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Publicado el 30 Noviembre, 2015 por Roxana Rodríguez en En Cuba
 
 

FIESTAS POPULARES TRADICIONALES

¿Siento un bombo?

comparsa-carnavalPor ROXANA RODRÍGUEZ y RAÚL E. MEDINA ORAMA*
(Foto: LEYVA BENÍTEZ)

Sobre el cubano se dice que es fiestero por naturaleza. En un santiamén dispone la juerga y que “suenen los tambores”, como alienta el estribillo de una canción en boga por estos días. Ni el más circunspecto ni el más mojigato se resiste al jaleo de energías y el solaz que genera una celebración de cualquier naturaleza y motivo.

La génesis de los festejos tradicionales en Cuba se asienta en los distintos grupos étnicos que configuraron nuestra nacionalidad. Así a partir de la presencia europea, africana y asiática, en nuestra cultura se amalgamaron elementos representativos que progresaron hacia una identidad propia y definida.

De acuerdo con el criterio de la doctora Virtudes Feliú Herrera, experta en etnografía, existe una amplia gama de fiestas populares tradicionales, tanto de etiología religiosa como laica; de estas últimas, las que históricamente movilizan más seguidores son aquellas que integran el complejo carnavalesco, reconocidas entre la población como parrandas, charangas y los carnavales en sus diferentes modalidades.

Por lo general tuvieron un trasfondo y una connotación religiosa en sus inicios. En el decurso a la actualidad se han transformado, enriquecido y evolucionado de modo heterogéneo en cada área del país.

Uno, dos y tres… qué paso más chévere

“El domingo 9 de febrero los negros y mulatos, con pintorescos atuendos, formaron una congregación para divertirse en carnaval”, así describe el viajero italiano Gemelli Careri, en una crónica de 1697, su percepción sobre un desfile de personas danzantes vestidas con ropajes singulares. Aunque esta es la referencia más remota conocida sobre las comparsas tradicionales de La Habana, desde antes del siglo XVII ya se realizaban festividades de arraigo popular, según documentara María Teresa Rojas, en el Índice y extractos de archivos y protocolo de La Habana, de 1947.

Apunta la investigadora, además, que se llamaban Carnestolendas y empleaban los mismos principios profanos que cortejaban a las fiestas de Corpus Christi: el desfile de comparsas, innovaciones en los carros, la presencia de mamarrachos (hombres ataviados con vestuarios muy coloridos) y de los gigantes, o muñecones, como se les conoce hoy.

Distintas fuentes afirman que los orígenes del carnaval habanero no se asocian a la celebración de la Epifanía (el 6 de enero) por las personas negras; obedeció a la incorporación de expresiones de diverso carácter, formalizadas por la población blanca y sus sucesores, y también por los propios negros y mestizos, quienes generaron sus estilos de esparcimiento, sustentados en las tradiciones de los barrios.

En La Habana se organizaban alrededor de los días precedentes al inicio de la Cuaresma; mientras que en las regiones del centro al oriente del país, los festejos se iniciaban desde el 23 de junio, en vísperas de San Juan Bautista, y se prolongaban hasta finales de agosto.

Fiesteros enmascarados en desfile de carnaval

A principios del siglo pasado la mayoría de los habaneros participaba de la mascarada. (Foto: Archivo de BOHEMIA. Autor no identificado.)

Ya en el siglo XIX a las más importantes calles de la capital cubana acudía la aristocracia en sus quitrines y volantas engalanadas con guirnaldas de flores. Estas eran lanzadas durante el paseo y con el tiempo se remplazaron por las serpentinas y los confetis.

Simultáneamente, ocurrían fiestas de carnaval en diferentes espacios de reunión. A los más encumbrados asistía la comunidad blanca de la alta sociedad, disfrazada y enmascarada. Desde entonces, se comenzaban a notar los aires de espectacularidad que caracterizaron a las etapas ulteriores.

El carnaval infantil se estableció por primera vez en La Habana, en 1905, impulsado por las diferentes sociedades de inmigrantes. Con el tiempo, los muchachos y muchachas de las escuelas públicas fueron escogidos para intervenir.
Tras el triunfo de la Revolución las Casas de Cultura jugaron un apreciable papel en estas celebraciones.

¡Abre… que voy a pie!

En Santiago de Cuba la influencia ibera, africana y francesa –esta última procedente de Haití– generó un carnaval de profunda participación popular. A diferencia de La Habana no era un espectáculo con un recorrido determinado y que se admirara desde fuera. También los mamarrachos eran diferentes.

Sobre las fiestas santiagueras en el siglo XIX, escribe Juan Pérez Villarreal en su libro Oriente: biografía de una provincia: “En la temporada de carnaval que tiene lugar en pleno verano, el derroche y la algarabía suben de punto, singularmente los días de Santiago, San Pedro y San Joaquín en que se liba y baila por todo lo alto […] improvisados saineteros […] actuaban con críticas y befas de los actos públicos y privados de las autoridades y familias de rango, coreadas por las carcajadas y chiflidos de la muchedumbre […]”.

El biógrafo resalta un componente particular de las festividades de aquel entonces, el denominado teatro de relaciones, que fue un aporte transcultural, un híbrido entre la gangarilla ibera y el Izibongo, o poema de ascendencia bantú, expandido por la permanencia de esa etnia en la región oriental.

Estas representaciones tenían matices melancólicos o hilarantes, según las circunstancias, y los intérpretes se acompañaban de guitarras para caricaturizar las costumbres, y las prácticas de las autoridades y la sociedad burguesa. A partir del sentido del humor propio del cubano, aquellas parodias cuestionaban y repudiaban las condiciones políticas y sociales de la época.

La mayoría de las comparsas de esta zona geográfica surgieron a partir de la Tumba Francesa y los cabildos africanos; la representación cultural proveniente de África se expresó en los negros y mulatos descendientes de los iniciadores de las congas en el siglo XIX.

Los festejos comenzaban semanas antes de la inauguración oficial con un suceso conocido como La invasión, una iniciativa tradicional de confraternización que todavía se conserva en la actualidad. Ocurre durante los ensayos de las comparsas: luego de la solicitud de autorización al gobierno local, las agrupaciones se visitan en sus espacios respectivos, a modo de tantear y apreciar la calidad técnica y artística de cada una. Desde antaño, se disponen regulaciones muy específicas como los horarios viables para no importunar al vecindario y las distancias entre uno y otro grupo. La participación de la población, arrollando detrás de sus comparseros predilectos, devino elemento distintivo del agasajo como fiesta de barrio.

Comparsa con atuendos de cubanía

Los cubanos gozan de sus fiestas, pero las prefieren hermosas y organizadas. (Foto: LEYVA BENÍTEZ)

Cuentan la historia que en 1915, los directores de comparsas del barrio de Tivolí quisieron ofrecer una sorpresa en los carnavales, con el propósito de ganar seguidores y superar a los grupos “contendientes” de Los Hoyos, Plaza de Marte, Placita de Santo Tomás y San Agustín. Fueron hasta la casa del joven clarinetista Juan Bautista Martínez para que le sacara algunos compases a un “extraño” instrumento, traído de La Habana: la corneta china. Tras varios intentos, el adolescente de 17 años de edad logró el efecto esperado y el Día de Santiago, en medio de la alegría de la multitud, Los Colombianos de Tivolí y Juan Bautista estremecieron a toda la ciudad que desde entonces arrolla al compás de sus acordes.

Estas fiestas populares preservaron con fidelidad y apego sus aspectos primigenios. Y para principios de la década del 70 del siglo XX, se instituyó el festejo dedicado a las niñas y los niños.

De San Salvador y El Carmen a La Macorina

La parranda y la charanga nacieron en la primera mitad del XIX. La primera tuvo su cuna en Remedios, actual Villa Clara, desde donde se propagó a otras regiones de esa provincia y zonas aledañas, entre ellas Caibarién, Guayos (Sancti Spíritus), Chambas (Ciego de Ávila) y Camajuaní, esta última famosa por sus monumentales carrozas. Según Alejandro Batista, investigador y promotor cultural, la rivalidad entre los camajuanenses llegó a los límites de una guerra publicitaria, la cual apareció por primera vez en 1905 con la publicación de pasquines y periódicos que abarrotaban la ciudad con sátiras al bando contrario. En tanto, las charangas emergieron en Bejucal, una localidad de la hoy occidental provincia de Mayabeque.

Aun cuando ambas festividades muestran en cada caso elementos distintivos, tuvieron y conservan otros similares. Se originaron sobre la base de un mismo principio: persuadir a los feligreses a asistir a las Misas de Aguinaldo o de Gallo. Aunque se desconoce con precisión el instante en que se trastocó la función litúrgica por la profana, las personas inconscientemente las han asumido como un proceso social y cultural determinante que les proporciona placer y goce espiritual.

A mediados del siglo XIX los grupos de parranderos remedianos comenzaron a concentrarse por barrios y se agruparon bajo los nombres de San Salvador y El Carmen, y símbolos que todavía existen: el gallo y el gavilán. Representantes de cada grupo organizaban las competencias entre los bandos.

Por su parte, la charanga tenía un personaje muy popular nombrado La Macorina, un hombre disfrazado de mujer, muy simpático para todas las familias. Los pobladores se dividieron en dos grupos: La Musicanga y Los Malayos, que derivaron en La Ceiba de Plata, con una bandera azul, y La Espina de Oro, con una roja.

La participación masiva del vecindario, la presencia de bandos contrarios que emulan entre sí, la construcción de carrozas, el despliegue pirotécnico y arrollar tras los changüís o las congas con los emblemas de los barrios son algunos de los rasgos distintivos que perduran de las fiestas charangueras y parranderas.


“Al amanecer de San Juan se reunían en los inmediatos ríos de la población personas de ambos sexos y colores y después de bañarse entraban en la ciudad con alegría, montados en caballos, en mulos o en burros encintados y llenos de campanillas o cascabeles que entraban por la calle de San Tadeo comenzando la diversión, viéndose después las comparsas de la calle del jabalí, las danzas de las cintas y el complot de los brujos que siempre atraía a multitud de muchachos (sic)”, así describía un jolgorio típico oriental, el patriota e investigador cubano Emilio Bacardí Moreau, en su texto Crónicas de Santiago de Cuba, que data de 1929.


Entre los años 1914-1930, en La Habana, la clase dominante estimuló la creación de un sitio para un jurado que confería premios variados y la habilitación de áreas privilegiadas para contemplar los paseos. Las carrozas eran construidas por las firmas comerciales importantes y en ellas bailaban sus empleadas más bellas, al compás de una orquesta, según el estilo de algunos festejos estadounidenses. En esta etapa emergió el sentido eminentemente mercantilista y propagandista que alcanzó el carnaval habanero en las décadas de los años 40 y 50 de la pasada centuria.


“Como espectáculo las comparsas habaneras contienen elementos estimables. Estéticamente, el arte se da en su conjunto: en sus cortejos para la procesión, en sus trajes de colorines, imitando vestidos nacionales, fantásticos o alegóricos […] en sus farolas brillantes y en sus músicas y canciones, todo ello compuesto de artistas […]”, escribió Fernando Ortiz, el 4 de febrero1937, en un informe de la Sociedad de Estudios Afrocubanos, institución que presidía, en el cual aclaraba al alcalde de la ciudad algunos puntos sobre la validez de las fiestas populares tradicionales.


En la encrucijada de las fiestas

La población cubana gusta de sus festejos, pero no siempre se muestra satisfecha con lo que son en realidad
En septiembre de 2006 BOHEMIA publicó en esta misma sección un amplio reportaje sobre la temática que nos ocupa. Casi una década después, interesada por el destino de las festividades populares tradicionales cubanas, regresa sobre el asunto con nuevas inquietudes.

La doctora en Ciencias Etnográficas Virtudes Feliú, con su vasta experiencia como jurado de carnaval y miembro de la Red Internacional de Investigadores de Fiestas (con sede en Barquisimeto, Colombia), corroboró que poco, o nada, cambió el panorama descrito hace dos lustros.

En Cuba las fiestas populares tradicionales que predominan son los carnavales, los cuales se celebran en un mayor número de provincias. Las charangas abarcan solo una localidad del occidente cubano y las parrandas son típicas en distintas áreas del centro de la Isla.

El mustio color de algunos festejos lo confirmaron encuestas aplicadas a cerca de 300 personas de todas las regiones del país, entre 15 y 65 años de edad. El sondeo evidenció que poco más de 60 por ciento de los consultados no consideró sus festividades como un espacio de diversión idóneo; y estimaron que aun cuando continúan apegadas a la tradición, persisten dificultades a nivel organizativo que afectan la concurrencia. Según expresaron algunos, su presencia en ellas atiende a que “no hay otra cosa”, como declaró un joven universitario de Sancti Spíritus.

La mayoría de los entrevistados coincidió en que los servicios gastronómicos no tienen la calidad debida y, a la vez, son caros en relación con el nivel adquisitivo de la población. Asimismo, una porción notable anotó que se enteró de las actividades de sus fiestas populares tradicionales a través de familiares, amigos o conocidos, y en menor medida por una programación cultural específica o los medios de comunicación (MCM).

La familia, la escuela y los MCM constituyen las principales vías para transmitir tradiciones; pese a que las circunstancias no pintan tan fatales en este rubro, sí queda como tarea pendiente generar programas de estudios para la enseñanza regular que incluyan saberes sobre costumbres y cultura popular. La labor de divulgación todavía es limitada, las radioemisoras locales y nacionales tienen un paso adelante en relación con la televisión, pero no es suficiente.

Algunos de los entrevistados identificaron como una fórmula para estimular las fiestas, la realización de un trabajo sostenido en las comunidades. Así piensa también la doctora Feliú: “Las comparsas que conservan un trabajo comunitario se mantienen vitales; las otras tienen que salir un mes antes a captar gente”, precisa.

Alrededor de dos tercios de los encuestados apreciaron que sus fiestas son atractivas desde el punto de vista estético, a pesar de las limitaciones de recursos materiales; y, con una u otra alteración del orden público se desenvuelven de manera bastante segura.

Tras la conga santiaguera

Más de 90 por ciento de los consultados en el oriente cubano distinguieron a los carnavales como sus fiestas populares tradicionales de mayor significación, aunque marcaron distintas propuestas sugerentes como la Jornada Cucalambeana, las Romerías de Mayo, la Fiesta Iberoamericana y la del Fuego.

Asimismo, de manera general señalaron que los carnavales no satisfacen a plenitud las exigencias en cuanto a oportunidad de recreación, la forma de preservar la tradición, el nivel organizativo, la calidad estética y las ofertas culinarias.

No obstante, es evidente el fuerte sentido de pertenencia a sus festividades que manifiestan los oriundos de Santiago de Cuba. “Los carnavales de mi tierra no me los pierdo jamás, y los de este año menos. En realidad me he ausentado solo dos o tres veces en los casi veinte años que vivo en La Habana”, comento Luis Alberto Fuentes, un santiaguero de 50 años.

Con vistas al aniversario 500 de la ciudad, las instituciones de Cultura, las autoridades del gobierno provincial y las organizaciones políticas y de masas revitalizaron aspectos de los festejos.

Después de algunos años de suspensión, se restableció el carnaval acuático en todo su esplendor. Además de abarcar la zona de la bahía, incorporó las comunidades costeras de Sigua, Siboney y Mar Verde. En el malecón los lugareños disfrutaron de las competencias del espectáculo marítimo con un sugerente desfile de carrozas náuticas que simultaneó con el certamen de las carrozas terrestres y la velada de los fuegos artificiales.

De igual modo, se recobraron verbenas y áreas del carnaval para los adultos, perdidas en décadas anteriores. Tras una ausencia de un cuarto de siglo, volvieron los paseos y las comparsas a la Avenida de La Alameda. Sobresalen en las festividades la presencia activa de colectivos centenarios como las congas de Los Hoyos y Guayabito, y las comparsas Olugo y Carabalí Izuama, entre otros grupos folclóricos de relieve, mientras integran elementos novedosos enriquecedores de la identidad de esa región. Entre ellos los Hombres Carrozas, agrupación dirigida por Elio Miralles que, en poco más de una década, ha logrado impresionar por conjugar los principios esenciales de la cultura autóctona local y de la nacional; en tanto, evidencian buen gusto estético y conceptual.

El gremio de los tocadores de corneta china se instituyó con motivo del centenario de la irrupción de este instrumento en los festejos, a modo de homenaje a sus cultores. La reciente fundación en octubre de este año de la Red de Carnavales del Caribe durante la Fiesta del Fuego, estimula los nexos de cooperación entre las naciones del área que organizan iniciativas artísticas similares.

Imágenes de las congas arrollando por las calles, de la cadencia impetuosa de las comparsas, del colorido de las carrozas y disfraces, junto con los objetos y los instrumentos propios de la fiesta santiaguera, poseen un espacio para la memoria en el repertorio documental que atesora el Museo del Carnaval, otro de los proyectos atendidos con interés por el gobierno local. Único de su tipo en Cuba y remodelado como parte de las conmemoraciones por el medio milenio de la villa, resguarda el acervo patrimonial, legitimado a lo largo de casi cuatro siglos existencia de los festejos.

Aires de espectacularidad se aprecian hoy en una festividad que ha elevado de manera excepcional la estética de los vestuarios, las carrozas, las comparsas y sus coreografías, y la organización. “Mi Santiago estaba lindísimo, arregladito, todos los comercios engalanados. Se sentía un ambiente de fiesta agradable en cualquier calle”, rememoró Gloria Peláez, santiaguera hasta la médula.

Pese a sus muchos logros todavía este carnaval adolece de indisciplinas en el comportamiento ciudadano y subsisten actos violentos. “Perdí a mi hermano menor hace tres años, en una riña callejera”, confesó a BOHEMIA Gladys Milagros Suárez, conmocionada por la pérdida.

Como todo evento cultural la fiesta santiaguera transita por fortalezas y dificultades. Es una suerte que prevalecen las primeras; no por gusto el festejo fue declarado Patrimonio Nacional.

¡Llegaron los carnavales!

Rogelio Aguilar, un trabajador ferroviario de 65 años de edad, rememora aquellos de los años 70: “Yo era un pepillón y me iba con algunos socios y las novias por ahí cerquita de la calle Prado”, añadió cuando lo abordamos en las inmediaciones de la habanera Terminal de trenes de La Coubre.

“Este año fui solo una vez, para que los nietos supieran cómo es eso del carnaval. Pero qué va, ya apenas hay paseo, tomarse una cerveza es un rollo y la comida… carísima”, concluyó este capitalino de pura cepa, alegre y dicharachero que no suele perder una ocasión en la que la música, el baile y la buena mesa sean los protagonistas de la velada.

En nuestra pesquisa hallamos personas a quienes no les interesa el carnaval, pero otras expresaron su deleite por él y sienten profundamente cada uno de los dilemas que hoy experimenta. Entre los habaneros encuestados 80 por ciento lo identificó como su fiesta popular tradicional por excelencia. Pese a que el actual paseo para el desfile de carrozas abarca solo unas cuadras, se evidenció una cifra elevada de seguidores.

Un número significativo de consultados valoró que en la actualidad la festividad tiene mayor organización y seguridad ciudadana, por el empeño de los agentes del orden, pero todavía persisten las riñas y otras alteraciones que afectan el desenvolvimiento de la celebración en un espacio tan reducido.

Doctora Virtudes Feliú habla para BOHEMIA

“Hemos perdido muchos elementos de nuestras fiestas populares tradicionales por la ignorancia y los prejuicios de algunos decisores de las instituciones”, afirma la doctora Virtudes Feliú. (Foto: LEYVA BENÍTEZ)

A otra “situación bastante preocupante” se refirió la doctora Virtudes Feliú: “Hemos hecho investigaciones sobre el carnaval in sito y resulta que muchas personas lo han amado como su tradición original, pero hoy los rechazan”.

Amén del inmovilismo de algunos, y por el esfuerzo de otros, el carnaval habanero acontece en cada período estival ininterrumpidamente, luego de la suspensión ocurrida en la década de los 90, ante la situación económica del país. Sin embargo, todavía las direcciones municipales de Cultura no apoyan lo suficiente a las comparsas de sus respectivas localidades; en la práctica, solo intentan satisfacer la demanda de esparcimiento de los habitantes con la organización de algunos conciertos y bailables.

Es importante que en cada localidad, al menos los fines de semana, se presenten agrupaciones que solo se muestran una vez al año, durante el carnaval. Ello contribuiría a que los diferentes municipios se identifiquen con alguna comparsa.

Las limitaciones económicas perjudican; no obstante, diversos problemas ocurren por la falta de iniciativa y gestión de quienes organizan y programan los festejos carnavalescos. Al mismo tiempo ciertas propuestas han intentado enriquecer el lucimiento de la fiesta, como la presencia de parranderos del centro del país y de los hombres carroza de Santiago.

“En la capital el sentido de pertenencia en relación con el carnaval es bastante bajo, dado por la migración desde todas las provincias”, afirma la doctora Feliú. Esas personas no solo desean practicar en La Habana sus tradiciones autóctonas, también las cultivan entre sus descendientes, y a su vez ellos quieren mantenerlas, por ejemplo, arrollar detrás de las comparsas, para lo cual se necesitaría mayor espacio que el actualmente asignado.

Además, en los carnavales falta una representación de las etnias que conforman la nacionalidad cubana, como la ausente Danza del Dragón, de los descendientes chinos en la Mayor de las Antillas, que en otras épocas sí estuvo. Tampoco se incluyen las sociedades españolas, árabes, y otras, relegadas por la inexistencia de un programa verdaderamente inclusivo.

Que levanten la mano los peques

Niños participando en el carnaval

Involucrar a los más jóvenes en el conocimiento de la cultura popular es una asignatura pendiente. (Foto: LEYVA BENÍTEZ)

Desde los 60 y hasta mediados de los 80, el carnaval infantil era un momento de expectación para niños y niñas. Muchos participaban disfrazados, unos con trajes sofisticados, o con innovaciones graciosas, resultado del ingenio casero de madres y abuelas.

“Las vacaciones más divertidas de mi infancia las pasé en 1981, en el verano que cumplí los nueve años de edad. Todo resultó emocionante, desde los ensayos con la profe Iraida Malberti hasta enterarnos que abriríamos el carnaval infantil y todas las jornadas nocturnas del festejo para adultos”, evoca una periodista habanera.

Históricamente las fiestas carnavalescas infantiles antecedían a la de los mayores, desde hace unos años en La Habana se dejan para el final y pareciera que el hecho de convocarlos responde a una exigencia forzosa. Así se percibió en los celebrados el presente año: las tribunas y palcos fueron desmantelados y la familia en pleno “mal disfrutó” el espectáculo de pie, bajo un inclemente sol.

Bárbara Maricely González, de 43 años de edad y doctora especialista en Medicina General Integral, del habanero municipio de Plaza de la Revolución, reflexiona: “Años atrás todo era muy sano, desfilaban las carrozas y las comparsas con las muchachitas y los muchachitos, y los movimientos de danza eran normales, acordes con sus edades; ahora las pequeñas bailan de una manera muy sensual, se percibe una sexualización de las niñas”. Y concluyó: “Hoy se mal llama ‘carnaval infantil’, pero está diseñado para los adultos, con expendio de bebidas alcohólicas. Y los muñecones, que siempre fueron grotescos, pero simpáticos, ya no son tan atractivos”.

Sin embargo, para beneplácito de muchos, no corrió la misma suerte el festejo infantil en Santiago de Cuba (deteriorado en los últimos lustros) que se revitalizó como parte de las actividades por los 500 años de la ciudad y dedicó varias jornadas a consolidar el relevo encargado de perpetuar las tradiciones.

Las comparsas de niños y niñas brotan del barrio, donde aquellas compuestas por adultos preparan al relevo y garantizan la preservación de la tradición. Un trabajo admirable en este sentido lo realizan los Guaracheros de Regla, creadores de los Guaracheritos, una verdadera obra de transmisión del legado cultural.

De charangueros y parranderos…

Aún la fiesta bejucaleña atrae por su espontaneidad, mas desde hace unos años el fulgor que la caracterizó ha decaído paulatinamente al convertirse en una celebración influida por lo comercial. Las irrupciones de los habitantes de pueblos vecinos ya no ocurren tanto como en las décadas doradas. La fiesta y su organización se han deteriorado.

Por tal razón, desde hace algún tiempo la dirección de Cultura de esa urbe mayabequense organiza encuentros para el debate e intercambio de ideas, en los cuales investigadores, especialistas, historiadores, promotores culturales y portadores de tradiciones exponen iniciativas para contribuir a revitalizar la fiesta más popular de los bejucaleños.

Sin duda, las parrandas se mantienen más vitales, aunque con tropiezos por las limitaciones económicas y los contratiempos en el orden logístico. Los parranderos trabajan para ella durante todo el año con el objetivo de que sea un éxito, recorren cuanto lugar sea preciso en búsqueda de lo necesario para los trabajos de plaza.

Pero todo no es color rosa. En Remedios por lo general las ofertas gastronómicas no son óptimas y tampoco guardan relación con el precio. Así lo cree el veinteañero Jordan Pérez Sáez, quien igualmente considera: “Las pasadas parrandas carecieron de calidad, no estuvieron a tiempo las carrozas ni los trabajos de plaza”.

En otras localidades parranderas también los vecinos piden soluciones más atractivas a la necesidad de esparcimiento; y coinciden en la urgencia de revitalizar las fiestas populares, con las nuevas generaciones como sus protagonistas.

“El complejo parrandero fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación en el año 2013; sin embargo, como otros muchos festejos de la cultura popular y tradicional, comenzó a principios de los 90 a manifestar una descontextualización y, quizás, el desapego de una comunidad que de portadora devino un tanto espectadora, algo que supone una contradicción”, refiere Erick González Bello, investigador y director del Museo de las Parrandas.

Esta fue la razón por la cual a principios de la mencionada década se creó una asociación de parranderos de Remedios y Zulueta. Aunque al poco tiempo se disolvió, proyectos de este tipo pueden allanar el camino de la revitalización de esta fiesta popular. En ese sentido González Bello y el también investigador Juan Carlos Hernández Rodríguez promueven talleres de música, artesanía y oralidad con niños y niñas de las escuelas primarias de la llamada Octava Villa. “Hemos logrado que se reconozcan como responsables de su tradición. Ya es un paso de avance y algo que estamos tratando de hacer entender la dirección de Cultura y el Museo de las Tradiciones -enfatiza-. El máximo responsable del Patrimonio cultural e inmaterial es el pueblo que porta esa tradición por siglos”.

Lentejuelas y remiendos

Cuando las personas no pueden mantener sus tradiciones, ineludiblemente las sustituyen por otras. Cada vez más se difunden ofertas, muy seductoras para muchos -en especial los jóvenes-, pero a la par, devastadoras de la tradición. Son comunes las casas particulares que organizan fiestas con servicio de transporte para facilitar la llegada al lugar.

Y no es que las propuestas del sector privado no convivan con aquellas estructuradas por las instituciones culturales oficiales, por el contrario, todas las iniciativas pueden coexistir mientras predomine lo autóctono de nuestras costumbres, idiosincrasia y cultura.

No ocurre así con las fiestas de Halloween -práctica incipiente en algunas localidades cubanas-, las cuales son manifestaciones totalmente distantes de nuestros conceptos identitarios, pues sus expresiones simbólicas en nada se aproximan a la memoria histórica del cubano y lo que somos hasta hoy.

Es justo señalar que se percibe un florecimiento del deseo de festejar las tradiciones en distintas áreas y provincias, incluso, en lugares que por razones económicas no cuentan con todo el apoyo de las instituciones. El municipio habanero de Guanabacoa lleva casi un lustro celebrando un carnaval y la costera localidad de Regla efectuó, en el presente año, su primer intento.

Las fiestas no alcanzan a cubrir todas las expectativas de los cubanos, y a pesar de que ninguna acción de esta índole se halla suspendida en el aire, pues se necesitan recursos humanos, financieros y materiales muy específicos, está faltando capacidad de innovación y ganas de trabajar y crear.

“Las tradiciones se componen de todos los bienes espirituales de la sociedad; un pueblo sin tradición es un árbol sin hojas, un pueblo sin memoria es un pueblo desvalido”, ha expresado el intelectual cubano Miguel Barnet Lanza, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y de la Fundación Fernando Ortiz.

De tal modo, una suerte de viaje a la semilla parece ser la solución para que las fiestas populares tradicionales no pierdan su arraigo en el pueblo, sino que crezcan y fructifiquen como la genuina imagen de lo cubano.


Fernando Ortiz expresó:
“Los pueblos que no tienen fiestas públicas son pueblos caducos que van rodando hacia su disgregación y absorción por otros; son pueblos en germen que no han podido todavía cristalizar sus expansiones de gozo en moldes propios y ya definidos”.
….
“Cuanto más culto es un pueblo, con más amor conserva sus tradiciones estéticas, musicales, corales, danzarias, poéticas, pictóricas, indumentarias, a la vez que se opone enérgicamente a aquellas otras tradiciones caducas que envuelven privilegios o injusticias”, manifestó Fernando Ortiz en los años 30, del pasado siglo, cuando los detractores de los carnavales exigieron su abolición por considerarlos “groseros, impúdicos y salvajes” y una expresión de “atraso social” y “provocadora del orden (sic)”.


 


Roxana Rodríguez

 
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