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Publicado el 10 Julio, 2017 por Redaccion Cultura e Historia en En Cuba
 
 

CONSUMO CULTURAL: El buen vivir no admite recetas (II)

Acercamiento a conceptos que nutren la creatividad individual y colectiva
El buen vivir no admite recetas.

En la librería Unicornio, de Artemisa, los lectores encuentran géneros literarios diversos.

Por ROXANA RODRÍGUEZ, SAHILY TABARES, TANIA CHAPPI y RAÚL MEDINA, con la colaboración del Departamento de Información Nacional

Fotos: LEYVA BENÍTEZ y CLAUDIA RODRÍGUEZ HERRERA

Las personas se plantean múltiples interrogantes en el sentido de poner fin a la monotonía en el tiempo libre y el ocupado. Las altas temperaturas, el período veraniego, apremian en la búsqueda de opciones que propicien el crecimiento espiritual durante el descanso activo. En ocasiones, cercos preestablecidos por la desidia, el aburrimiento o el desinterés, impiden romper la rutina, el desarrollo de capacidades poco exploradas, estas requieren implicarse mediante la pericia en un proceso de intervención sociocultural para satisfacer necesidades personales, del grupo, de la sociedad, en beneficio de la calidad de vida.

En tanto participante activo, cada individuo debe ser consciente de sus potencialidades, las cuales expone mediante el diálogo, la reflexión, el disfrute de saberes adquiridos. Dicho ejercicio requiere creatividad; de acuerdo con la académica mexicana Lilian Montesino, “es una manera especial de pensar, sentir y actuar, la cual conduce a un logro o producto original, funcional o estético, bien sea para el propio sujeto o el grupo social al que pertenece”.

En el contexto actual prevalece la globalización de los mercados, el entretenimiento baladí, el aumento de la cantidad de imágenes, datos e informaciones difundidas en dispositivos, redes, entre otros medios. Ocurren transformaciones radicales en la circulación, el consumo, los nuevos modos de apreciar, ver, leer, de los públicos copartícipes, desde sus respectivas visiones, puntos de vista, saberes.

El concepto de cultura trasciende las artes y las letras, en tanto sistema de valores y productos materiales; se crea, utiliza, conserva, modifica, transmite, mediante variadas formas de la comunicación que las integran, el saludo, los modos de vestir, el estilo de bailar, una actitud axiológica acerca de códigos comunes, entre ellos lidera el idioma.

El adiestramiento en la lectura y recepción del arte es vital para la formación de los perceptores que comienza tempranamente, esta integra procesos, los cuales requieren talento, nutrientes, dedicación, disciplina. El hábito de leer se construye, en él tienen responsabilidad los padres, el profesorado, los bibliotecarios, quienes deben fomentar el gusto, facultad que se realiza en virtud de comparaciones entre valores concretos; demanda una estrategia coherente dirigida al conocimiento de títulos, autores, tendencias, a incentivar la participación en saberes encarnados en el dominio de valores nacionales y del ámbito mundial.

El buen vivir no admite recetas.

Las comunidades rurales son las más carentes de espectáculos artísticos. Eventos como el Juan Arrom, de Mayarí, propician llenar ese vacío. (Foto: JOSÉ LEÓN DÍAZ)

De acuerdo con la doctora Graziella Pogolotti: “la recreación tiene que repensarse integralmente desde una perspectiva cultural. Sin renunciar al mejoramiento de las instalaciones, el diseño de los espectáculos, las posibilidades de distracción y entretenimiento no pueden proceder solo de arriba. Debe potenciarse la iniciativa local, el reciclaje de la tradición y la refuncionalización de espacios disponibles para su empleo múltiple”.

En esencia, es preciso privilegiar el acrecentamiento de la información, de acciones formativas para propiciar que el espectador posible conozca profundamente el fenómeno cultural, a sus protagonistas, la trascendencia que tiene dicho acontecimiento.

La crítica cultural debe acompañar de manera sistemática toda actividad portadora de ideas, pensamientos, modelos, pues establece jerarquías, diseña coordenadas, aporta elementos en un diálogo dirigido a creadores y públicos, introduce el debate productivo, la polémica indispensable en todas las épocas.

El buen vivir no admite una receta, exige de las personas el comprometimiento cabal de la capacidad de pensar en las complejidades del momento actual, este demanda una comprensión de la cultura, la necesidad de fortalecer mecanismos institucionales, ideológicos, políticos, que fundamentan la raigambre y el árbol frondoso del ser de nuestra nación.

La recolonización cultural se enfoca en nuevas formas de oportunismo, activa el bloqueo, carece de inocencia; debemos defender la capacidad de discernimiento de las mayorías para seguir ascendiendo en la consciente condición humana con la creatividad del pueblo desplegada en toda su magnitud y activa presencia.

AJUSTANDO DERROTEROS

Nuevas realidades por visibilizar y atender

El buen vivir no admite recetas.

Existe cierta desconexión entre la academia y las propuestas estratégicas de los que diseñan las programaciones, evidenció el reciente Simposio Nacional de Investigación Cultural, del Juan Marinello.

En Cuba hoy, el consumo cultural y la participación que supone, experimentan transformaciones en sus dinámicas. Al modelo amparado en prácticas tradicionales, se suman representaciones que lo perfeccionan o contradicen.

Desde hace años el Instituto Cubano de Investigación Cultural (ICIC) Juan Marinello, en coordinación con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), difunde indagaciones cuya finalidad es perfeccionar y concordar las estrategias culturales, en correspondencia con las actuales circunstancias. La mayoría de los resultados se derivan de su Encuesta Nacional de Consumo Cultural, la cual marcha por la tercera edición y ha posibilitado identificar segmentos poblacionales y sus respectivos comportamientos culturales.

Una tendencia de los últimos años es que las personas, en primera instancia los adolescentes, pasen más horas frente a pantallas de ordenadores u otros dispositivos tecnológicos –aunque en Cuba la TV sigue siendo la predominante–, para disfrutar de espectáculos o puestas audiovisuales.

El impacto de la TV trasciende con creces el entretenimiento. Los hechos más relevantes ocurridos en la Isla –políticos y socioculturales– durante los seis últimos decenios han tenido lugar ante las cámaras. El alcance de los medios no responde solo a sus mensajes, sino a la nueva sociabilidad y estilos de vida que conforman al irrumpir en el espacio privado, reorganizar la existencia cotidiana y el tiempo en el hogar. En la TV se elabora el imaginario social.

Investigaciones compiladas en el libro Participación cultural de la adolescencia en Cuba. Expresiones y claves para su comprensión (Pedro E. Moras y Yisel Rivero), demuestran que consumir implica capacidad de elegir, discriminar o aceptar. Si lo presentado por las instituciones no le atrae ni se ajusta a las condiciones de los receptores, será desestimado, aunque provean riqueza artística.

El buen vivir no admite recetas.

Salvo momentos puntuales, como festivales y semanas dedicadas a la cinematografía foránea, las salas permanecen vacías. En algunos lugares han desaparecido.

Durante la reunión del Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), celebrada en mayo último, su presidente, Miguel Barnet, señaló temas debatidos en los comités provinciales de la organización. Entre estos cómo las tensiones económicas dificultan ofrecer una programación cinematográfica estable y de calidad, por el deterioro de muchas salas en el país. Y a este fenómeno se suma que las personas ya tienen la alternativa de descargar contenidos desde la casa, y la posibilidad de conformar una programación propia.

No obstante, gran aceptación tienen las muestras del séptimo arte foráneo que con regularidad conciertan representaciones extranjeras y el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (Icaic). Este último desde hace dos años coordina el Programa de Fomento de la Cultura Audiovisual, el cual distribuyó unas 200 películas en universidades y sitios culturales de la Isla, para promover un cine comprometido con la historia, la ideología y la cultura cubanas, y estimular la apreciación audiovisual.

Pese a la validez de dicha iniciativa, alerta Leanny Pintado, directora de Comunicación del Icaic, no se generan sinergias entre las organizaciones e instituciones participantes, y los vínculos establecidos casi siempre son asistemáticos y eventuales, con resultados poco halagüeños. Advirtió, además, que todavía el proyecto no representa una política pública.

Miradas desde adentro y desde afuera

Aun cuando las instituciones y los organismos rectores de la cultura intentan satisfacer las demandas y exigencias de todos los públicos, ese empeño aún no se alcanza.

El buen vivir no admite recetas.

Trova, instrumentales y jazz son géneros privilegiados por la casa discográfica Colibrí, con precios más cercanos a los bolsillos.

Tema de análisis en los encuentros de la Uneac, la Asociación Hermanos Saíz, de jóvenes escritores y artistas, y las instancias del Ministerio de Cultura (Mincult), ha sido que la difusión y la programación equilibrada y sistemática de los diversos géneros musicales continúa como asignatura pendiente en la radio, la televisión y los espacios públicos. El eje del asunto no radica en estigmatizar o degradar sonoridades o ritmos, sino en comprender que entre todas las manifestaciones artísticas, la música es la preferida por la población cubana, por lo que necesita de este tratamiento.

También reside en atender a experiencias como la de Ana María Rabasa, directora del programa televisivo Cuerda Viva, que muestra géneros con una presencia todavía limitada en los circuitos del mercado de la música. Ella insiste en la investigación, el estudio especializado, para modelar el gusto estético. “La seducción es la parte más difícil. Una de las tareas de Cuerda Viva ha sido esa. Puedes no gustar del rock, el hip hop, el jazz… pero es bueno aprender a escucharlos”.

Ese derrotero es seguido por Producciones Colibrí, del Instituto Cubano de la Música, que privilegia la difusión de valores auténticos, las obras, compositores e intérpretes de calidad; aunque carece de intencionalidad en la creación para niñas y niños.

Con resultados dispares, en el espacio comunitario abundan propuestas, pero según el Mincult y la Uneac, falta difundir suficientemente las actividades en el entorno local y en los medios. Asimismo, ambas instancias y el gobierno son conscientes de que la realidad del país obliga a que las líneas de desarrollo estatal impliquen de manera coherente a los proyectos privados, sin desestimar los preceptos de nuestra política cultural y, mucho menos, desmantelar todo cuanto se ha construido. Cada estrategia o proyecto debe nacer de la comunidad, de las instituciones, sin imposiciones, pues perdería espontaneidad, originalidad.

El buen vivir no admite recetas.

Las Casas de Cultura, como esta de Santa Clara, ofrecen opciones diversas para los infantes y adultos mayores.

Las Casas de Cultura padecen precariedad en sus condiciones constructivas y en recursos para concebir programaciones sugerentes. Esa es la vivencia de la instructora de teatro camagüeyana Evelín Echazábal Antúnez, egresada de la licenciatura en Comunicación Social y especialista de la Casa de Cultura Amalia Simoni.

Tampoco estos centros sobrepasan el estrecho marco de las actividades artístico-literarias convencionales. Por lo general no tienen estructurados programas relacionados con las riquezas de la historia y los valores patrimoniales de los territorios, contados desde los saberes de los intelectuales de cada región. Este fue un aspecto señalado en el reciente encuentro del Consejo de la Uneac. Y el artista de la plástica Manuel López Oliva, en diálogo con BOHEMIA, insistió en ello.

En el municipio de Artemisa, capital de la provincia homónima, se diagnostica la cantidad de población, sus edades, preferencias… Según precisa Minerva Hernández de Armas, directora municipal de Cultura, “esta información se recoge en el Programa de Desarrollo Sociocultural concebido hasta 2020” y es utilizada para diseñar la actual programación cultural. No obstante, en ocasiones trabas burocráticas externas impiden el correcto funcionamiento del proceso. Igualmente, no cuentan con “todos los espacios idóneos para la danza y el teatro”.

Ser o no ser

Los jóvenes (hasta 35 años) son un grupo social cuyas prácticas de consumo cultural son ricas y diversas. Pero sobre ellos –como en otros segmentos– pende una disyuntiva: muchos de los espacios para la recreación y el esparcimiento son costosos y aun otros, subsidiados por el Estado (teatros, museos, cines…), afectan el bolsillo del ciudadano promedio cuando de asistencia regular se trata. La doctora Yisel Rivero Baxter, socióloga, diserta en torno a tal problema, en la investigación Consumo cultural en Cuba: ¿Escenario de diferenciación o de desigualdad social?

En la Isla se impone potenciar nuevas prácticas que involucren a las tecnologías de la información y los medios digitales, si se pretende establecer un mayor vínculo con las nuevas generaciones. Sin embargo, la promoción obedece, por lo general, a cánones tradicionales, y a veces no llega a los receptores. Las instituciones culturales generalmente no cuentan con la tecnología necesaria o la que poseen es obsoleta y sus resultados deben competir con los de la publicidad generada de manera privada y no siempre la más calificada ni abarcadora.

El buen vivir no admite recetas.

En la mayoría de los museos y galerías los días y horarios de visita coinciden con las jornadas laborables de la población.

Una práctica promocional positiva es la seguida en el proyecto Rutas y Andares, perteneciente a la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana (OHCH), en el Centro Histórico. Dicha estrategia visibiliza iniciativas originales y novedosas para atraer a los públicos, a partir del acervo patrimonial que atesora en sus instituciones. Según refirieron Ailed Duarte y Carolina Díaz, especialistas del departamento de Gestión Cultural, estas acciones parten de estudios exhaustivos de públicos efectuados cada año durante el verano.

Al mismo tiempo, las acciones promocionales en torno a la literatura suelen carecer de resortes emotivos que sensibilicen a los posibles lectores. Tal es el criterio de Adrián Guerra, licenciado en Ciencias de la Información, con más de 40 años de experiencia en el arte de incentivar la lectura y especialista del área juvenil e infantil en la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena, en La Habana Vieja. Otros expertos consideran que las librerías, al menos las más céntricas, debieran contar con un gestor cultural y no solo el comercial encargado de las ventas.

El ya mencionado crítico de arte Manuel López Oliva reflexionó que, para fomentar el gusto estético “se impone mejorar los inmuebles que funcionan como museos, no solo en La Habana, de manera que puedan crear salas para colecciones permanentes de arte genuino”, adquirido por compra, depósito o donación.

En las cabeceras de provincias se conciben acciones con algún poder de convocatoria y riqueza estética y conceptual; pero se advierte gran disparidad entre lo ofrecido en las zonas urbanas y lo que llega a las rurales. Sí existen excepciones en asentamientos intrincados; merece destaque la labor comunitaria de los grupos Korimakao (Ciénaga de Zapata), Guerrilla de Teatreros (provincia de Granma) y Teatro de los Elementos (Cienfuegos), por citar solo algunos. Iniciativas positivas incluyen –entre otras– la de la Dirección Provincial de Cultura de Villa Clara, que organiza en el período veraniego giras por municipios y poblados remotos, adonde llevan agrupaciones musicales y exposiciones de artes visuales.

Recientemente, el Instituto Juan Marinello convocó al 3er Simposio Nacional de Investigación Cultural; allí acreditados expertos presentaron los resultados de investigaciones sobre tópicos que hoy urge solucionar. Sin embargo, llamó la atención la ausencia de directivos de instituciones y otras instancias. ¿Acaso de esa manera podrá lograrse la utilización y desarrollo, en la práctica, de nuevas y más eficientes estrategias culturales?

NINGUNA PRÁCTICA CULTURAL PUEDE SER DESESTIMADA

Responde el experto Pedro E. Moras a BOHEMIA

El buen vivir no admite recetas.

Pedro Emilio Moras es investigador y coordinador del Grupo de Participación y Consumo Cultural del Instituto Cubano de Investigación Cultural.

“Nuestro concepto no se limita a la idea humanista de la cultura como algo elevado, alusivo a determinadas competencias y grupos sociales, incluimos otras expresiones populares e identitarias. También lo relacionado con los medios masivos de comunicación, tan importantes en la cotidianidad”, expresa el entrevistado.

Se refiere así a las investigaciones de especialistas del Juan Marinello para constatar cómo participan en los procesos culturales los ciudadanos de la Isla. Estas son “necesarias para retroalimentar las políticas y los esfuerzos institucionales del Ministerio de Cultura”.

-¿Cuáles han sido los resultados de sus encuestas?

-Utilizamos la categoría participación social en la cultura, proceso de implicación activa que tiende a que las personas tomen decisiones y organicen proyectos. Se concreta en diferentes espacios: además de los institucionales, están los públicos, los asociativos (reunión voluntaria de quienes comparten intereses y aficiones) y el entorno privado.

“Desde la primera encuesta conocimos que la forma de acceso fundamental al espacio institucional es como “público espectador”. Los asistentes no se sienten responsables, sino beneficiarios de una acción en la que solo resta disfrutar. En este sentido hablamos de consumo cuando, de acuerdo con una gama de opciones, seleccionas aquello que te satisface más. En el ámbito doméstico se crea una interacción con los medios de comunicación, y también se da el planeamiento de actividades propias, como fiestas, reuniones, donde siempre se desarrollan formas de consumo y de participación cultural mediante roles más activos”.

-¿Cómo han evolucionado esas tendencias?

-Continúan siendo los espacios privados y públicos (parques, plazas…) más relevantes que los institucionales. Sucede porque las ofertas artísticas y culturales demandan conocimientos que habilitan a determinados sectores poblacionales –principalmente jóvenes profesionales, estudiantes universitarios– y a otros no.

“La interrelación con los medios de comunicación es la práctica más relevante. La mayoría tiende a consumir –de manera cada vez más dinámica– audiovisuales y música, con la aparición de nuevos objetos culturales asociados a las tecnologías digitales, que llegan para contradecir o enriquecer las propuestas estatales. Hay consumos alternativos que tienden a perfilar los ámbitos privados de las personas en el diseño de su propia práctica audiovisual, aunque se accede mucho a la televisión, como lo demuestran estudios actuales.

“En la medida en que se recurre a determinados dispositivos electrónicos en el hogar –es una tendencia universal– se consumen más productos allí que en los recintos tradicionales de la institución. También se ha observado que los sujetos muestran cierta selectividad y mayor capacidad para dialogar con diferentes ofertas. El consumo cultural tiende a diversificarse a partir del estímulo de formas de acceso diferentes”.

-¿Sus investigaciones son atendidas por los organismos culturales?

-Estos resultados tributan a retroalimentar las políticas culturales del país. Son llamados de atención a determinadas instituciones que en muchas ocasiones direccionan su perfil fundamentalmente a un sector profesional y desconocen a otras poblaciones. Hay, creo, un acento mayor en visibilizar formas diferentes a la cultura artístico-literaria, como la legitimación de exponentes y expresiones de la cultura popular, también más reconocimiento de la diversidad. De una encuesta a otra, vemos que la población percibe menos escasez de ofertas.

-¿Qué recomendaciones seguir al trazar estrategias?

-La libre elección del sujeto es fundamental. Cuando tiene una formación cultural sólida va a buscar ofertas de manifestaciones valiosas y no expresiones menores que obedecen a factores contextuales. No hay práctica cultural desestimable. El reto es fragmentar los grupos poblacionales en la gran diversidad que tienen en su interior, no quedarnos en discursos generalizadores.

“Las instituciones deben aceptar las nuevas expresiones y objetos de consumo que emergen y dialogar inteligentemente con ellos. Lo fundamental es el conocimiento de las necesidades de la población y, a la vez, generar intercambios donde las personas construyan sus propios espacios de participación”.

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Redaccion Cultura e Historia