente al pelotón de fusilamiento.

En su amor infinito, aquellas madres imploraron piedad para sus hijos condenados a muerte, pero los voluntarios de La Habana respondieron vengativos:¡Preparen… apunten… fuego…! Cuatro veces se escucharon las descargas que aún acribillan la historia. Cuentan que una progenitora enloqueció aquel día.


Fuentes consultadas

El libro Los Voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de medicina, de Fermín Valdés Domínguez.

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