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Publicado el 26 Noviembre, 2016 por Irene Izquierdo en Galerías
 
 

Esas pequeñas cosas que hacen grande a Fidel

Siempre le dolió ver a niño descalzo, enfermo, hambriento; a la mujer sumisa, a merced del hombre machista y autoritario, y al anciano desprotegido: mucha gente pobre y muchas personas con muchas riquezas en sus manos, indicador de una injusticia mayor.
Fidel jugando beibol

Fidel siempre ha sentido una gran afición por los deportes y su desarrollo.

Por IRENE IZQUIERDO

Hoy exiten muchas razones para hablar de humano y lo divino acerca de él. Desde cualquier lugar del mundo alguien tiene una historia que contar, una anécdota, un agradecimiento. Yo también tengo los míos, sobre todo al entender que Fidel es tan mío, como de la Humanidad. Solo el hecho de poder escribir estas notas –por la profesional que soy-, es motivo para que le diga: ¡Gracias, Fidel!

Pero voy a hacer unas líneas acerca de un detalle mucho más sencillo: su amor al prójimo. Por amor a sus congéneres, por la aversión que sentía ante la autoridad impuesta –nacida en el seno de un hogar autoritario-, por no soportar la injusticia, se forjó su alma de revolucionario.

Siempre le dolió ver a niño descalzo, enfermo, hambriento;  a la mujer sumisa, a merced del hombre machista y autoritario, y al anciano desprotegido: mucha gente pobre y muchas personas con muchas riquezas en sus manos, indicador de una injusticia mayor.

Y se rebeló el niño, el adolescente, el joven, el abogado…, el guía Fidel. Vinieron los años de lucha, y en aquel alegato histórico –devenía grito contra la injusticia-, en el juicio por la causa 37, tras las acciones de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, denunció:

“[…] a los 10 mil  profesionales jóvenes: médicos, ingenieros, abogados, veterinario, pedagogos,  dentistas, farmacéuticos, periodistas, pintores, escultores, etc., que salen de las aulas con sus títulos, deseosos de lucha y llenos de esperanza, para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica.”

De igual forma, denunció otros males, a tenor de la espantosa tragedia que vivía la Cuba de los años 50 del siglo XX:

“[…] El acceso a los hospitales del Estado, siempre repletos, solo es posible mediante la recomendación de un magnate político que le exigirá al desdichado su voto y el de toda su familia para que Cuba siga siempre igual o peor.”

Contra esa situación se reveló  y luchó, en la ciudad, en el exilio, en las montañas… Sufrió la caída de muchos hermanos, en una gesta que, finalmente, triunfó.

Entonces, la estabilidad de los niños descalzos, enfermos, hambrientos, pasó a ser la prioridad mayor de la Revolución que él ha guiado;  la mujer dejó de ser sumisa y empezó a acompañar al hombre, en condición de compañera. Y el anciano empezó a ver cómo crecía –y crece- su esperanza de vida.

Un sustento sólido tienen estos propósitos y otros, como la erradicación del analfabetismo y el desarrollo de las ciencias, la cultura, la salud, que no solo han germinado en Cuba, sino en otros pueblos desposeídos del mundo, hasta donde ha llegado la mano solidaria de profesionales formados por la Revolución.

Tales conquistas, y muchas más, son el fruto del amor de un guía que ha sabido aglutinar a su pueblo, bajo la máxima martiana de que “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.

EL NIÑO, EL ADOLESCENTE, EL JOVEN: EL REVOLUCIONARIO


Irene Izquierdo

 
Irene Izquierdo