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Publicado el 6 Marzo, 2020 por Jessica Castro Burunate en En Cuba
 
 

HISTORIAS DE MUJERES RURALES (II)

Historias de mujeres rurales (II). A cielo abierto

En Minas de Matahambre, municipio de Pinar del Río, el cultivo del tabaco y la explotación minera son las principales actividades económicas de los asentamientos rurales donde las mujeres intentan redefinir los roles tradicionalmente asignados
A cielo abierto.

El vivero tecnificado de la empresa agroforestal es otra de las opciones de empleo para las mujeres de Sumidero. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

Por JESSICA CASTRO BURUNATE

El suelo arenoso abarca casi todo el territorio del extremo más occidental de Cuba, hecho que lo hace propicio para el cultivo del tabaco, su renglón distintivo. En Minas, aunque antaño predominó la agreste explotación de cobre, poco a poco emergió una agricultura floreciente y más concentrada hacia el sur. Hoy la siembra de la hoja dispone en este municipio de unas 757 hectáreas, para acopiar unas 600 toneladas por los cooperativistas.

En todo el territorio, solo el 61 por ciento de las mujeres en edad laboral están económicamente activas. Ocupadas en el sector no estatal, donde se ubican las cooperativas de crédito y servicio, hay unas 564 frente a 3 031 hombres.

Sumidero es uno de los principales polos productivos de Minas. Allí vive Yunaisi Rilova Borges, de 38 años y con tres hijos. Aunque nació en la Isla de la Juventud, desde adolescente vino a El Lazo, una comunidad rural perteneciente a este consejo popular.

“Me levanto a las 5 y 30 de la mañana todos los días porque el varón tiene que recorrer ocho kilómetros hasta la secundaria en Sumidero, después preparo a la más chiquita que está en segundo grado. La grande cursa el tercer año de Gestión Sociocultural para el Desarrollo en la Universidad de Pinar del Río, una carrera nueva que adjuntaron”, comenta meciéndose en el sillón del portal.

“Conocí a mi esposo a los 12 años y tuve mi primera hija a los 16, dos meses después de hacernos novios. Mi trabajo siempre ha sido en casa o en la finca, nunca en la calle, al igual que mi suegra”; explica Yunaisi, quien en la actualidad es socia de la cooperativa donde trabaja su esposo, y apoya en la recogida de tomates, la preparación del almuerzo de los trabajadores y demás menesteres.

“A la niña mayor le gusta salir. Según ella, si estudió no es para estar aquí metida, por lo que prefiere el pueblo. Hace solo un par de fines de semana están poniendo música aquí. Antes no había nada de diversión para los muchachos, solo trabajo”, comenta.

A cielo abierto.

Yunaisi Rilova Borges ha pasado la mayor parte de su vida en El Lazo, entre labores domésticas y de apoyo a la producción. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

Según Yunaisi pocas jóvenes son las que estudian y la mayoría ni culmina la secundaria. “Las que se quedan aquí, sí les llama la atención la agricultura, aunque también es la necesidad”, explica. En tiempo de zafra de tabaco trabajan ensartando hasta las 5 o 6 de la tarde. Ganan en dependencia de lo que hagan: si hacen 20 cujes, son 40 pesos diarios. No es mucho, pero son 40 pesos de ellas.

“Muchas son amas de casa y dependen del dinero del esposo. Las otras que trabajan en la escogida, sí tienen contratos, pero son mujeres mayores generalmente”, concluye revelando una de las grandes vulnerabilidades en los territorios rurales.

La Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Nicolás Torres de esta misma localidad cuenta con 108 socios, de ellos 25 mujeres. Ninguna es dueña de tierra. Hubo propietarias, pero, al fallecer, los terrenos pasaron a sus hijos varones. Sin embargo, sí contribuyen mucho a las tareas del campo, a ensartar el tabaco o recolectar los cultivos, dice Ivania Barrios Deu, técnica y presidenta de la organización de base.

La Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) estipula que puede asociarse toda persona hasta el cuarto grado de consanguinidad con el propietario de las tierras. “El dinero de la cosecha lo cobra el dueño de la tierra, pero el bienestar es para la familia”, esclarece Barrios.

Otras 72 mujeres de El Lazo están incorporadas a las brigadas FMC-ANAP, por lo que pueden ser contratadas en tiempo de zafra o comercializar sus manualidades en ferias. Las menos son las “amas de casa”, y “yo no las llamaría así, porque tienen que cocinar y ayudar al esposo que está trabajando”, considera Barrios.

Lo cierto es que las labores domésticas y de apoyo a la producción son un importante eslabón de la cadena productiva y para la economía doméstica y comunitaria; un trabajo mayormente invisibilizado y no remunerado.

La incorporación de mujeres como socias de las cooperativas se empieza a fortalecer en 2010, como parte de los acuerdos del X Congreso de la ANAP, explica Yuleidys Menéndez Seijo, directora general de la Empresa de Acopio y Beneficio de Tabaco Minas, antes presidenta de la CCS Francisco Pérez, por seis años.

“Al principio hubo hombres que no entendieron que sus esposas e hijas podían vincularse. En ese momento mi cooperativa tenía solo tres asociadas, hoy son 97 de un total de 236 socios, y ocupan diversos cargos allí”, comenta.

Para esta directiva, aun cuando no perciban un salario, ya la posibilidad de participar en la asamblea es un paso positivo que les permite tener un mayor poder. “Algunos usufructuarios tienen a sus esposas declaradas como fuerza de trabajo, lo que les permite cobrar un salario, aportar a la seguridad social y en un futuro tener jubilación”, aclara Menéndez.

Profesiones entrecruzadas

A cielo abierto

La escogida de tabaco localizada en el mismo centro de Sumidero emplea a 114 mujeres, de un total de 182 trabajadores. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

Aunque Sumidero es uno de los principales asentamientos de Minas de Matahambre, el transporte es escaso, lo cual hace difícil considerar opciones de empleo o recreación fuera de la localidad. Para la escogida de tabaco, localizada en el mismo centro, se emplea casi un 63 por ciento de fuerza de trabajo femenina.

Entre ellas está Yusimí Perdomo Pérez, la más joven de las clasificadoras: “Estudié en el pedagógico, pero me fui en el último año y vine para aquí. No había más ningún trabajo. Los fines de semana también pinto uñas y doy tintes de pelo”.

Por su parte, Yudelis Cala Castro está casada en El Lazo hace más de una década, y tiene dos hijos de nueve y tres años. “Era maestra de una escuela primaria. Cuando nació el más pequeño tuve que dejar el trabajo porque no tenía quien me los cuidara. Aquí no hay círculos infantiles y no conozco de ninguna casa de cuido”.

Su esposo era policía, pero al envejecer su padre, tuvo que escoger entre lo que le gustaba y lo que le tocaba –según cuenta él mismo–. Desde entonces ella lo ayuda a ensartar tabaco y en la atención de los trabajadores.

Yudelis se ha tenido que acostumbrar a este trabajo aunque sigue amando su antigua profesión, confiesa. Y aunque ya les comunicaron que se construiría un círculo infantil en Sumidero, la joven aclara que no sería una opción para ella, por la distancia, se necesita uno en El Lazo para que las mujeres de allí puedan trabajar.

En Santa Lucía el sustento económico de la mayoría sigue siendo la minería, aunque algunos pobladores aseguran que también son las remesas familiares de los emigrados. La Empresa Minera del Caribe (Emincar), mixta, con un salario medio de 1 300 pesos cubanos y beneficios laborales, es la mejor opción de los alrededores. No hay muchas otras ofertas.

A cielo abierto.

Lux Kenia y Marla Yenima rompen estereotipos de género al insertarse como operadoras de equipos de perforación minera en Santa Lucía. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

Pese a las facilidades de comunicación, transporte, servicios y recreación que ha generado esta entidad mixta, Santa Lucía parece tener una mayor tasa de migración que Sumidero, legado del período especial y de la paralización de su actividad fundamental.

Emincar vuelve a atraer trabajadores, entre ellos 10 mujeres, quienes sin prejuicio superaron el curso de operadoras de equipos de minería y ahora ostentan licencia F para operar maquinarias pesadas de perforación. Dos de ellas son Lux Kenia Barrios Martínez y Marla Yenima Ferrer Rivera; madres de 24 años, antiguas educadoras de primaria que habían abandonado el sector en busca de otras oportunidades.

“Hace cinco meses que estoy aquí. Es algo nuevo, nunca me imaginé que iba a estar en una mina con tanta responsabilidad, además es bonito, bien intenso. Y sí, es una mejor opción económica”, dice Barrios.

Las otras opciones eran regresar a educación o volver como cuentapropista. “Estuve un tiempo arreglando uñas, también en una paladar, pero no se compara ese trabajo con este, porque aquello era incierto, inestable”, asegura.

Ambas parecen bastante satisfechas con el paso que dieron, aunque nunca lo habían considerado. “Hasta ahora me encanta, es algo diferente que las mujeres no estamos acostumbradas a hacer. Lo más difícil fue cuando hice el examen práctico para la licencia, nunca había manejado ni bicicleta, me costó un poco de trabajo y tuve que esforzarme”, confiesa Ferrer.

El trabajo lleva esfuerzo, preparación y turnos nocturnos que pueden realizar gracias al apoyo de la familia en el cuidado de los hijos.

Historias de mujeres rurales (I)


Jessica Castro Burunate

 
Jessica Castro Burunate