En busca de la felicidad
En busca de la felicidad

En busca de la felicidad

Quizás, por nacer un 14 de febrero, cualquiera pudiera pensar que la vida de Mavi Susel Mauri Linares ha sido feliz. Pero la felicidad para ella es tan frágil como los pétalos de una rosa, tan volátil como un perfume, tan efímera como la propia existencia humana. Quizás, por nacer con el sexo de varón y sentirse mujer desde que tuvo uso de razón, hirieron su piel los rezagos de una cultura patriarcal, al punto de no poder contener el llanto cuando evoca el pasado.

Ella nació fruto del amor de sus padres, ambos oriundos de la provincia vueltabajera. Ellos emigraron hacia la capital. La madre tenía un mejor estatus social, pero el padre había llegado a La Habana muy pobre. El “viejito”, como suele llamarlo, fue adoptado –después de deambular por las calles–, por los dueños de un bar en la barriada de Buena Vista. “Cuando él se hizo adulto fue a vivir a La Lisa y allí se conocieron. Cupido los flechó desde que se vieron por primera vez”, relata.

Después de la muerte del papá, su “viejita”, así llama a la madre, le contó los horrores que vivió aquel durante la infancia. “Él presenció cómo el padre mataba a su madre con sus propias manos y, quizás por ese trauma, nunca le gritó a mi mamá y jamás la maltrató. Las únicas asperezas entre ellos fueron por mí.

“De pequeña, como hacen todas las niñas, añoraba ponerme los tacones de mi madre; amarrarme un mosquitero en la cabeza, como si fuera un largo velo de novia, pintarme los labios y los párpados. En no pocas ocasiones, él llegaba y le reprochaba a mi viejita que me dejara hacer tales cosas. Él no entendía, nunca lo entendió que, si bien mi sexo era varón, me sentía tan mujer como mi abuela o mi hermana que nació después”, dice tratando de contener las lágrimas que brotan de sus ojos color turquesa.

Después de casados, sus padres se mudaron para Marianao, en los límites entre Los Pocitos y El Palmar. Su papá trabajaba como estibador en la Plaza, “en ocasiones me llevaba con él y salíamos en los camiones a buscar mercancías en los campos. Sus amigos, para mortificarme, me decían: ‘mira que muchacha más linda’. Yo les respondía: ‘a mí no me gustan las mujeres’ y eso lo avergonzaba muchísimo”.

A pesar de no entender lo que sucedía fue un padre amoroso. Casi siempre en las tardes, Mavi Susel lo esperaba, al regresar del trabajo, en el portal de la ferretería. “Él me besaba, luego me cargaba en peso y me sentaba sobre sus hombros. Desde esa altura veía el barrio mucho más bonito. Llegábamos a la casa y él, sudoroso, se tiraba en el piso. Era incapaz de ensuciar las sábanas que mi viejita mantenía blancas como el coco. Me acostaba a su lado, en silencio, mientras él descansaba”.

Bullying escolar y otros horrores

En busca de la felicidad
A propósito del Aniversario 62 de la FMC, Mavi Susel recibió la medalla 23 de Agosto.

Cuando Mavi Susel estudió en la escuela primaria Jorge Dimitrov el término bullying escolar era totalmente desconocido. Sin embargo, su práctica era habitual entre los menores, principalmente, contra quienes manifestaban rasgos de amaneramiento.

“El acoso de los otros niños, sobre todo de algunos que tenían edad adolescente, era tal que me portaba mal en clases para que los maestros me castigaran en el aula, repitiendo en una libreta líneas y más líneas. Así, hacía tiempo para librarme de las frecuentes golpizas que me daban al salir”.

Ir al baño era otro dilema. “Porque desde que nací no tenía control de esfínter y mi genital masculino era muy pequeño. Los niños no podían ver aquello. Ni muerta. No podía entrar al de las niñas porque hubiera sido un escándalo. Entonces solía acabar la jornada escolar embarrada en mis propias heces y orina. Era la burla y el maltrato constante de los muchachos”.

Su mamá la cuidó siempre con mucho amor. Con todo el amor que solo las madres son capaces de dar. A medida que iba creciendo, para protegerla de posibles agresores, la mantenía en el hogar y, si iba a salir, la acompañaba. No obstante, no tenía la menor idea de lo que sucedía puertas adentro. “Los chicos más grandes, y un vecino, que venían a la casa, me manoseaban. Incluso, fui acosada por un tío político. Pasaron cosas muy desagradables y nadie se dio cuenta”.

Además de esos abusos lascivos sufrió otro hecho abominable siendo ya adolescente. “Estaba estudiando en la Secundaria Básica 13 de Marzo. Un día, en el local donde recibíamos las clases de Educación Laboral, fui violada por una persona en estado etílico. Salí de allí destrozada, con miedo hasta de pedir ayuda. Caminé hasta el puente de La Lisa con la intención de suicidarme. Pero no tuve el valor de hacerlo.

En busca de la felicidad
A pesar de ser activista del trabajo social, ella misma es víctima de la insensibilidad de las autoridades locales.

“Seguí para la casa de una tía que vivía cerca. Estuve un rato con ella. Luego salí de allí, cogí una guagua y fui a parar al Ten Cent de La Habana, a escuchar las canciones de Beatriz Márquez, que me ayudaron a vivir. Nunca más regresé a la secundaria”.

Cuando Mavi Susel le contó lo sucedido a su madre, esta no se atrevió a decirle nada al esposo por temor a que matara al violador y ocurriera otra desgracia en la familia.

¡Qué ganas de no verte nunca más!

Unos meses después de cumplir los 16 años falleció el padre. Su hermanita tenía entonces cinco años. La madre comenzó a trabajar de lunchera en el Hotel Capri para garantizar el sostén familiar.

Sin la presión paterna a la hora de mostrar su verdadero género, la joven comenzó a librar una batalla, su “propia guerra”, para que las autoridades cubanas le permitieran operarse y adecuar su sexo. Escribió al Consejo de Estado y al Ministerio de Salud Pública. Como respuesta solo recibió la recomendación de buscar ayuda psiquiátrica.

Un primo psicólogo le sugirió escribir a la Organización Mundial de la Salud (OMS), en Ginebra, pidiendo apoyo para ser intervenida quirúrgicamente. No lo pensó dos veces. Mandó la carta. “Poco tiempo después me visitó Chela, jefa de Asuntos Especiales del Consejo de Estado; dijo que el Comandante en Jefe estaba muy interesado en ayudarme. Luego me citaron del Instituto de Endocrinología y comenzaron las pruebas e investigaciones. Tenía 19 años”. Entre consultas, sobresaltos, esperanzas… pasaron varios 14 de febrero.

Como en aquel momento Cuba no tenía médicos especializados en ese tipo de cirugía, la intervención quirúrgica la haría un galeno suizo, quien accedió a hacerla sin cobrar un centavo. Mas, la fatalidad volvió a mostrar sus garras. Días antes de viajar a nuestro país, murió el cirujano en un accidente. Cuando el equipo multidisciplinario que la atendía le dio la noticia, ella cayó en un shock psicológico. Perdió la voz del tiro y así estuvo por varias semanas.

“Cuando recuperé el habla, le aseguré a mis doctores, y a Chela, ‘si no me operan voy a quitarme la vida porque así no puedo seguir’. Ellos me pidieron tener paciencia. Luego me presentaron al doctor Julio César Morales, un gran urólogo cubano, un amor de persona. El Gobierno lo mandó entonces a prepararse en España en ese tipo de cirugías”.

Finalmente, las autoridades programaron la operación para el 22 de mayo de 1988 en un amplio salón del conocido Hospital de Emergencias. La fecha coincidía con un domingo de la defensa. Tenía 27 años. Unos días antes fue hospitalizada en el Manuel Fajardo, en el séptimo piso. “Mientras esperábamos en el lobby para subir a la sala, canté: ‘¡qué ganas de no verte nunca más!’, señalándome las entrepiernas. A mi lado, mi viejita estaba muy asustada, temía por mi vida y bajó su cabeza para no mirarme”.

La operación fue exitosa, pero de las curas, Mavi Susel no quiere ni acordarse. “Eran para evitar que se cerrara esa vagina, dilatarla, con aquellas prótesis. Fue terrible. Además, tuve necrosis de tejidos y hubo que cortarlos con tijeras a sangre fría. Mi sueño era ser una mujer normal, si podía o no tener pareja después, era algo secundario”.

Durante la recuperación, en varias ocasiones recibió la visita de Chela, quien llegaba siempre con flores, mandadas por Fidel. Rosas blancas, rojas, amarillas con una postal firmada con su puño y letra.

Amores que duelen

En busca de la felicidad
Sus “achaques” todavía no la obligan a quedarse quieta en casa.

Después de la operación, encontrar pareja resultó algo muy complicado “porque tenía un miedo tremendo a las relaciones sexuales”. En el barrio conocía a un muchacho que siempre la había tratado con mucha amabilidad y respeto.

“Decidimos comenzar una vida de pareja. Le tenía mucho cariño. Mas, enamorada, lo que se dice enamorada, no estaba. La familia no estuvo en contra. Pero, un día lo sorprendí en casa de su mamá siéndome infiel. Por supuesto, rompí la relación”.

Aquello pasó sin penas ni glorias. Mavi Susel estaba viviendo algunos momentos de plenitud existencial. Ya no tenía que cambiar el carnet de identidad cada tres meses. Lucía el pelo teñido de rubio, parecido al de Rosita Fornés, una de sus ídolos musicales, a quien conocía y visitaba en su penthouse del Vedado. Igual hacía con Beatriz Márquez. Cantaba en el programa Sábado conmigo de la televisión, donde el conductor Carlos Otero la apadrinó como la Chica Suchel. En poco tiempo logró permutar su apartamento de Alamar por otro en Marianao, cerca de su madre y hermana. Seguía actuando como soprano en el coro de la Casa de la Cultura del municipio Plaza de la Revolución.

De casualidad, un día, esperando la guagua en 23 y 12, conoció a su actual pareja. Un hombre que le robó el corazón. “Allí mismo, en la parada, me enamoró. Él me había visto en la televisión. Claro, me enamoró a su manera porque era un poco tímido”. Desde esa tarde la acompañaba siempre hasta la casa de sus padres. Ella no se atrevía a llevarlo a la suya propia. Hasta que le abrió las puertas de su hogar.

Pasaron las semanas y la madre de Mavi Susel, que era cristiana, testigo de Jehová, les insistía: “deben casarse para que Jehová los bendiga”. De súbito, él aceptó realizar el matrimonio. El corazón por poco se le sale del pecho a la joven.

Sus sentimientos eran encontrados. Por un lado, al fin, podría vestirse de novia, un sueño que la perseguía desde la niñez. Por el otro, tendría que contarle la verdad de su vida al novio y eso la angustiaba. “Su reacción me conmovió: ‘Mavi, yo conozco a una mujer, a más nadie que a una mujer’. Él lloró muchísimo y no cuestionó nada.

“Fuimos felices un tiempo, pero después vinieron los problemas. Él pertenece a la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana y sus compañeros comenzaron a cuestionar su relación conmigo. Empezó a beber, se volvió agresivo. Al otro día pedía disculpas. Todavía estamos juntos, ya llevamos 31 años de casados. Lo amo mucho”.

Ella nunca podrá olvidar aquella noche aciaga y el presentimiento del esposo: “Ay Mavi, yo siento que hoy alguien de la familia va a morir”. Al instante llegó la hermana de ella tocando la puerta. “Mami se siente mal y no me dejaba avisarte porque te sube la presión y el azúcar”. La respuesta de él: “ella no se siente mal, ella murió”. Efectivamente, Sarahí, la sobrina de Mavi que entra llorando: “Mamá, mamá, abuelita se murió”. Otro golpe duro y una herida más en el noble corazón de Mavi Susel, justo en vísperas de un 14 de febrero.

Akokan

En busca de la felicidad
En la comunidad ella es una lideresa.

Cuando ella pisa las calles de su barrio siente como que llegó a la gloria. A lo largo de su vida no ha podido evitar los sentimientos de inseguridad cuando sale de su hábitat natural. “Esta es mi patria chica, el lugar donde nací y crecí. Aquí nada humano me es ajeno. Si a una familia se le cae el techo, si algún niño postrado necesita ayuda, si hay que gestionar el círculo para que una madre se incorpore al empleo… Soy trabajadora social de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC)”, dice mientras muestra algunos de los folletos del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) que atesora como joyas. Aunque la ceguera de sus ojos casi no le permite leerlos.

Mavi Susel pertenece a la Red Internacional de Procesos Correctores Comunitarios, del Cenesex, y es diplomada del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. A inicios del 2020, se incorporó al Proyecto Comunitario Akokan, que en lengua yoruba quiere decir A corazón. La covid había retrasado el montaje, en la sala de su casa, de un punto de lectura, con libros donados por el Cenesex.

Ella ingresó a la Asociación Cubana de Limitados Físico-Motores (Aclifim) en 2005. Desde entonces se ha desempeñado como coordinadora de área, promoviendo actividades culturales y defendiendo los derechos de los asociados. Su salud quebrantada por la diabetes, la hipertensión y, más recientemente, la pérdida de la visión, no frenan su voluntad de ayudar a quien lo necesite.

No es de las que suele sentarse a esperar las respuestas justificativas. “Los problemas que tengo ahora no son por transexualidad, sino por lo que hago con la comunidad. Por no quedarme callada ante la insensibilidad, el abuso de poder, la corrupción y las ilegalidades que existen en el municipio Marianao, tanto en el Gobierno, como en la Aclifim”.

Quizás, por esta actitud comprometida, no la han ayudado a solucionar los problemas materiales que la aquejan, en tanto Mavi Susel es también un caso “atendido” por la asistencia social.

CRÉDITOS.

Autora: Delia Reyes

Fotos: Yasset Llerena

Comparte en redes sociales:

Share on facebook
Share on twitter
Share on telegram
Share on whatsapp

Un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Te Recomendamos