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Publicado el 7 Marzo, 2020 por Pastor Batista en En Cuba
 
 

Historias de mujeres rurales (III). El agro en sus manos

La zona oriental del país alberga la mayor población en áreas rurales. Desde Las Tunas emergen testimonios e historias de vida que evidencian el aporte y la entrega de las féminas, pese a las adversidades
Historias de mujeres rurales (III). El agro en sus manos.

No hay labor agrícola en la que esté ausente la mujer cubana. (Foto: PASTOR BATISTA VALDÉS).

Por PASTOR BASTISTA VALDÉS

Tan absorta está que tal vez ni se percate de la leve sonrisa que esboza su rostro, o del suspiro que se le escapa mientras mira su rebaño de reses, ya muy distintas de aquellas cuatro vaquitas flacas que a puro ruego logró que le vendieran casi una década atrás.

En aquel momento a la tunera Midaisy Escriba Concepción se le metió entre ceja y ceja la idea de fomentar la ganadería. A su pedido de tierras le hicieron todo tipo de resistencia, hasta que le dieron seis hectáreas por el simple hecho de ser mujer, y no la caballería que por entonces les estaban entregando a los hombres.

Para muchos, incluida su propia familia, no podía andar bien de la cabeza. Estaba renunciando a las comodidades de su hogar, a 23 años de éxito en el equipo Cuba de rodeo y hasta a los caballos de equitación que vendió para iniciar aquella locura, en un terreno poblado de marabú.

“Seis meses después, gracias a la ayuda de mi hijo y de un joven llamado Reinier Arias Cutiño, el panorama era otro, mi finca se transformaba y a mí me tomaban como ejemplo para otros miembros de la base productiva”, explica Midaisy.

Entre las innovaciones y resultados de esta mujer sobresalen la ceba de toros gracias a un crédito bancario obtenido, alternativas de alimentación animal, la cría de caballos de raza y de aves de corral escasas o en peligro de extinción; logros que le valieron la participación en eventos nacionales e internacionales y el premio a la excelencia por su condición de mejor productora.

Todos estos empeños, por demás, los ha alcanzado con muy pocos recursos, en instalaciones semirrústicas y sintiéndose muchas veces más atendida desde la capital que desde el propio territorio.

Historias de mujeres rurales (III). El agro en sus manos.

Reforestación con sello de mujer. (Foto: PASTOR BATISTA VALDÉS)

Aunque en el país unas 17 000 mujeres son dueñas de fincas y de tierras, la cifra no siempre revela las aristas que subyacen dentro del fenómeno. Lo ha demostrado el actual proceso de balance de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), al poner sobre tapete la apreciable cantidad de mujeres campesinas que todavía no están asociadas, pese a su trabajo en labores agrícolas, domésticas y la crianza de animales.

Sin embargo, Roberto Medrano, máximo dirigente campesino de Las Tunas, habla con cierta satisfacción de las más de 1 200 mujeres que se han incorporado en el último quinquenio, aunque aún quedan muchas reservas para fortalecer las 160 organizaciones de base del territorio y para que las brigadas FMC-ANAP contribuyan a solucionar en mayor medida problemas que atañen a la mujer rural, afirma.

Quienes viven en el campo muchas veces deben lidiar con el difícil acceso a productos básicos de aseo, para la cocción de alimentos y otros comúnmente asociados a la mujer. A esto se añade, como sostiene Yaneidys Pérez Cruz, secretaria general de la Federación de Mujeres Cubanas en Las Tunas, el bajo número de círculos infantiles y de casitas de cuidado para niños asociadas a centros laborales (apenas dos en la provincia), servicios de gran importancia si se busca una mayor incorporación de las madres al trabajo o una mejoría sustancial de sus ingresos.

Quizás estas carencias incidan en que, en territorios como Las Tunas, solo el 16 por ciento de la fuerza laboral de la agricultura lleve sello de mujer. Esa desproporción es válida para funciones de dirección si se tiene en cuenta que solo 13 tuneras fungen como presidentas de cooperativas entre más de 200 estructuras de este tipo en la provincia, según comenta Rosaura Despaigne, jefa del departamento de desarrollo cooperativo en la Delegación Provincial de la Agricultura.

Mujeres de armas tomar

Si mochas, machetes, hachas y azadones son (y nadie lo ponga en duda) legendarias armas del combate a favor de la producción de alimentos en Cuba, entonces tenga usted la certeza de que en cualquier parte de este Archipiélago germinan “mujeres de armas tomar”. ¿O acaso alguien olvida que la portopadrense Petra Almaguer y la jobabense Caridad Borges se convirtieron en Heroínas del Trabajo de la República de Cuba picando caña a la par de hombres, merecedores de idéntica condición?

Increíble pero cierto, con poco más de 100 libras de peso, Petra llegó a cortar 105 000 arrobas de la gramínea en la zafra de 1975. Años después, la mocha de Caridad enviaría para el central un volumen casi igual de caña, durante faenas que no por extenuantes le impedirían, como dijo orgullosa más de una vez, “atender a mis hijos al llegar a mi casa, hacer varias cosas en la noche, lavar ropa los domingos, cumplir con la Federación y con los CDR…”

Por similar senda transitaría luego la joven Yamila Pérez Rodríguez, conocida como “La machetera del Junco”, en el municipio de Jesús Menéndez, quien un día le pidió a su esposo una mocha para acompañarlo a cortar caña y terminó emplantillada durante varias zafras, para sorpresa de quienes luego apreciarían su impecable delicadeza en el Comité Nacional de la FMC y en espacios como el Palacio de las Convenciones.

Nadie podría anular el aporte de mujeres como Milagros Téllez del Río, presidenta de la CPA Sabino Pupo; la camionera Magaly Chacón, la carbonera Modesta Villa o la joven Iraís Jiménez Almaguer, hoy con excelentes resultados como inseminadora, pese a que sus mismos familiares y amigos ayer la tildaban de loca por haber dejado la carrera de Derecho en su cuarto año de estudios.

Historias de mujeres rurales (III). El agro en sus manos.

Modesta Villa, tan dura como el marabú que ella convierte en carbón. (Foto: YAIDEL RODRÍGUEZ CASTRO).

Claro que ha habido irregularidades e incomprensiones con la mujer campesina asociadas a la edad, a su supuesta fragilidad, a la doble carga que casi siempre lleva encima, estereotipos todos que evidencian desigualdades de género, y que aunque no constituyen regla, pueden asomar cabeza como la mala yerba en terrenos donde el machismo arranca de cuajo a la sensibilidad.

Uno de estos casos fue el de Zoíma Labrada Alarcón hace unos años atrás. Esta obrera durante más de tres décadas mantuvo tijera en mano para realizar las labores de poda e injerto; y cuando no tuvo las mismas capacidades que los cinco hombres saludables incorporados mucho después que ella a aquel huerto la “solución” fue disminuirle el salario.

Pese a haber tenido a su favor la decisión del Órgano de Justicia Laboral de Base y el contenido de la Resolución 9-2008 del Ministerio de Trabajo y de Seguridad Social, el desgaste sistemático terminó por conducirla a la jubilación.

Aun así, del ejemplo de aquella pequeña mujer, siempre con pañuelo, sombrero de guano y azadón al hombro, que montaba encima de un buldócer allá en Majibacoa o trabajaba en las áreas cañeras de Chambas, y de todas las otras que abundan en la campiña, queda la afirmación que un día me hizo la ganadera Midaisy:

“Se puede ser mujer capaz, a la par de un hombre, campesina y productora sin perder la ternura, se puede trabajar en las labores más duras sin renunciar a la delicadeza o a la preocupación constante por el cuidado de la piel, del pelo, de las manos. Se puede andar a caballo o cultivar la tierra de sol a sol sin dejar de ser femenina. Se puede ser más dura que el marabú y tan suave como los pétalos de una rosa”.

Historias de mujeres rurales (I)

Historias de mujeres rurales (II). A cielo abierto


Pastor Batista

 
Pastor Batista