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Publicado el 22 Abril, 2020 por Sputnik en Extraño
 
 

A necesitados por Covid-19 en España

Dueño de bar cierra su negocio para dar comida gratis

Aquí se encuentran con la solidaridad de un colectivo nacido de repente que ha pasado de dar unos 100 platos al día a asistir a 300 personas.

Foto: Sputnik

Con miles de despidos o parados nuevos en el último mes y un creciente porcentaje de personas en riesgo de exclusión social, España se enfrenta a una crisis económica y social. Algunas iniciativas vecinales, concebidas a pequeña escala y sin apoyo institucional, palian parte de esta emergencia ciudadana.

“Migas, que tienen proteína”, dice un vecino con una sartén entre sus manos. A estas alturas de la mañana, ya muchos esperan la receta que acaba e cocinar este joven. La deja corriendo y se va: no espera ni un “gracias” rápido ni unas monedas a cambio. Su labor ha terminado. De ahí saldrán algunos tupper a rebosar, algún plato desechable y muchas bocas satisfechas.

Las mismas que acaba de alimentar Pochi con una cazuela de fondo inmenso. El final se averigua gracias a los arañazos de cuchara que luce. Hasta hace unos minutos estaba llena de patatas con soja. “Totalmente vegetariano”, apostilla. Esta ayudante de 47 años era cocinera antes de la pandemia de coronavirus que asola España, con casi 205.000 contagiados y más de 21.000 fallecidos. Ahora lleva desde el día 13 de marzo sin cobrar y, aun así, saca ahorros para comprar productos básicos y hacer un guiso.

Chef argentino regala comida en España/ Sputnik

El chef Adrián Rojas prepara comida gratis en su restaurante Casa28, situado en el centro de Madrid./ Foto: Sputnik

Tanto el viandante con prisas como Pochi han acudido a ayudar a Adrián Rojas. Este chef argentino es el regente de Casa28, un local en el corazón de Malasaña. Desde que se decretó el Estado de Alarma, el 14 de marzo, cerró el bar y decidió dar comida. Un oxímoron que se explica con un adjetivo: decidió dar comida gratis. Porque su labor ya no es de hostelero, es una pieza clave para que muchas personas se llevan algo caliente al estómago en plena crisis sanitaria.

“La misma noche del encierro cogí una botella de vino, entraña y parte del dulce de leche que teníamos. Llegué a casa y me vi con dos opciones: quedarme allí, en el sillón, o intentar echar una mano”, recuerda enfrente del bar que abrió hace justo un año. Tiró por lo segundo. Su mujer, “que es divina”, le miró raro cuando enunció su propuesta: cocinar el género que le quedaba para quien quisiera.

“Era sencillo: hacer una olla y ponerla en la calle. Nada más”, opina.

Salió, claro. A pesar de la extrañeza de su mujer. “Ella pensaba que aquí todo iría bien, que se ayudaría a los necesitados, pero no pasó: vino mucha gente a por comida. Puse un cartel ‘Es gratis, agarra lo que quieras’ y se llenó”, lamenta. “No me sorprendió: yo vengo de Argentina, donde siempre estamos en crisis, y es común apoyarse”, conviene quien lleva más de 10 años en España, trabajando en restaurantes de alta cocina: “Me cansé de ese mundillo. Y ahora me alegro, porque se va a ir al carajo. Se acabaron las esferificaciones, la gelatina de poronga… ¡La gente quiere un plato de alubias!”.

Con ese éxito, siguió adelante. Cada día cocinaba algo y lo ofrecía. Muchos vecinos lo vieron y quisieron colaborar. “Empezamos haciendo lo que nos quedaba. Nos dieron un carnet para ir al banco de alimentos. Y algunos voluntarios empezaron a traer cosas. Ahora organizamos la comida, con algo variado y saludable cada día, y repartimos para que cada uno se lleva. Hoy damos un kilo de lentejas, patatas, zanahorias, tomate y puerro y mañana lo traen hecho. Hecho con cariño”, explica.

Rojas se muestra contento con la repercusión de esa idea que parecía peregrina a ojos de su mujer. Mientras charla con cualquiera que se le cruza, suele ser interrumpido por alguien que le agradece a voces, desde la distancia. Por el que aprovecha y le pide cargar el móvil o por alguien de su equipo, que le pregunta dónde está algo. Y contesta con cercanía. Incluso con la confianza de amigo íntimo.

Sin embargo, se cabrea con la imagen “romántica” que se refleja en medios de comunicación. “Esto no es una tarea mía. Esto debería hacerlo Servicios Sociales. Deberían ser ellos quienes se encargaran de la gente. Y no delegar en iniciativas populares. Es una cagada que no lo hagan ellos”, protesta, rememorando su inversión en el negocio, los meses buenos, que llegaron a finales del año pasado, y el repunte final, machacado por el confinamiento. También señala dos comedores públicos que, según se ha enterado, mandan a los asistentes a sus fogones.

Aquí se encuentran con la solidaridad de un colectivo nacido de repente que ha pasado de dar unos 100 platos al día a asistir a 300 personas. Se encuentran con este chef y con dos de sus primos y antiguos empleados -Patricio y Joaquín Molina- que encadenan jornadas interminables por el prójimo. O con Eloísa Gato, periodista de 37 años que se unió detrás de la barra desde el principio, y Victoria Starke, la community manager y refuerzo de personal los fines de semana en Casa28. Ella vio que, “por justicia social”, tenían que permanecer juntos desde el principio.

“Las instituciones no nos han facilitado las cosas. No creo que el Estado no esté actuando, creo que no da abasto. En estos casos de emergencia es muy difícil saltarse las cuestiones burocráticas y a la hora de actuar complica todo, lo ralentiza”, argumenta Starke, que anda pidiendo la cesión de un local más grande y cuenta que el día anterior un vecino les denunció. “La policía no había dicho nada antes”, señala.

Varias personas comen gratis en Madrid frente al local Casa28, del chef Adrián Rojas.

Varias personas comen gratis en Madrid frente al local Casa28, del chef Adrián Rojas./ Foto: Sputnik

Para Pochi, la mujer que vuelve a casa con una olla vacía y que prefiere no dar su apellido, esta denuncia responde a “no querer ver lo que ocurre en este país”. Lo que ocurre, comenta, es la situación de vulnerabilidad de gran parte de la población: en octubre de 2019, un informe de Cáritas calculaba que 8,5 millones de personas en todo el territorio nacional estaban en riesgo de exclusión. Y el mes pasado, más de 800.000 personas engrosaron las listas del desempleo. “Cuando esta plaza reúne a gente durante 24 horas, con ruido en las terrazas, no les molesta”, se queja.

esa Escobar pertenece a esa estampa que los vecinos no quieren ver. A sus 64 años, esta ecuatoriana se ha quedado sin trabajo de limpiadora de casas. Lleva 20 años en España y nunca se había imaginado así, con un carro ajado recogiendo tuppers.

“Comparto un sótano con un señor por 620 euros. Llevamos dos meses de retraso en el pago. No tengo nada”, explica. Su compatriota Cristóbal Ramón, de 39 años, igual: “Estaba de teleoperador en un hotel y me he quedado a cero”.

Entre ellos y el resto de congregados, que intentan cumplir con las precauciones recomendadas para evitar el virus, camina Luis. Este abogado de 27 años conoció la iniciativa como vecino y se apuntó al reparto. Ahora, además, acerca una tablet con internet para que los asistentes consulten sus correo, redes sociales o incluso que puedan comunicar con familiares. Cada turno lo desinfecta. Mario Chacón, de 50 años, prefiere ir directo a la comida. “He trabajado 30 años como cerrajero. Hace cinco cerró en la que estaba (sin darnos finiquito ni pagarnos tres sueldos) y estoy en la calle. Esto que hacen aquí me parece una labor impagable. Por aguantarnos y por darnos de comer”, indica antes de tomar su ración, apartarse y gritar: “Como siempre, muchísimas gracias”.


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