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Publicado el 6 Octubre, 2021 por María de las Nieves Galá León en En Cuba
 
 

Quiéreme… pero déjame decidir

Desde que la enfermedad provocada por el nuevo coronavirus apareció en Cuba, las autoridades centraron atención en los adultos mayores, los más susceptibles de agravar y fallecer. Junto a la adopción de pautas específicas en instituciones especializadas, se convocó también a las familias a protegerlos. Sin embargo, con ese ánimo, han aparecido en el ámbito social y familiar expresiones sobredimensionadas que en opinión de expertos pueden llegar a lastimar los procesos de autonomía de personas de ese grupo etario e, incluso, hacer retroceder la redefinición social que ha alcanzado la vejez en el país
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Quiéreme… pero déjame decidir.

En el seno familiar es donde se siembra el amor hacia los mayores. (Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES).

Por MARÍA DE LAS NIEVES GALÁ y MARIETA CABRERA

Peldaño a peldaño, Miriam Marañón Santa Cruz, de 77 años, sube casi a diario los cinco pisos que debe vencer para llegar a su apartamento, ubicado en un edificio del reparto Bahía, en el municipio de La Habana del Este. Lo hace tras la caminata que suele emprender por las cercanías para observar las plantas y tomar un poco el aire fresco, y también al concluir la pesquisa que realiza, tres días a la semana, en diez viviendas del propio edificio para apoyar al personal sanitario.

“Voy a mi paso, sin prisa”, dice la septuagenaria, y enfatiza que los vecinos le agradecen que los visite para interesarse por su salud. “Cuando hablo con ellos, protegida con mi nasobuco y a una distancia prudencial, hasta el estado de ánimo les cambia”.

Pero en estos meses lo que más ha hecho Miriam es estudiar. “Mi hijo dice que soy diferente a las personas de mi edad que él conoce”, comenta a las periodistas y sonríe. Para la maestra normalista, licenciada en Historia y máster en Educación Geográfica cada jornada resulta corta en su afán por estar actualizada en temas como racialidad o medioambiente, que imparte a profesores de la Cátedra del Adulto Mayor de la Universidad de La Habana, de la cual es Vicepresidenta.

Quiéreme… pero déjame decidir.

Miriam Marañón dedica tiempo al estudio de temas que imparte a profesores de la Cátedra del Adulto Mayor. (Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA).

No obstante, le roba unas horas a su preparación para repasar al nieto, y conversar por teléfono con amistades, colegas, y otras personas de su edad para apoyarlas psicológicamente. En esos diálogos muchos le confiesan estar deprimidos ante la elevada cifra diaria de decesos por covid-19, lo cual aumenta sus preocupaciones porque tienen comorbilidades similares a los fallecidos. De hecho, admite Miriam, “la idea de la muerte es algo que también tengo presente”.

En otro sitio de la ciudad, Rafaela Wong Wong, de 79 años, saluda desde la reja que protege la entrada de su casa a los amigos y vecinos que pasan por la acera. La llegada de la covid-19 marcó el final de sus salidas a la calle. “Mi hijo me garantiza todo; además, algunos vecinos me ayudan y me traen lo que viene al mercado.

“Mantener activo el cuerpo y la mente es la mejor medicina”, manifiesta. Por eso extraña las clases de computación que recibía, junto con otros mayores, en el Joven Club Cerro 4, en el reparto Martí. “Me entretenía y aprendía cosas muy útiles. Cuando creí que ya no iba a volver a estudiar, comprendí que no podía quedarme atrás y que para comunicarme con mis nietas y nietos era preciso conocer las nuevas tecnologías”.

No obstante, sus deseos de que la covid-19 sea controlada definitivamente tienen una razón más poderosa: “no seguir escuchando noticias sobre vecinos y amigos que enferman o, lamentablemente, fallecen”.

Desde que el nuevo coronavirus empezó a causar estragos en la población mundial, la atención de las autoridades sanitarias internacionales y nacionales, de los gobiernos y de la sociedad en general, se centró en los adultos mayores, debido a que las comorbilidades presentes en la mayoría de ellos los hacen más susceptible de agravar y fallecer, si adquieren la covid-19.

Quiéreme… pero déjame decidir.

Abuelas, como Rafaela Wong (segundo plano, a la derecha), desean volver a las clases que recibían antes de la pandemia en el Joven Club Cerro 4. (Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES).

“La pandemia está causando un miedo y un sufrimiento indecibles a las personas de edad en todo el mundo”, alertaba un informe de Naciones Unidas, en mayo de 2020. Más de un año después –cuando aún no se avizora el fin de esta pesadilla, que precisa sin duda una respuesta global–, entendidos en la materia afirman que la crisis sanitaria ha marcado un antes y un después en el contexto hasta teórico de la ciencia del envejecimiento.

Estudiosos internacionales del tema destacan que el edadismo (estereotipificación y discriminación contra personas o colectivos por motivo de edad) ha tenido diversas expresiones en los ámbitos sociales a nivel mundial. Por ejemplo, surgió la visión despiadada que la covid-19 representaba un problema “solo de los viejos” porque eran quienes más se morían, y no han faltado quienes los han culpado de las restricciones para frenar la pandemia.

Cambios de un día para otro

Cuando nadie suponía la aparición de un virus que modificaría las rutinas de todos en el ámbito individual y colectivo, en el mundo se venía trabajando en función del envejecimiento activo y saludable, y había un movimiento creciente relacionado con la protección de los derechos humanos de las personas mayores.

Esto se corresponde con la estrategia de la Organización Mundial de la Salud que apuesta por la Década del Envejecimiento Saludable (2020-2030), la cual incluye acciones para estimular y mantener la capacidad funcional en este grupo etario.

Tal propósito se traducía en individuos de la tercera edad desbordados fuera del escenario doméstico, protagonizando proyectos e, incluso, reincorporados al trabajo. Pero en un abrir y cerrar de ojos todo cambió. Los diferentes gobiernos dictaron indicaciones para protegerlos: se les convocó a permanecer en las viviendas y no frecuentar espacios públicos.

En Cuba, junto a esas medidas de alcance general, se adoptaron con prontitud pautas específicas en instituciones especializadas como hogares de ancianos y casas de abuelos, las cuales forman parte del Programa Nacional de Atención Integral al Adulto Mayor.

En los primeros, por ejemplo, se establecieron protocolos con normas organizativas, epidemiológicas, preventivas y terapéuticas, como la suspensión de visitas y pases internos, y la realización de las actividades deportivas y culturales por los propios trabajadores.

Quiéreme… pero déjame decidir.

El artemiseño Aurelio Fagundo lamenta que ya no pueda visitar con regularidad a la familia. (Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES).

Además, en dichos hogares, los adultos mayores recibieron el medicamento cubano Biomodulina T, lo que permitió disminuir la tasa mensual de ingresos hospitalarios, las infecciones respiratorias agudas y la mortalidad por neumonía. También se adoptó el cierre del servicio de casas de abuelos, aunque se mantuvo la alimentación para los que la solicitaran.

Puertas adentro, la familia también puso sus reglas.

Delia Díaz Suárez, de 86 años, antes de la pandemia tenía una vida activa. Impartía clases particulares de inglés para aumentar un poquito sus ingresos y acostumbraba a pasear por La Habana Vieja. Ahora, cuando conversa, solo atina a decir: “Estoy loca porque termine este encierro, no aguanto más”.

Ante el miedo de que se contagie con el nuevo coronavirus, su hija Ana Luisa Pérez Díaz le ha prohibido salir de casa: “Es que ella no es como esas viejitas que suelen estar tranquilas en un lugar, si pudiera, estaría siempre en la calle. Hasta yo temo salir”, declara.

Otro que ha visto limitadas sus rutinas es el artemiseño Aurelio Facundo Reyes, quien ya no puede visitar con regularidad a la familia, ni venir de vez en vez a La Habana. No obstante, refiere, ha estado muy ocupado porque le aprobaron un subsidio que le permitió mejorar las condiciones estructurales de su vivienda.

Una o dos décadas de retroceso

En el municipio habanero de Playa, la licenciada en Psicología y presidenta de la Cátedra del Adulto Mayor de la Universidad de La Habana, Teresa Orosa Fraíz, recibe en su casa al equipo de BOHEMIA. Sentados en el comedor, desde donde se avista un patio con abundantes plantas que tornan aún más acogedor el lugar, la especialista asegura que en estos meses ha trabajado más que nunca, a pesar del recogimiento en el hogar que ella también ha debido afrontar por su edad.

A estudiar el impacto de la crisis sanitaria en los adultos mayores dedica gran parte de su tiempo (lo que incluye su participación en foros internacionales y disímiles proyectos), y categórica sostiene que “la pandemia ha conmovido a la Gerontología”.

Quiéreme… pero déjame decidir.

“La pandemia ha conmovido a la Gerontología”, afirma Teresa Orosa. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

En primer lugar, explica la experta, porque ha causado grandes pérdidas de la población en la que se enfoca esa ciencia y, en segundo lugar, porque el tratamiento acerca de la vulnerabilidad de quienes peinan canas ha tenido expresiones contradictorias, por un lado, y sobredimensionadas por otro.

Las contradictorias se evidencian, ilustra, cuando tras el colapso de hospitales en Italia no se priorizó a los mayores para ingresarlos en salas de terapia intensiva, a pesar de ser los más vulnerables, porque tenían menos probabilidades de sobrevivencia, negándoles así el derecho a la vida.

“Situaciones como esas (ocurridas en otros países europeos, como España, y de América Latina) no las hemos vivido en la sociedad cubana, ni creo que las vivamos nunca”, subraya Orosa. “Lo que sí ha ocurrido también en nuestro medio son las expresiones sobredimensionadas”.

Este término, aclara, no alude a las medidas necesarias adoptadas por el Estado cubano para amparar al adulto mayor desde la propia concepción del plan nacional de enfrentamiento al nuevo coronavirus, a inicios de 2020. “Se trata de situaciones extremas que se han dado cuando, desde las buenas intenciones, la sociedad, las estructuras de la localidad, la familia, los medios de comunicación deciden proteger a como dé lugar a los mayores, sin tener en cuenta las individualidades. Y cuando esto ocurre se puede llegar a lastimar los procesos de autonomía de esas personas.

Especifica la también máster iberoamericana en Gerontología Social que la mayoría de quienes pueden haber estado en tales circunstancias no son individuos con algún deterioro mental o cognitivo, sino con alta capacidad de razonamiento y responsabilidad.

Muchos hijos, ejemplifica, se convirtieron en padres de sus padres y empezaron a tomar decisiones de manera inconsulta, y todo “por tu bien”, “para que no te pase nada”. A la par, se ha reforzado el lenguaje infantilizador, aniñado, en algunos medios de comunicación y también por especialistas y decisores.

“El amor a los ancianos y el miedo al ver que morían con más frecuencia han hecho que reaparezcan expresiones edadistas como la de ʻpobrecitos viejitosʼ, algo que se había superado bastante y que deja marcas en esas personas al verse como seres ʻlimitadosʼ”.

Uno de los aspectos fundamentales para la salud mental de la persona mayor es saberse autónoma y percibirlo de forma física, hasta donde se pueda, pero sobre todo psicológicamente, continúa la profesora. Un anciano puede depender de un bastón o de otra persona para suplir, en determinado momento, dificultades motoras y a la vez ser independiente; es decir, que se le respete y practique su capacidad de decisión a lo largo de su vida.

Pero las huellas más difíciles de borrar son las que quedan en la sociedad, advierte Orosa. “La pandemia no va a ser para siempre. Sin embargo, a nivel mundial se ha retrocedido una o dos décadas en la mirada acerca del envejecimiento porque ahora lo que se ha instalado en las estrategias de atención o en los decisores, en los medios de comunicación y en la familia es la vulnerabilidad de las personas mayores”.

Y mire si es así que en nuestro entorno el término “vulnerable” se ha popularizado, de una manera muy criolla, hasta en las colas.

 Aislamiento físico, no emocional

 La familia sigue siendo un espacio de comunicación, de transmisión de afecto y seguridad

Quiéreme… pero déjame decidir.

En las colas para comprar medicamentos destaca la presencia de adultos mayores y no todos adoptan una actitud responsable en esos espacios públicos. (Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES).

En tiendas, farmacias, agromercados o bancos de la capital salta a la vista la presencia de personas de edad avanzada. Tal realidad se aprecia en mayor o menor medida en otras provincias, a pesar de que desde mediados de este año el país vive el escenario epidemiológico más complejo desde que se registraran los primeros casos de covid-19. Lo que más ha atentado contra la convocatoria de quedarse en casa es, sin duda, la necesidad que muchos de ellos tienen de salir para adquirir alimentos, medicamentos y otros artículos de primera necesidad, y de hacer gestiones.

Al cierre de 2020, Cuba registró un incremento de personas mayores de 60 años, al reportarse que el 21,3 por ciento del registro demográfico nacional corresponde a ese grupo etario, de acuerdo con una publicación del Ministerio de Salud Pública en su página web.

Del total de esos individuos, se estima que el 15 por ciento vive solo, segmento que en medio de la pandemia ha sido priorizado, a pesar de las limitaciones económicas del país, agravadas por el bloqueo de los Estados Unidos.

En este sentido, los órganos de la localidad han estructurado sistemas de atención para llevarles hasta sus viviendas los medicamentos del tarjetón a los más necesitados. También se ha continuado el servicio de mensajeros para que los beneficiarios del Sistema de Alimentación Familiar, que no estén en condiciones de asistir al establecimiento, reciban su comida en el hogar.

Sin embargo, para la mayoría de los adultos mayores que viven solos, permanecer todo el tiempo en casa no es una opción.

Mercedes del Pino Roque está en ese grupo. A sus 74 años, aún es ágil y pudiera serlo más, a no ser por el accidente que tuvo hace algunos meses. “Me atropelló un carretón de caballos. Gracias a Dios no tuve graves consecuencias, aunque me afectó la pierna derecha y ahora tengo que andar con un bastón”.

Residente en el reparto Poey, en el municipio capitalino de Arroyo Naranjo, Mercedes recorre a diario las calles de su barrio para comprar el pan y otros productos de primera necesidad. “Hago las colas como los demás. En el único lugar donde han mostrado consideración conmigo es en la Casa Sánchez (centro comercial), que está en la Calzada de Bejucal”.

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María Regla Ferro confía que esta pelea la vamos a ganar e invoca la protección de sus santos. (Foto: AGUSTÍN BORREGO TORRES).

En el reparto Martí, en el municipio de Cerro, María Regla Ferro Puente también sortea los peligros de la covid-19. Apoyada en un bastón, hala con su otra mano el carrito de los mandados. Desde que el esposo falleció, vive sola. “Aquí cerca tenemos apenas una TRD, La Camagüeyana, y se forman tremendas colas. Compro lo que puedo; son demasiadas personas intentando lo mismo”, cuenta la mujer de 80 años.

Mercedes y María tienen claro que salir de casa y enfrentar el peligro de este virus exige cumplir con rigor las normas higiénico-sanitarias. “Esta pelea la vamos a ganar si nos cuidados unos a otros”, afirma María, sin dejar de invocar la protección de sus santos.

Ponderar la emoción

Aun cuando hay adultos mayores que por sus condiciones físicas y psicológicas se han mantenido desde el inicio de la pandemia apegados a sus miedos y a la reclusión, sin adaptarse a los nuevos escenarios ni modificar su cotidianidad, estudios hechos en este contexto en Cuba y en otros países arrojan que dicha población es la de mayores indicadores de resiliencia.

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Permanecer más tiempo en casa ha motivado a los abuelos y a los más chicos a buscar opciones para distraerse. (Foto: JORGE LUIS SÁNCHEZ RIVERA).

Así lo asegura la psicóloga Teresa Orosa, quien lo atribuye al sentido de la responsabilidad que la persona ha desarrollado a lo largo de la vida. “Esto le permite comprender la gravedad de la situación, a veces no desde el primer momento, pero sí con el paso del tiempo. Además, esa experticia ha sido un factor esencial para percatarse de la necesidad de preservar la salud mental y saber ponderar la importancia de la emoción porque no hacerlo trastorna, deprime e invalida”.

Dinorah L. Martín no se ha dejado abatir por el aislamiento impuesto por la covid-19 y desde abril de 2020 empezó a volcar sus experiencias en una suerte de diario, comenta a BOHEMIA la octogenaria. “Escribir me entretuvo durante un tiempo y alejó de mi mente situaciones que me podían causar dolor”.

En esos textos breves Dinorah revela su optimismo: “Todo este esfuerzo por combatir la pandemia nos será recompensado mañana cuando al despertar podamos visitarnos, abrazarnos y compartir todo lo bueno que la vida nos ofrece”.

Otros siguen encontrando en el trabajo su realización plena. Andrés César Nogueras, de 83 años, va una vez a la semana a la empresa capitalina Metal Mecánica Varona, donde labora como asesor del director para el control interno. Refiere que se jubiló hace tres años, pero al mes retornó a ese centro y ahora se acogió al teletrabajo. “Para mí es muy importante sentirme útil, más en esta empresa que es un pedazo de mi vida”.

Andrés sabe que la restricción de la movilidad y del contacto social genera un alto costo en el bienestar de las personas de su edad. Lo recalcan expertos como Jesús Menéndez Jiménez, secretario de la Sociedad Cubana de Gerontología y Geriatría, quien declaró al periódico Tribuna de La Habana, en septiembre de 2020, que las afectaciones físicas están muy relacionadas a la locomoción y comprenden, por ejemplo, disminución de la masa muscular, propensión a caídas o miedo a caerse, y reducción de estímulos visuales y auditivos.

Además, la espiral de inactividad deja su huella en el plano mental con expresiones de aburrimiento, baja motivación e irritabilidad; y pueden aumentar la frustración, la tristeza y la depresión, alertó el especialista.

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Marina Ruiz, en primer plano, y Virginia han continuado la práctica de taichí, ahora en casa. Foto: LEYVA BENÍTEZ).

Tales manifestaciones pueden aparecer incluso cuando las familias, con el ánimo de cuidar a los mayores, los sobreprotegen. Es el caso de hijos que para evitar el posible contagio de la madre que ya peina canas –ante la entrada y salida de ellos de la vivienda para trabajar o realizar algún trámite-, deciden limitar a la anciana: “Mamá, de ese cuarto no me salgas”.

Situaciones como esta fueron corroboradas por especialistas en Psicología, Psicopedagogía y Geriatría que durante nueve meses, a partir del 26 de marzo de 2020, integraron un grupo de WhatsApp para la atención psicológica a personas mayores y cuidadoras.

Relata Teresa Orosa, participante en dicho proyecto, que hicieron el monitoreo de más de 1 000 integrantes de la Cátedra del Adulto Mayor, en la capital –también por vía telefónica-, a lo cual se sumó la labor realizada por alumnos de segundo y cuarto años de la Facultad de Psicología, a finales de 2020, acerca de entornos amigables o no en tiempos de pandemia.

Entre otros resultados, ese observatorio psico-gerontológico arrojó que algunos mayores experimentaron sobrecarga, pues muchas veces cuidan a los nietos y a otros ancianos; y no pocos refirieron que la familia los cuida, pero no mantiene comunicación con ellos.

La familia, en el centro

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Maylín Ugalde resalta cuán valioso es darles a los mayores la oportunidad de seguir siendo parte del sistema familiar. (Foto: CORTESÍA DE LA ENTREVISTADA).

A la psicóloga Maylín Ugalde Pérez le resulta fácil entender a las personas de la tercera edad. Creció junto a su abuela, de quien aprendió a respetar a los demás, ayudarlos siempre que la necesiten, así como a enfrentar las adversidades. “Es en el seno familiar donde se siembra el amor hacia los mayores. No como algo impuesto, sino que se aprende día a día”.

Profesora en la Universidad de Ciencias Médicas de Matanzas, opina que el anciano debe ser visto, y valorarse a sí mismo, como un individuo con un cúmulo preciado de experiencias que puede transmitir a los más jóvenes en la interacción diaria con ellos.

Ugalde recalca la importancia de que el aislamiento físico no se convierta también en aislamiento emocional y argumenta cuán valioso es dar a los mayores de casa la oportunidad de seguir siendo parte del sistema familiar, y de sentirse útiles.

“Fomentar su autonomía, incluso pedirles ayuda en tareas hogareñas que puedan realizar sin dificultades, como ayudar en una receta de cocina o arreglar una prenda de ropa, mejorará su estado de ánimo y es una forma también de expresarles cuánto se les quiere y lo importante que es tenerles”.

Ismel Romero Ruiz cuida y alienta a su madre, Marina Ruiz Narváez, para que no deje de hacer sus rutinas dentro de casa. A los 76 años y una severa osteoartritis, ella sale poco a la calle, pues el joven trata de solucionarle todo. “Pero no estoy inactiva”, asegura esta vecina del municipio habanero de Diez de Octubre.

“Aunque los miembros del círculo de abuelos al que pertenezco ya no nos reunimos para practicar taichí, entre otras actividades, lo sigo haciendo, ahora en el portal. Ese arte marcial ejercita el cuerpo y armoniza la mente”.

Otra que apuesta por esta práctica es Virginia Benítez Lorenzo, de 81 años y residente también en esa localidad. “Hace años realizo esos ejercicios y me han ayudado a mejorar mi salud; estabilicé la presión arterial y los dolores de los huesos desaparecieron”.

Ella es el horcón de una familia numerosa que ha sabido sacar adelante junto con Mario Toledo Febres, su compañero hace 46 años. “Cuando todos nos reuníamos para cualquier celebración era una felicidad. A veces me angustia este encierro, pero me pongo a coser, a hacer un dulce, y así paso los días”.

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Jubilarse, para ayudar en el cuidado de sus nietas, fue la decisión de Mercedes Karán. (Foto: CORTESÍA DE LA ENTREVISTADA).

La familia cubana ha tenido profundas transformaciones a lo largo de años, tanto en su estructura y composición como en su funcionamiento. No obstante, sigue siendo un valor esencial para las personas, por lo cual constituye una de las motivaciones más importantes para asumir cualquier actividad, compromiso o decisión en la vida.

El ámbito familiar es un espacio de comunicación, transmisión de afecto y seguridad. De ahí que, ante las presiones generadas por el contexto epidemiológico, en algunos hogares se ha dado rienda suelta a la creatividad con iniciativas que incluyen a todos sus miembros: abuelos que han improvisado un retablo de títeres para contar historias a sus nietos, en las que han enrolado a los padres de estos; y otras personas han hurgado en las gavetas para buscar viejas fotografías y armar el árbol genealógico.

Las hermanas Ainoa, de dos años y medio, y Laura, de nueve meses, hacen feliz a la abuela Mercedes Karán García, de 61 años. A inicios de 2021, ella decidió jubilarse. “Hice mis cálculos y concluí que lo más prudente ahora era preservarme y estar más tiempo en casa para apoyar a mi hija en el cuidado de las niñas y compartir con ellas lo más posible.

“Soy la ̒amiguita̓ de la mayor, con quien juego y le canto canciones; intento ser esa niña o niño que necesita para socializar. En las tardes, cuando baja el sol, salimos y damos una vuelta a la manzana, bien protegidas las dos, así ella hace ejercicio y se distrae”.

Pero permanecer en el hogar a tiempo completo no será para siempre. Licenciada en Matemática, y con una amplia experiencia laboral, aspira a reincorporarse, cuando sea oportuno, a alguna actividad en la que pueda seguir aportando a la sociedad, al bienestar de sus seres queridos y al suyo propio.

Seguir fomentando la inclusión de las personas de 60 años y más en las tareas económicas, políticas y sociales, así como el empleo de los que estén aptos para trabajar, es parte del Programa Nacional de Atención Integral al Adulto Mayor.

Aún queda camino por andar para que las personas que arriban a la sexta década de existencia encuentren en la sociedad y en la familia no solo oídos prestos a escucharlas, sino además comportamientos que visibilicen y respeten la vida y la voluntad individual de cada una de ellas. Es un derecho que se han ganado quienes aportaron muchísimo para edificar la casa grande que habitamos, y lo siguen haciendo.

Quiéreme… pero déjame decidir.

Apoyar a los pequeños en las tareas escolares ha sido parte de las rutinas de no pocos mayores en estos meses. (Foto: YASSET LLERENA ALFONSO).

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María de las Nieves Galá León

 
María de las Nieves Galá León