Ese otro país

Hay un país bajo de ese país donde vives; debajo a veces quiere decir al lado: el solar de la esquina; el “llega y pon” al borde de las líneas del tren; aquel callejón en Regla; esas comunidades que Google identifica como “lugar habitado” y explica que son sitios donde casi no hay personas. Pero las hay.

Ese país está ahí, ocupando una superficie indefinida de este otro. Sus habitantes hablan tu idioma y cantan tu himno frente a la misma bandera, comparten dolores… se asemejan tanto que para entender que su espacio es otro sin dejar de ser el tuyo tienes que adentrarte. Se trata de un país fundamentalmente doméstico y esa cualidad lo oculta a simple vista, porque si lo que ves desde afuera resulta indicio, lo que hallas tras sus puertas confirma.

Si vienes desde La Habana, ya a la altura de Artemisa el paisaje comienza a prepararte: árboles caídos, casas de tabaco destrozadas en el suelo, cables enredados en las ramas, montañas sin vegetación… 

Después de la ciudad de Pinar Río hay 25 kilómetros de carretera para confirmar que encontrarás un panorama terrible: mientras más adentro, peor. San Juan y Martínez, la meca del tabaco, a casi 200 kilómetros de La Habana, fue blanco de la furia de un temporal que se burló de las paredes de tablas de palmas y de las cubiertas de zinc, que derribó los postes eléctricos y torció estructuras que a veces cayeron, a veces aguantaron y a veces quedaron en extrañas posturas, como si alguna fuerza de la naturaleza —opuesta a la que amenazó con derribarlas— las sostuviera en ángulos inexplicables.

Lo causó un huracán, pero la memoria remite a aquel cuento infantil del lobo cuyos soplidos podían con las viviendas más débiles. Los mobiliarios envejecidos, los pocos electrodomésticos, las ropas desgastadas, los pisos de tierra y los perros flacos descartan la holgazanería como causa de las construcciones endebles.

No son pueblos, apenas asentamientos con algunas decenas de casas, malditos desde su nombre: El Jíbaro, La Tea, La Perrera…  el paso de las semanas desde el desastre apenas se nota por acá, donde para algunos afortunados hay piedras encima de las tejas y, para otros, hay lonas en el sitio donde antes iban los techos. También están los que aún tienen a la intemperie media casa y los que quedaron sin casa y apenas se divisa un amasijo de palos y despojos donde una vez estuvo un hogar.

Su gente a veces grita y a veces calla, pero hay un aura compartida: resignación con desespero, resignación con agradecimiento, resignación con ira, resignación con dolor, resignación con ganas de echar para adelante… el factor común es, quizás, el saber que esa es la realidad conocida y por conocer, la incapacidad de imaginar una muy diferente a la que condena la suerte de vivir en un poblado rural, periférico, empobrecido.

Las pequeñas maravillas —postales turísticas para el visitante, estampas de la cotidianidad para los locales— contrastan como pinceladas de felicidad: animales recién nacidos, una carreta, niños que ríen y corren descalzos, patios en los que se comparte un caldero de potaje entre 15 personas que no son familia, pero lo parecen, una escuela con casi más maestras que estudiantes y un busto de Martí y pañoletas…

Es el mismo país y a la vez otro, las mismas felicidades, quizás más tristezas; el mismo al que tantas veces le viramos el rostro por pudor o por rechazo, el que sabemos que existe, pero jugamos a ignorar porque “¿qué podemos hacer?”.

Ahí sigue, extendiéndose en la invisibilidad, quién sabe ocupando qué porcentaje del territorio nacional.


CRÉDITOS

Fotos: Christian Suárez Castro

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