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Publicado el 31 Mayo, 2021 por Dariel Pradas en En Cuba
 
 

ESPECIAL (II parte y final )

El pesado silencio del compresor de aire

Negados a dejarse morir, los habitantes del municipio de Minas de Matahambre intentan recuperar su antiguo esplendor.

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Por DARIEL PRADAS
Fotos: YASSET LLERENA

En cuanto falló la minería, todo se fue a menos. Y la comunidad sintió el peso liviano que causa la ausencia de metales.

Minas de Matahambre, en Pinar del Río había logrado tocar el cielo desde el subsuelo, y tras alcanzar no solo el esplendor económico sino social, vio de pronto derrumbarse todo aquel sueño hecho realidad, sumido en la humedad de los yacimientos inertes.

Y aunque a los obreros se les encontraron diferentes vías para sobrevivir, tal como se contó en la primera parte de este reportaje que responde a una investigación de mediados de 2020, el oficio de minero desapareció. Solo se conectó nuevamente con los minerales cuando, avanzada la década de 2000, comenzaron las inversiones para retomar la actividad extractiva.

Esta, sin embargo, no era subterránea como en los inicios del siglo XX, sino a cielo abierto, con camiones, buldóceres, retroexcavadoras: Ya no eran mineros, sino operadores, como señalamos en el trabajo anterior.

Para llegar a este renacer, primero tuvieron los lugareños que cruzar su propio calvario. Ya en los 90 se habían afectado sus comodidades cotidianas, un efecto generalizado en Cuba entera. No obstante, al cesar la actividad en la región, poco después cerraron las fábricas, y la economía del territorio jadeó.

Con la desaparición de las distintas empresas, lo hizo también el transporte para sus trabajadores, que era, a su vez, el medio de desplazamiento del resto de los pobladores. También disminuyó la frecuencia de ómnibus interprovinciales y en consecuencia el municipio se notó tan aislado como en sus inicios. Las carreteras dejaron de recibir mantenimiento. Los bares y cabarets habían muerto hacía rato, igual los cines. Casi todas las necesidades, hasta las más simples como soldar un viandero de alambre, se resolvían en instalaciones de las empresas.

Muchos habitantes compactan la nostalgia de los tiempos felices en el pitido del compresor de aire de la mina. Este marcaba los cambios de turno y regulaba, aun sin ese propósito, la vida social del pueblo; aquello también desapareció.

“El cierre de la mina realmente trajo trauma”, describió Alberto Mayans, director de la Unidad Empresarial de Base (UEB) Empleadora, que pertenece a la Empresa Geominera Pinar del Río. Mayans, como muchos otros, no pudo en esos tiempos conciliar el sueño durante muchas noches.

Por su parte, Miriam Martínez Veloz, la presidenta de la Asamblea Municipal del Poder Popular (AMPP), reconoció: “Ese período sin minería fue duro. Sobre todo, para las familias del poblado cabecera, porque había una dependencia total de ese salario”.

La vulnerabilidad de un modelo económico basado en la monoproducción se hizo evidente. Aquella dependencia que tanto había sido provechosa para alcanzar el esplendor de Matahambre, de las empresas que regían la mina y de las industrias que partían de esta: ese tipo de sujeción mostraba sus flaquezas, y el pueblo y su gente no tuvo más remedio que asumir las consecuencias.

Nuevos podios productivos

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La agricultura, el tabaco y las actividades forestales y pecuarias proporcionan 54 por ciento de los empleos del municipio.

El sur del municipio Minas de Matahambre en casi nada se parece a su polo opuesto. Allí no existen yacimientos de metales. La tierra fértil, los mogotes en la planicie y un aroma fresco acompañado de ruidos de tractores y bueyes, son típicos de la campiña. Sumidero, en el sur, a diferencia de Santa Lucía y la cabecera municipal, nunca ha vivido de romper piedras y sí de la producción agropecuaria, sobre todo del cultivo del tabaco; eso se percibe incluso en sus habitantes, más fieles a las rutinas y tradiciones campesinas que a las de obreros industriales.

Deambulando por una escogida de tabaco en Sumidero me atrapaba desde el verdor forestal del panorama, hasta la muerta belleza de las hojas secas del preciado cultivo. Dos caballos pastaban sin riendas sobre un césped de uniforme coloración.

Entré a una nave de puntal alto con portones de caballeriza. Local rebosante de tubos de luz fría encendidos en plena tarde y de música grabada que eliminaba cualquier eco generado por la arquitectura. Aquí, decenas de mujeres sentadas en pareja, usualmente cara a cara, compartían la tarea de elegir las hojas del tabaco: que si unas sirven para la tripa, que si otras para la capa; que si faltan no-se-cuántas hojas para terminar, que ojalá me dé tiempo de llegar temprano a la casa y salir rápido de la cocina… A veces el sonido ambiente es mutilado por los lectores de tabaquería, pero la faena y las preocupaciones de las trabajadoras son las mismas.

Esta escogida pertenece a la Empresa de Acopio y Beneficio de Tabaco-Minas, una entidad de 1 326 trabajadores. Si juntamos a los cooperativistas que reciben servicios de esa empresa, con los empleados de la misma, la suma se monta en unos 3 500 trabajadores relacionados con la actividad tabacalera en la zona. Una cifra significativa, comparada con la población económicamente activa del municipio: alrededor de 14 300.

Dijo Miriam Martínez, la presidenta de la AMPP, que la agricultura, el tabaco y las actividades forestales y pecuarias proporcionan 54 por ciento de los empleos del municipio. Le siguen los sectores presupuestados de salud y educación. Y un poco relegadas, aunque no despreciables, están la Geominera, con 1 053 trabajadores, y la Empresa Minera del Caribe S.A. (Emincar), con 550 aproximadamente; ambos casos con una mayoría oriunda de la localidad.

Hoy se han revertido los papeles. Hace 20 años era la industria minera la fuente principal de empleos e ingresos en la región; Tabaco-Minas ocupaba entonces, según su directora de finanzas, Gudelia Catalán, apenas el cuarto o quinto puesto en los aportes.

–¿Podría hablarse de una dependencia económica del sector agrícola? –le intenté robar una respuesta categórica a la presidenta de la AMPP, pero ella titubeó y corregí la pregunta–: ¿Una dependencia, más que minera, agrícola?

–Sí, más que minera, agrícola, ¡cómo que no!

La economía territorial se ha visto reconvertida por métodos depurativos: ante el vacío dejado por la minería, el tabaco logró posicionarse en la cima del podio productivo. No sucedió por una inyección de capitales del Estado o una novedosa política administrativa del municipio, si bien la rentabilidad de este producto ha ido cada vez en ascenso. Simplemente, después de la desaparición de la minería, fue el tabaco lo mejor que le quedó a Matahambre.

Las culpas nunca caen al piso

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A pesar de que la escogida de tabaco no cesa, aquellas mujeres logran encontrar en esa faena un espacio confortable, lejos de una cotidianidad y dependencia hogareña que las sumerge en otra casa de muñecas.

En la nave de la escogida, me acerqué a dos mujeres que juntaban varias hojas de tabaco. Mabel Mena estaría en sus cuarenta y cortos años y Xiomara Pérez le llevaría una década, quizás. Vestían ropa fresca con delantales y sus pieles claras estaban manchadas con lunares de sol del codo a los nudillos; los dedos, fornidos; las uñas, pintadas y arregladas. Mujeres laboriosas que me dirían luego que su pasión por el tabaco no era otra que la de un empleado en el único oficio de la zona.

Mabel me explicó que otros centros laborales tenían plantillas más reducidas, que junto a ellas estaban técnicos graduados en Economía o Contabilidad, reubicados aquí ante la falta de puestos vacantes en su especialidad y también seducidos por los salarios, que podían montarse en 800 o 900 pesos mensuales, muy altos para ese entonces, según el pago por resultado de la empresa.

Ella misma laboraba antes en la cercana localidad de Guamá. “Y allí empezaron a reducir y a reducir plantillas, y cuando vine a ver, paré aquí. Porque antes de quedarme en la calle sin hacer nada… Pero yo soy costurera, soy diseñadora de ropa. Y heme aquí”, resumió Mabel, sin dejar por un instante de manipular las hojas.

Al principio, Mabel se mareaba por el olor a tabaco y salía con “la cabeza loca” de allí. Hasta que le cogió el gusto y, sin llevarse a la boca un puro, disfruta tanto del habano como el que más.

Xiomara, por su parte, ha obtenido la experiencia. Lleva en esto desde que era una soltera de 16 años con demasiados hermanos para ser consentida y aún con muchas ganas de lucir. Tampoco quiso estudiar: no era que sus padres se lo exigieran, tampoco.

–Me casé a los 21 –sació mi curiosidad.

–¡Qué joven! –le comenté.

–¿Joven? Si hoy se casan con 14.

–¿Y cómo fue estar casada? Estar soltera debió tener sus cosas…

–Pues, yo no tuve nada –aseguró sin pestañear–. Al contrario, tenía que haber disfrutado primero, y haberme casado después, que de boba no lo hice. Después de divorciarme por primera vez, fue que disfruté.

Tras un juego de adivinanzas, mientras Mabel, burlona, advertía que esas cosas no se preguntaban, Xiomara, riendo estridentemente, admitió estar ahora en su quinto matrimonio. Le pedí el porqué de tantos casamientos y su respuesta fue una de las afirmaciones más sabias y autocríticas que pudiera hacer alguien a un desconocido: “Porque no somos perfectos”.

–Las culpas nunca caen al piso –achuchó Mabel, luego de explicar Xiomara que los imperfectos fueron sus parejas.

–No todo el mundo sabe ser esposo –sentenció Xiomara con la razón de sus recuerdos, pues tuvo un marido mujeriego, otro borracho…

–Bueno, dicen que a la quinta va la vencida– le deseé lo mejor y los tres seguimos charlando.

Aquellas mujeres logran encontrar en esa nave un sitio confortable, lejos de una cotidianidad y dependencia hogareña que las sumerge en otra casa de muñecas. Mabel llega cansada del trabajo para terminar de agotarse con tareas domésticas. Ella intentó explicarme que los hombres del campo no tienen los mismos hábitos que los de la ciudad, que no es un machismo en toda regla sino un costumbrismo heredado desde viejas generaciones, “porque siempre se ha visto aquí que el hombre es quien trabaja en el campo y la mujer quien se ocupa de los quehaceres de la casa”.

–¿Y eso no les molesta? –le inquirí.

–Claro, pero a los hombres que son mayores será difícil sacarlo de su rutina. Nada más intentarlo provoca discusiones. Ya hace 30 años que estamos juntos mi marido y yo. Y nunca hemos discutido por esas cosas, porque ni yo iré a guataquearle un surco, ni él vendrá a limpiarme la casa.

En esta lucha de géneros, el campo de batalla de Mabel se libra en la crianza de su hijo. A él sí le inculca valores de igualdad y le exige doblar el lomo fuera del surco, para tareas domésticas. Mabel no cree que ahora pueda hacer mucho por cambiar su presente; quizás esté apostando a que, al menos en generaciones futuras, el cambio ocurra de una vez, de golpe, como cambió Matahambre.

***

Fuera del área de escogida, pensé mucho en el confinamiento de esas mujeres, atrapadas en el único empleo de la zona dentro un costumbrismo que repudian y del que no logran zafarse, con esas montañas de fondo que solo dan color al ambiente y algo de aire.

Me reí, además, por una reflexión engañosa: la mina es antinatural, a diferencia de la agricultura. Y en ese momento se me ocurría que la agricultura es tan perjudicial para la naturaleza como la mina, pero esconde un poco mejor las huellas del desastre. Ambos estilos de vida, el del minero y el del campesino, tienen sus propias repercusiones y vulnerabilidades. Vivir del tabaco, y no de la minería, quizá solo lleve a repetir la misma tragedia de la dependencia.

Como sea, resurgió la extracción de metales con Emincar y el júbilo acaricia a los pobladores de Matahambre. Al propio José Hernández Arronte, director de cultura del gobierno municipal e historiador aficionado, le alegra ese retorno porque “empieza a florecer de nuevo la economía, y eso les da la posibilidad a los jóvenes de conseguir empleos”.

En tanto, Miriam Martínez, piensa en el uno por ciento de impuesto que aportará la empresa mixta a los ingresos municipales para destinarse al desarrollo local. Pero este porcentaje empezará a recibirse solo cuando la empresa termine de pagar su deuda por la inversión. Antes, no tributará nada, ni siquiera al país, tal como está estipulado por políticas ministeriales.

Pero sabe que ese ínfimo uno por ciento resultará significativo: “Será millonario”.

Una empresa a merced del dinero

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La minería en el yacimiento Castellanos, con sus buldóceres y operadores, marca la despedida del minero clásico en Minas de Matahambre.

En el borde de un escalón o bancada de seis metros del yacimiento Castellanos, observaba los camiones, cuesta arriba desde el fondo del cráter. Conocía de antemano que el mineral se deposita en un patio junto a la planta de procesamiento y de ahí se traslada a una estera que alimenta la maquinaria con 185 toneladas de piedra por hora; la roca es molida y de nuevo triturada, hasta que su tamaño se mide en micrones (un micrón es igual a 0.001 milímetros).

Luego los minerales pasan a la celda de flotación, llamada así porque en esta, con inyecciones de aire y reactivos químicos, flotan y se separan de otros minerales las partículas de plomo, primero, y después las de zinc. Como todo ese proceso funciona con agua, se escurren aquellas partículas en los “espesadores de pulpa” y entonces el concentrado estará listo para ser almacenado, pesado, embalado y finalmente transportado al puerto de Santa Lucía. De allí, al puerto de Mariel con destino a China.

Esta rutina ya me la había explicado, entre ruido y ruido de la planta, Juan Carlos Pérez, ingeniero metalúrgico con 33 años laborales, mientras señalaba con el dedo las burbujitas de la celda de flotación, las barandas donde podría sujetarme, un termómetro y hasta una loma a lo lejos que –aseguró– todavía tiene algo de oro de la vieja mina aurífera de Castellanos, la que cerró en 2004.

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La planta de la Emincar de concentrados de plomo y zinc procesa 185 toneladas de piedra por hora.

Emincar se erigió sobre ese mismo yacimiento, pero con el objetivo de extraer plomo y zinc, y no un oro ya agotado. Su concesión minera abarca un terreno de 600 hectáreas, dentro del cual se hallan los yacimientos de Castellanos y Santa Lucía, ambos polimetálicos de plomo y zinc, fundamentalmente.

Este proyecto inversionista había sido concebido a mediados de los 80, con la URSS como socio emprendedor, pero luego llegaron los 90 y no fue hasta 2005 que oficialmente se iniciaron las negociaciones entre la Geominera S.A. (la parte cubana) y el grupo Trafigura Caribbean Mining BV, una trasnacional originaria de Suiza. El surgimiento en 2011 de la empresa mixta Emincar fue el fruto de esas conversaciones. En 2015, empezó la construcción de las instalaciones que, en octubre de 2017, comenzaron a producir los concentrados. Todo costó 278 millones de dólares.

“Para nosotros, Trafigura es un socio estratégico: no opera en bolsa, es un socio con dinero, que ha estado en otros proyectos en Cuba (como el de la Empresa Cubana de Gas S.A., constituida en 1997, la cual atiende el suministro de gas licuado en el occidente del país e Isla de la Juventud)”, opinó Jesús Moreira, el gerente cubano de Emincar que representa a la Geominera S.A. “Incluso, fue Trafigura misma la que nos prestó el dinero”.

Ante las dificultades de Cuba para acceder a una financiación tradicional –explicó José Antonio Vila, gerente por la contraparte extranjera–, Trafigura decidió asumir la totalidad de la inversión.

Ahora, dicha empresa funge como accionista, inversora y prestamista de Emincar, además de ser cliente. Como Trafigura es una de las principales vendedoras de materias primas en el mundo, adquiere la producción entera y luego la comercializa.

Con respecto al pago del préstamo por la parte cubana, se prevé que se culmine tras cinco años productivos (sería después de 2023). “Hasta que se devuelva la totalidad del financiamiento no habrá un reparto de dividendos, porque ese beneficio generado se destina íntegramente al pago de la deuda”, señaló Vila.

Bajo esa misma lógica, hasta 2024 Emincar tampoco tributará el uno por ciento al municipio Minas de Matahambre. Aun así, nada más por proporcionar nuevos empleos ya representa un signo de desarrollo para la región.

Luis Olivera es un operador metalúrgico, nacido en Santa Lucía, que regula ambos espesadores de plomo y zinc en la planta. Cuando lo conocí, estaba midiendo, de una muestra, la densidad y el por ciento de sólido de la pulpa. Antes, de la minería apenas conocía las rocas ferrocalizas, pues su formación académica es de técnico medio en Construcción Civil: nada que ver. Él se vinculó a Emincar desde las labores constructivas que empezaron en 2015, luego tomó un curso de seis meses para hacerse operador.

Retornó a su pueblo natal después de años en la capital del país: “Estaba trabajando en la Unidad Habana (la UEB de la Geominera Pinar del Río), en un proyecto con la empresa eléctrica, en soterrados. Trabajé además en una vivienda como jefe de una brigada y tenía buen salario, pues ganaba 3000 pesos (CUP) en la quincena. En realidad, lo que me impulsó a venir acá fue la familia: estaba lejos de las niñas mías. Ahora, que estoy cerca, puedo convivir de verdad con ellas, porque yo estaba quince días en La Habana y quince aquí”, dijo Olivera al terminar su medición.

En la búsqueda de mejores salarios para mantener a su familia, este joven de 33 años se convirtió en un emigrado de su pueblo. Apenas surgió Emincar con sus vacantes atractivas, rápido volvió a Santa Lucía y así, sin proponérselo, se integró a la tradición que su padre, abuelo y bisabuelo habían cimentado desde los inicios de la mina cuprífera de Matahambre.

Marla Ferrer, de 24 años, también es de Santa Lucía. Era maestra de primaria, lo dejó y estuvo desempleada un tiempo, hasta que matriculó en uno de los cursos de Ingeniería en Minas que se imparten en Emincar. Hoy opera un taladro en la extracción de minerales. “Aquí en Santa Lucía hay pocas opciones de trabajo. Esta es una buena empresa y, aunque nunca había tenido relación con la minería, es algo que se puede aprender”, dijo satisfecha.

A través de la sala de control de la planta de procesamiento de la Emincar, Adrián Camejo, licenciado en Informática, vela por el correcto funcionamiento del proceso productivo.

Otro veinteañero, Adrián Camejo, licenciado en Informática, trabajaba en la Dirección Municipal de Trabajo. Hasta que asistió a las captaciones en octubre de 2016 e ingresó a Emincar. Actualmente opera la sala de control de la planta. “Una de las principales razones de mi traslado fue el salario. Además, mi padre siempre ha trabajado en la geología; ya se retiró, pero llevaba 40 años en la minería. A mí, en lo particular, me ha encantado este proyecto”.

El resurgimiento de la minería se les ha presentado a muchos como una oportunidad para sus carreras. Y no solo jóvenes, sino veteranos en la profesión como Eusebio Hernández, el jefe de la planta, de 58 años: “Llevo 30 en este proyecto. Lo vi desde cero, lo construí. Mi vida es, como quien dice, el zinc y el plomo. Por eso siempre le digo a la gente: ‘Cuando yo muera, que mis cenizas las tiren por allá –señaló el yacimiento entre carcajadas– para que entren en el proceso tecnológico y seguir por ahí pa’ allá’”, concluyó con su deje chileno de largas estancias en el Cono Sur.

Emincar emplea a 524 cubanos, de estos, más de 90 por ciento son de las localidades más cercanas: Santa Lucía, Minas de Matahambre y Pons. Se les suman casi 200 que no son plantillas fijas.

La llegada de ese establecimiento minero ha devuelto en cierto grado el transporte público (que no es público, sino de la empresa, y los transeúntes, como antaño, también lo usan), se han arreglado algunas carreteras, el puerto se levantó prácticamente desde cero… “La empresa no da mucho empleo, pero sí mucho ingreso e impacta sobre otras cosas en el municipio”, resumió Eusebio.

Pero este pequeño realce económico tiene fecha de caducidad. La vida estimada de la Empresa es, a lo sumo, de 25 años. En la provincia de Pinar del Río se gestan nuevas inversiones extranjeras en el sector minero, sin embargo, no todas están destinadas a favorecer a los habitantes de Mataham bre.

Que el propio municipio no tenga capacidad financiera para invertir en sus potencialidades mineras, entorpece la planificación del desarrollo local y, por supuesto, también la autonomía. Los tesoros naturales bajo el suelo de Minas de Matahambre están a merced del dinero de trasnacionales o de otros grupos empresariales. La dependencia económica del municipio, en ambos casos, se perpetúa de manera inevitable.

Manual del marinero de tierra

Una noche, nuestro equipo periodístico decidió pasear por el pueblo de Santa Lucía. Estábamos a las nueve en el corazón del barrio de La Sabana, en un parquecito con cuatro bancos que es zona wifi, además. Un cuarentón le sacaba par de notas a su guitarra. Otro lugareño, más joven, ponchaba reguetón en una bocina.

Tras atravesar las mamparas de la entrada de un bar-cafetería, los clientes detuvieron su diversión para analizarnos con sospecha, como vaqueros en un western ante la llegada de desconocidos. Llamamos al mesero y propietario del local. Quien hacía solo dos meses había regresado “del Yuma”.

Papo, el mesero, pagó 8 000 dólares por una lancha que lo llevaría a Cancún. De allí cruzaría la frontera mexicana con Estados Unidos y entraría en el engranaje administrativo de los migrantes ilegales. Su plan consistía en acogerse a la Ley de Ajuste Cubano.

Sin embargo, sus planes se arruinaron por completo. Su lancha nunca llegó a la otra orilla. Quedó varada cuatro días a 20 millas de Cancún y pasó hambre como todos los viajeros, incluido un muchacho de 14 años, solo. Alguien, gracias a un móvil satelital, pudo contactar con Estados Unidos. Entonces una avioneta localizó las coordenadas de los náufragos y luego un crucero los subió a bordo y les brindó pequeñas mantas, como en los policiacos hollywoodenses.

Terminó, caramba, en la ciudad de Nueva Orleans. Después fue trasladado a Mississippi. Por supuesto, no consiguió el parole (permiso de permanencia temporal) y esperó todo el proceso jurídico encerrado en un centro de detención. Se les fueron ocho meses y 5 000 dólares entre juicios, abogados y otros gastos, antes de que lo deportaran de vuelta a Cuba junto a los otros náufragos.

Regresó a Cuba con una “calderilla” de dinero, suficiente para invertir con una amistad en el bar donde estábamos sentados. El éxodo de jóvenes del municipio hacia otros países es una realidad repetida. Después de todo, la mayoría no logra encontrar un empleo como los de Emincar.

Cuando la naturaleza tose

Santa Lucía constituye uno de los tres principales centros urbanos del municipio Minas de Matahambre.

El gerente de Emincar, Jesús Moreira, nos ofreció un recorrido por Santa Lucía en su camioneta Toyota, apta para terrenos irregulares como la mina e impresionante al salir de un bar caro en La Habana. Un niño, del otro lado de la ventanilla, nos pidió one dollar.

El carro esquivaba los baches, mientras los edificios prefabricados de la época del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) se sucedían por casas de maderas del barrio viejo. Un caballo pastaba junto a un estercolero. Desde el inicio del viaje, la basura desperdigada decoraba el entorno de Santa Lucía, ratificando los informes escuchados en la Asamblea Municipal sobre las deficiencias de los servicios comunales. Me pregunté si los desechos de la población serían peores que los causados por la minería.

–En este pueblo, en todo momento se te atraviesa un caballo flaco en la carretera. Hace tiempo, un carro impactó a uno y quedó desbaratado –comentó Moreira mientras timoneaba una curva.

–¿Quién? ¿El caballo? –me surgió la duda.

–Los dos: el caballo y el carro.

Llegamos a un cerro pronunciado donde solo hay un establecimiento de ocio, llamado El Ranchón. Vaya vista privilegiada la de esa altura: Tiramos algunas fotos paisajísticas que capturaron las dimensiones de Santa Lucía.

Desde el camino, los edificios prefabricados del pueblo eran el único vestigio de urbanismo, oculto tras la crecida vegetación. Eso sí: se avistaban bien unas montañas desnudas de “pasivos ambientales mineros” y el tendido eléctrico que, entre arboledas, conecta las comunidades de Minas de Matahambre. También se imponía el humo blanco que desprende la fundición de plomo de Geominera.

En el patio trasero de esta fundición yace un valle entero de cenizas de pirita. Colinas erigidas por la acumulación de residuos, de cuando existía la fábrica de ácido sulfúrico. También se extiende un terraplén que corta las aguas de un río y evita el flujo de sustancias contaminantes hacia el mar; depósitos con la “escoria” del plomo, ruinas de fábricas y chimeneas, una loma amarilla y verdosa de 350 toneladas de azufre, y hasta musgos orilleros que sobreviven a las escorrentías ácidas.

Este lugar que ahora pertenece a la UEB Producciones Industriales de la Empresa Geominera, constituye uno de los principales pasivos mineros del municipio. Otro es el del yacimiento de Santa Lucía, donde se explotó plata en el sombrero de hierro y no se ha extraído nada más desde 2008. Se halla en una especie de recesión, hasta que Emincar empiece allí sus excavaciones. Ambas fueron minas activas en un pasado y ahora representan un peligro inminente para el medioambiente, sobre todo por sus afectaciones al subsuelo y el manto freático.

Por eso, Geominera ha tomado medidas de mitigación como construir filtros de cal para neutralizar las escorrentías ácidas, o cubrir de arcilla el espacio explotado por la minería. “Ahora estamos reforestando, buscando plantas que sean adecuadas para ese terreno donde hay metales pesados como calcio, zinc y plomo”, señaló Valia García, especialista de medio ambiente en la Geominera.

“Hoy hay un bosque en esa zona del yacimiento de Santa Lucía, pero era una explanada desierta. Ya la flora y fauna se mantiene viva. Como tal, ningún pasivo constituye un impacto ambiental”, añadió la experta, y agregó que las antiguas minas de Matahambre, por haber sido de tipo subterráneas, no afectan el ecosistema.

Sin embargo, la cultura ecológica data de las últimas décadas, reconoció Raciel Álvarez, director en los últimos cuatro años de la UEB Producciones Industriales. Por la desatención de dichos hábitos en los primeros años de Sulfometales, se acumularon cenizas de pirita (residuo de la tostación del mineral). A partir de los 90, el ácido sulfúrico se produjo mediante azufre importado de Matanzas, y ya no era necesario seguir tostando la pirita. Aun así, “las cenizas se fueron quedando ahí, y como nadie exigía… Las autoridades medioambientales venían, pero eran muy superficiales”.

Una vez cerrada la fábrica de Sulfometales en 2008, cuando se fundó la UEB Producciones Industriales, empezó a incentivarse la cultura ambientalista. Y se construyó el muro de contención que divide al río, se eliminó el sistema de lavado de gases con agua y se instaló un filtro para limpiar los vapores emanados por la chimenea de la fundición (esta UEB se dedica, en gran parte, a la producción de lingotes de plomo a partir de materias primas recicladas).

“Hoy no contaminamos el ambiente, ni de polvo ni de agua. Todos esos polvos se recogen en el filtro y se reincorporan al proceso”, aseguró Álvarez.

Debido a que siempre la actividad minera generará un impacto ecológico, las minas modernas tienen que prever, desde la fase de proyecto, las medidas y el presupuesto para mitigar las afectaciones a la naturaleza durante la explotación y después del cierre de la mina. Así lo hizo Emincar antes de montar su industria de concentrados de plomo y zinc.

Estrella Milián, jefa del Departamento de Medioambiente de la empresa, contó cómo tuvieron que eliminar la capa vegetal del yacimiento Castellanos y removerla hacia otra zona: esta se reutilizará después en la fase de cierre para rehabilitar los terrenos afectados por la minería. Además, se instaló una potabilizadora de agua para abastecer a la población y mejorar la calidad de ese líquido, el cual pudiera deprimirse por la misma actividad industrial; y construyó una presa de cola impermeabilizada, donde se almacenan los residuos tóxicos procedentes de la planta de procesamiento.

“Tenemos que rehabilitar todo lo que en un momento determinado se pueda convertir en un pasivo ambiental minero, los efluentes, las áreas degradadas, la presa de cola…”, afirmó Milián, de 49 años de edad, “Para entregar la concesión minera, tiene que certificar el CITMA que no existen pasivos. Al cierre, hay un plan de seguimiento y control que abarca de cinco a diez años”.

Los más expuestos a la contaminación son los trabajadores. Estos laboran saturados de ruidos y polvo. De ahí que la seguridad en el trabajo sea el eslogan más repetido dentro de Emincar.

Una alta exposición al plomo puede resultar letal por el saturnismo, que es el envenenamiento que produce este mineral cuando está presente en la sangre: puede ocasionar daños neurológicos irreversibles si llega al cerebro.

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“Los niveles más elevados de plomo en sangre que tenemos provienen de Sulfometales, pero no tenemos a nadie que podamos decir que esté oficialmente expuesto”, reveló Arián Hernández, especialista de salud laboral en la Emincar.

Arián Hernández, especialista de salud laboral, advirtió que 0,60 miligramos de plomo por litro de sangre (mg/l) es el límite permitido por ley. Traspasarlo conlleva a retirarlo de la exposición. Con la lógica de alejarse de esa vara, la empresa empieza a adoptar medidas sanitarias en cuanto sus empleados alcanzan los 0,32 mg/l.

“Muchas personas que trabajan aquí, no empezaron en la minería con nuestro proyecto, sino antes, y también fueron expuestos a riesgos que no se controlaron debidamente. Los niveles más elevados de plomo en sangre que tenemos provienen de Sulfometales, pero no tenemos a nadie que podamos decir que esté oficialmente expuesto”, arguyó Hernández, de 36 años de edad. “Cuando la gente venía de ‘Sulfo’, no tenían un lugar para merendar, ni hábitos de lavarse las manos o utilizar medios de protección: una, porque no tenían esa cultura; y dos, porque nadie se los exigía”.

Por su parte, Raciel Álvarez confesó que cuando Producciones Industriales era Sulfometales, “el humo invadía todo, incluso la vegetación estaba deprimida. Entonces se afectaba la comunidad, pero eso se ha ido mitigando, al igual que se ha reforestado”.

Hoy, el principal peligro que acecha a la unidad empresarial es el saturnismo. Realizan chequeos semestrales a sus obreros y han llegado a tener, según Álvarez, hasta 23 contaminados, con índices de plomo en sangre por encima de 0,60mg/l. En 2019 hicieron análisis médicos a los familiares de los empleados de la UEB, y por suerte no tuvieron casos positivos de dicha enfermedad.

Sin embargo, muy cerca de la fundición conviven algunos asentamientos y casas aisladas, aun cuando la industria debería mantener distancia de las zonas residenciales. Álvarez afirmó que el Che fundó esta industria en 1961 y allí, en ese momento, solo había monte. Las casas se erigieron después, al margen de cualquier planificación urbanística y de cualquier prevención sanitaria.

De cualquier manera, en el patio trasero de esa comunidad hay un valle entero de cenizas de pirita.

La fe no obra milagros

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La fundición de plomo de la UEB Producciones Industriales sufre un bajo nivel de automatización.

La cocina de plomo de la UEB Producciones Industriales sabe a retro. De La Habana llegan las pastas de dicho metal, que fueron recicladas a partir de cientos de baterías de autos; luego se echan en cubilotes que se ponen al horno. A fuego lento, durante cuatro, seis horas, el plomo se deja derretir a base de fuel. La sustancia ardiente del cubilote se vierte en una especie de olla gigante que moldea la textura gracias a la lingotera. La grúa transporta cada material hacia los distintos puntos del proceso. Un obrero controla la grúa, otro atiende el horno, un tercero bate el plomo fundido… en total, poco más de un puñado de personas bastan para cocinar.

De cerca presenciaba la dinámica laboral y me sorprendía su asincronía, como salida de un Noticiero Icaic Latinoamericano.

Equiparar la planta de concentrados de plomo y zinc con la fundición de esta UEB, resulta bastante estéril: No poseen similares dimensiones ni volúmenes de producción, tampoco tienen la misma disponibilidad de materias primas y divisas; ni siquiera, el mismo objeto social. Y no hablemos de la tecnología. Hasta en sus trabajadores se perciben diferencias: jóvenes versus hombres al borde del retiro. Unos, con nuevos y complejos equipos de seguridad; los otros, con uniformes gastados y descosidos.

Caminé un poco y me distrajeron los ruidos de martillos eléctricos de la instalación y los vapores con aroma metálico. Conversé con varios obreros. Un mecánico, recostado sobre una columna de acero, me conmovió. Desde 1975 trabajaba en ese lugar, cuando todavía esto era la fábrica de ácido sulfúrico y él tenía de compañeros a casi 900 personas –actualmente, la plantilla completa de la UEB solo abarca a 213 empleados.

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Lázaro de Armas, mecánico de la UEB Producciones Industriales, piensa que el pasado siempre fue mejor.

Lázaro de Armas –nombre del mecánico– piensa, como otros, que el pasado siempre fue mejor; que antes sí se trabajaba, el salario servía para algo y Santa Lucía tenía una prosperidad nunca después vista. Él solo espera continuar un rato más en esa rutina laboral, sin resistirse a la inercia, al menos hasta su retiro.

–Es para que este municipio tuviera más cosas. Ya no hay cabaret ni transporte. Tampoco playa: la cerraron porque abrieron el puerto –el viejo siempre ha vivido en Santa Lucía, tras su nacimiento en la calle Pedro Lantigua. Ahora reside cerca de la funeraria.

Me alejé de ruidos y vapores. La vista de la antigua fábrica de sulfometales sedujo mi atención: un armatoste oxidado y destartalado tras un cartel pulido y enaltecedor. Ojalá fuera tan fácil industrializar el país entero como reparar una pancarta propagandística.

Ya en las afueras del municipio, de vuelta a casa, recordaba, asombrado como un sajón ante el Muro de Adriano, aquellos viejos hierros, ruinas de esa fábrica: todo escombro refleja un ocaso.

Y también el símbolo de un esplendor pasado. Pero solo será prometedor el futuro cuando esos hierros logren, con la fuerza de las neuronas, zafarse, al fin, de sus monodependientes bases.


Dariel Pradas

 
Dariel Pradas